Donde acaba el camino 23.
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—Los grelos son innegociables —dijo Nerea con una convicción que no dejaba margen—. Un cocido sin grelos no es un cocido, es una sopa triste.

—Yo no he dicho que no lleve grelos —protestó Gonzalo—. He dicho que mi madre los pone al final, que así no se deshacen.

—Al final. —Nerea lo miró como si acabase de decir una herejía—. Al final los grelos no dan sabor a nada, Gonzalo, están ahí de adorno.

—Están perfectos de textura.

—La textura no alimenta a nadie.

Andrea miraba la conversación de un lado a otro como si fuese un partido de tenis. Leo tenía el táper vacío delante y estaba a punto de decir algo cuando sonó el móvil.

—Dime Rocío.

—Acabo de terminar con el cuerpo de las Salinas.

—La voz de Rocío sonaba a final de turno largo—.

Mismo patrón. Pinchazo en el lunar del cuello, mutilación post mortem, corte limpio con instrumento de precisión.

He mandado las muestras al laboratorio pero no espero sorpresas, debería ser el mismo agente que el de Tobías.

—¿Cuándo tienes el resultado?

—Me han dicho que mañana a primera hora.

—Bien. —Leo se levantó de la mesa y se alejó un paso—. Por cierto, ya tenemos nombre. Nuno Beirão, cuarenta y dos años, portugués de Lisboa. Estaba haciendo el Camino en bicicleta desde su casa.

Un silencio breve al otro lado.

—¿Su familia sabe algo?

—Su mujer viene esta tarde a Pontevedra para el reconocimiento oficial. Andrea y yo vamos a estar con ella.

—Entonces nos vemos esta tarde —dijo Rocío—. Le doy tiempo a que llegue y lo preparo todo.

—Perfecto. —Leo miró a los demás, que habían dejado la discusión de los grelos y lo miraban—. Gracias, Rocío.

Colgó.

—La campanilla también es post mortem —dijo sin preámbulos—. Mismo patrón que Tobías. Resultados del laboratorio mañana a primera hora. —Miró a Andrea—. Esta tarde volvemos a Pontevedra al anatómico forense con la mujer de Nuno.

Andrea asintió.

—¿Pero entonces los grelos van al principio o al final? —preguntó Leo mirando a Nerea mientras recogía su táper.

—Al principio —dijo ella, fulminando a Gonzalo con la mirada.

—Al principio —repitió Leo—. ¿Y vosotros vais a empezar a salir al final o no?

Los dos agentes se pusieron rojos como un tomate mientras Leo iba al fregadero con su táper sonriendo. Si no fuese por aquellos momentos…

La tarde entraba en la sala cuando los cuatro llegaron a sus mesas. El sol pegaba de lado, de esa manera gallega que calienta sin convencer del todo, pero era agradable.

Gonzalo tenía el auto del juez encima de la mesa.

—Acaba de llegar —dijo—. Me pongo con los pedidos ahora.

—Galicia, últimos seis meses, el modelo de bisturí que te pasó Rocío. —Leo cogió el cortavientos.

Nerea había abierto un documento nuevo en el ordenador y estaba tecleando.

—Estoy añadiendo lo del agua a la búsqueda de simbología. —No levantó la vista—. En el Camino hay una relación fuerte con las fuentes y los ríos, sigo por ahí, a ver qué encuentro.

—Bien. —Leo miró a Andrea—. Nosotros nos vamos. Cualquier cosa nos llamáis.

—Otra vez Pontevedra —dijo Andrea, de manera neutra.

—Sí, llevamos el caso entero yendo y viniendo.

—Si seguimos así le pido a Lucas que nos cambien la base.

Rocío los esperaba en el pasillo del Instituto Anatómico Forense con una carpeta en los brazos y cara de haber comido poco. Les hizo un gesto para que la siguiesen a su despacho antes de que llegase la mujer.

—Cuéntanos —dijo Leo.

—Beirão estaba en buena forma. —Rocío abrió la carpeta—. Musculatura de ciclista habitual, no de alguien que coge la bicicleta un fin de semana al año. Cuádriceps y gemelos muy desarrollados, sin grasa abdominal. Este hombre pedaleaba con regularidad, distancias largas.

—O sea, que el Camino no era su primera vez en la bicicleta —dijo Andrea.

—Ni de lejos. —Rocío pasó una hoja—. El estómago estaba lleno. Había comido hacía una o dos horas antes de la muerte.

—¿Y la sedación?

—Mismo mecanismo que Tobías. El pinchazo en el lunar es idéntico en técnica. Quien lo hizo ya lo había hecho antes. Por otro lado, no hay titubeos en el corte. —Hizo una pausa—. Es post mortem, confirmado por microscopía. Instrumento fino, mano firme. Misma persona, Leo, no tengo dudas.

—¿Cuánto tiempo llevaba en el agua?

—Entre treinta y seis y cuarenta y ocho horas cuando lo encontrasteis. Lo que cuadra con que desapareció el jueves.

Leo asintió. Miró la carpeta un momento.

—¿Algo más que no hayamos hablado?

—Una cosa. —Rocío cerró la carpeta—. Tiene marcas en las muñecas. Leves, casi imperceptibles, pero están. Ligadura, probablemente cuerda fina o precinta. Post mortem también, o muy cerca de la muerte. —Los miró a los dos—. Alguien lo movió atado.

Nadie dijo nada durante un momento.

—Es decir, que el lugar donde lo mató no es el lugar donde lo dejó —dijo Andrea.

—Eso parece.

Se oyó abrirse una puerta al fondo del pasillo. Una mujer de unos cuarenta años, pelo oscuro recogido, ropa arrugada. Venía acompañada de un policía joven con uniforme y caminaba despacio, como si los pies no le respondiesen del todo.

Los tres salieron al pasillo.

El reconocimiento duró poco. María entró, miró y salió. No dijo nada mientras estaba dentro. En el pasillo se apoyó en la pared con los ojos cerrados y respiró hondo varias veces. Andrea se puso a su lado sin decir nada, solo cerca.

Cuando María abrió los ojos los tenía secos. Leo pensó que ya había llorado todo lo que tenía antes de llegar.

— Obrigada —dijo en voz baja, mirando a Rocío.

—Lo siento mucho —dijo Rocío.

Fueron a una sala pequeña con cuatro sillas y una mesa. Había una botella de agua encima. María se sentó, cogió el vaso que le ofreció Andrea y lo tuvo en las manos sin beber.

—María —dijo Leo despacio—, sé que es muy difícil, pero necesitamos hacerle algunas preguntas sobre Nuno. Cualquier cosa que nos cuente puede ayudarnos.

Ella asintió sin levantar la vista.

—¿Era la primera vez que Nuno hacía el Camino de Santiago?

María negó con la cabeza.

—Não. —Levantó la vista—. Nuno fez o Caminho três vezes. A primeira foi há seis anos, sozinho. Depois femo-lo juntos, há quatro. —Hizo una pausa—. Este ano queria fazê-lo de bicicleta. Disse que era diferente .

Leo miró a Andrea un instante.

—¿Siempre el mismo tramo? —preguntó Andrea.

—Sempre o Português. Dizia que era o seu Caminho.

Leo anotó algo en su libreta y dejó el bolígrafo encima de la mesa.