Donde acaba el camino 22.
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—¿Nos creemos su versión? —Leo miró al frente, donde un camión de obra ralentizaba la marcha de varios coches.

—No sé. —Andrea se encogió de hombros—. Lo que no entiendo es que no le contase nada de su relación con Tobías a Nerea y a Gonzalo.

—¿Tendría miedo de que creyésemos que es culpable?

—Puede…

Aparcaron en la comisaría a la una menos cuarto. Gonzalo y Nerea estaban los dos delante del mismo monitor cuando entraron.

—¿Qué tenéis? —dijo Leo quitándose el cortavientos.

—Varias cosas. —Gonzalo se giró en la silla—. El auto del juez para las distribuidoras llega esta tarde, Lucas nos lo acaba de confirmar. Pero mientras tanto hemos llamado directamente a las dos empresas para ver qué nos contaban sin entrar en pedidos concretos.

—¿Y?

—La de Vigo trabaja con hospitales, clínicas veterinarias, facultades de medicina y algunos centros de investigación.

Nada raro. —Gonzalo hizo una pausa—. Pero también tienen un apartado de clientes que llaman instituciones de carácter social y religioso.

Residencias de ancianos con gestión religiosa y parroquias.

Y pedidos de personas físicas, claro. Realmente cualquiera puede comprar online.

La sala quedó un momento en silencio.

—¿Parroquias? —soltó Leo, como sin querer.

—Eso dijeron. Hay parroquias rurales, sobre todo en zonas sin médico cerca, en las que los curas hacen labores casi de enfermería. —Gonzalo se encogió de hombros—. No es ilegal pero están en el listado.

—Qué cosas… —Leo miró a Gonzalo—. Cuando llegue el auto esta tarde, os ponéis con los pedidos con entrega en Galicia de los últimos seis meses. Imagino que habrá unos pocos, pero por algún lado hay que empezar.

—¿Algo más? —volvió a preguntar Leo girando la cabeza hacia Nerea.

—Lo de las mutilaciones. —Nerea continuó—.

He estado buscando casos similares en España y fuera.

Pies cortados post mortem, no hay precedentes documentados en España.

Fuera hay dos casos en los últimos veinte años, uno en Francia y otro en Polonia, pero ninguno tiene relación con rutas de peregrinación.

—Hizo una pausa—. Lo de la campanilla es distinto.

En el ámbito religioso hay referencias históricas a la lengua y la voz como símbolos de testimonio y confesión.

Cortarla tiene una lectura bastante clara.

—¿Qué tipo de lectura? —dijo Andrea.

—Silenciar. No en el sentido literal de impedir hablar porque ya está muerto, sino como acto simbólico.

Que no pueda dar testimonio. Que no pueda confesar.

—Nerea miró sus notas—. En algunos textos medievales, cortar la lengua o la úvula era un castigo reservado a los que habían mentido en confesión o habían profanado algo sagrado.

Nadie dijo nada durante un momento.

—¿Y los pies? —preguntó Leo.

—Los pies en el contexto del Camino son más evidentes.

El peregrino camina, los pies lo llevan hasta Santiago.

Cortárselos es impedirle llegar. —Nerea cerró la libreta—.

Pero también hay otra lectura. En algunas tradiciones, los pies son los que conectan al hombre con la tierra.

Cortarlos es separarlo de ella. Dejarlo suspendido, sin raíces.

—O sea, que podrían ser varias cosas distintas… —dijo Leo—, pero es alguien que sabe lo que hace con cada corte, y que elige la parte del cuerpo según el mensaje que quiere mandar.

—Eso parece.

—¿Y el mensaje es para alguien concreto?

Nerea abrió las manos.

—Eso todavía no lo sé. Las referencias que he encontrado dicen que eran avisos a otras personas para que supiesen lo que les esperaba si ellos hacían lo mismo.

La puerta de la sala se abrió. Lucas entró con una carpeta en la mano y una expresión que Leo ya conocía: la de quien trae algo que cambia las cosas.

—Tenemos la identidad del cuerpo de las Salinas —dijo sin preámbulos—.

Nuno Beirão, cuarenta y dos años, portugués, de Lisboa.

Su mujer denunció su desaparición el jueves pasado porque no tuvo noticias de él al final del día y no pudo contactar con él.

—Lucas dejó la carpeta en la mesa—. Estaba haciendo el Camino en bicicleta desde la puerta de su casa y él escribía en cuanto acababa la etapa.

Esa tarde ella no recibió ningún mensaje, cuando intentó llamarlo y no respondió al teléfono denunció su desaparición.

La Policía portuguesa avisó a España para que buscasen en la zona del Camino hasta Santiago y al cruzar datos esta mañana han dado con él.

—¿En bicicleta? —dijo Andrea.

—En bicicleta. Lo que significa que llevaba varios días en ruta antes de llegar a las Salinas. La mujer dice que salió de su casa el lunes anterior.

—Vamos, que alguien lo siguió durante días —dijo Leo—. O lo esperaba aquí.

Lucas los miró a los dos.

—La mujer está viajando a Pontevedra para el reconocimiento oficial.

—Andrea y yo vamos con ella esta tarde. —Leo cerró la carpeta—. Gonzalo, una cosa más. Insiste a la Científica que además de la casa de A Seara tienen que pasar por la casa de Ramón. La sierra de cinta sigue pendiente.

Gonzalo lo anotó.

Leo miró la carpeta con el nombre de Nuno Beirão encima de la mesa. Un portugués de Lisboa que salió de casa en bicicleta un lunes y no volvió.

—Vamos a comer —dijo—. Esta tarde va a ser larga.

Calentaron los táperes por turnos. El de Nerea fue el último en salir del microondas y el olor llenó la sala entera.

—¿Qué es eso? —dijo Gonzalo girándose.

—Cocido. De mi madre, del domingo. —Nerea lo dejó en la mesa con cuidado, ya que estaba a rebosar.

—Llevamos unas semanas sin ir a comer los cuatro fuera —dijo Andrea, abriendo su táper—. En algún momento hay que remediar eso.

Nerea y Gonzalo asintieron. Leo, que estaba escribiendo con el móvil, no respondió. Le mandó un mensaje a Javier: ¿Os Arcos esta noche? Me apetece desconectar un rato . Lo dejó boca abajo en la mesa y cogió el tenedor.

—Andrea —dijo—. Cuéntales lo de la casa y lo de Ramón.

Andrea los miró a los dos y empezó. La Bultaco en el garaje, los trofeos, el recorte de prensa enmarcado.

Las tres credenciales en el cajón, la del primer Camino que no estaba.

La estampita en la nevera. Y luego Ramón: la pelea por el premio y que Tobías quería el dinero para algo que no le quiso decir.

Gonzalo escuchaba con el tenedor a medio camino.

—O sea, que Ramón sabía dónde vivía, conocía sus rutinas y tiene móvil claro —dijo cuando Andrea terminó.

—Sí —dijo Leo—. Pero no encaja con el perfil. Un mecánico de sesenta años no administra sedantes ni corta una campanilla con bisturí forense.

—A no ser que tenga ayuda —dijo Gonzalo.

Leo lo miró.

—No lo descartamos, pero de momento es una línea débil. —Pinchó algo del táper—. Lo que me ronda es por qué siempre peregrinos. Tobías lo era, Nuno lo era. No es casualidad.

—¿Alguien que tiene algo en contra del Camino? ¿O de quienes lo hacen? —dijo Andrea.

—Podría ser. —Leo dejó el tenedor—. Esta tarde, cuando hablemos con la mujer de Nuno, lo primero que le preguntamos es si era su primer Camino o si lo había hecho antes.

—Si la respuesta es que no —dijo Andrea—, tenemos un patrón.

La sala quedó un momento en silencio, solo el ruido de los cubiertos y el olor al cocido de Nerea.

—Oye —dijo Gonzalo—. Los dos cuerpos han aparecido en parajes naturales con agua. Las Fervenzas y las Salinas. ¿Eso es casualidad también?

Leo levantó la vista y miró a Nerea.

—Añádelo a la búsqueda de simbología. El agua, su relación con el Camino, con las mutilaciones, lo que encuentres.

Nerea asintió y anotó algo en la libreta que tenía al lado del táper.

El móvil de Leo vibró encima de la mesa. Era Javier: Os Arcos perfecto, a las nueve. Avisa si llegas tarde.

Leo leyó el mensaje y dejó el móvil boca abajo otra vez. Un poco de rutina no le vendría mal.