Donde acaba el camino 21.
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21.

Salieron a la calle con la misma luz de antes, como si el tiempo dentro de la casa hubiese permanecido quieto. El letrado cerró la puerta y anotó algo en su libreta.

No habían encontrado nada más. La habitación de Tobías ordenada, la ropa doblada, el baño limpio. Un hombre que vivía solo y sabía dónde ponía cada cosa. Nada fuera de lugar, nada que no debiera estar allí.

Leo se apoyó en el mismo muro desde donde había llamado a Nerea y miró a Andrea.

—Hay que mandar a la Científica.

—¿Hoy?

—Cuanto antes. Si hay algo que no hemos visto, que lo encuentren ellos. Huellas, fibras, lo que sea. —Miró al letrado, que seguía anotando—. ¿Tiene algún inconveniente con que la Científica entre esta tarde?

El letrado levantó la vista.

—El auto cubre el registro completo. Pueden entrar.

—Bien. —Leo sacó el móvil y mandó un mensaje a Lucas para que lo gestionase desde comisaría.

Andrea tenía los brazos cruzados, mirando la fachada.

—Ramón —dijo.

—Ramón —repitió Leo guardando el móvil.

—Seis meses lleva ese recorte de prensa enmarcado en el garaje y no dijo nada. Nadie se olvida en seis meses de ganar un rally a nivel autonómico.

—No. —Leo miró hacia donde habían aparcado la furgoneta—. Nos dijo que Tobías era un buen empleado. Que no tenía amigos conocidos. Que era reservado.

—Y resulta que no nos dice nada de que ganaron un rally juntos.

—Vamos a darle la oportunidad de explicarse —dijo Leo abriendo la puerta del copiloto.

El taller de Ramón estaba a menos de diez minutos andando desde la casa de Tobías, aunque fueron en la furgoneta.

Una nave pequeña en una calle sin salida, con la persiana a medio subir y un cartel en la puerta que Leo no habría visto si Andrea no se lo hubiese señalado con los ojos: un cartel de rally, plastificado y algo desgastado por las esquinas, con una foto de dos coches clásicos en una curva de tierra.

La fecha del evento era de hacía poco más de seis meses.

Leo lo miró un segundo y entró.

El taller olía a grasa y a metal. Ramón estaba agachado junto a la rueda trasera de un Seat 124 con las manos metidas en el guardabarros.

Se incorporó despacio cuando los oyó entrar, con ese movimiento cuidadoso de quien lleva décadas doblando el cuerpo en posiciones que no le corresponden.

Pelo cano, con una barba muy frondosa, mandíbula cuadrada, una cojera leve en la pierna derecha que se le notaba más al girarse.

—Ya les dije todo a sus compañeros ayer —dijo antes de que Leo abriese la boca. Se limpió las manos en un trapo que sacó del bolsillo del mono—. No sé qué más puedo contarles.

—Lo entendemos —dijo Leo—. Solo queremos repasar algunas cosas.

Ramón los miró un momento, luego asintió y se apoyó en el lateral del coche.

—Buen trabajador, callado, reservado. No le conocía amigos. Se despidió el jueves sin decir adónde iba. Tenemos mucho trabajo y él se cogió el viernes igualmente. —Lo dijo de carrerilla, como recitando—. ¿Es eso lo que quieren saber?

—Más o menos —dijo Leo.

Ramón esperó.

—¿Cuánto vale un elevador hidráulico nuevo? —Leo cambió de tema de improvisto.

Ramón frunció el ceño.

—¿Cómo dice?

—Un elevador. De los de taller. ¿Cuánto vale uno bueno?

—Depende. —Ramón miró alrededor, como si buscase algo en lo que apoyarse—. Uno decente, entre cuatro y seis mil euros. ¿A qué viene eso?

—¿Usted tiene?

—Sí, claro, allí —dijo señalando hacia el interior del taller, donde un coche estaba suspendido en el aire—.Tengo ese de segunda mano que ya va pidiendo el retiro. —Una pausa—. Mire, no entiendo qué tiene que ver esto con Tobías.

Leo dejó pasar un momento.

—Hace seis meses usted y Tobías ganaron el Rally de Galicia de Coches Clásicos. —lo dijo despacio, sin levantar la voz.

Ramón no respondió de inmediato. Miró el trapo que tenía en la mano y lo dobló despacio.

—Sus compañeros no me preguntaron por eso. Y yo no lo consideré importante.

—¿Correr un rally autonómico con su empleado, que ahora está muerto, no es importante?

Se encogió de hombros.

—¿Cuánto era el premio? —intervino Andrea.

Ramón levantó la vista.

—Tres mil euros.

—¿Lo han cobrado?

—Todavía no. La organización va despacio con estas cosas, ya sabe cómo es. —Cruzó los brazos—. Mire, si están pensando lo que creo que están pensando…

—¿Qué cree que estamos pensando? —dijo Leo.

Ramón apretó la mandíbula.

—Mire, yo quería ese dinero para el taller y Tobías lo sabía.

Nos peleamos por eso justo después del rally.

—Ramón soltó el trapo con fuerza en el banco de trabajo y se cruzó de brazos—.

El coche lo pusimos a punto aquí, en este taller, en horas de trabajo.

Los neumáticos nos los pagó un patrocinador porque conoce el taller.

La inscripción también salió de aquí. —Señaló el suelo con un dedo—. De este taller. No de su bolsillo.

—¿Y Tobías no estaba de acuerdo con que el taller se quedase el premio? —dijo Leo.

—Tobías decía que si el premio iba al taller, el premio era mío porque el taller era mío.

—Ramón hizo un gesto con la mano, como apartando algo—.

Y técnicamente no le faltaba razón, pero tampoco era tan sencillo.

Él puso horas, puso esfuerzo, condujo el coche.

Sin Tobías al volante no hubiésemos ganado, seguro. Pero el taller necesitaba el premio.

—¿Tobías conducía?

—Sí, yo era el copiloto, ya estoy mayor para conducir. Las notas, los tiempos, la navegación. —Una pausa—. No es lo mismo, lo sé. Pero sin mí tampoco hubiésemos llegado a ningún sitio.

—¿Y ahora? —dijo Andrea.

Ramón la miró.

—Ahora Tobías está muerto. —Lo dijo sin rodeos, con una dureza que sonaba más a rabia que a frialdad—. Ya sé cómo me deja eso, pero yo no le hice nada.

El taller quedó en silencio un momento, fuera pasó un coche despacio.

—¿Y Tobías para qué quería su parte del premio? —preguntó Leo.

—No lo sé. Y se lo digo en serio. —Ramón volvió a mirar el trapo en el banco de trabajo—. Tobías era así. Cuando no quería contar algo, no lo contaba.

—¿Llegaron a arreglarlo? —preguntó Leo—. Lo del premio digo.

Ramón tardó un momento.

—No volvimos a hablar de eso. —Se apoyó de nuevo en el lateral del coche—.

Al principio estábamos los dos tensos, ya se imagina.

Pero poco a poco se fue diluyendo. Un día te pregunta dónde has dejado la llave inglesa, otro te cuenta algo del fin de semana y sin darte cuenta ya estás hablando normal otra vez.

—Hizo una pausa—. Aunque el tema del premio no lo tocamos más.

—¿Pero sí le pidió la sierra de cinta? —dijo Andrea.

Ramón la miró.

—Sí. Me la pidió, se la dejé, la devolvió. No hubo más conversación. —Encogió los hombros levemente—. Tobías era así, no mezclaba las cosas. Y ahora… —Se detuvo.

Leo esperó, pero Ramón no terminó la frase.

—Gracias por su tiempo. —Leo dio por acabada la conversación—. Le dejo nuestra tarjeta por si se acuerda de cualquier otra cosa. Recuerde que la Científica le llamará para analizar la sierra. Es un mero trámite, ya sabe.

Ramón alargó la mano, se guardó la tarjeta en el bolsillo trasero del pantalón y asintió sin decir nada. Cuando salieron, Leo miró de reojo el cartel del rally en la puerta.