20.
—Oye, ¿y hoy por qué vienes por la nacional? —dijo Leo cuando se dio cuenta de que no veía Xagobe desde la carretera.
Leo siguió mirando por la ventana, asintiendo. El sonido del móvil lo sacó de su ensimismamiento.
—Dime, Rocío.
—El pinchazo en el lunar está confirmado. Igual que el de las Fervenzas, misma técnica. —Una pausa breve—. Pero hay algo más. Le he abierto la boca.
Leo esperó.
—No tiene campanilla. Alguien se la ha cortado. Corte limpio, instrumento fino. No sé todavía si fue antes o después de morir, el tejido es pequeño y necesito microscopía para confirmarlo, pero está cortada.
Andrea lo miró de reojo.
—Gracias por llamarme tan pronto —dijo Leo, como pensando en otra cosa.
—Nada. Sigo con la autopsia, cualquier cosa te llamo de nuevo.
Colgó. Andrea no preguntó.
—La campanilla —dijo Leo.
Andrea frunció el ceño sin apartar los ojos de la carretera.
—¿La campanilla?
—Del paladar. Alguien se la cortó. Corte limpio, instrumento fino. No saben todavía si fue antes o después de morir.
Andrea tardó un momento.
—O sea, que esto relaciona los dos cuerpos. A Tobías le cortan los pies y a este la campanilla…
Leo hizo un sonido que no era un sí ni un no.
—¿Qué tipo de persona sabe cortar una campanilla? —siguió Andrea.
—Alguien con conocimientos anatómicos, o con mucha práctica. —Leo miró por la ventanilla—. O las dos cosas.
Pasaron por delante de un campo de fútbol vacío. Un perro cruzó la carretera despacio y Andrea frenó sin inmutarse.
—Los pies impiden caminar —dijo Andrea—. La campanilla…
—Impide hablar —dijo Leo.
Ninguno de los dos añadió nada durante un momento.
—¿O cantar? —dijo Andrea—. En el Camino se canta. En las misas, en los albergues.
—O rezar.
Andrea asintió despacio, como guardando el dato.
—¿Se lo decimos a los chicos?
—Sí, ahora cuando lleguemos les llamo. —Leo se giró hacia ella—. ¿Cuánto falta?
—Cinco minutos.
Aparcaron en una calle estrecha que bajaba en pendiente suave hacia la ría.
Las casas a ambos lados tenían parcela, algunas con muro de piedra, otras con valla metálica y seto.
La de Tobías era la tercera a la derecha: un chalet de dos plantas con la fachada revocada en blanco, ventanas de madera oscura y una parcela pequeña con hierba corta y un hórreo de granito al fondo, más alto que ancho, con las cruces en los extremos del tejado.
Detrás de la casa, entre los tejados del vecindario, se veía la ría, quieta y plateada a esa hora, con la silueta de la isla de Tambo al fondo.
El letrado no había llegado todavía, así que Leo se apoyó en el muro de piedra que bordeaba la parcela, puso un pie en una de las piedras salientes y marcó el número de Nerea.
—Dime, Leo.
—Tenemos novedades. El cuerpo de las Salinas no tiene campanilla. Rocío acaba de confirmarlo, mismo perfil que los pies de Tobías. Corte limpio, instrumento fino.
Un silencio breve al otro lado.
—¿Antes o después de morir?
—Eso todavía no lo sabe, necesita microscopía. Añádelo a la búsqueda: mutilaciones, simbología, pies y campanilla. Todo lo que encuentres, aunque no encaje a primera vista.
—Entendido. ¿Algo más?
—De momento no. —Miró la casa—. Cuéntaselo a Gonzalo y llámame si encontráis algo, estamos en casa de Tobías pero estoy pendiente del móvil.
Colgó y se quedó un momento mirando la fachada. Las persianas estaban bajadas. Un buzón junto a la puerta principal con tres folletos asomando por la ranura, doblados por la humedad.
Andrea se acercó y se puso a su lado, también mirando.
—El hórreo es más viejo que la casa —dijo ella.
—¿Se los quedaban cuando construían?
—Aquí sí. Algunos llevan siglos en la misma parcela, los van heredando. —Hizo una pausa—. Es curioso que un danés acabase viviendo en un sitio así… Pero eligió bien el sitio.
Oyeron un coche frenar al fondo de la calle. El letrado bajó primero de un utilitario blanco, el cerrajero había aparcado justo detrás y se apeó de una furgoneta blanca rotulada con letras azules con la caja de herramientas en la mano.
El letrado les estrechó la mano sin mucha ceremonia, revisó el auto que le mostró Leo y asintió. El cerrajero dejó la caja de herramientas en el suelo, miró la cerradura un momento y luego los miró a ellos.
— ¿E non tiñan a chave? —dijo, más para sí mismo que para nadie.
—¿Si la tuviésemos crees que te habríamos llamado?
—¿Ahora los de Madrid también responden con preguntas? —dijo, sonriendo, cambiando a castellano.
—Otro… —murmuró Leo dándose la vuelta y volviendo a mirar la ría.
El cerrajero tardó menos de un minuto. Cuando la puerta cedió, se incorporó, recogió sus cosas y miró a Leo con una expresión entre orgullosa y aburrida.
— Máis difíciles teño visto . —Le guiñó un ojo.
Leo le dio las gracias. El cerrajero asintió, cogió la caja y volvió al coche sin más.
La casa olía a cerrado pero no a abandono.
Todo estaba en su sitio con esa pulcritud de alguien que vive solo y tiene sus propias normas.
La cocina limpia, los libros ordenados en una estantería baja del salón, una taza lavada y boca abajo en el escurridor.
Leo fue mirando despacio sin tocar nada todavía, haciéndose una idea del hombre antes de buscar al muerto.
El letrado los seguía a distancia prudente, anotando en una libreta sin hacer preguntas.
El garaje estaba al fondo, con entrada desde dentro. Andrea abrió la puerta y los dos se quedaron un momento en el umbral.
La Bultaco estaba en el centro, cubierta con una funda de tela que alguien había doblado con cuidado en las esquinas. Andrea levantó un extremo.
—Está impecable.
Leo miró alrededor. En la estantería del fondo había tres trofeos pequeños, y al lado un recorte de prensa enmarcado. Se acercó. Una fotografía en color de dos hombres junto a un coche antiguo, los dos con el brazo levantado. Leyó el pie de foto.
«Tobías Andersen y Ramón Eirís, primer puesto categoría clásicos hasta 1975. Rally de Galicia de Coches Clásicos». Tenía fecha de hacía seis meses.
Lo fotografió con el móvil sin decir nada y siguió.
De vuelta en el salón, Leo abrió los cajones de la mesita con guantes. En el segundo encontró una carpeta de cartón. La abrió encima de la mesa.
Tres credenciales del Camino de Santiago, dobladas con cuidado. La más antigua era de hace tres años. Otra de hace dos. La última del año pasado. Leo las revisó una a una, los sellos de los albergues, las fechas, las etapas del Camino Portugués. Las dejó sobre la mesa y miró la carpeta vacía.
—Sus padres dijeron que lo hizo una vez. Hace cinco años.
—Pues lleva por lo menos tres más. —Andrea cogió una de las credenciales—. Cada año, más o menos. El mismo tramo, el Portugués.
—Pero falta una, ¿no? —comentó Leo para sí mismo.
Andrea lo miró desde el otro lado de la mesa.
—La del primer Camino. Hace cinco años, cuando vino con Jonas. —Leo cerró la carpeta.
—A lo mejor la tiró, si se enfadó con su amigo y ya no se hablaban, a lo mejor le traía malos recuerdos.
—A lo mejor. —Miró el cajón vacío—. O a lo mejor no la tiró él.
Fue en la cocina donde Andrea lo vio. En la nevera, sujeta con un imán de Pontevedra, una estampita plastificada. Una imagen de un santo con una oración en el reverso. Leo no reconoció al santo. El papel había amarilleado un poco por los bordes.
—Lleva aquí años —dijo Andrea.
—¿Un párroco?
—Es lo que hacen en las parroquias del recorrido, las reparten a los peregrinos que pasan. —Andrea miró la imagen—. ¿Se la dieron en el primer Camino?
Leo la fotografió sin despegarla. Se quedó mirándola un momento.
—¿Pero por qué iba a tirar la primera credencial y no la estampita? —Leo dejó la pregunta en el aire.
Ninguno de los dos dijo nada más. Apagaron la linterna del móvil y ambos se guardaron las manos en los bolsillos a la vez, como si hiciese más frío de repente.
—Vamos a ver si hay algo más.