18.
Salieron de Pontevedra con el sol ya bajo, tiñendo la ría de un naranja sucio que no duraba. Andrea conducía. Leo tenía el informe de Rocío en el regazo pero no lo miraba.
—Bisturís —dijo Leo de repente.
—¿Perdona?
—Los frentes abiertos. Bisturís, la empresa de Vigo, la petición al juez. Gonzalo debe de tenerla casi lista.
—La mandamos mañana a primera hora entonces.
—Sí. Y la sierra de Ramón también, que la Científica tiene que haberse puesto con ella ya. —Hizo una pausa—. Mañana a primera hora hablo con Lucas para que meta prisa con los análisis del laboratorio y con la autopsia del cuerpo de las Salinas.
—¿Crees que Rocío puede tener algo para mañana?
—No, pero quiero que sepa que es prioritario. —Leo apoyó el codo en la ventanilla—. Y necesitamos identificar al de las Salinas cuanto antes. Sin nombre no podemos avanzar.
—¿Crees que el patrón se va a repetir? ¿Lo del lunar?
—Rocío lo daba por hecho con las fotos que tenía. Mañana lo confirmaremos.
Andrea asintió. Condujo un rato en silencio.
—Leo.
—Dime.
—Gracias por lo de los padres. —No lo miró, siguió con los ojos en la carretera—. Por dejarme llevarlo a mí.
Leo tardó un momento en responder.
—Lo hiciste bien.
—No sé si bien, pero era lo que tocaba hacer y me alegra haberlo hecho. —Otra pausa—. No es fácil esa conversación.
—No. —Leo miró por la ventana—. Por eso te lo pedí a ti.
No dijeron nada más hasta que Andrea aparcó frente a su portal. Antes de bajarse se volvió hacia Leo.
—¿A qué hora mañana?
—A las ocho y media. Reunión con todos para ponernos al día.
—Descansa, que vaya día… —Andrea le hizo un gesto con la mano.
—Igualmente.
Andrea asintió sonriendo, cogió su bolsa del asiento trasero y bajó. Leo se deslizó al asiento del conductor. No arrancó hasta que no vio que se metía dentro del portal.
Desde el portal de Andrea hasta el chalet de Javier había doce minutos. Leo los aprovechó para dejarle un mensaje de voz a Lucas con los frentes abiertos del día siguiente. Era tarde para llamar, pero Lucas prefería eso a enterarse por la mañana.
Cuando llegó, Javier estaba en el salón con el portátil abierto en las piernas, el pijama puesto y una bata encima. Levantó la vista cuando oyó la puerta.
—Estás para hacerte una foto, pareces shimanekko . —Saludó Leo riéndose.
—¿Ese quién es? —preguntó ladeando un poco la cabeza—. Bueno, que yo también me alegro de verte, hermano —siguió Javier sin darle tiempo a responder—. ¿Has cenado?
—No.
—Hay tortilla y ensalada en la cocina. —Volvió al portátil—. Coge una cerveza también, si quieres.
Leo se sirvió un plato, cogió la cerveza y se sentó en el sofá. Desde que vivían juntos habían cogido la costumbre de cenar pronto, en cuanto volvían de la obra de la casa por la tarde preparaban la cena.
—¿Qué tal el día?
—Largo. —Leo pinchó la tortilla—. ¿Tú has podido ir a Xagobe?
—Con la que ha caído hoy, no. He estado mirando presupuestos para el techo. —Hizo una pausa—. Los conocidos que llamé ayer vienen mañana a poner las tejas. Si no llueve, para mañana por la tarde lo tenemos.
—Te lo agradezco, Javi. Tiene pinta que la cosa se va a complicar en la comisaría.
—Ya me lo imaginaba. —Javier cerró el portátil del todo—. Oye, hablé con mamá.
—¿Ya te llamó?
—Me mandó un mensaje para decirme lo de que vienen. —Lo miró—. ¿Cuándo?
—Ni idea, yo hablé con ella esta mañana, pero no me confirmó nada.
—Bueno, cuando quieran. La habitación está lista. Y si papá quiere echar una mano con Xagobe una vez tengamos el techo cerrado, mejor.
Leo no dijo nada. Se terminó la tortilla.
—Pues si quieres la llamamos ahora y le decimos que vengan el jueves o el viernes. Así el fin de semana podemos ir todos a Xagobe.
—Es lunes, son las ocho y empieza Colgados del Aro , llámala tú si quieres.
El inspector se levantó con su plato negando con la cabeza mientras su hermano encendía la tele. Quería a su hermano muchísimo, pero a veces no le entendía. Recogió lo que había en el fregadero y subió a su habitación.
Desde la ventana de su cuarto se veía la playa oscura, con el sonido del mar llegando en oleadas cortas.
Empezó una videollamada con su madre para terminar de hablar lo que habían empezado esa mañana. Tardó tres tonos en cogerlo, y cuando apareció en pantalla estaba en la cocina, con un delantal puesto y algo hirviendo al fondo.
—Hijo, justo a tiempo. Mira qué pinta tienen las cocochas —dijo enfocando la cámara a la cazuela de barro donde las estaba preparando—. Tu padre dice que huelen bien, pero yo no me fío de él para estas cosas.
—¿Está ahí?
—En el sofá. —Giró la cámara un momento. Su padre levantó la mano sin despegar los ojos de la televisión—. Ya te digo yo que en cuanto le diga que hay obra se despeja.
Leo sonrió.
—Oye, ¿y tu hermano? Porque me cuesta más saber de él… —Siguió su madre.
—Pues ahí le he dejado en el salón, riéndose con el programa ese de baloncesto que ve él —dijo Leo como negando con la cabeza—.
Le conté a Javier y me dijo que ya le habías escrito, ¿no?
Ya os ha preparado la habitación, que esta tarde no ha podido ir a Xagobe por la lluvia.
Pero si venís esta semana y hace bueno podemos ir todos a ver la obra el fin de semana —recitó como de carrerilla.
—Pues vamos el jueves si os parece bien a los dos, hijo, que el miércoles tiene revisión de la espalda tu padre y así no cambiamos la cita.
—Se oyó protestar algo al fondo—. Calla tú, que ya sé yo lo que dices.
—Volvió a la cámara—. El jueves entonces.
Salimos por la mañana y llegamos a comer. —Una pausa —¿Qué tal estás tú?
—Estoy cansado, mamá.
—Ya. —Hizo una pausa—. ¿Lo de hoy ha ido bien?
—Ha ido avanzando. Mañana será un día largo también.
—Pues entonces te dejo. —Se quitó el delantal—. Y Leo, come algo antes de dormirte, que con el trabajo que tienes el cuerpo lo nota.
—Ya he cenado.
—Si es que cenar tan pronto no es bueno, os vais a poner malos entre eso y el tiempo de allí. Mira yo hoy, en manga corta he vuelto de la compra. A ver ahora yo cómo hago la maleta —dijo su madre mirando al techo de la cocina.
—Mamá, que mañana madrugo…
—Sí, sí, tienes razón. —Hizo ademán de colgar pero no colgó—. Oye, una cosa: lo que me contaste esta mañana, lo del segundo…
—Todo bien, el jueves cuando vengas te cuento.
—Vale. —Esta vez sí se oyó más tranquila—. Buenas noches, hijo. Dale un abrazo a tu hermano… Si se deja.
—Buenas noches, mamá —contestó Leo mandando un beso a la cámara.
La pantalla se quedó en negro. Leo la miró pensativo un momento, como si estuviese leyendo algo. Al cabo de un rato dejó el móvil en la mesilla y apagó la luz.