Donde acaba el camino 17.
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17.

Andrea abrió la libreta que había dejado encima de la mesa. Nerea se sentó a su lado.

—¿Cómo estaban? —preguntó Leo.

—Como puedes imaginar. —Andrea se frotó las manos—. Al menos el padre habla castellano bastante bien, la madre entiende algo pero no habla. —Hizo una pausa—. Se llaman Erik y Mette.

Leo asintió.

—¿Han aportado algo?

—Varias cosas. —Andrea miró sus notas—. Tobías era hijo único.

Se fue de Copenhague hace cuatro años, pero antes de irse hizo el Camino de Santiago.

Hace cinco años, en verano. Lo hizo con un amigo danés, un tal Jonas, sin más pretensión que pasar unos días en España.

Cuando volvió a casa les dijo que se iba a vivir a Galicia. Así, sin más explicación.

—¿Y ellos no le preguntaron por qué?

—Le preguntaron, claro. Él les dijo que le había gustado mucho la zona y que alguien que había conocido le comentó que si quisiese tendría trabajo de mecánico de coches.

Erik nos ha dicho que lo aceptaron porque Tobías siempre había sido así, de tomar decisiones solo y no dar demasiadas explicaciones.

—Andrea pasó una hoja—. La relación con ellos era cordial pero distante.

Hablaban por teléfono de vez en cuando, en Navidad se veían si podían. Este año no habían quedado todavía.

—¿Cuándo fue la última vez que hablaron con él?

—Ahí está lo interesante. —Andrea levantó la vista de la libreta—.

Hace tres semanas. El padre ha comentado que Tobías les llamó un martes por la tarde, sin motivo especial.

Que preguntó cómo estaban, que habló un rato con su madre también y que parecía tranquilo.

A Erik le extrañó porque no era habitual que llamase sin que fuese una fecha señalada.

Leo se quedó quieto un momento.

—¿Dijo algo concreto?

—Nada. Charla normal, según Erik. Pero él se quedó con la sensación de que Tobías quería contar algo y al final no lo hizo. —Andrea cerró la libreta—. No sé si eso es intuición de padre o si realmente había algo.

—¿Y el amigo? ¿Jonas?

—No saben el apellido. Dicen que lo conoció en su anterior trabajo en Copenhague, que hicieron el Camino juntos ese verano y que después no volvieron a saber de él. No creen que siguiesen en contacto.

Leo asintió despacio. Cogió un bolígrafo y anotó en el margen del informe de Rocío: Camino Santiago —hace cinco años —verano —con Jonas (apellido desconocido, Dinamarca).

—¿La foto? —preguntó sin levantar la vista.

—La miraron los dos. Erik dijo que no la reconocía al momento. Mette la tuvo un momento en las manos, la miró y negó con la cabeza sin decir nada. —Andrea hizo una pausa—. Estaba muy ida, Leo. No creo que estuviese en condiciones de mucho más.

—Bien. —Leo guardó el bolígrafo—. Gonzalo, añade esto al informe.

El amigo Jonas como línea abierta y la llamada de hace tres semanas.

—Se levantó y cogió el cortavientos de la silla—.

Pon al corriente a Nerea de lo de los bisturís, acaba la petición al juez y se la mandamos hoy mismo —dijo mientras se subía la cremallera—. Cualquier cosa me llamas al móvil.

Gonzalo asintió.

—Andrea —dijo Leo moviendo la cabeza hacia su compañera, que seguía recostada en la silla mirando sus notas de la charla con los padres—, nos vamos a Pontevedra, te pongo al día por el camino.

Salieron de la comisaría por la puerta de atrás. La llovizna había parado pero el suelo seguía mojado y el cielo tenía ese color blanco que en Galicia podía durar días. Leo abrió la marcha hacia el puerto con las manos en los bolsillos.

—¿Qué te dijo exactamente Rocío? —preguntó Andrea poniéndose a su altura.

—Que cuando volvió de las Salinas se puso con el cuerpo de Tobías de nuevo. Me ha dicho que encontró algo que no vio en la primera pasada y que prefería que lo viésemos directamente.

—¿Nada más?

Leo no dijo nada.

—¿Tú qué crees que es? —volvió a preguntar Andrea.

—No sé. —Leo miró al suelo mientras andaba—. Pero Rocío no llama así porque sí. Sabes cómo es, si puede darte algo por teléfono, te lo da. Si dice que prefiere que lo veamos en persona es porque no sabe cómo explicarlo de otra manera, o porque quiere ver nuestra cara.

—O las dos cosas.

—O las dos cosas.

Llegaron a la furgoneta. Leo abrió y se sentó en el asiento del copiloto sin decir nada. Andrea arrancó y salió del aparcamiento hacia la carretera de Pontevedra.

—Lo de los padres me ronda —dijo Leo cuando ya llevaban unos minutos en carretera.

—¿Lo de la llamada?

—Sí. Hace tres semanas, sin motivo aparente. —Miró por la ventana—. Tobías no era de llamar sin razón, y su padre lo notó. Algo quería decir y no lo dijo.

—Puede que no fuese nada. Puede que un día te levantes y te apetezca llamar a tus padres.

—¿Tú haces eso?

Andrea no contestó.

—Yo tampoco —dijo Leo.

Siguieron en silencio un rato. La carretera bajaba hacia Pontevedra entre eucaliptos y algún que otro cartel de obra.

—Oye. —Leo se giró hacia Andrea—. Tobías sale del trabajo el jueves por la tarde, se coge el viernes libre y piensa volver el lunes. ¿Adónde iba exactamente?

—A Seara está pegado a Pontevedra. Entra en el Camino casi desde la puerta de casa.

—¿Y desde ahí hasta Santiago cuánto hay?

—Unos sesenta kilómetros. Con tres días llegaba sin problema. Viernes Caldas de Reis, sábado Padrón, domingo Santiago.

—¿Y cuántos kilómetros hace un peregrino al día?

—Depende. La media está en unos veinte, veinticinco. Hay gente que hace más, gente que hace menos. Las etapas del Portugués están pensadas para eso más o menos.

—Pero las Fervenzas están antes de Caldas, ¿no?

—Sí, en lo que sería el primer día de Tobías. Entre Pontevedra y Caldas. —Andrea frunció el ceño.

Leo tardó un momento en decir algo.

—O sea, que salió el viernes y el domingo apareció en el mismo punto donde tendría que haber estado el primer día.

—Exacto. No avanzó.

—¿Podría haber parado voluntariamente? ¿Hay albergues cerca de las Fervenzas?

—Imagino, los hay por todo el recorrido. Pero si te quedas dos noches en la primera etapa no llegas a Santiago en el tiempo que tenía.

—¿Y si no iba a Santiago?

—¿Para qué haces el Camino si no vas a Santiago?

—No sé, tú eres la experta.

Andrea bufó levemente.

—Hay gente que lo hace por etapas, un fin de semana aquí, otro allá. Pero eso no encaja con alguien que se coge los días justos para llegar.

—O sea, que o tenía una razón para quedarse en las Fervenzas o alguien lo paró antes de que pudiese avanzar.

—Sí. —Andrea aparcó y lo miró—. Leo, en serio, para llevar un caso del Camino deberías documentarte un poco más.

Se bajaron del coche y enfilaron camino del edificio.

—Para eso te tengo a ti —le dijo Leo dándole un pequeño empujón con el hombro.

El edificio seguía igual. La plaza con el parque infantil, la cafetería con la terraza, los columpios. Leo lo miró un momento antes de entrar, como la primera vez.

Rocío los estaba esperando en el pasillo, antes de llegar a la sala de espera con los asientos marrones. Tenía el pelo recogido y llevaba los guantes puestos todavía, lo que significaba que venía de dentro.

—Gracias por venir. Pasad y poneos los trajes.

No hubo más preámbulos. Los tres entraron.

Tobías seguía en la mesa metálica. La temperatura era la misma de siempre, esa bajada de un par de grados que Leo ya conocía y a la que nunca llegaba a acostumbrarse del todo. Rocío fue directamente al lado derecho del cuello del cuerpo y acercó el flexo.

—Aquí —dijo señalando con el dedo enguantado.

—¿Un lunar? —preguntó Andrea mirando a Leo, que se encogía de hombros.

—Lo importante es lo que hay dentro del lunar, acercaos.

—No veo nada, Rocío —dijo Leo, al que ya se le habían apagado los ojos, pues empezaba a desesperarse con su compañera.

—Tiene un pinchazo, Leo. Justo en el centro del lunar.

—Podría ser casualidad, incluso podría ser cualquier otra cosa —resolvió Leo, que ya había perdido la esperanza del todo.

—No lo creo. Cualquier pinchazo en el cuello dejaría una marca roja.

Dependiendo de la zona y la pericia con la que se hiciese el pinchazo, podría dejar incluso un moratón en la piel durante unos días.

En cambio, si este pinchazo se hace en un lunar, la entrada de la aguja quedaría oculta por el propio lunar y, si se tiene un poco de cuidado, no saldría marca de ningún tipo.

—A ver, a ver… —Andrea estaba procesando la información todavía—. ¿Es decir, que tenemos un asesino que corta los pies de manera limpia y los deja a la vista, y ahora resulta que también se molesta en pinchar al muerto en un lunar en el cuello para que no salga marca?

—Exacto. Y eso me parece más importante que los pies.

—¿Por qué? —preguntó Leo, que había vuelto en sí.

Rocío se enderezó y los miró a los dos.

—Lo que inyectó es lo que mató a Tobías, y no quiere que lo encontremos.

—¿Y lo has encontrado? —preguntó Andrea.

—Sigo esperando los análisis. —Rocío se quitó los guantes—.

Pero hay algo que me ronda desde el principio.

Las petequias en los ojos. Las vimos en la escena y las atribuimos a una posible asfixia mecánica, pero he revisado el cuello a fondo.

No hay fractura de hioides, no hay marcas en la faringe, no hay nada que explique una asfixia por estrangulamiento. Y sin embargo las petequias están ahí.

—¿Y eso qué significa? —preguntó Leo.

—Que la asfixia fue química, no mecánica. Algo que paralizó la respiración desde dentro. —Hizo una pausa—. Y hay otra cosa. Para pinchar con esa precisión en un lunar tan pequeño, Tobías tenía que estar quieto. Completamente quieto.

—¿Sedado?

—Eso creo. Primero algo que lo dejase inconsciente, luego la inyección en el lunar.

—Rocío miró el cuerpo—. Si usó algo como cloroformo, el cuerpo no puede eliminarlo una vez muerto, pero es tan volátil que parte se evapora de los tejidos igualmente.

Y llevaba horas en el agua. —Hizo un gesto con la mano—.

Si queda algo será en el hígado y en concentraciones muy bajas.

Ya he hablado con el laboratorio para que pongan atención extra con ello.

La sala quedó en silencio.

—¿Cuánto tarda el laboratorio? —preguntó Leo.

—Les he pedido prioridad. Cuarenta y ocho horas, con suerte menos.

Leo miró el cuerpo de Tobías un momento. Los pies ausentes, el lunar en el cuello. Alguien que quiere que veas una cosa y no veas la otra.

—Muchas gracias, Rocío. ¿Alguna cosa más? —preguntó Andrea, que seguía mirando el cuerpo desde cerca, con esa curiosidad suya.

—Sí. —Fue hacia su mesa y cogió una carpeta—. Antes de que llegase el cuerpo de las Salinas he estado revisando las fotos que hice en la escena. En el cuello he visto varios lunares.