Donde acaba el camino 16.
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16.

Leo salió del despacho de Lucas con las manos en los bolsillos.

Gonzalo estaba sentado frente al ordenador. Nerea repasaba algo en su libreta. Andrea tenía un táper abierto encima de la mesa y comía usando sólo el tenedor, sin prisa.

—¿Qué es eso? —preguntó Leo acercándose—. Huele bien.

—Lasaña de mi madre. —Andrea levantó la vista—. No me mires así, que para ti también hay.

Señaló con el tenedor hacia la nevera pequeña que había en el rincón. Leo la abrió. Había otro táper con su nombre escrito en un pósit con la letra de Andrea.

—Aunque sean las cinco, al menos vamos a comer rico —dijo Leo mirando el reloj y frotándose las manos.

Leo cogió el táper, un tenedor de plástico del cajón que tenían al lado de la nevera y se sentó.

—¿Los padres? —dijo abriendo el táper.

—Todavía no han llegado. Pilar los trae hasta la sala en cuanto lleguen. —Andrea recogió el táper vacío y lo cerró—. Irá bien, Leo. Los padres, digo.

Leo iba a decir algo cuando sonó el teléfono.

—Rocío.

—Leo, escúchame. —Hablaba rápido, con esa tensión contenida que Leo le había aprendido a identificar—. Cuando he vuelto de las Salinas me he puesto con la segunda vuelta al peregrino de las Fervenzas. He encontrado algo que no vi en la primera pasada. Necesito que vengáis. —Hizo una pausa—. Hoy.

—¿Puedes adelantarme algo?

—Prefiero que lo veáis directamente.

Leo no dijo nada durante un segundo.

—¿El cuerpo de las Salinas ha llegado ya?

—Hace una hora. Vilaboa está a diez minutos de aquí, el traslado fue rápido. Mañana a primera hora me pongo con él, pero lo del peregrino no puede esperar.

—Vamos para allá en cuanto podamos. Gracias, Rocío.

Colgó. Levantó la vista y vio que los tres le estaban mirando. Justo en ese momento sonaron pasos en el pasillo y apareció Pilar en el umbral.

—Chicos, los señores Andersen están abajo.

Leo se levantó. Andrea ya estaba de pie y, antes de que él pudiese decir nada, ella hizo un movimiento casi imperceptible hacia él. Leo respondió con una mirada. Sigue tú. Ella asintió apenas y Leo volvió a sentarse.

—Nerea, ¿te importa acompañar a Andrea?

Nerea dejó la libreta en la mesa y se puso de pie.

Leo siguió a sus dos compañeras con la mirada mientras desaparecían por el pasillo. Gonzalo lo miraba desde el ordenador.

—¿Rocío?

—Sí. Dice que ha encontrado algo en el cuerpo de Tobías que tenemos que ver.

El de las Salinas acaba de llegar, se pone con él mañana.

—Leo cogió el informe preliminar de Rocío de su mesa y lo abrió—.

Gonzalo, ¿has hablado con los de la Científica para lo de la casa de Tobías y la sierra de la casa de su jefe?

Gonzalo asintió.

—Vale, perfecto, pues como eso tardará, mientras Andrea y Nerea están con los padres, ¿me echas una mano con lo de los bisturís?

—Cuéntame.

Leo fue a su mesa y abrió el cajón de abajo. Sacó una carpeta con algunas hojas impresas, algunas con anotaciones a mano en los márgenes, y la dejó entre los dos.

—Esto lo empezamos Andrea y yo ayer. Rocío nos confirmó que el corte de los pies de Tobías se hizo con un bisturí forense muy específico.

No uno de los de uso corriente, sino un modelo concreto.

—Leo señaló una de las hojas, donde había una imagen de un bisturí y debajo una referencia técnica subrayada—.

Corte limpio, preciso, alguien que sabe lo que hace.

Andrea estuvo buscando distribuidores que vendiesen este modelo en España y encontró cinco.

De esos cinco, tres venden exclusivamente a centros hospitalarios o clínicas, con factura a razón social.

Los otros dos venden también a particulares.

—¿Y hemos solicitado el listado de pedidos?

—Eso es lo siguiente. Andrea preparó el escrito para pedir la orden al juez, pero llegó lo de las Salinas y quedó aparcado.

Necesito que termines de preparar eso. El modelo exacto está aquí, y las dos empresas también.

Mira si Gutiérrez nos lo firma hoy o si hay que esperar a mañana.

Lucas sabe que tiene prioridad, por si tenemos que meter prisa.

Gonzalo cogió la hoja y la leyó despacio.

—¿Qué rango de fechas pedimos?

—Los últimos seis meses. Filtrado por Galicia primero.

Gonzalo empezó a teclear. Leo cogió el informe de Rocío de nuevo y retomó la página donde lo había dejado. Pasaron unos minutos en silencio.

—Leo.

—Dime.

—Si el bisturí deja un corte tan limpio… ¿para qué me dijiste antes que investiguemos la sierra de Ramón?

Leo dejó el informe en la mesa.

—Porque no sabemos si Tobías es el único. Si el de las Salinas aparece con un corte distinto y los de la Científica encuentran algo en esa sierra, necesitamos tenerla localizada. —Cogió el informe de nuevo—. De momento no descartamos nada.

Gonzalo asintió y volvió a teclear.

Pasaron casi veinte minutos. Leo había llegado a la página del informe donde Rocío describía las petequias y se había quedado parado en ella. Gonzalo rompió el silencio sin levantar la vista del ordenador.

—Oye, una de las dos empresas que venden a particulares tiene la sede en Vigo.

Leo levantó la vista.

—¿Cuánto llevan operando?

—Desde 2019. Tienen web propia y venden por tres plataformas distintas. —Gonzalo hizo clic en algo—. El modelo que busca Rocío lo tienen en stock. Precio sin IVA, envío en cuarenta y ocho horas.

—Bien. Pon esa como prioritaria en el escrito para Gutiérrez. Si el pedido se hizo desde Galicia, lo más probable es que fuese a ellos.

Gonzalo anotó algo y siguió. Leo volvió al informe, aunque le costó un momento retomar el hilo. Una empresa en Vigo, a cuarenta minutos de Vilagarcía.

Estuvieron un buen rato más en silencio, cada uno con lo suyo. En algún momento Leo se terminó la lasaña sin darse cuenta.

Al cabo de un rato oyeron voces en el pasillo.

Primero las de Andrea y Nerea, luego unas palabras en un idioma que no era castellano y después unos pasos que se alejaban hacia las escaleras.

Un momento después Andrea asomó por la puerta con Nerea detrás.

Dejó la libreta en la mesa y se sentó. Tenía la cara de quien acaba de pasar un rato difícil pero necesario.