Donde acaba el camino 15.
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—¿Te dejo la furgoneta donde siempre? —Andrea pasaba por la rotonda de la comisaría cuando le hizo la pregunta a Leo.

Los sitios delante del edificio estaban reservados para vehículos oficiales, y Leo tenía la manía de desplazarse siempre en su furgoneta.

Que Andrea la condujese era normal, y más en días como ese, con el humor que tenía Leo después de lo pasado en las Salinas de Ulló.

Vilagarcía aparecía entre la llovizna cuando Andrea aparcó en el sitio de siempre, frente al puerto.

Desde ahí había cinco minutos de paseo a la comisaría.

Leo bufó mirando al cielo. Abrió la puerta lateral de la furgoneta y sacó un paraguas antiguo, con publicidad de una aseguradora, que tenía para emergencias.

—Leíto, para lo poco que te gusta la lluvia ya podías tener un paraguas algo mejor. —Le dijo Andrea mirándolo. Leo odiaba que lo llamasen Leíto , Andrea lo sabía y se lo llamaba para picarle.

El inspector abrió el paraguas y se encaminó a la comisaría sin decir nada.

Después de cuatro minutos de paseo a ritmo casi de marchador entraron en el edificio, Leo se sacudió el pelo con la mano y subieron a su planta directamente.

Cogió el café que le quedaba de la mañana y lo olió.

Con una cara de asco lo tiró a la papelera y se fue a la máquina a por otro.

Gonzalo y Nerea estaban de pie junto a la mesa de ella, mirando la pantalla del ordenador. Cuando los oyeron llegar, Gonzalo levantó la cabeza.

—¿Qué tal las salinas?

—Mojado —dijo Leo, que había dejado su café en la mesa y se estaba quitando el cortavientos y colgándolo en la silla—. ¿Vosotros cómo habéis quedado con el taller?

—Bien, Leo, mejor de lo que esperábamos —dijo Nerea girando el monitor hacia ellos.

En la pantalla había varias fotos de un taller pequeño pero que estaba realmente limpio y ordenado, con unas estanterías de metal repletas de recambios y dos coches con los capós levantados.

Aunque no había espacio para prácticamente nada más, no daba sensación de agobio—.

El dueño se llama Ramón, lleva el taller desde hace dieciséis años.

Tobías llevaba trabajando con él los últimos cuatro.

Buen trabajador, callado, de esos que se lleva el trabajo a casa.

Dice que hacía sus propias reparaciones los fines de semana, sin factura, claro.

A veces le dejaba la llave del taller. No le conocía amigos, pero tampoco era raro en él.

—¿Sabía que estaba haciendo el Camino? —preguntó Andrea acercándose al monitor.

—No. Dice que el jueves, al acabar la jornada, Tobías se despidió de los demás sin decir adónde iba.

Se había pedido el viernes de permiso. Ramón nos ha dicho que tuvieron una discusión porque Tobías quería cogerse ese viernes de vacaciones, pero ahora con la Semana Santa a la vuelta de la esquina todo el mundo se acuerda de hacerle el mantenimiento al coche y tienen mucho trabajo cambiando aceites y filtros.

En cualquier caso, finalmente se lo cogió, nos ha dicho que el lunes debería haber vuelto a trabajar.

Ramón asumió que se marchaba un fin de semana largo, aunque tampoco le dio ninguna explicación.

—¿Él solo?

—Siempre solo, según Ramón. Nos ha dicho que en el pueblo se le veía por el bar, y que a veces hablaba con unos y otros, pero dice que no se le conocen amigos como tal.

—Fue Gonzalo quien respondió—. Nos ha dado acceso al taquillero de Tobías en el taller.

Había poco: un par de camisetas, facturas de recambios de hace meses y esto.

—Gonzalo deslizó una foto hacia ellos. Era una imagen impresa en papel normal, en blanco y negro.

Se veía una calle empedrada, casas bajas y al fondo una iglesia—.

No se ve nada que la identifique. —La foto estaba doblada por la mitad.

Leo la cogió y la estudió un momento.

—¿Científica tiene el original?

—Sí, les hemos pedido que miren si hay algo en el papel, alguna huella o algún texto por detrás.

—Bien. —Leo dejó la foto en la mesa sin dejar de mirarla—. ¿Algo más del taller?

—Una cosa —dijo Nerea buscando en sus notas—. Ramón nos dijo que hace unas semanas Tobías le preguntó si tenía una sierra de cinta en casa. Que quería hacer un proyecto personal, y que se la devolvería en nada.

La sala guardó silencio un instante.

—¿Y se la dejó? —preguntó Leo.

—Dice que sí. Que la tuvo tres días y que la devolvió más limpia de lo que se la había dejado y sin ningún desperfecto. Nosotros ya le hemos pedido que no la toque, que vamos a mandar a la Científica a revisarla.

Leo asintió despacio. Andrea lo miraba de reojo. Los dos estaban pensando lo mismo pero ninguno lo dijo.

—Bien. —Leo fue hacia su silla y se sentó—. El detalle de la sierra me parece importante, pero no lo queremos contaminar todo por si luego no es nada. Gonzalo, ¿puedes coordinar tú eso con los de la Científica?

—Hecho.

—Mientras tanto, hay que investigar un poco más en el pasado de este chico.

Vamos a ir a su casa a ver si vemos algo fuera de lo común, tenemos que encontrar el lugar donde lo asesinaron.

—Leo miraba a Nerea y a Gonzalo alternativamente—.

Máxima prioridad a esto, chicos, lo del atraco al banco lo movemos a otro equipo o a quien haga falta, ahora hablo con Lucas.

Los dos agentes asintieron a la vez.

Leo abrió el informe de Rocío que tenía en la mesa. No había tocado nada en horas pero lo tenía mentalmente muy presente. Pasó una hoja y se quedó parado en un párrafo.

—Oye, Nerea, ¿los padres de Tobías han llegado ya?

—Han llamado hace una hora desde el aeropuerto de Santiago. Acababan de aterrizar en el primer vuelo que encontraron desde Copenhague. Les ha recogido un coche, llegarán en unos cuarenta minutos.

—¿Habéis preparado la sala?

—Sí, y le he dicho a Pilar que los mande para arriba en cuanto lleguen.

—Leo asintió. Se frotó los ojos con el índice de las dos manos y descansó la cabeza sobre sus palmas, con los codos apoyados en la mesa.

Pensó en los padres de Tobías durante un momento, sentados en un avión, sin entender nada.

Viniendo desde tan lejos a un sitio en el que su hijo llevaba cuatro años viviendo y al que no habían venido nunca.

—Andrea, ¿te importa estar tú en esa conversación? —dijo sin levantar la vista.

—Claro —respondió ella, sin preguntar nada.

Era la primera vez que Leo le dejaba hacerlo sin que ella lo pidiese. Andrea lo miró un segundo más de la cuenta pero no dijo nada. Fue a por agua.

—Voy a hablar con Lucas yo para ponerle al día de lo de las Salinas —dijo Leo levantándose de la silla con un poco de dificultad—. Avisadme si llegan los padres.

Llamó a la puerta del comisario con los nudillos dos veces y esperó.

—Adelante. —Sonó desde dentro, amortiguado.

Lucas estaba de espaldas a la puerta, mirando por la ventana con las manos en los bolsillos.

Desde la oficina del comisario se veía un pequeño campo de fútbol justo al cruzar la calle de la comisaría; el parque desde donde esa mañana a primera hora Leo había llamado a su madre y más allá, la ría.

Todo ello cubierto por un cielo gris que había dado algo de tregua con la lluvia. Sin volverse empezó a hablar.

—Siéntate, Leo, que me imagino que traes cosas.

El inspector cerró la puerta, se sentó en una de las dos sillas que había frente a la mesa y aguardó a que Lucas se girase.

El comisario lo hizo despacio, fue a sentarse y apoyó los codos en la mesa con una expresión que Leo ya conocía bien.

Era la misma que ponía cuando le explicaban algo que no le gustaba pero que sabía que era necesario escuchar.

—Cuéntame.

Leo le resumió la mañana. Las Salinas de Ulló, la mochila, Tobías, el taller y la sierra. Lucas escuchó sin interrumpir, algo que Leo siempre agradecía. Cuando terminó, el comisario guardó silencio unos segundos.

—Bien… —dijo Lucas recostándose en la silla—. ¿Qué necesitas?

—Mover el caso del atraco al banco a otro equipo. Necesito a Nerea y a Gonzalo centrados en esto.

—Lo muevo esta tarde. —Lucas hizo un gesto con la mano como quitándole importancia—. ¿Algo más?

—De momento no. Llegamos a un punto en el que necesitamos que la Científica nos dé algo. Hasta que no tengamos eso estamos un poco parados.

—¿Y los padres?

—Llegan en menos de media hora. Andrea se encarga.

Lucas lo miró un momento.

—¿Y tú?

—Estoy esperando noticias de Rocío. Todavía no ha mandado el informe completo de las Fervenzas y tiene pendiente darle una segunda vuelta al cuerpo. Ahora encima tiene a Tobías. Le voy a dar un toque para ver cómo lleva los tiempos.

Lucas negó.

—No, que cómo estás tú.

Leo se encogió de hombros y el comisario no insistió. Se levantó, fue hacia la pequeña cafetera que tenía en el mueble lateral y sirvió dos tazas sin preguntar.

—Hay una cosa que me ronda, Leo —dijo dándole la taza—. Tobías lleva cuatro años aquí, solo, sin amigos, sin familia cerca. Hace el Camino sin decirle nada a nadie. Pero resulta que alguien lo está esperando.

Leo sostuvo la taza con las dos manos.

—Eso es lo que no me cuadra a mí tampoco.

—Alguien que sabe dónde va a estar, y justo el fin de semana que se coge libre.

Los dos se quedaron en silencio. Por la ventana, en la ría, el agua se veía igual de gris y quieta que el cielo.

—Bueno —dijo Lucas finalmente—, vete a comer algo antes de que lleguen los padres. Cuando resolvamos esto recuérdame que te invite a unos mejillones.