Donde acaba el camino 14.
25%

14.

Leo se dejó caer en el asiento del copiloto, notando la tela fría pegándosele a la espalda. Andrea puso en marcha la furgoneta y los limpiaparabrisas empezaron a arrastrar la lluvia en vaivenes cortos.

—Si quieres subo la calefacción —dijo ella, sin mirarlo.

—Déjala así —respondió Leo, mirando al frente.

El móvil empezó a vibrar en su bolsillo en cuanto Andrea salía del parking de las salinas y se incorporaba a la carretera que conectaba con la nacional. Vio «Mamá» en la pantalla.

—Cógelo. Yo hago como que no oigo nada —dijo Andrea, intuyendo de quién venía la llamada.

Leo asintió, como dándole las gracias a su compañera.

—Hola, mamá. Estaba preocupado.

—Hola, hijo. Perdona pero es que he cambiado de móvil y no me aclaro con este todavía, me han hecho una oferta en la compañía de teléfono y ahora tu padre puede ver las motos y a mí me han regalado este teléfono nuevo.

Y nada, que cuando me has llamado esta mañana no he sabido cogerlo.

¿Ves cómo os necesito a tu hermano y a ti en Madrid?

¿Qué tal estás? ¿Cómo va todo por allí? —dijo su madre de carrerilla, con esa costumbre que tenía de explicar todo con mucho detalle aunque no añadiese nada a la conversación.

Leo ya estaba acostumbrado y, en muchas ocasiones, aunque no sabía si su madre lo hacía a propósito lo agradecía, pues le quitaba peso al resto de cosas.

—Bien, dentro de lo que cabe. —Ignoró todo lo que su madre le había contado antes—. ¿Y vosotros? ¿Qué tal está papá?

—Tirando. Un poco pesado con la espalda, ya sabes cómo se pone, pero bien. Le hace ilusión que os acordéis de él aunque luego se haga el duro.

Leo apoyó la cabeza en el cristal.

—Dile que le llamo estos días. Llevo fatal lo de repartir las llamadas.

—Ya se lo diré. —Hizo una pausa breve—. Cuando he oído tu mensaje me he metido en internet a ver si encontraba algo.

Lo ha sacado un periódico de ahí, pequeño, al final de la página.

«Peregrino hallado muerto en el paraje natural del río Barosa».

—Otra pausa—. ¿Es el caso que me decías en el mensaje?

—¿Ya ha salido en las noticias? —Leo apretó la mandíbula. No sabía si instintivamente por saber que la noticia ya estaba en internet o por culpa del atasco que se había formado en el peaje de Borrateiros por culpa de la lluvia.

—Un artículo pequeño, hijo, dos frases mal contadas y una foto del agua. Pero está. —La voz de su madre sonó tranquila, sin dramatismo—. Cuando me llamas con ese tono en el mensaje, algo hay.

—Sí. Lo llevo yo. —Miró los otros coches parados en paralelo a la furgoneta—. Y hoy hemos sacado otro. En unas salinas, también peregrino. Parece que lleva más de un día en el agua.

Sintió cómo Andrea desviaba un instante la mirada hacia él, pero no dijo nada.

—Entiendo —respondió Mari Carmen, más seria—. ¿Y tú estás bien?

—Cansado. Con la sensación de que se me escapa algo todo el rato. No quería llamarte por trabajo tan pronto, pero…

—Pero lo has hecho —cortó ella, sin dureza—. Y me alegra más que enterarme por un recorte de prensa.

Se oyó ruido de fondo, voces, el golpe metálico de un puesto del mercado.

—Oye —continuó ella, cambiando ligeramente el tono—, tu padre y yo estábamos hablando de subir unos días. Así vemos a tu hermano, te vemos a ti… y de paso tu padre os echa una mano con la obra de la casa.

—¿Seguro que estabais pensando en eso? —Leo se incorporó un poco en el asiento.

—Hombre hijo, llevas meses sin venir por aquí y nosotros sin subir. Y tu padre lleva tiempo diciendo que quiere ver cómo os las apañáis ahí arriba.

—No sé cómo voy a tener los horarios, mamá.

—No vamos a ir a que nos hagas de guía turístico —respondió ella—. Vamos a veros. Y si te veo cinco minutos, pues mejor. Además, si hay obra, tu padre será feliz con un metro en la mano.

Leo notó que se le aflojaba algo en el pecho. No se terminaba de creer que sus padres realmente hubiesen hablado de ir a hacerles una visita, pero se alegraba de tenerlos cerca por unos días.

—Vale. Hablamos esta noche y me dices fechas. Se lo cuento a Javier y os preparamos la habitación en casa. A ver cómo lo tiene él en el trabajo también…

—Sí, hijo, te llamo más tarde, que ya me toca, que hoy voy a hacer cocochas de bacalao. El otro día vi a Arguiñano que las hacía y me he animado a copiarle la receta, ya te contaré a ver cómo me salen. Y tú me cuentas un poco más de lo del Barosa y de hoy. Lo justo, sin nombres.

—Gracias, mamá.

—Y abrígate, hijo, que oigo llover y allí el agua se mete en los huesos.

Colgó. Leo no entendía cómo su madre podía pasar de un tema a otro así de fácil. Del móvil nuevo al caso y del caso a una receta de cocina. De nuevo, como con su costumbre de ponerle detalle a cosas aparentemente sin sentido, no sabía si lo hacía adrede, pero le sentaba bien.

Durante unos segundos solo se oyó el motor y la lluvia contra el techo de la furgoneta.

—¿Van a venir? —preguntó Andrea al cabo de un rato.

—Eso parece —dijo Leo, jugando a darle vueltas al móvil en la mano—. Mi madre y mi padre. Dice que lo habían estado hablando… No termino de creerlo, pero bueno, creo que a Javier y a mí nos vendrá bien.

—Bueno. —Andrea miró al frente—. Y así tu padre se pone con la casa con tu hermano, ¿no?

—Sí, porque este caso tiene pinta que se nos va a alargar… Y yo no sé cuánto voy a poder dedicarle a la casa.

La furgoneta tomó la salida hacia Vilagarcía mientras el cielo empezaba a aclarar un poco sobre la ría.