13.
—¡Lleva bastante tiempo en el agua! —El viento que se había levantado por la tormenta hacía que aunque Rocío hablase en voz alta, su voz no llegase al muro de piedra con claridad.
—Leonardo, acérquese a ver qué dice la forense, que con esta lluvia no hay quien se entere —dijo el juez ladeando la cabeza hacia la subinspectora.
—¿Quieres que vaya yo, Leo? ¿Y te quedas con el señor juez? —Se ofreció Andrea rápidamente, acordándose de lo poco que le gustaba mojarse al inspector, y más sabiendo que iba a tener que meter en el agua las piernas hasta las rodillas.
—Deje que vaya Leonardo, Andrea, y nos quedamos debajo del paraguas nosotros. —El juez no dejó que Leo contestase.
Andrea hizo una mueca que sólo vio Leo, que venía a resumir un «claro que sí, señor juez, yo le sujeto el paraguas y luego le plancho los pantalones con la raya en el lateral».
El inspector se dio la vuelta con una sonrisa, se quitó las zapatillas, se remangó los pantalones vaqueros como pudo hasta el muslo y se metió en el agua.
—¿Comentando el último capítulo de Perdidos o qué? —le saludó Rocío cuando llegó a su encuentro—. Que esto no se va a hacer solo —dijo abriendo los brazos hacia el cuerpo flotando.
—Sí, dice el juez que realmente el avión nunca despegó. —Leo le siguió el juego.
—¿Le podríamos mandar a la isla, no crees?
—Mira, le llevo a caballito si hace falta.
Estallaron en una carcajada que se ahogó por una ráfaga de viento. El movimiento de los juncos por el aire los devolvió a la escena del crimen.
Rocío guardó la linterna en el chaleco y se colgó la cámara réflex al cuello, protegiéndola con una mano del salpicar del agua.
Dio un par de pasos hacia atrás para encuadrar mejor y disparó varias fotos del cuerpo flotando, del brazo visible y del charco oscuro que lo rodeaba, antes de agacharse otra vez.
—¿Qué has visto, Rocío? —Leo cambió la cara y adoptó un tono serio.
Tenía mucha facilidad para pasar de un estado a otro, pero en Madrid vivía en la seriedad todo el tiempo, no tenía espacio para esos pequeños momentos de liberación.
En Galicia había conseguido alternarlos, sería la gente o el ritmo de vida, pero lo que en Madrid hubiese sido un levantamiento horrible bajo la lluvia aquí era mucho más llevable.
—Para empezar, que no es de ayer —respondió ella, inclinándose un poco más hacia el brazo—. Mira la piel, está blanquecina, como lavada. Lleva bastantes horas en el agua, mínimo un día, quizá algo más.
Leo siguió la línea del brazo con la mirada. El agua le llegaba ya por encima de las rodillas y notaba el frío subiéndole poco a poco por las piernas.
—¿Te cuadra con un ahogamiento? —preguntó, intentando no mirarle demasiado a la cara al cadáver.
—Me cuadra con alguien que ha estado en el agua —matizó Rocío, sin levantar la vista—. Otra cosa es que se haya ahogado aquí. Está empezando a hincharse, fíjate en las manos y en el dorso de la muñeca. La piel se arruga, pero aún no es una fase muy avanzada.
Se agachó un poco más, apoyando una mano en el muslo para no perder el equilibrio cuando una ráfaga de viento les empujó el agua contra las piernas.
Leo miró el tronco sumergido, intentando adivinar la forma del cuerpo bajo el agua turbia.
—¿Ves algo raro? ¿Golpes, cortes, lo que sea?
Rocío revisó la última foto en la pantalla de la cámara antes de responder.
—¿Más raro que un excursionista flotando en las Salinas de Ulló?
—bufó Rocío—. Lo justo para que cuando vengan los de la Científica no me digan que les he pisado el trabajo.
Lo que sí veo son unas zonas más oscuras en el antebrazo, podrían ser golpes, podrían ser suciedad, podrían ser marcas de lo que haya rozado al flotar.
Hasta que no lo limpie y lo mire de cerca en la mesa, no te puedo decir nada más.
—Vale. ¿Algo más que quieras mirar aquí, o lo dejamos para cuando llegue seco?
—Aquí, poco más. No voy a darle la vuelta ni a jugar a los barquitos —dijo, incorporándose con un quejido—.
Apunta: varón adulto, lleva horas en el agua, signos compatibles con permanencia prolongada en medio acuático.
Sin lesiones externas evidentes en las partes visibles.
Y que necesito verlo en condiciones para decirte algo más serio.
Leo asintió. Notaba los vaqueros pegados a las piernas y empezaba a no sentir los dedos de los pies del frío.
—Perfecto, pues vamos a que el señor juez oiga todo eso de ti y no de mí.
—Claro, que si no luego parece que me invento los tiempos —respondió Rocío, esbozando una sonrisa cansada—. Anda, tira, que si me quedo un minuto más aquí me salen escamas.
Empezaron a caminar de vuelta hacia el muro. A cada paso el barro intentaba quedarse con las zapatillas de Leo, mientras el agua se iba volviendo menos profunda. Cuando por fin pisaron piedra firme, el viento les golpeó con más fuerza que dentro de la salina.
Andrea estaba junto al juez, bajo el paraguas, con el móvil todavía en la mano. A unos metros, dos voluntarios de Protección Civil recogían datos con un agente de la Policía Local, mientras señalaban la salina y la zona de acceso más fácil.
—Ya están avisados, en diez minutos traen a un equipo con camilla —informó Andrea en cuanto los vio acercarse—. Dicen que conocen bien la zona, que han sacado a más de un borracho de ahí.
—Ojalá este lo fuera, aunque lo dudo… —dijo Rocío, sacudiéndose el agua de la pernera del pantalón—.
Señor juez, le resumo. Varón adulto, lleva bastantes horas en el agua, probablemente desde ayer o incluso algo más, piel muy pálida y arrugada en las zonas expuestas, inicio de hinchazón.
No veo lesiones externas claras en lo que tenemos a la vista, pero hasta que no lo tenga en la mesa no puedo descartar nada.
El juez asintió, mirando alternativamente a Rocío y a Leo.
—¿Y conclusión provisional? ¿No me irán a decir que es el mismo asesino en serie del Barosa del otro día?
—Pues usted me dirá. ¿Cuántos peregrinos muertos han aparecido en un paraje natural relacionado con el agua en los últimos cinco años? —Saltó Leo un poco más agresivo que de costumbre.
—No adelantemos cosas Leo, vamos a ver qué nos dice Rocío cuando lo lleve a hacer la autopsia. —Intentó tranquilizarlo Andrea.
—Eso, Leonardo, tiene que hacer más caso a su compañera y dejar de ver asesinos en serie en todos lados. Menos Pérez Gellida y más Vargas Llosa, que este no tiene nada cortado. —Se sumó el juez.
—Que venga la Científica, deje esto bien fotografiado y luego ya lo saquen y se lo lleven a Rocío —zanjó Leo antes de darse la vuelta caminando hacia el coche. Le daba igual la lluvia ya, él iba pensando en sus cosas y en su madre.