12.
Se había levantado un aire que anunciaba que la tormenta estaba cada vez más cerca.
La ría, que iba a dar al muro donde estaban los dos inspectores, había empezado a enfurecerse, mientras que el interior de las salinas permanecía en calma, guarecido siempre por las piedras que servían de parapeto para toda la vegetación que allí crecía.
Leo se subió la cremallera de su cortavientos y se retrepó en él buscando algo de cobijo, Andrea, en cambio, llevaba su sudadera remangada, siempre mucho más calurosa que su compañero.
Andrea iba delante, mirando hacia ambos lados del muro.
Leo, mientras, caminaba con la cabeza más ida, pensando en todo lo que le había pasado en su vida hasta llegar hasta esa ría.
Era muy posible que se volviese a enfrentar a un asesino en serie y en su mente sólo resonaban preguntas: «¿estaré preparado?
», «¿y si no logramos dar con él?», «¿volveré a poner en riesgo mi vida? ».
—¡Mira Leo, la mochila!
El grito de Andrea sacó al inspector de sus pensamientos antes de lo que le hubiese gustado, apuntó mentalmente que tendría que volver a hacerle una visita a Irene, la psicóloga que estuvo ayudándole después del último caso en Madrid.
La mochila estaba atrapada entre dos juncos, se veía fácilmente desde el muro si uno iba mirando hacia el interior de las salinas. Era de un verde desgastado, de tela impermeable brillante. De la mochila se veía sólo la parte superior, el resto estaba sumergido en el agua.
—¿Nos acercamos? —preguntó Andrea.
—Vamos a esperar al juez, no pueden tardar mucho más. ¿Dónde ha dicho que han visto el brazo del cuerpo?
—Más allá todavía —señaló Andrea en la dirección en la que iban.
—Venga, vamos a seguir mirando en lo que vienen.
A los veinte metros de donde habían visto la mochila, y fijándose un poco más en detalle vieron lo que les había comentado el testigo.
Desde su posición se podía intuir un brazo de una persona, estaba enrasado con el agua, como si pudiese estar apoyado sobre ella.
Tenía un color muy blanquecino excepto por algunas manchas muy desiguales en la piel.
Aunque por la posición del brazo parecía que el cuerpo estuviese debajo, no se veía nada más.
Tendrían que esperar al levantamiento del cadáver para seguir.
Justo en ese momento empezó a llover bastante fuerte. Los dos policías echaron a andar hacia el coche para coger sus paraguas. Leo con el paso más acelerado y Andrea por detrás.
—¡Pero si es sólo agua, Leo!
Como cada vez que llovía, Andrea le recordaba a su compañero que no le iba a dar alergia la lluvia. Además, ella mantenía que si corrías te mojabas más, pues tu cuerpo se chocaba con más gotas de agua y que andando simplemente te caían en la cabeza.
—Eso son cosas de gallegos, Andrea. ¡Te espero dentro del coche! —dijo Leo mientras echaba a correr hacia el aparcamiento donde habían dejado el coche.
Diez segundos después entró Andrea en el coche. Leo había puesto la calefacción y ya tenía las manos sobre las tomas de aire, intentando entrar en calor.
—Espero que estos dos no tarden mucho, que quiero volver a Vilagarcía para comer —comentó Andrea mirando por la ventanilla.
—¿Y eso? ¿No tendrás una cita?
—¿Quién va a tener una cita un lunes para comer, Leo? Que tengo lasaña que me ha hecho mi madre y quiero comerla tranquila.
Leo se quedó pensando en su madre, no se había acordado hasta entonces, pero no le había devuelto la llamada todavía y ahora estaba preocupado.
Echaba de menos pasar por casa de sus padres y salir con un par de táperes con algún guiso o caldo que le solucionasen alguna comida en la comisaría.
Recordaba una vez que le había comentado a su madre que sus compañeros de Madrid habían dicho que qué bien olían las albóndigas que llevaba ese día para comer, y a la semana siguiente su madre preparó una cazuela con tres kilos de albóndigas para toda la comisaría.
Animado por ese pensamiento, marcó su número de nuevo. Tras diez tonos le volvió a saltar el buzón de voz y colgó directamente.
—La vida del jubilado es muy dura Leo, estará en el gimnasio, o tomando el aperitivo con su amigas, no te preocupes que seguro que te llama en nada —le animó Andrea mientras le acariciaba el hombro—. Mira, parece que son Rocío y Gutiérrez, vamos a salir.
Andrea salió del coche de un salto, Leo no entendía cómo podía no afectarle que le lloviese encima, él lo encontraba tremendamente desagradable, así que esperó a que la forense y el juez se hubiesen bajado del coche para ir a su encuentro.
—Creía que con la lluvia se había vuelto a Madrid, Leonardo —fue el saludo del juez cuando Leo llegó a su altura. Gutiérrez era el único que usaba su nombre completo, ni su madre cuando se enfadaba con él de pequeño lo usaba.
—Buenos días a usted también, señor juez.
—Venga, vamos con el levantamiento.