Donde acaba el camino 11.
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En el momento en que Lucas les dio la noticia y la dirección exacta, dejaron el café en la mesa y salieron corriendo hacia el coche.

—Me cago en la leche, sólo espero que no tenga nada cortado —dijo Leo en cuanto arrancó el coche patrulla dando un manotazo al volante.

—¿Crees que…? —dejó la pregunta en el aire.

—No lo sé, no quiero llevar ninguna idea preconcebida, es lo peor que podríamos hacer ahora —contestó Leo bastante tranquilo, aunque con un toque serio.

Como Andrea vio que el ambiente era algo mejor de lo que pensaba cambió de tema.

—¿Conoces la zona?

—Si te soy sincero, no había bajado de Pontevedra todavía.

—¡Pero Leo…! ¡Eso es la mitad de las rías Baixas ! —dijo Andrea con el acento más gallego que Leo le había escuchado nunca—. O sea, que ni Vigo, ni Baiona… ¡Si los tienes a menos de una hora de casa!

Leo sólo supo encogerse de hombros mientras ponía el freno de mano.

—Vamos allá, ¿no?

Habían dejado el coche en una parcela de tierra que hacía las veces de aparcamiento, justo al lado de otro coche patrulla de la Policía Local de Pontevedra.

En cuanto se bajaron del coche lo primero que vieron fueron las antiguas salinas que daban nombre a todo el paraje.

En el siglo XVII, el rey Felipe IV mandó construir un muro al final de la ría de Vigo que consiguiese retener el agua del mar gracias a las mareas.

Cuando esta subía, abrían las compuertas y se dejaba paso libre, y cuando la marea bajaba las compuertas se cerraban, dejando dentro del muro una piscina de agua salada.

La acción del sol haría el resto para convertir aquello en unas salinas.

Hacía mucho tiempo que ya no se utilizaban para tal fin, ahora se había convertido en un paraje natural donde las aves migratorias hacían una parada dos veces al año.

Era un sitio ideal también para los amantes de las actividades al aire libre, un lugar de referencia tanto para corredores como ciclistas de la zona.

Además, el muro que antes servía para comunicar las salinas con la ría era un lugar perfecto para hacer fotografías tanto a las diferentes especies de fauna y flora que allí habitaban, como a la puesta del sol que se escondía por la ría.

La vista sólo se veía empañada por unas nubes cada vez más negras que empezaban a descargar por el oeste mar adentro. Leo apuntó mentalmente que tenía que ir allí con mejor tiempo a recorrer la zona paseando tranquilamente.

—Hoy nos vamos a mojar —dijo Andrea sacando a Leo de sus pensamientos.

—Venga, a ver si acabamos pronto y estamos en Vilagarcía para comer.

—Leo, no es por desanimarte, pero pinta feo. Si es otro peregrino…

—Llama a Lucas anda, dile que nos mande a alguien más, si Nerea y Gonzalo están en el taller, necesitamos a más gente aquí.

Leo echó a andar hacia el muro que dividía la ría de las salinas. Algo dentro le decía que Andrea tenía razón, pero él quería creer que no tendría nada que ver, que esta vez sí sería un excursionista real con una causa de la muerte natural.

Cuando llegaron a la zona que unía el muro de piedra con la tierra firme vieron a los dos agentes de la Policía Local en la mitad de este.

A unos cincuenta metros de donde estaban, uno de ellos miraba agachado hacia el interior de las salinas, mientras que el otro estaba charlando con un ciclista.

Leo aceleró el paso para acercarse a ellos y Andrea le siguió de inmediato mientras colgaba la llamada con Gonzalo, que le dijo que hablaría con la Policía de Pontevedra para pedir una patrulla de refuerzo.

—Inspector Leonardo Flores y subinspectora Andrea Fuentes, de la comisaría de Vilagarcía de Arousa —dijo Leo tendiendo la mano a los dos policías.

— Bos días , inspectores. Yo soy Antón García, de aquí de Pontevedra. Y este es mi compañero Raúl.

—¿Qué tenemos? Nos han avisado de que han encontrado un cuerpo que podría tener relación con un caso que estamos llevando desde nuestra comisaría —dijo Leo yendo directo al grano.

—Este señor de aquí —dijo Antón señalando al ciclista—, ha sido quien nos ha llamado.

Leo, que hasta entonces no había reparado en él, se giró para presentarse. El hombre debía tener unos sesenta años. Se le veía muy en forma a pesar de la edad. Era un hombre muy corpulento, alto, con una cara afilada rematada con un tupé rubio algo despeinado.

—Buenos días, inspectores —dijo el ciclista con un acento del sur de la península—. Mi nombre es Mario.

—Buenos días, Mario, ¿nos podría contar qué ha visto y por qué nos ha avisado?

—Claro. Yo iba montando en bici por este muro de piedra —empezó con el relato muy tranquilo, señalando el muro desde el inicio por donde habían accedido Leo y Andrea hasta la otra orilla—, cuando ha visto algo en el agua.

Le he hecho una foto sin saber muy bien qué era, pero cuando he hecho zoom en el móvil ha sido cuando me he dado cuenta de que era el brazo de una persona.

Ha sido entonces cuando he llamado al 112.

Mientras esperaba aquí a sus compañeros, he avanzado un poco por el muro y he visto una mochila verde oscura más grande de lo normal, está por ahí —dijo señalando unos juncos de más adelante.

—¿Viene usted muy a menudo por esta zona? —saltó Andrea desde detrás de Leo.

—Sí, un par de veces por semana, me he jubilado hace poco tiempo y ahora le dedico más horas que nunca al deporte.

—¿Por qué le ha dicho a emergencias que era un peregrino? —volvió a preguntar Leo.

—Me lo he imaginado, el Camino de Santiago pasa a escasos quinientos metros de aquí, y eso sumado a lo de la mochila…

Andrea le dio un codazo a su compañero, que le puso una cara de desagrado. Cuando la miró leyó en sus labios un «luego».

—Bien, muchas gracias, Mario, nuestros compañeros vienen de camino, espere unos minutos y le tomarán declaración. Puede esperarnos por allí —dijo Leo señalando el inicio del muro de piedra.

—Espero que no tarden, si no nos vamos a mojar —apuntó Mario.

Mario se puso el casco que hasta ese momento había estado colgado del manillar, enganchó los pies en las calas y salió de allí por el muro de piedra con gran pericia, pues el muro estaba lleno de piedras irregulares y era fácil perder el equilibrio a baja velocidad en bicicleta.

Cuando Mario se había alejado Leo se giró a Andrea.

—¿A qué venía ese codazo? Me va a salir un moratón…

—No tiene sentido lo que nos ha dicho. Primero vio el brazo, le hizo una foto y llamó a emergencias diciendo que había encontrado el cuerpo de un peregrino.

Y después fue cuando vio la mochila mientras esperaba a los compañeros.

Nadie diría que ha encontrado el cuerpo de un peregrino viendo sólo un brazo saliendo del agua.

—Me cago en…

Leo iba a salir corriendo cuando vio que Mario estaba hablando con otra patrulla en tierra firme. Eran otros policías locales de Pontevedra.

—¿Qué hace aquí más Policía Local?

—Ah sí, no te conté, como echaste a andar a paso ligero para acá… —dijo Andrea como disculpándose—. Lucas me dijo que no había nadie de Vilagarcía disponible, que nos mandaría a alguien de Pontevedra a ayudar. Pero bueno, al menos no tiene pinta de que vaya a fugarse.

—De momento… Bueno, ¿cómo hacemos? —preguntó Leo al aire.

—Pues necesitamos al juez para empezar. Lucas me dijo que venía de camino también, han asignado a nuestro amiguito…

—¿Y Rocío?

—Viene con él.

Leo resopló aliviado, era la primera buena noticia desde que habían llegado allí.

—Vamos a dar una vuelta mientras viene el juez, anda, a ver qué pinta tiene esa mochila que nos ha dicho Mario. Y que ese hombre no se vaya sin tomarle declaración.