10.
—Hola mamá, soy Leo. ¿Cómo va todo por Madrid? ¿Qué tal está papá? Por aquí bien, aunque tenemos un caso entre manos y te llamaba porque quería preguntarte alguna cosilla. Llámame cuando oigas el mensaje, por favor. Un beso, mamá. Te quiero.
Leo había salido a llamar a su madre al parque que había entre la comisaría y el puerto.
Imaginaba que a esa hora cogería a su madre de camino al mercado y le sorprendió que le saltase el buzón de voz.
Esperaba que pudiese llamarle de vuelta pronto, porque no conocía a nadie que le pudiese ayudar más que su madre en ese momento.
Retirada desde hacía unos años ya, María del Carmen Parra, Mari Carmen para todos, era psicóloga criminal en la comisaría de Canillas desde los treinta años.
Cuando acabó la carrera montó una clínica en la calle del Pez pero se sentía poco realizada, los días eran muy monótonos y se aburría enormemente.
Cuando los médicos le recomendaron reposo absoluto en el mes cinco del embarazo de Leo aprovechó para estudiar el temario para luego presentarse a los exámenes de admisión.
Cuando Leo cumplía un año, a Mari Carmen le asignaron el primer caso.
De eso hacía ya más de treinta y seis años y muchos casos a sus espaldas.
Se había convertido en una referente en psicología criminal a nivel nacional, había impartido charlas por media Europa y, como ella decía, sin haber estudiado un máster de esos que piden ahora.
La relación con Leo era buena, pero últimamente se había enfriado.
Su madre fue una pieza clave en el último caso que llevó Leo en la capital, un caso que les puso al límite a ambos y en el que surgieron demasiadas tiranteces entre ellos.
Además, su madre no veía con buenos ojos el traslado a Galicia, ya se había ido a vivir lejos un hijo y no quería que se le fuese otro.
Leo sólo consiguió convencerla cuando le dijo que iría a vivir con su hermano.
Cuando se disponía a cruzar la vía del tranvía que iba paralela a la carretera que separaba el parque de la comisaría le llamó Rocío. Volvió sobre sus pasos para hablar con la forense en el parque tranquilamente.
—Rocío, dame buenas noticias —respondió al descolgar.
— Bos días , Leo, yo también espero que estés bien.
—Perdona Rocío, ya sabes cómo soy… —Le dio una patada a una piedra pequeña que estaba en medio del camino.
—Te doy noticias y ya te encargas tú de decidir si son buenas o malas.
—Rocío hizo una pausa y el inspector pudo oír un ruido de papeles.
Se la imaginó en su despacho rebuscando entre el revoltijo de informes que siempre tenía—.
El corte más superficial de los pies se hizo con un bisturí forense.
Para no aburrirte, tengo bisturís de distintas formas y medidas dependiendo de la parte del cuerpo en la que tengo que trabajar, pues este corte se ha hecho con un bisturí muy concreto.
Antes de que me preguntes nada, he probado a hacer incisiones parecidas en el cuerpo y todas han dejado la misma marca en la piel, mientras que cuando he probado con otros quedan marcas distintas, ya sea por la curvatura de la hoja o el filo.
—No dejas de sorprenderme Rocío…
—La otra noticia es que con esto habría llegado hasta los huesos, pero para separar el pie al nivel del astrágalo hay que tener bastantes conocimientos técnicos y no bastaría con este bisturí.
—¿Quién tiene acceso a este tipo de herramientas?
—Ahora con internet realmente todo el mundo. Tú mismo puedes meterte en cualquier web especializada y hacer un pedido de bisturís forenses sin mucha complicación. Te paso un par de enlaces.
—Muchas gracias, Rocío, ¿algo más?
—De momento nada, sigo preguntando a mis colegas y te comento cualquier cosa.
Un poco contrariado porque su madre no le hubiese cogido el teléfono y las noticias de Rocío, volvió hacia la comisaría.
Un manto de nubes negras que venían desde la desembocadura de la ría auguraba una tarde de lluvias.
Leo no acababa de entender cómo era posible con lo despejado que estaba cuando vino andando a la comisaría.
Cuando llegó a su mesa encontró revuelo alrededor de Andrea.
—¡Leo! Tenemos la identidad del fallecido.
Tobías Andersen, nacido en Bremen. Trabajaba en un taller de coches clásicos en A Seara, a quince minutos al oeste de Pontevedra.
Nos han llamado de un bar de la ciudad, han reconocido la cara cuando han visto la foto que les dejamos, parece que frecuentaba la zona buscando piezas y recambios para las reparaciones.
Sus padres viven en Copenhague, vienen hoy mismo para aquí.
De primeras nos han dicho que tenían poca relación con su hijo y que desconocían que estuviese haciendo el camino de Santiago.
—Nerea soltó todo de carrerilla casi sin tomar aire.
—¿Habéis hablado con el taller ya? —preguntó Leo con un tono excitado, era el primer avance del caso.
—No, nos vamos para allá nosotros dos si te parece y les tomamos declaración —dijo Nerea mirando a Gonzalo—, os llamamos en cuanto nos digan algo.
Ambos policías salieron a paso ligero hacia la puerta, dejando a Leo y Andrea solos.
—Andrea, Rocío me ha pasado algo de información sobre el corte de los pies.
Necesitamos saber qué empresas pueden enviar bisturís forenses a domicilio haciendo un pedido por internet.
Todo lo que veas sácalo a una lista, vamos a pedir orden al juez para que nos deje solicitar el listado de los últimos pedidos.
Vamos a empezar buscando direcciones de la zona.
—Me pongo con ello Leo, no puede haber muchos pedidos de bisturís forenses a Galicia.
—Eso pienso yo, pero cualquiera sabe. Yo me voy a poner con las empresas nacionales que fabrican bisturís, a ver si alguien les ha hecho un pedido a nivel particular o algo así.
Los dos se concentraron en sus tareas. Al cabo de dos horas, Andrea aprovechó el momento en el que el inspector se estaba estirando.
—¿Podrían haberlos robado de algún instituto forense?
—Esperemos que no, porque entonces esto que estamos haciendo no tendría mucho sentido.
—¿Un café?
—Bien cargado, por favor. Te acompaño.
Justo cuando estaban dándole el primer sorbo al café, entró Lucas con el móvil en la mano.
—Ha aparecido otro cuerpo en las Salinas de Ulló, parece otro peregrino.