9.
Leo salió de casa de su hermano a las ocho y cuarto.
El paseo duraba menos de quince minutos pero le gustaba llegar con tiempo a la comisaría para prepararse un café y organizar su día tranquilamente.
Volvía a hacer un sol radiante, el cielo estaba completamente despejado y se podía ver claramente el otro extremo de la ría de Arousa.
Eso había hecho que algunos aficionados a la pesca saliesen con sus pequeños barcos a disfrutar de la mañana de sol.
Leo había aprendido muchas cosas sobre la pesca con Lucas.
Él, que siempre había sido de interior y nunca le había llamado la atención esta afición, ahora se consideraba a sí mismo un novato con ganas de seguir aprendiendo.
Imaginaba que los barcos habían salido algo antes del amanecer a pescar, pues esa hora era cuando mejor entraban los chocos, como llamaban allí a las sepias.
Los de la ría de Arousa tenían fama de ser muy sabrosos, Leo había podido comprobar personalmente que así era y que todavía lo estaban más cuando los había pescado uno mismo.
El día anterior, después de despedirse de Andrea, volvió a Xagobe.
Su hermano no había podido avanzar con las vigas del techo porque necesitaba ayuda para poder manejarlas, así que había estado con la instalación eléctrica todo el día.
Leo no había heredado de su padre ni la mitad de maña que su hermano con todas estas cosas, pero Javi se desenvolvía como si hubiese estado toda la vida haciendo esto.
—¿Pero tú no habías estudiado cosas de números, Javi? —le preguntaba Leo cada vez.
—Visto un cuadro eléctrico vistos todos. Además, ¿tú sabes la cantidad de vídeos que hay en internet sobre esto? —le respondía siempre.
Entre los dos pusieron todas las vigas que servirían de sustento para el techo más adelante.
Habían elegido una estructura con una viga madrina donde descansaba cada larguero y cada uno de estos unía la viga principal con la solera de amarre, que sobresaldría de los muros exteriores de la casa.
Era una estructura sencilla pero suficientemente fuerte, la casa estaba guarecida de los vientos que pudiesen traer las tormentas de invierno y el arquitecto que les hizo el proyecto les había dado el visto bueno.
Iban a construir un tejado simple a dos aguas rematado con tejas de pizarra negra con idea de poner una chimenea para esos días de invierno.
Una vez tuvieron todos los largueros puestos empezaron con los tablones horizontales, que eran los que servirían de soporte para las piezas de pizarra.
Se les hizo muy de noche pero dejaron el tejado listo a falta de poner las tejas.
Ya en el coche, de vuelta a Vilagarcía, hablaron de cómo veían la obra y cómo querían continuar.
—Si te parece voy a llamar a unos conocidos para terminar el techo mañana, Leo. Imagino que estáis liados con lo de la llamada de esta mañana, y así nos aseguramos terminar el techo antes de que vuelvan las lluvias.
—Vale, te lo agradezco muchísimo Javi, tiene pinta que la cosa se va a complicar en la comisaría, sí…
Su hermano nunca le preguntaba por casos actuales, decía que prefería no saber nada mientras la investigación estaba en marcha. Aunque cuando se resolvía siempre le preguntaba por todos los detalles.
Leo entró en la comisaría pensando en lo bien que le estaba haciendo haberse venido a vivir aquí: poder ir a trabajar viendo el mar, haber descubierto su afición por la pesca, estar disfrutando de más tiempo con su hermano…
Como cada mañana, fue hacia la máquina de café para después ir a su mesa a organizar el día.
El día anterior había hablado con Andrea que harían una reunión con todo el equipo a primera hora de la mañana, querían poner en común toda la información que tenían y a partir de ahí trazar un plan.
Mientras llegaban las nueve, Leo estuvo leyendo el informe preliminar de la Científica sobre la escena donde apareció el cuerpo.
En él no se destacaba nada nuevo: no había rastro de ropa o restos de sangre en la parte alta del río, como el día anterior había llovido había muchas huellas a lo largo de todo el camino e iba a ser imposible discernir cuáles eran las importantes.
Las únicas cámaras de tráfico que había eran las de la carretera principal —que además no apuntaban hacia la entrada del parque natural— que conectaba Pontevedra con Caldas de Reis.
De estas habían hecho una pasada rápida, pero lo único que habían sacado en claro es que había sido una noche con tráfico intenso y por ahí iba a ser difícil avanzar.
Desanimado por las noticias de la Científica, releyó el informe forense de Rocío.
Lo primero en lo que reparó es que los pies se los habían cortado después de muerto, recordaba que Rocío se lo había explicado cuando hicieron la autopsia, pero ahora se le quedó rondando en la cabeza.
Era uno de los temas a tratar en la reunión, tenían que encontrarle un significado a esto cuanto antes.
Lo siguiente en lo que se fijó es que en el informe se decía que el cuerpo tenía el estómago lleno, como si hubiese comido poco tiempo antes de la muerte.
Justo en ese momento llegó Andrea a su mesa.
— Bos días, Leo, ¿qué tal el tejado? —Tenía mucho mejor cara que el día anterior, se le notaba hasta en la voz, mucho más cantarina.
—Hola Andrea —dijo el inspector levantando la cabeza de los informes—. Pues ahí va, avanzando. A ver si se nos pega algo a la investigación…
—Venga, no empieces a fustigarte Leo, que el cuerpo apareció ayer.
—Estaba releyendo ahora el informe de Rocío —hizo una pausa buscando en su cabeza—. Dice que el cuerpo tenía el estómago lleno, ¿no te parece raro?
—¿En un peregrino? Lo normal es que al acabar la etapa lo primero que hagas sea comer. Y por la noche más de lo mismo.
Leo se quedó mirando el informe sin pensar ni leer nada.
—Venga —le animó Andrea de nuevo—, vamos a la sala de reuniones, que son menos cinco ya y ya sabes cómo se pone Lucas cuando llegamos tarde.
—Acompáñame a la fotocopiadora, porfa, hago copias de los informes para todos y vamos.
Gonzalo y Nerea estaban charlando dentro de la sala de reuniones cuando llegaron Leo y Andrea.
—Te digo que el Depor va a volver a primera Gonzalo, y las entradas del primer partido las vas a pagar tú.
Gonzalo sonreía mientras bebía su café. La relación entre ellos nunca se había hecho oficial pero toda la comisaría sabía que había algo entre los dos policías.
—¿Otra vez con el fútbol? Siempre estáis con lo mismo, os va a costar un disgusto —saludó Leo al entrar en la sala.
—Es que a ver si os parece normal a vosotros —Nerea seguía indignada—.
Me estaba diciendo Gonzalo que si ahora mismo jugasen un partido el Celta y el Depor ganaría el Celta fácilmente, y yo le he dicho que eso habría que verlo.
Además, que ya lo vamos a ver, porque en menos de cinco años estamos en primera, ya veréis.
—¿He escuchado algo del Depor? —Lucas entró en la sala de reuniones a las nueve y un minuto—. ¿Os he enseñado mi foto con Irureta alguna vez?
El comisario sacó la cartera y desdobló una foto que empezaba a amarillear y a agrietarse por los bordes.
—Del año del centenariazo ni más ni menos —siguió Lucas.
En la foto se veía a un Lucas mucho más joven, sin la barriga que tenía ahora y con un pelo negro como el carbón peinado hacia atrás. Estaba pasándole el brazo por encima del hombro a Javier Irureta, entrenador del Deportivo de La Coruña por aquel entonces.
—Lucas, nos has enseñado mil veces esa foto. ¿Sabes que ya hace más de veintidós años de aquello, verdad? —dijo Andrea con sorna, como siempre hacían cuando salía ese tema.
—Qué época… —siguió Lucas haciendo caso omiso del comentario—. Y qué mal envejecemos.
—¿Ahora hablamos de ti o del Depor? —le respondió Andrea ante la risa de los cuatro policías.
—De todos, querida, de todos —sentenció el comisario.
En ese momento se hizo el silencio durante unos segundos en la sala, parecía que nadie quería romper ese momento.
A Leo fue de las cosas que más le sorprendió cuando llegó a esa comisaría, el ambiente era distinto a todo lo que había vivido antes.
Normalmente el comisario llegaba a la reunión de la mañana preguntando a voces si había habido algún avance, no se daba pie a que los policías de menor rango propusiesen alternativas, y las tareas estaban totalmente asignadas desde arriba.
Aquí era distinto y esa era otra de las razones por las que estaba tan a gusto.
Lucas carraspeó para romper el silencio y se arrancó a hablar.
—Dejemos el fútbol para la semana que viene y vamos a centrarnos en lo nuestro.
He estado hablando con el juez antes de venir hacia aquí y me ha puesto al tanto de los pormenores del caso a nivel más burocrático.
Lo más importante es que la prensa local ya se ha hecho eco de la noticia.
De momento parece que no ha saltado a nivel nacional, así que vamos a mantener un perfil bajo.
Del resto, sé que la Científica no ha encontrado nada y de la autopsia me podréis decir algo más vosotros —dijo mirando alternativamente a Andrea y a Leo—.
Además, tenemos pendiente la identificación del cuerpo.
¿Cómo va ese tema, chicos? —Ahora miraba a Nerea y a Gonzalo.
—El fallecido no llevaba documentación encima en el momento del levantamiento.
La Científica ha puesto a disposición nuestra todo lo que llevaba en la mochila y es todo muy normal en un peregrino.
Esta es la lista de todo lo que llevaba encima —Gonzalo entregó una hoja a cada uno de la mesa—.
Como veis, nada extraño en lo que hay, pero sí en lo que falta: nada de documentación, ni teléfono móvil.
La Científica estuvo mirando ayer en el río y en el remanso de agua, pero no ha encontrado nada.
—Hemos estado buscando en las denuncias por desaparecidos pero no aparece ninguna coincidencia —siguió Nerea—. Lo cual tiene sentido, si es alguien que vino a hacer el Camino de Santiago solo, nadie ha podido echarle de menos todavía.
—¿Habéis preguntado en los pueblos anteriores? —preguntó Leo—. Tuvo que pasar por allí el sábado, ¿no?
—Sí —respondió Nerea—. Ayer estuvimos deshaciendo la ruta más probable por la que pudo llegar.
Lo más lógico es que el sábado hubiese partido de Pontevedra y su destino fuese Caldas de Reis.
Preguntamos en un par de parroquias donde había sellado la credencial, esta sí la llevaba encima, pero nadie recordaba nada.
Llegamos hasta Pontevedra, dejamos fotos en distintos albergues y bares, por si alguien sabía algo estos días y podían llamarnos.
—Aunque sea esta época del año, pasan muchos peregrinos: en 2023 llegaron más de diez mil a Santiago sólo en el mes de abril y sólo desde el Camino Portugués, en el mismo mes en 2022 fueron ocho mil, así que este año estaremos cerca de los doce mil.
Es mucha gente la que pasa día tras día y es normal que la gente no se quede con una cara —saltó Gonzalo intentando defender a su compañera.
—Vale —Lucas resopló y se pasó la mano por su pelo cano—. Seguid vosotros con este tema, necesitamos identificar a la víctima para avisar a la familia lo primero. ¿De la autopsia qué me contáis vosotros? —dijo girándose hacia Leo y Andrea.
Leo dio un codazo a su compañera para que se arrancase ella. Andrea carraspeó un poco y empezó repartiendo las copias de los informes de la autopsia.
—Como veis, lo primero que llama la atención es la falta de los dos pies del cuerpo.
Rocío nos confirmó ayer que el corte es extremadamente limpio, no cree que se pueda hacer con una sola herramienta.
Ella iba a preguntar a sus conocidos para ver qué podría haber utilizado el asesino.
Sobre la causa de la muerte, según podéis ver en el informe, es clara: falta de oxígeno, pero en la autopsia no se han observado signos que lo evidencien.
Rocío va a volver a hacerle una pasada al cuerpo hoy y nos llamará en cuanto tenga algo.
—¿Y los pies? —preguntó Lucas.
—Como ya le he dicho, es un corte limpio…
—No, no, que si sabemos dónde están —la interrumpió el comisario.
Andrea se encogió de hombros.
—No lo sabemos, y tampoco sabemos qué motivación podría tener el asesino para cortar los pies del cuerpo una vez muerto y hacerlos desaparecer —siguió Leo.
—Poneos vosotros con eso, hay que tirar de ahí para encontrar al asesino.
—Vale, intento hablar con mi contacto de psicología criminal en Madrid, a ver si nos puede echar una mano.
—Perfil bajo, Leo, que no queremos armar mucho revuelo.
—Es de total confianza, Lucas, ya lo sabes.