Donde acaba el camino 8.
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—¿Crees que Rocío tendrá algo con el tal Eloi ese? —rompió el hielo Leo justo cuando cruzaban el puente del río Lérez.

—¿Cómo van a tener algo?

—No sé, es que ni nos lo ha presentado al inicio.

—Estaría muy concentrada con la autopsia Leo, tienes unas cosas a veces…

—Bueno, ¿de qué querías hablar? —Leo cambió drásticamente de tema.

Por su experiencia en los interrogatorios, sabía que estos cambios funcionaban muy bien si los acompañabas de un gesto que invitase al contrario a hablar.

Bien ofrecerle un vaso de agua o bajar el volumen de la radio, como en este caso.

—Verás Leo, vaya por delante que en este tiempo he estado muy a gusto trabajando contigo, en estos meses he aprendido muchísimas cosas gracias a ti, pero siento que no puedo crecer más.

Antes de que llegases aquí me veía preparada para pasar a ser inspectora de la comisaría, pero entonces Lucas me dijo que ya estaba la plaza cubierta con un movimiento de alguien de Madrid y que no había sitio para dos inspectores.

De primeras me dolió mucho, pero una vez empezamos a trabajar juntos vi que realmente no estaba preparada.

O sea, puede que técnicamente sí, pero no en la práctica.

Cuando te veo organizando, manejando al equipo…

La verdad es que me deprimo un poco, me parece que nunca podré llegar a ese nivel de madurez.

—¿Pero qué estás diciendo Andrea? Primero, claro que estás capacitada para ser inspectora, te lo digo yo que he visto muchos y gran parte de ellos bastante menos preparados que tú, y sólo estaban en ese puesto por ser amigos de alguien y no se ponían rojos cuando era el subinspector quien le sacaba las castañas del fuego.

Segundo, yo creo que sí hay sitio para dos inspectores, eso lo podemos hablar con el comisario, pero si estás preparada ve a por ello.

Y, por último, siento que mi llegada causase todo esto, la verdad es que uno piensa en sí mismo cuando pide un cambio así, pero no en lo que puede originar allá donde va.

Andrea iba mirando por la ventana, se la veía algo cansada.

—¿Lo ves? No creo que yo pudiese hablar así a gente que tuviese a mi cargo.

—Te lo estoy diciendo como amigo Andrea, no como superior tuyo. De verdad que lo creo así.

Estuvieron un rato en silencio, con la música de la radio sonando muy baja.

Andrea seguía mirando por la ventana, en una posición a la que parecía haberse abonado cuando estaba en la furgoneta de Leo.

Por su parte, el inspector iba pensando en la rehabilitación de su casa cuando pasaron por la curva de la autopista desde donde la vio por primera vez, aunque esa vez condujesen en sentido contrario.

—¿Qué tal lleváis la reforma? —preguntó Andrea como si estuviese leyendo el pensamiento a Leo.

—Bien, esta mañana he dejado a mi hermano con las vigas del techo, ahora que parece que vienen unos días de sol queremos aprovechar para terminarlo y que no se nos vuelva a encharcar la buhardilla.

—Pero la casa ya tenía techo, ¿no?

—Sí, pero de hace cincuenta años, y en los últimos veinte no ha vivido nadie así que estaba para tirarlo del todo.

Era una gotera gigante más que un techo, la enredadera de la pared se había metido entre las pocas tejas que quedaban y, como queríamos abrir un tragaluz, lo tiramos abajo por completo.

—¿Y lo demás?

—Sorprendentemente todos los muros de carga estaban perfectos. Incluso los exteriores se mantienen bien. Nosotros vamos poco a poco, aprovechamos los fines de semana que hace buen tiempo, así que vamos despacio pero está siendo muy entretenido.

—¿Y tu hermano va a vivir ahí contigo?

—Oye, ¿y este interrogatorio? Si luego me vas a preguntar por los papeles de la obra, que sepas que los tengo todos en regla, eh.

Andrea sonrió resoplando por la nariz.

—Bueno, era por hablar de algo… La próxima pregunta era si me ibas a invitar a una barbacoa cuando la acabaseis, por si quieres ir pensándolo.

—Pues tengo el sitio para la barbacoa ya pensado, la vamos a construir de obra.

Pero claro, hay millones de cosas que hacer antes.

Y sobre lo de mi hermano, la parcela es gigante, así que estamos mirando para ver si podemos pedir una escisión y partirla en dos.

Cada uno con su número de calle, su contador de la luz y su barbacoa.

La casa actual está pegada al lado derecho de la parcela, pero a la izquierda y por detrás de ella quedan muchos metros libres que no necesito, así que si todo va bien la idea es que al acabar esta reforma empecemos con otra.

Pasaban unos minutos de las dos de la tarde cuando llegaron a Vilagarcía.

—¿Unos mejillones en el puerto? —preguntó Leo acariciándose la tripa.

—Pues sí que te dan hambre los muertos Leo…

—Venga, que seguro que a ti también te apetecen. Pero no nos entretenemos mucho, que quiero echar una mano a Javi con lo que pueda y así ya lo traigo de vuelta.

Leo condujo directamente hacia el puerto y aparcó en su sitio habitual.

El restaurante del puerto era un fijo en las fiestas y celebraciones de la comisaría, un sitio espacioso donde cabían todos.

Los atendían muy bien, algo tendría que ver que Lucas fuese amigo de la infancia del dueño, y se comía todavía mejor.

Se sentaron en la mesa de siempre, daba de espaldas al puerto y así tenían un poco más de intimidad, pues todo el mundo que iba ahí quería las mesas más cercanas a la cristalera por las vistas.

—¿Cómo vamos a enfocar la semana? —preguntó directamente Leo mientras se sentaban. Había estado pensando en lo que le había dicho Andrea durante el trayecto en coche y quería reforzar su autoestima dándole más protagonismo.

—Estamos un poco a expensas de que nos digan algo de la Científica, ¿no? Mientras, podemos intentar reconstruir las últimas horas del fallecido. Podemos preguntar en los albergues, esa etapa suele partir de Pontevedra, podríamos ir mañana.

—Perfecto, sí.

—¿Tenemos algo de la identificación del cuerpo? —dijo Andrea mientras se servía un vaso de agua.

—Estaban Nerea y Gonzalo con ello. Imagino que mañana tendremos algo, con eso va a ser mucho más fácil preguntar.

El camarero vino con los mejillones y una ración de pulpo a feira y se callaron durante un momento para que no los escuchase.

El olor de ambos platos además invitaba a guardar silencio y degustarlos.

Esa era otra de las cosas que Leo no echaba de menos de Madrid, la comida de los restaurantes aquí era otra cosa.

Comer unos mejillones tan frescos y grandes era impensable allí, y era rara la semana que no salía a comerlos o iba a la lonja a por unos pocos para hacer en casa.

—¿Qué crees que significa lo de los pies? —Leo volvió al tema cuando el camarero se había llevado los platos.

—No sé, lo he estado pensando y no lo tengo claro. Podría ser simplemente un psicópata que los guarda como trofeo, o que tenga algún sentido para esta muerte concreta.

—No sé cuál prefiero, la verdad. Rocío nos dijo que el corte había sido después de muerto, por tanto tendría sentido como algún tipo de mensaje que nos quiera dar el asesino.

—¿Y que el corte sea tan limpio?

—Tiene un conocimiento avanzado sobre el cuerpo humano, nos hablaría de una persona muy inteligente en ese aspecto, además de una gran destreza.

—Y acceso a unas herramientas inusuales —apuntilló Andrea.

—Sí, eso deberíamos investigarlo también, a ver si Rocío puede hablar con sus compañeros y podemos empezar a buscar.

Los dos policías salieron del restaurante con la tripa llena y con las ideas algo más claras para la semana que se les venía encima.

—¿Te acerco a casa? —dijo Leo abriendo la puerta de su furgoneta.

—No, muchas gracias, prefiero ir andando, que hace muy buen día.

—Vale, nos vemos mañana en la comisaría. Yo voy para Xagobe ahora.

—No te cortes un dedo con el serrucho, Leo, que tenemos mucho que investigar.