7.
Los treinta y dos minutos que duró el viaje los pasaron en silencio.
Leo, pensando a ratos en el cuerpo encontrado, a ratos en cómo le iría a su hermano con las vigas de madera del techo y a ratos miraba de reojo a su compañera para asegurarse de que seguía respirando, porque no había dado señales de vida desde que se había sentado en el asiento del copiloto.
Andrea estuvo en un estado de duermevela constante y tuvo que ser Leo quien la despertase cuando acabaron de aparcar en el Instituto Anatómico Forense de Pontevedra.
Era la primera vez que Leo venía a este edificio, durante todo este tiempo en la comisaría de Vilagarcía no se había enfrentado a nada parecido y no había sido necesaria su intervención directa en una autopsia.
No así en Madrid, donde ya era habitual que estuviese presente en las autopsias.
No le entusiasmaban, pero con el tiempo había aprendido que se podía sacar mucho de presenciar aquellas escenas.
Andrea, por el contrario, ya había estado allí antes.
A ella sí le gustaban las autopsias, no disfrutaba de ellas, pero sí les veía un punto interesante más allá del puramente profesional.
Para ella era muy curioso ver cómo era un cuerpo humano por dentro, qué efectos podía causar en él una muerte por estrangulamiento y en qué se diferenciaba de una por envenenamiento o de un disparo en la cabeza.
—¿Me enseñas cómo llegar? —preguntó Leo a Andrea cuando ya se habían bajado del coche.
La Subdirección Territorial de Pontevedra del Instituto de Medicina Legal de Galicia, que era el nombre oficial, estaba realmente dentro del edificio de los juzgados penales.
Era un edificio de cemento de cinco plantas, custodiado en la entrada por unas columnas del mismo material que el propio edificio.
Se notaba un edificio antiguo, pero Leo ya estaba acostumbrado a ello.
Por experiencia Leo sabía que esos edificios jugaban un papel más funcional que ornamental, tenían que ser prácticos para los funcionarios que allí trabajaban, y nadie se prestaba a invertir dinero en acondicionar sus fachadas.
Lo que sí llamó la atención al inspector era el emplazamiento del edificio: su entrada daba a una plaza en la que había un parque infantil con un tobogán y columpios y una cafetería con una terraza donde a esa hora ya se juntaban varios grupos de personas a tomar un aperitivo aprovechando el sol de ese día.
Leo pensó en la ironía del jefe de urbanismo que quiso que en cincuenta metros existiese esa mezcla tan heterogénea de edificios.
Una vez dentro, y ya pasados los controles de la entrada, los dos se encaminaron por un pasillo antiguo, con paredes y techo de cemento visto, hasta que llegaron a una especie de sala de espera con unos asientos marrones abatidos en la pared, con algunos jirones por donde se salía una espuma amarilla.
De esta sala de espera salían dos puertas metálicas con un ojo de buey a la altura de la cara.
De la número uno salía una luz que invitaba a pensar que había alguien dentro. La número dos estaba a oscuras.
—¿Cuánto tiempo llevará esa sala sin abrirse? —se le escapó a Leo en alto.
Andrea sólo se encogió de hombros.
—Yo no la conozco, y llevo unos años aquí.
Una voz detrás sobresaltó a los dos policías.
—Esto es Pontevedra, Leo, aquí no tenemos la cantidad de muertes que tenéis en Madrid —dijo Rocío—. Por lo que me comentó mi mentor, ni interruptor de la luz tiene, pero ya te digo que ni he abierto esa puerta.
—¿Cómo no va a tener interruptor de la luz?
—¿Ahora tú también respondes con preguntas, Leo? —se burló Andrea, que poco a poco iba cambiando la cara.
—Venga, dejaos de tonterías —resolvió Rocío—, que sólo he salido a mirar unos informes de hace un año. Pasad y poneos los trajes, os espero dentro.
La temperatura ya había bajado algún grado a los pocos pasos de entrar en el edificio, pero en la sala se notó mucho más.
El cuerpo que había aparecido en el río Barosa estaba tumbado boca arriba en una mesa metálica.
Estaba completamente desnudo, tenía un color muy pálido, tirando a morado en algunas partes de su cuerpo.
Rocío estaba apuntando con una linterna a los ojos del fallecido mientras que, detrás de ella, un chico muy joven preparaba los utensilios que se usarían más tarde en la autopsia.
—Hemos procedido con la limpieza del cuerpo y empezado con el primer análisis visual, espero que no os haya molestado —dijo Rocío mientras seguía observando los ojos del fallecido.
—¿Y bien? —preguntó Leo curioso.
—La causa de la muerte está clara, anoxia anóxica.
Como ya te comenté con el cuerpo aún en el agua, se observan pequeñas petequias en los ojos y aquí he visto alguna más por la cara.
De momento no he visto ninguna marca que lo explique, podría simplemente ser un estrangulamiento con el antebrazo atacando desde la espalda.
Eso habría dejado fracturas en los cartílagos internos del cuello, así que podremos confirmarlo luego —siguió Rocío.
—¿Qué más tenemos?
—Los pies se los cortaron con el cuerpo ya sin vida. Además, como ya os dije, es un corte limpio a la altura del astrágalo. Diría que inusualmente limpio y en ambos pies a la misma altura exacta. Quienquiera que lo haya hecho sabía muy bien lo que hacía.
—¿Con qué herramienta se podría hacer un corte así? —preguntó Andrea.
Leo sonrió, parecía que su compañera ya estaba volviendo en sí.
—De primeras diría que esto no se puede hacer con una sola herramienta, pero dejadme que hable con algunos colegas y os digo algo a lo largo de la semana.
—¿Algo más?
Rocío se limitó a negar con la cabeza.
—Muy bien, muchas gracias, Rocío, ¿empezamos con la autopsia como tal?
La forense se dio la vuelta, extendió la mano hacia su joven compañero que le acercó la grabadora y seguidamente pulsó un botón para después empezar a narrar lo que iba viendo.
—Continuamos con la autopsia en presencia del inspector Leonardo Flores y la subinspectora Andrea Fuentes una vez comentadas las primeras impresiones con ellos.
Durante la siguiente hora Rocío se empleó a fondo con el cuerpo: se extrajeron y pesaron los órganos vitales, se tomaron muestras de sangre y orina del cuerpo, así como de los restos que presentaba el estómago, se extrajeron los restos de debajo de las uñas y cada uno de ellos se puso en un bote con su etiqueta correspondiente.
—Mandaremos todo a analizar, os voy diciendo cosas —dijo Rocío quitándose los guantes cuando finalizó con todo el proceso.
—¿Confirmamos la causa de la muerte por estrangulamiento entonces? —preguntó Leo.
—Pues no te sabría decir, en el cuello no he visto las lesiones que te mencionaba antes. Todo encaja con una muerte en la que al fallecido le faltó el aire, pero no hay nada en el cuerpo que me lleve a ello. Le daré una segunda pasada mañana y te llamo con lo que sea.
—Muchas gracias, Rocío. Le diré a Lucas que meta algo de presión con los análisis a ver si podemos acelerar algo.
Rocío hizo un gesto que dio a entender a los policías que de poco serviría. Ella conocía cómo iban esos procesos, la cola de trabajo que había pendiente y cómo todos los comisarios de todas las localidades de España insistían en que su caso era el más importante.
—Nosotros volvemos a Vilagarcía, habrá que comer algo y descansar, que sigue siendo domingo —comentó Leo quitándose el gorro—. ¿Quieres que te llevemos de vuelta?
—No, muchas gracias, me quedo recogiendo todo esto tranquilamente y así le enseño a Eloi todo el procedimiento.
Leo y Andrea se miraron con una sonrisa.
—Como quieras —sentenció Leo—, muchísimas gracias por todo esto Rocío.
Los dos policías se despidieron de los dos especialistas y volvieron a tomar el pasillo de cemento hacia el aparcamiento.
—¿Podemos hablar, Leo? —preguntó Andrea cuando ya llegaban a la puerta.
—Claro, sabes que de lo que quieras, ¿vamos para Vilagarcía y comemos algo al llegar?
El cielo estaba completamente azul. Leo sólo tenía ganas de llegar a la comisaría, comer algo con Andrea y poder ir a ver a su hermano para aprovechar lo poco que les quedase de luz del día.