6.
Leo tuvo que acelerar el paso para llegar a la altura de Andrea, que ya subía por la cuesta de tierra. A la izquierda, un cartel anunciaba la red de senderos de la zona, que, a simple vista, parecía bastante más extensa de lo que uno podría pensar de primeras.
—Andrea, estaba pensando una cosa —dijo Leo al ponerse en paralelo con su compañera—. Cuando estaba hablando con el juez he dicho que no tendría sentido que alguien se subiese a estas rocas si viniera solo, pero ¿y si el fallecido hubiese venido acompañado?
—¿Qué quieres decir, Leo?
—Imagina que hubiese venido con amigos a última hora de ayer, con alguna sustancia prohibida.
Después de un rato, los amigos empiezan a ver gracioso subirse a las rocas.
Acaban subiendo, pero con la mala suerte de que uno de ellos se cae y muere.
Los amigos intentan esconder el cuerpo en una de estas pozas de arriba pero la corriente esta mañana lo arrastra hasta el remanso de abajo.
—Leo, no tiene pies —Andrea se paró en seco mirando a los ojos al inspector.
—A lo mejor los amigos los cortaron para hacerle creer a quien lo encontrase que había sido un ajuste de cuentas o algo parecido —siguió Leo, que le costaba creerse su propia historia.
—Claro, porque lo normal es que de botellón te traigas una botella de vodka y un serrucho.
No dijeron nada más hasta que cuatro minutos después llegaron a lo que Iria le había descrito a Leo como el primer nivel.
Era otra especie de piscina natural de la que caía el agua hacia la parte baja donde habían encontrado el cuerpo.
Desde ahí se veía un segundo salto de agua río arriba pero, como también le había dicho Iria, el acceso parecía algo más complicado entre la maleza.
—Bien, según lo que nos ha contado la testigo, partimos de la idea de que el cuerpo se encontraba en esta piscina y la corriente lo ha llevado hasta abajo —Andrea rompió el silencio.
—Podría haber venido desde río arriba, ¿no?
—Tienes razón, sí, el cuerpo podría haber estado más arriba y que hubiese bajado directamente.
—Ya le he dicho a Lucas que mande a la Científica a peinar la zona —informó Leo a su compañera—. Ellos nos podrán decir con exactitud dónde se encontraba el cuerpo. Si hubiese venido de más arriba tendría que haber algún rastro, ropa enganchada en una rama o sangre del cuerpo en alguna roca.
—Vale, ¿y si no hay nada?
—Estás un poco negativa Andrea. Ya verás como encuentran algo.
—Eso espero Leo, no me gustaría que la gente se asustase más de la cuenta con esto.
—Venga, vamos a hacer unas fotos de la zona para enseñarlas en la reunión de mañana por la mañana y comentarlo con todos.
—¿Y luego vamos con Rocío al anatómico forense?
—Sí, le he dicho que fuese avanzando con la limpieza del cuerpo. En cuanto terminemos aquí y veamos que se queda alguien de la Policía Local para mantener el orden y permitir a los de la Científica pasar, ponemos rumbo a Pontevedra —Leo sonó animado, no le gustaba ver a Andrea tan negativa.
Tomar las fotos del lugar no les llevó mucho tiempo, no se podía avanzar mucho más sin calzado y ropa adecuada, y desde ahí tenían suficiente buena visión para fotografiar la zona.
Una vez estuvieron satisfechos emprendieron el camino de vuelta por el sendero y llegaron a la parte baja. Cruzaron el puente y vieron a un par de agentes de la Policía Local acercándose.
— Bos días, compañeros —saludó uno de ellos con un acento gallego muy cerrado.
—Somos el inspector Leonardo Flores y la subinspectora Andrea Fuentes —dijo Leo como saludo.
Tras darse la mano todos ellos Andrea tomó la palabra.
—Muchas gracias por acudir tan rápido —dijo mirando a ambos policías—, os hemos llamado porque queremos que controléis las inmediaciones de las Fervenzas en la medida de lo posible.
Sé que será difícil trazar un perímetro alrededor de una zona tan boscosa, pero haced lo que podáis.
Sobre todo —Hizo una pausa para enfatizar la frase—, que nadie se acerque a la zona donde ha aparecido el cuerpo.
Nuestros compañeros ya han prohibido el acceso al aparcamiento desde la propia carretera, así que no debería venir mucha más gente.
Si surge cualquier imprevisto, nos llamáis.
Leo se quedó perplejo, normalmente era él quien daba este tipo de instrucciones y cuando Andrea lo hacía solía ser menos tajante, mucho más amable.
—¿Y qué facemos con estos? —dijo el segundo policía señalando a la gente que había alrededor del cordón policial con un acento igual que el primero.
—Les sacáis la porra si hace falta —soltó Andrea.
—Si veis cualquier cosa sospechosa, avisadnos —medió Leo—. Por ahora, intentemos que se alejen de la zona hablando con ellos.
Dicho esto, el inspector y la subinspectora pasaron por debajo del cordón policial y se encaminaron a la furgoneta de Leo. Este seguía pensando en el comportamiento de su compañera de las últimas horas, no era para nada la Andrea que él conocía.
—Andrea, si te pasa algo puedes contármelo sin problema, ya lo sabes —dijo Leo mientras arrancaba su furgoneta.
Su compañera se recostó sobre el asiento, se puso el cinturón de seguridad, apoyó la cabeza en el cristal y cerró los ojos.
Leo salió del aparcamiento de la zona y continuó por el camino asfaltado hasta la carretera principal durante quinientos metros, después giró a la izquierda y dejó atrás un cartel que anunciaba que Pontevedra quedaba a veintisiete kilómetros.