Donde acaba el camino 5.
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—¿Cómo que no tiene pies? —Leo estaba asimilando la información todavía.

—Por lo poco que he visto, tiene un corte muy limpio a la altura del astrágalo en ambos pies —Rocío parecía algo más recompuesta.

—Sacad el cuerpo cuanto antes, voy a llamar al comisario. Rocío, prioridad máxima a la autopsia.

Los cuatro integrantes que estaban en el agua asintieron seriamente y se pusieron con la tarea de sacar el cuerpo del agua. Mientras, Leo aparcó su idea de subir por el sendero que le había comentado Iria y se separó del grupo para llamar al comisario.

El comisario Lucas Gómez era la primera persona que Leo había visto en la comisaría de Vilagarcía.

Leo llegaba andando, su hermano vivía en un chalet adosado en la playa de la Concha y la comisaría estaba enfrente del puerto, a poco más de diez minutos a pie.

Leo era de esas personas que preferían ir a pie a todos sitios.

En Madrid odiaba coger el coche y en su barrio de La Latina tenía todo lo que necesitaba a veinte minutos de paseo.

Los días que libraba iba paseando hasta la Casa de Campo para despejar la mente y cuando llegó a Vilagarcía su costumbre sólo se acrecentó.

Los paseos entre el tráfico de Madrid se habían convertido en caminatas por el monte o paseos por la playa descalzo.

Esa era otra de las razones por las que adoraba su nuevo emplazamiento.

El comisario se bajaba de su coche cuando Leo lo vio.

Había aparcado en una plaza reservada para personal autorizado, así que tenía que ser alguien importante.

Lo primero en lo que se fijó fue en su barriga, grande y redonda, la camisa metida por dentro del pantalón no hacía otra cosa más que resaltarla.

Le sorprendió la agilidad para bajarse del coche pese a ese tamaño de barriga, estaba claro que había tenido un pasado en mucha mejor forma.

Lo siguiente en lo que se fijó fue el pelo, blanco como la nieve pero frondoso, sin ninguna entrada.

Lo que le llevó a pensar en su edad. Leo se consideraba penoso tratando de adivinar las edades de las personas, pero siempre le gustaba intentarlo.

En este caso asumía que ese señor tendría alrededor de cincuenta y cinco años, aunque el pelo pudiese llevar a engaño, por lo demás se conservaba muy bien.

Después de bajar del coche el comisario se puso la placa y se encaminaba a la puerta de la comisaría cuando Leo le interceptó.

—Buenos días, señor, soy Leonardo Flores, el inspector que han destinado desde Madrid —se presentó Leo ofreciéndole la mano.

—¡Hombre, si ya tenemos al de Madrid por aquí! —La voz era tal como se la había imaginado Leo, grave y potente, pero con un toque dulce gallego—. ¿Qué tal todo inspector? ¿Le trata bien el norte?

—Todo bien, señor…

—Ay carallo , perdona. Soy el comisario Lucas Gómez. Vamos, tu jefe —dijo esto último con media sonrisa.

—Encantado señor comisario —Leo se cuadró por acto reflejo—. Cuando quiera entramos y me empieza a mostrar las instalaciones y a los compañeros.

—Calma, calma chico. Últimamente está la cosa muy tranquila por aquí.

¡Y que siga mucho tiempo así! —dijo el comisario golpeando con la mano un par de veces un banco de madera que había en la acera—.

¿Te apetece que vayamos a desayunar y me cuentas qué te trae por mi comisaría?

—dijo de nuevo con la misma sonrisa de antes.

—Pero ya son más de las nueve, señor.

—¿Vas a contradecir a tu jefe en tu primer día?

Desde ese día, del que sólo habían pasado nueve meses, Leo había estrechado la relación con Lucas: se habían ido a comer la primera mariscada del inspector, a la que invitó el comisario por una apuesta perdida; habían ido a pescar en una pequeña chalupa que tenía amarrada Lucas y los desayunos de los viernes se habían convertido en una tradición que empezaban a contagiar al resto del equipo.

Leo le había cogido mucho cariño y odiaba tener que llamarle por aquel asunto.

—Dime, Leo —respondió el comisario al momento.

—Estoy con todos en las Fervenzas del Barosa, esta mañana nos han pasado un aviso de que había una persona muerta en el agua y hemos venido a investigar. Lo que primero parecía una muerte accidental da la sensación de que es algo más —Leo le resumió apresuradamente.

—Hijo, calma, ¿y qué es lo que ha pasado?

—Cuando han sacado el cuerpo del agua hemos visto que no tiene pies, alguien se los ha cortado a la altura del tobillo.

Se hizo un silencio por unos segundos al otro lado de la línea.

—¿Sigues ahí? —preguntó Leo, pues parecía que la llamada se había cortado.

—Bien, tanto tú como Andrea os vais a encargar de investigarlo —dijo de repente el comisario—, vamos a darle prioridad máxima. ¿Quién está de juez?

—Gutiérrez.

—Si os da algún problema llamadme al momento que ya sabemos cómo se las gasta este hombre. De momento que Rocío se ponga con la autopsia. Gonzalo y Nerea estaban con el atraco al banco, pero si necesitáis apoyo no dudéis en pedir ayuda.

A Leo le gustaba la forma de trabajar de Lucas. Se parecía bastante a él en el sentido organizativo, transmitía una calma muy necesaria en esos momentos. Empezar a organizar planes de acción le tranquilizaba.

—Muchas gracias, comisario. Nerea y Gonzalo se van para comisaría a pasar las declaraciones de los testigos y Rocío ya va camino del Instituto de Medicina en Pontevedra para empezar con la autopsia.

Mientras, Andrea y yo nos quedamos dando una vuelta por aquí.

De primeras, necesitaríamos que venga la Científica.

—Dalo por hecho.

—Gracias de nuevo, te aviso con cualquier novedad.

Leo colgó el teléfono algo más esperanzado. Se dio la vuelta y vio a Andrea mirando hacia la caída de agua.

—Qué sitio más bonito para hacer algo así, ¿no te parece, Leo?

—Supongo…

—Va, vamos para arriba donde te había dicho la mujer mientras llega la Científica, aquí no podemos hacer mucho más —dijo Andrea encaminándose hacia el sendero que ascendía paralelo al agua.