4.
—Como le comentaba a su compañera, mándenme el informe en cuanto lo tengan —le dijo el juez cuando los dos llegaron al muro de piedra de nuevo.
—Venimos de hablar con Nerea y Gonzalo —siguió Andrea—, que ya han acabado de tomar declaración. Además de Lucía y Roberto, ninguno de los otros excursionistas ha visto nada, cuando ellos han llegado ya estaba el cuerpo en la posición que está ahora, y sólo se han dedicado a calmar al matrimonio.
Leo seguía secándose los pies y poniéndose los calcetines.
—Rocío tiene algunas dudas acerca de la muerte. Me ha comentado que no ve señales claras de traumatismo y ha observado petequias en los ojos. Quiere hacerle una autopsia forense más a fondo en el Instituto de Medicina.
—Nada —el juez intervino airado—, en esta época del año los peregrinos empiezan a salir de debajo de las piedras, este es uno de esos que se ha subido a las rocas, se ha caído y habrá tenido la mala suerte de partirse el cuello.
—Le digo que Rocío no ve muestras de traumatismos que expliquen el fallecimiento. Además, ¿para qué se iba a subir un peregrino ahí antes de las nueve de la mañana? Si viniese con amigos todavía…
—Y yo le digo que tendría que estar jugando al golf con unos colegas. Mire, en seis meses me jubilo, no quiero andar investigando muertes de excursionistas. Procedan con el cadáver y comencemos con la identificación y aviso a la familia.
Leo avisó a Nerea y a Gonzalo para que empezaran con el cuerpo. Rocío se les acercó y les facilitó unas mascarillas, guantes y gorros para no contaminar la escena. Mientras se ponían todo el material, Leo siguió cavilando para sí mismo.
—¿Qué sabemos? —soltó de repente.
Leo se quedó mirando a sus cuatro compañeros. Pasaron unos segundos hasta que Rocío se arrancó.
—Tenemos un hombre de mediana edad fallecido por lo que parece una caída desde una gran altura.
—¿Qué altura diríais que hay hasta el primer remanso alto de agua?
—Yo creo que unos tres o cuatro metros.
—¿Y consideráis suficiente altura para que alguien pierda la vida?
El grupo volvió a quedarse callado.
—Rocío, como experta, ¿qué opinas? —la animó Leo.
Sabía que Rocío era una chica muy inteligente, y que todo lo sopesaba mucho antes de decir nada.
—A ver… Siendo sinceros, parece una altura que puede concordar con una pierna rota o una brecha en la cabeza.
Y más si tenemos en cuenta que no es un salto al vacío, sino que asumimos que estaba paseando por las rocas y ha resbalado, por lo que la fricción de estas seguro que ha ralentizado la caída.
—¡Exacto! —A Leo le cambió el tono de voz, parecía más animado—. Habría que tener muy mala suerte para morir desde esa altura.
—Además, seguimos teniendo la incógnita de la sangre tiñendo el agua —intervino Andrea, que parecía estar dándole vueltas a algo y ahora había vuelto en sí.
—Vale, vamos a hacer una cosa —Leo volvió con energía—: Nerea, Gonzalo, ayudad a Andrea con el cuerpo, por favor.
Yo voy a intentar subir hacia las rocas de más arriba, a ver si desde ahí tengo otra perspectiva.
Según las declaraciones de los testigos, es desde donde cayó el cuerpo.
Cuando lo tengamos preparado, lo vamos a llevar al Instituto de Medicina.
Rocío, haz las comprobaciones que tengas que hacer, yo me encargo de hablar con el comisario y que se las apañe él con el juez Gutiérrez.
El plan de Leo dio energías al equipo. Con cinco o seis frases era capaz de organizar algo que parecía encasquillado y echarlo a andar.
Esa era una de las cualidades que sus superiores habían ensalzado más en Madrid.
Allí el equipo era mucho más grande y ya desde que era subinspector supo ganarse el respeto de todos con instrucciones claras, organizando el plan para que todo avanzase, aunque alguna vez le hubiese generado más de un problema con el inspector de su comisaría.
Mientras el equipo terminaba de ataviarse con el material forense, Leo cruzó el puente de madera de nuevo y fue hacia el cordón policial que Nerea y Gonzalo habían montado para impedir que las personas se acercasen.
Eran unos pocos los que se amontonaban intentando sacar alguna foto con su teléfono móvil y tuvo que ser el mismo inspector quien hiciese las veces de policía de a pie alejando a los curiosos.
Entre ellos había una señora de mediana edad que observaba con cara de angustia.
A Leo le llamó la atención y fue a hablar con ella.
—Buenos días, soy el inspector Flores, ¿cómo se llama?
—Buenos días inspector, me llamo Iria, soy la encargada de ese pequeño chiringuito que ve ahí —dijo mientras señalaba con el dedo hacia una caseta de madera—. ¿Qué ha sucedido? ¿Voy a poder abrir hoy?
—No puedo decirle nada todavía, estamos investigando un suceso y es información reservada. Pero por lo menos durante el día de hoy vamos a dejar toda la zona acordonada, no sabemos a lo que nos enfrentamos todavía.
—¿Enfrentamos? —preguntó la mujer con temor—. ¿Hay algún peligro?
—No sabemos nada aún, les pedimos que mantengan la calma por ahora y se alejen de aquí para dejarnos trabajar tranquilamente.
—Tengo cuatro hijos a los que alimentar, señor inspector.
Este chiringuito es todo lo que tenemos para llevar dinero a casa.
El día que llueve y los peregrinos no se acercan aquí es un día que genero poco.
El día que arrecia el viento todavía vienen menos, y es menos lo que vendo.
Pero el día que no abro es un día que no gano nada, señor.
El invierno en esta zona de Galicia es muy duro, tanto anímica como económicamente.
Nosotros vivimos por y para el Camino y ahora que parecía que llegaba la primavera —dijo mirando al cielo— me dice usted que al menos durante el día de hoy no voy a poder abrir, y viniendo de ustedes seguro que será algún día más.
A la mujer se la veía realmente afectada por aquella noticia.
—Le prometo que haremos todo lo que esté en nuestras manos para que pueda abrir cuanto antes, Iria.
La mujer asintió como toda respuesta.
—¿Le podría hacer unas preguntas? —siguió Leo.
La mujer volvió a asentir, parecía que tenía la cabeza en otro sitio.
—¿Ayer vino a trabajar?
—Sí, como todos los días, a las diez de la mañana estaba aquí.
—¿Y diría que fue un día normal?
—¿A qué se refiere con normal?
—A la afluencia de peregrinos, si hubo más o menos que otros días.
—El cielo estuvo negro la mayor parte del día y lloviznó durante un buen rato, pero la afluencia de peregrinos fue buena.
—¿Vio algo fuera de lugar, algo que le llamase la atención?
La mujer negó como toda respuesta.
—¿Y a qué hora se marchó de aquí?
—Yo marché a las tres de la tarde. A las tres viene mi marido y me sustituye hasta las ocho de la tarde.
—¿Podría facilitarle el contacto de su marido a mis compañeros ahora?
La mujer volvió a asentir.
—Muchas gracias por todo Iria. Una última pregunta, ¿sabe cómo puedo subir a esas rocas de ahí arriba? —preguntó Leo señalando hacia atrás.
—Los chavales suben por las rocas directamente, todos descalzos. Pero hay un sendero por la izquierda que lleva en un primer tramo hasta las pozas que se pueden ver desde aquí. Siguiendo por ese camino y adentrándose un poco por la maleza, puede subir hasta el siguiente nivel de las pozas.
—¿Hay dos niveles de rocas?
—Sí, el río Barosa viene desde la aldea de Búa, cae en un primer nivel a unas pozas que no se pueden ver desde aquí. Luego avanza unos metros y vuelve a caer a las rocas que se intuyen ahí arriba. Y, al final, tiene este salto de agua que vemos aquí.
—Muchas gracias Iria. Contactaremos con su marido a lo largo del día de hoy.
Iria sonrió tímidamente al inspector cabizbaja, sabía que eso no se resolvería en un día y no podría abrir pronto. Sólo deseaba que todo volviese a la normalidad cuanto antes.
El inspector ya se daba la vuelta para encaminarse hacia el sendero que le había comentado la mujer y poder ver todo desde las rocas de arriba cuando un grito y un chapuzón en el agua lo sorprendió.
Corrió hacia el muro de piedra donde antes había dejado los zapatos y vio a Nerea levantarse del agua con toda la ropa mojada. El cuerpo del fallecido estaba agarrado por los hombros por Gonzalo y Andrea, por lo que el inspector seguía viendo la camiseta amarillo fosforito.
—¿Qué ha pasado, has resbalado Nerea? —preguntó el inspector en cuanto llegó.
Nerea se estaba recomponiendo todavía, apoyándose con una mano en el fondo del agua para recuperar la verticalidad, pero estaba pálida.
—¿Qué ha pasado? ¿Por qué nadie dice nada? —siguió preguntando Leo.
—Verás Leo —Andrea titubeó, parecía que le costaba encontrar las palabras—, Gonzalo y yo hemos cogido el cuerpo de los hombros, pero cuando Nerea ha ido a coger de las piernas el cuerpo…
—¿Qué ha pasado? ¡Venga! —el inspector se estaba empezando a impacientar.
—No tiene pies Leo, alguien se los ha cortado a la altura de los tobillos —dijo Rocío secamente.