Donde acaba el camino 2.
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—Andrea, ¿qué sabemos hasta ahora?

Después de poner la dirección en el navegador, Leo había conectado el manos libres de la furgoneta y había vuelto a llamar a su compañera, después de despedirse de su hermano, para que le fuese poniendo al día.

—¿Un peregrino por aquí?

—Del Camino de Santiago, Leo. ¿Te vas a mudar a Xagobe y no sabes que tienes a diez minutos de tu casa el Camino Portugués?

A Leo le había parecido oír algo en el bar del pueblo hacía poco tiempo.

Un parroquiano aseguraba que el camino por la costa sería mucho más bonito yendo por la orilla de la ría de Pontevedra y enganchando con la de Arousa.

Leo, que no le había prestado demasiada atención, ni sabía la zona a la que se referían ni realmente por dónde pasaba ahora el camino.

—Por cierto —Andrea lo sacó de sus recuerdos—, llegarás antes que nosotros, que vamos desde Vilagarcía. Intenta que no se acerque nadie al cuerpo.

—¿Sabemos al menos si ha sido muerte natural?

—Es una zona con unas cascadas donde los peregrinos suelen ir a mojar los pies, incluso bañarse en verano.

Trepan por las rocas húmedas y las usan de tobogán.

Una mala caída desde ahí puede ser fatal, así que todo podría ser.

Pero no sabemos nada aún, emergencias nos ha pasado el aviso directamente, no han dado muchos detalles.

La mujer se encontraba muy alterada, sólo sabía decir que había mucha sangre y estaba tiñendo todo el agua.

Mira a ver si puedes hablar con ella también.

—Ya estoy llegando al aparcamiento, nos vemos cuando lleguéis.

Leo se bajó de la furgoneta entre árboles verdes y descendió por un camino de piedras que conducía a dos puentes de madera.

De fondo, entre el murmurar de la gente, se escuchaba una caída de agua constante.

Había un grupo de diez personas delante de lo que parecía un estanque donde llegaba el agua.

Detrás se veían esas rocas húmedas que le había comentado Andrea y podía imaginarse a la gente usándolas de toboganes. Leo se presentó al grupo.

—Inspector Leonardo Flores, de la comisaría de Vilagarcía de Arousa. ¿Quién ha dado el aviso a emergencias?

Una mujer mayor dio un paso al frente con la cabeza gacha.

—He sido yo, señor inspector.

—¿Ha tocado o se ha acercado alguien al cuerpo en el tiempo que llevan aquí?

Todos negaron con la cabeza.

—Bien, el resto pueden retirarse detrás del puente. Esperen ahí a que mis compañeros les tomen declaración y podrán marcharse, llegarán en cinco minutos.

Todos asintieron, cogieron sus mochilas del suelo y cruzaron el puente.

—Usted, ¿puede responder a unas preguntas?

La mujer asintió tímidamente. Se la veía sobrecogida, parecía estar todavía en estado de shock.

—Tranquilícese, ya nos vamos a encargar nosotros de todo. ¿Cómo se llama?

—Lucía.

—Bien, Lucía, ¿ha sido la primera persona en llegar aquí?

—Sí. Bueno, iba con mi marido, que está allí ahora —señaló al otro lado del puente, a un señor que tendría su misma edad, pero se conservaba mucho peor.

—¿Y qué hacían aquí?

—Estamos haciendo el Camino Portugués. Hoy hemos salido muy pronto de Pontevedra y nos habían recomendado desviarnos hacia este lugar para verlo.

—¿A qué hora han llegado aquí?

—Sobre las nueve de la mañana, inspector.

—La llamada a emergencia consta a las nueve y media.

—Sí… Es que de primeras no lo hemos visto.

Hemos llegado, nos hemos descolgado las mochilas y nos hemos sentado en ese banco de ahí a tomar el desayuno —señaló un banco de piedra al borde del remanso de agua—.

Estábamos terminando cuando de repente hemos escuchado una zambullida en el agua.

Pensábamos que era una piedra y no le hemos dado importancia, pero al recoger las mochilas Roberto ha visto que el agua tenía un color rojizo y entonces lo hemos visto.

—¿Qué han visto, Lucía? —le animó el Inspector a seguir.

—A ese hombre —dijo Lucía señalando hacia el agua—. Roberto le ha gritado para ver si se encontraba bien y ha sido entonces cuando nos hemos dado cuenta de que estaba muerto.

Y entonces Leo lo vio. La imagen era algo irónica pues el hombre estaba sentado con la espalda apoyada en la piedra y medio cuerpo sumergido en el agua.

Esta le llegaba a la altura del pecho y sólo se le veía el cuello y la cabeza por completo.

El agua tenía un color rojizo a su alrededor y los peces empezaban a curiosear cerca de él.

Vestía ropa deportiva, una gorra en la cabeza y una camiseta de tirantes de un color amarillo fosforito.

Si no fuese por su color blanco de piel y una boca abierta de manera antinatural, podría parecer que estaba descansando con el agua dándole en la espalda.

—Muchas gracias, Lucía, eso ha sido todo. Por favor, espere a mis compañeros junto con su marido, les tomaremos declaración en seguida.

Vio recoger la mochila a la mujer y caminar despacio por el puente. Leo estaba acostumbrado a ver muertes frecuentemente, pero recordaba la primera vez que se enfrentó a una y un escalofrío recorrió su cuerpo, así que entendía muy bien cómo se podría sentir aquella mujer en ese momento.

Justo cuando se iba a dar la vuelta para seguir observando la escena vio descender por el camino de piedra a Andrea junto a dos agentes más.