Donde acaba el camino
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1.
Había amanecido gris en Xagobe, de esas mañanas de primavera en las que el cielo no sabe qué va a hacer. El inspector Leonardo Flores aparcó la furgoneta delante de la casa, se bajó y pegó un grito para que su hermano viniera a ayudarle con las vigas de madera.
—A ver cuándo arreglas el telefonillo para no tener que estar a voces, nos van a escuchar hasta en Caldas, Leo.
Javier, cinco años menor que él, llevaba viviendo en Vilagarcía de Arousa desde hacía siete.
Cuando acabó la carrera de matemáticas, su novia de entonces le ofreció trabajo en una bodega donde estaban implantando un nuevo sistema de recogida de la uva utilizando predicciones y machine learning , así que dejó a sus padres en Madrid y se estableció allí.
—Primero tendremos que acabar el tejado, ¿no? Parece que va a empezar a llover de un momento a otro y se nos va a encharcar toda la buhardilla como la semana pasada —dijo Leo cogiendo una de las vigas de madera.
—Cómo se nota que los de Madrid sólo sabéis de agua del grifo, me bebo todo lo que llueva hoy —se burló Javier.
Tuvieron que hacer cuatro viajes para meter en casa todos los materiales, los dejaron en la planta baja y se sentaron en el porche a descansar.
—¿Qué tal se te ha dado hoy? —preguntó Leo sirviendo un vaso de agua para cada uno.
—He dejado listo todo para reemplazar las vigas de madera que vimos peor. Si podemos avanzar, y el tiempo nos da tregua, yo creo que para la semana que viene tendremos techo.
Leo había pedido el traslado a la comisaría de Vilagarcía de Arousa hacía un año, estaba cansado de Madrid, de su gente y de los coches.
El norte de España le había gustado siempre y echaba de menos pasar más tiempo con su hermano.
Después del último caso cerrado en Madrid había recibido felicitaciones de sus superiores, que hicieron el cambio mucho más sencillo, y en sólo tres meses estaba de camino a Vilagarcía en su furgoneta.
Estuvo viviendo dos meses con su hermano mientras buscaba casa para alquilar en el propio Vilagarcía, pero un día acompañando a Andrea en un aviso en el que iban a San Amaro, cuando pasaron por Xagobe vio un cartel en una casa derruida desde la autopista y no se lo pensó.
Cuando llegó a casa le contó la idea a su hermano e investigó sobre la propiedad, pues no le había dado tiempo a apuntar el número de teléfono.
Esa misma tarde llamó al banco. Y la siguiente llamada fue a la dueña de la casa.
Si por él fuese, hubiesen firmado ese mismo día.
Estos meses le habían dado la paz que necesitaba: la vida como inspector jefe de la comisaría de Vilagarcía de Arousa era tranquila, se estaba construyendo una casa y pasaba mucho más tiempo con su hermano, no podía pedir más.
Se estaban acabando el vaso de agua cuando sonó el móvil de Leo.
—¿No apagas el móvil ni los domingos, hermano?
—Inspector Flores, dígame —respondió, apartándose hacia el jardín con el móvil en la mano.
Mientras el inspector hablaba por teléfono Javier lo observaba.
A primera vista su hermano podría no parecer un policía.
Leo no destacaba ni por su altura ni por su corpulencia, era más bien tirando a bajito y de complexión media.
Siempre tenía el pelo alborotado, de un rubio muy claro que ya había hecho que le preguntasen si se lo teñía, porque su piel era oscura y desentonaba con el pelo.
Además, desde que no tenía que llevar uniforme vestía cómodo, siempre que podía utilizaba deportivas y camisetas lisas, se podría decir que iba de incógnito en su día a día.
Su hermano nunca se lo había dicho, pero estaba realmente orgulloso de todo lo que había conseguido en su carrera como policía. Y más después de todo lo que había tenido que pasar después del último caso en Madrid.
Cuando volvió encontró a su hermano disimulando después de haberle estado observando, mirando al cielo, que ya dejaba asomar el sol.
—¿Ves cómo iba a escampar? —le dijo su hermano sirviéndose otro vaso de agua.
—Javi, te tengo que dejar, ha aparecido muerto un excursionista en las Fervenzas del Río Barosa.