Donde acaba el agua (Highlands e Islas 1) Capítulo 27
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Capítulo 27

E l frío del agua le desató el pánico. Macleod se debatió, golpeando lo que supuso que era Marie Smith.

Pateó con fuerza en busca de la superficie y notó que el aire se le agotaba deprisa.

Con un esfuerzo logró emerger y jadeó justo antes de volver a hundirse.

Algo lo golpeó, quizá un pie; en el agua era imposible saberlo.

Abrió los ojos, pero no vio nada. Expulsó el aire.

Tenía agua salada en los labios. Volvió a buscar la superficie para tomar otra preciosa bocanada de aire. Una bocanada que ella nunca tomó.

Con los brazos a los costados, empujó el agua hacia abajo hasta conseguir sacar la cabeza y mantenerla fuera. Mientras se debatía, giró hacia la orilla y el pequeño acantilado que quedaba a su espalda. Hope gritaba algo. Luego desapareció.

No veía a Marie Smith. Entonces notó la bolsa a su lado.

La agarró e intentó sacarla a la superficie, pero empezó a hundirse.

Tenía que sacar aquella bolsa del agua, tenía que averiguar si la joven seguía viva.

La habían buscado y, ahora que por fin la habían encontrado, tenía que estar bien. Pero la cabeza le decía lo contrario.

—¡Cógelo! —gritó Hope. En la luz mortecina, Macleod vio caer cerca de él un aro naranja.

No podía alcanzarlo sin soltar la bolsa.

—¡Coge el aro, Seoras! ¡Coge el puto aro!

Tenía razón, pero ¿cómo iba a soltarla? La joven podía seguir viva.

—¡Coge el aro o te ahogas, pedazo de idiota!

Sabía que tenía razón. Sabía que debía soltarla.

Pero una parte de él no podía hacerlo. Algo le impedía abrir la mano.

La cabeza volvió a hundírsele y pataleó con todas sus fuerzas para subir.

Aún tenía la bolsa, aún la tenía a ella; aún podía estar viva.

Volvió a sacar la cabeza. Tomó aire, pero una ola lo cubrió y tragó agua. Ahora se atragantaba.

Patalea con fuerza, Seoras. Vamos, patalea.

Volvió a sacar la cabeza del agua y oyó la voz de Hope.

—Agente, sujete esto y no lo suelte.

—¡No puede! ¡No es seguro! Ya viene la embarcación de salvamento.

Y la cabeza de Macleod volvió a desaparecer bajo la superficie.

En la superficie debió de oírse un gran chapoteo; allí abajo solo percibió el borboteo de las burbujas y algo parecido al impacto de un cuerpo en el agua.

Algo había entrado en el agua. Todo era agitación a su alrededor, pero no veía nada.

Las piernas empezaron a fallarle; ya no le quedaba aire y el agua que había tragado lo asfixiaba.

Intentó tragar para despejarse la garganta, pero solo consiguió soltar un borbotón y tragar más agua.

Alguien le agarró una mano, la sacó del agua y se la encajó bajo la cuerda del aro, que le apretó la muñeca. Luego un brazo lo sujetó y tiró de él hacia arriba. Macleod sacó la cabeza y jadeó.

—¡Agárrate, joder, pedazo de idiota! ¡No te sueltes! Ya vienen, Seoras.

Sintió que Hope lo sostenía desde abajo, manteniéndolo a flote con el cuerpo.

Un brazo lo rodeaba y él descansaba sobre el torso de Hope.

Entonces empezó a tiritar. Hacía un frío terrible.

Apenas lograba pensar. ¿Qué estoy haciendo?

¿Dónde estoy? ¿Qué tengo en la mano? ¡La bolsa! ¡Tenía que sacarla a la superficie!

Tiró con un brazo y alargó el otro. Todo basculó y volvió a hundirse.

El agua le inundó las fosas nasales. La bolsa se le escurrió de la mano.

Las burbujas le llenaban los oídos y Macleod no entendía qué ocurría.

Entonces lo empujaron hacia arriba y alguien le pasó la otra mano por una lazada de cuerda.

Otro tirón lo devolvió a la superficie y volvió a sentir el aire frío. Jadeó, tosiendo y escupiendo.

—¡Quieto ahí, joder! Voy a por ella. No te muevas, idiota, o te me mueres aquí fuera.

Quedó apoyado sobre el aro salvavidas. El agua le salpicaba la cara de vez en cuando, pero podía respirar.

Tenía el cuerpo helado y tiritaba, aunque respiraba mejor.

Intentó mirar alrededor con cautela, pero no controlaba el aro: se limitaba a ir a la deriva con él.

Más allá vio una mano que golpeaba el agua.

Alguien intentaba sacar el resto del cuerpo a la superficie, pero no lo consiguió y volvió a hundirse.

Otro aro salvavidas cayó al agua a su lado y Macleod lo agarró.

Batiendo los pies, consiguió girar y vio a Hope luchando por mantener la bolsa fuera del agua.

Desde la orilla llegaban gritos que no lograba entender.

Empujó el segundo aro hacia Hope e intentó gritar, pero la voz no le salió. Vio cómo el aro le daba en la nuca.

Ella parecía asombrosamente serena. Aunque luchaba con todas sus fuerzas, se movía como alguien con experiencia.

Macleod la observó agarrar el aro y subir la bolsa hasta dejarla medio apoyada encima.

Le vio la cara. Respiraba con dificultad, pero no parecía asustada.

El aro de Hope se alejaba de él a la deriva y, aun así, ella no mostraba pánico.

—¡Aguanta! —le gritó al verlo—. Ya vienen a por nosotros. No te asustes. Agárrate fuerte.

Él solo pudo asentir. Cerró los ojos y se aferró al aro mientras iba a la deriva mar adentro. Ahora todo parecía casi tranquilo. Hope tenía a la chica. No podían hacer nada más hasta que llegara alguien. Entonces se le hundió el ánimo.

Ella había estado aquí sin nadie. Sola. Se había ido sola. Dios mío, ¿estuviste con ella? ¿Por qué no pusiste en la orilla a alguien que pudiera ayudarla? Sigue aquí, en algún lugar del fondo. ¿Cómo pudiste? Debería haberme tirado. Hasta Hope se ha tirado. ¿Te limitaste a mirar?

Se le llenaron los ojos de lágrimas y empezó a temblar.

Las imágenes de su mujer se arremolinaron en su cabeza.

El pelo de ella flotaba en el agua mientras sonreía.

Los dos se abrazaban y rodaban de nuevo ladera abajo.

Pero entonces caían al agua. Y él estaba de pie junto a un hombre vestido con ropas árabes blancas, propias de un día caluroso, mirando cómo ella se hundía.

Una mano agarró la suya. Macleod no supo si era una ilusión hasta que notó el contacto helado y se estremeció.

El rostro de Marie Smith apareció ante él.

Boqueaba, presa del pánico; apenas lograba sacar la cabeza antes de volver a hundirse.

Macleod se estiró hacia ella, se soltó del aro salvavidas con un brazo y la agarró.

Sus manos se enlazaron y notó que el peso de Marie tiraba de él hacia abajo.

—¡Aguanta! —gritó.

Pero sus palabras se perdieron bajo el rugido de un helicóptero.

El ruido era ensordecedor y el agua se encrespó mientras el aparato se mantenía sobre ellos.

Un foco barrió el mar. Macleod alzó la vista y quedó cegado.

Notó que la mano de Marie resbalaba e intentó agarrarla de nuevo, pero siguió escurriéndose.

Sacó la otra mano de la cuerda y quedó apoyado sobre el aro salvavidas.

Braceó con la mano libre y por un instante consiguió aferrar el abrigo de Marie.

Pero entonces ella se le escurrió y se hundió de golpe en las profundidades.

Macleod perdió el equilibrio y volvió a caer del aro al mar. Extendió los brazos, preso del pánico, y volvió a patalear. Sacó la cabeza entre el estruendo del helicóptero y buscó algo a lo que aferrarse. Pero empezó a hundirse otra vez.

Entonces unos brazos lo agarraron. No supo cómo, pero alguien lo aferró por detrás del abrigo y lo arrastró de espaldas. Al izarlo de golpe, sintió el frío de la noche en la cara y dio gracias a su Dios por sentirlo. Unos brazos lo sujetaron y lo depositaron sobre una superficie dura.

—¿Me oye? ¿Me oye?

El grito casi se perdió bajo el rugido del helicóptero. Macleod asintió. De pronto pensó en Hope y giró la cabeza. Vio el mar agitarse y, más allá, a una mujer aferrada a un aro salvavidas con una bolsa de lona en la mano.

Macleod se incorporó como pudo y lo guiaron al interior de la embarcación de salvamento.

El mar convertía la cubierta en una plataforma inestable, pero alguien lo sostuvo hasta sentarlo mientras un hombre de barba pelirroja le hacía preguntas y lo envolvía en una manta térmica plateada.

¿Había tragado agua? Sí. El hombre siguió hablándole, pero Macleod solo quería ver a Hope.

Miró por la puerta trasera por la que había entrado.

La bolsa de lona estaba en cubierta. Alguien la estaba rajando.

Cuando abrieron la bolsa, algo pareció moverse en su interior. Apareció un rostro. Macleod creyó ver sangre oscura y reseca. Los ojos estaban cerrados, pero reconoció a la joven junto a la que se había sentado. Los tripulantes se daban voces y Macleod notó que la embarcación aceleraba.

Macleod se recostó, incapaz de concentrarse.

El hombre de barba pelirroja seguía hablándole, pero él tenía cada vez menos ganas de responder.

La embarcación daba bandazos y el estómago se le revolvía.

De pronto vomitó sobre el hombro del hombre que tenía delante.

Este soltó una palabrota y se limpió el vómito de encima sin apartar en ningún momento la mirada de Macleod.

Un destello plateado se movió detrás del hombre y una figura se dejó caer en el asiento contiguo.

Macleod alzó la cabeza. Hope lo examinaba, intentando verle bien el rostro.

Estaba helada, con el pelo revuelto. La coleta había desaparecido y una melena roja, salvaje y enmarañada, le caía por la espalda.

Dejó que la manta térmica plateada le resbalara de los hombros, le agarró la cabeza y lo estrechó contra su pecho como a un niño.

—Te hemos sacado. Gracias al cielo, te hemos sacado.

Macleod sintió la fuerza de sus brazos a su alrededor y se vino abajo. Lloró como un niño, sacudido por los sollozos, y se aferró a los hombros de Hope. Mientras ella lo sostenía, la embarcación los zarandeaba entre las olas: un instante se elevaba y al siguiente caía con estrépito contra el agua.

Las luces de Stornoway y de su puerto aparecieron ante ellos, pero Macleod siguió acurrucado en brazos de Hope.

Oyó subir a varias personas a bordo y llevarse a la joven que había estado dentro de la bolsa.

Quizá la hubieran estado atendiendo durante el trayecto; él no se habría enterado.

Cuando notó que la embarcación se detenía, se obligó a incorporarse y mirar a Hope.

—¿Qué ha pasado con ella?

Macleod señaló la bolsa, que seguía rajada sobre la cubierta.

—La estaban atendiendo y se la han llevado. Seguían atendiéndola cuando la han bajado. Vete a saber.

Macleod se limitó a asentir y se puso en pie. La manta plateada cayó de sus hombros. Sacudió una pierna y la pernera empapada le golpeó la piel.

—¿Adónde vas? —preguntó Hope.

—Hay mucho que hacer. Tengo que ir a supervisarlo todo.

—No, no tienes que hacerlo. Tienes que ir al hospital a que te examinen. ¿Has tragado agua?

Macleod asintió.

—Ahogamiento secundario. Tienes que ir al hospital. Allinson puede encargarse de esto. Nosotros también tenemos que bajar de la embarcación. Volverán a salir a buscar a Marie Smith y a Iain Angus.

Macleod bajó la mirada.

—La tenía. Estaba en mis manos y se me escapó. La he perdido, Hope. La he perdido.

—No he visto a Iain Angus. ¿Tú sí?

Macleod negó con la cabeza.

—Probablemente ha matado a su propio hijo. ¿Por qué haría algo así?

Hope intentó pasar de largo, pero Macleod la detuvo y le entregó la manta plateada que había dejado caer.

—Puede que seas una heroína, pero si van a grabarnos, más vale que salgamos tapados y no como en una escena de Los vigilantes de la playa.

Los dos desembarcaron. Los recibió el personal sanitario mientras otra ambulancia se alejaba con las luces azules destellando.

Macleod se quedó en el muelle y miró atrás mientras la embarcación de salvamento viraba de nuevo hacia mar abierto.

A lo lejos, el helicóptero del servicio de Guardacostas iluminaba la noche con su foco de búsqueda.

A su alrededor, hombres vestidos de azul subían atropelladamente a los vehículos y partían hacia el helicóptero.

Todo era movimiento. Solo él permanecía inmóvil.

A punto he estado de reunirme contigo. Dios sabe cuánto me habría gustado.