Donde acaba el agua (Highlands e Islas 1) Capítulo 28
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Capítulo 28

M acleod llevó el café a una mesa de la cafetería del polideportivo y se sentó.

Pasaban unos minutos de las nueve y había quedado en recoger a Hope después de su baño matinal.

El día anterior se le había ido entre papeles tras recibir el alta del hospital; no le apetecía empezar el día con más trámites.

Desde allí recorrió la piscina con la mirada y localizó a Hope en el extremo opuesto, haciendo largos.

Era una nadadora excepcional y se deslizaba por el agua con soltura.

Gracias por eso, Señor, pensó, recordando cómo había ayudado a rescatarlo y había mantenido la bolsa a flote durante tanto tiempo en el mar helado.

Vio a Hope salir de la piscina y saludarlo con la mano.

Le devolvió el saludo y la observó dirigirse a las duchas para enjuagarse.

Aquella mujer había pasado por mucho, pero seguía teniendo una figura espléndida, y a Macleod le costó apartar la vista.

Quizá había llegado el momento de permitirse mirar.

Todo aquel tiempo había temido traicionar a su mujer, como si ella lo observara desde arriba.

Habría sido la primera en decir que Hope era una mujer guapísima.

Le sonó el móvil. Era su jefa. Una llamada rutinaria para saber cómo seguía.

Macleod respondió con respeto, pero dejó claro que no estaba para largas conversaciones.

Cuando colgó, buscó de nuevo a Hope, pero se había ido a cambiar.

Dando sorbos al café, esperó con paciencia mientras veía pasar a los asiduos del gimnasio.

Al cabo de lo que pareció una eternidad, Hope apareció con pantalones de vestir, blusa y botas. Hope sonrió al verlo y Macleod le apartó una silla; le preguntó si quería café mientras le enseñaba su taza vacía. Ella asintió; él fue a pedirlo al mostrador y regresó.

—¿Qué tal el baño? —preguntó Macleod.

—Nadar siempre sienta bien, señor.

—Seoras. Solo Seoras. Creo que te debo la vida.

—Tú habrías hecho lo mismo. Eso sí: si piensas repetir una cosa así, necesitas clases de natación —se rio Hope.

—¿Dónde aprendiste a nadar tan bien?

—Era socorrista antes de entrar en la policía. El agua es mi elemento. Pero ¿tú cómo estás? Quiero decir, ¿cómo estás de verdad? Meterte en el agua donde se metió ella tuvo que ser horrible.

Hope sonreía con cariño, casi con lástima, y Macleod deseó que volviera a sonreírle con normalidad.

—Me siento libre. Su muerte era algo que nunca había afrontado.

Mi parte en aquello, la de este lugar… Todo volvió de golpe en medio de este caso.

Y cuando estaba en el agua, habría sido feliz reuniéndome con ella.

En un lugar mejor, quiero decir. En un sitio donde ella pudiera ser ella misma y yo disfrutar viéndola así.

Nuestra vida tendría que haber sido mejor, más audaz y más libre para hacer el bien en esta vida.

No solo el uno por el otro, sino también por los demás.

—Parece todo muy precipitado —dijo Hope, arqueando una ceja.

Macleod se rio.

—Ese es el discurso; ahora me toca cumplirlo. Pero creo que Dios me ha dado una oportunidad de cambiar las cosas. ¿Y tú qué tal?

—Sí, estoy bien —murmuró Hope.

—No puedes salvar a todo el mundo. Y quizá ella salga adelante.

Gracias a lo que hiciste, tiene una posibilidad real de conseguirlo.

Smith y su hijo, no. Anoche hablé con Guardacostas; dicen que rastrearon toda la zona, así que debieron de hundirse hasta el fondo.

Puede que sigan buscándolos de forma intermitente durante unos días, pero lo más probable es que aparezcan en la costa dentro de unos meses, en el peor de los casos.

—Se lo tiene bien merecido —resopló Hope.

Macleod la vio llevarse la taza a los labios y volver la mirada hacia la piscina.

—No siempre recibimos lo que merecemos, aunque seguramente tengas razón —dijo Macleod con solemnidad—.

Smith sí mató a Carol Hewitt. Por celos.

Cuando Sara apareció husmeando para encontrar a quien había matado a su madre, creo que, al principio, Smith creyó haber recuperado a su amante.

Pero cuando tuvo que pagar y comprendió que para Sara no era más que otra clienta, empezó a verla como una amenaza.

Creo que Sara quería enfrentarse a ella la noche que se vieron junto al loch.

Smith había planeado que el encuentro fuera allí.

—¿Crees que Sara había quedado con ella para decirle que iba a desenmascararla?

—Nunca lo sabremos con certeza, Hope, pero parece que Sara estaba demasiado cerca de la verdad o a punto de sacar a la luz lo que había hecho Marie Smith.

Y entonces, claro, Smith comprendió que Sara tenía una amante que lo sabía todo y mandó a Macaulay tras la joven.

Le dijo que estaba a punto de quedar al descubierto por recurrir a una prostituta. Y, de paso, se fabricó una coartada.

—Pero aquello acabó con un suicidio. Menudo follón montó. Cuando la interrogué, tuve la impresión de que iba a tirarme los tejos para conseguir lo que quería. Manipuladora y fría.

—Sí —convino Macleod—, pero además se sentía muy atraída por ti. En fin, apura el café; tenemos que ir a ver un sitio.

Macleod vio cómo Hope lo miraba con gesto interrogante antes de levantarse.

Como de costumbre, le indicó que pasara delante; era algo que le habían enseñado de niño.

A ella siempre parecía darle cierto apuro, pero accedió.

Su mujer también lo había hecho, aunque la habían educado para aceptarlo.

¿Qué podía tener de malo que un hombre se mostrara cortés con una mujer?

Macleod nunca había entendido que aquel gesto provocara quejas cuando eran las mujeres quienes se quejaban de que los hombres las pisoteaban. Misterios de la época, pensó.

Macleod insistió en conducir. Salió de Stornoway y tomó la carretera de un solo carril que llevaba al aparcamiento al que habían llegado a toda prisa apenas dos días antes.

Aún quedaba un pequeño dispositivo policial, aunque la zona ya se había peinado a fondo.

Después de aparcar, señaló el otro extremo del páramo, donde estaba la caja del aro salvavidas. Notó la inquietud de Hope.

—Vamos —dijo Macleod—. Tenemos que hacerlo. Confía en mí: ya soy perro viejo en estas cosas.

Ella lo miró. Se le habían humedecido ligeramente los ojos. Luego asintió. Como si la idea hubiese sido suya, abrió la puerta con decisión y echó a andar hacia el lugar sin esperarlo. Macleod tuvo que alargar el paso y echar a correr para alcanzarla cuando atravesaba la verja del campo.

A cada paso en falso, el agua acumulada en el páramo les salpicaba las botas. Poco a poco, el lugar pareció calar también en Hope: se le tensaron los hombros y el paso perdió firmeza. Al llegar a la caja, Macleod vio que habían repuesto el aro salvavidas.

—Me salvaste la vida cuando fuiste a por este aro —dijo Macleod, apoyando una mano en él. Aquel era uno de esos momentos en que había que detenerse, y rezó para que ella entendiera que quería honrarla—. Gracias.

Hope miró más allá, hacia el mar, hasta el borde del pequeño acantilado desde el que él había caído con Marie Smith.

Le temblaron los hombros y rompió a llorar.

Macleod se acercó; ella se apoyó en él y aceptó el abrazo.

Como era tan alta, el abrazo resultó torpe.

Mientras Hope lloraba, él también se echó a llorar al comprender lo cerca que había estado de encontrarse con su Creador.

Cuando ella levantó de nuevo la cabeza, tenía los ojos enrojecidos, de un tono algo más claro que el pelo recogido en la coleta.

—Siempre me tomo un momento para rezar en ocasiones así. ¿Te importa? Solo voy a acercarme al borde.

Hope asintió, pero se volvió. Macleod se acercó al borde y, con la cabeza inclinada y los ojos cerrados, esperó ante su Creador.

Cuídala. Acompaña también a la joven. Haz que salga adelante; eso ayudará a Hope.

Y saca a la luz lo que está en tinieblas.

Pese al dolor, permítenos ver el mal que causamos.

Macleod abrió los ojos y miró el mar, que rompía contra la base del acantilado. Siempre había encontrado algo reconfortante en él, aunque dudaba que Hope pudiera verlo así. Cuatro muertos. Tres desde que habían llegado. Todos en el agua.

—¿Ayuda? ¿Rezar ayuda?

Macleod se volvió. Hope se había colocado a su lado y lo miraba con curiosidad, expectante.

—Sí. Ayuda. O, mejor dicho, Él ayuda. Aunque, desde que estuve aquí hace tantos años, el camino ha sido duro. Rezaba, pero en realidad no hablaba con Él.

—La gente hace eso. Pero eres el primero a quien oigo admitir que también lo ha hecho con Dios.

Hope se rio.

Un poco forzada, pensó Macleod.

—Ha estado bien trabajar contigo, señor. Decían que eras un tipo lúgubre y puntilloso, pero no eres tan rígido. A lo mejor alguien tiene un accidente de coche y volvemos a trabajar juntos.

Macleod también forzó una risa, pero tocó a Hope en el hombro cuando ella empezaba a volverse.

—El placer ha sido mío. Me has ayudado mucho, sobre todo con mis propios problemas. Dudo que los chicos del equipo me hubieran mostrado esa delicadeza. Gracias.

La miró. Podía ver que estaba incómoda, pero no le importó.

Mientras la recorría de arriba abajo con la mirada, se preguntó si funcionaría.

Dirían que no era más que un hombre mayor que se había buscado a una joven atractiva para trabajar con él.

Harían toda clase de chistes. Pondrían en duda su postura moral, se preguntarían si seguía fiel a su fe dogmática.

Pero trabajaban bien juntos. Ella estaba en mejor forma y veía las cosas desde otros ángulos.

Él tenía experiencia para ayudarla a progresar y sabiduría para hacer de ella una detective de primera.

Y sí: si era sincero, le gustaba la idea de tener a una mujer atractiva trabajando a su lado. Al fin y al cabo, era un hombre.

—Voy a pedir que te asignen a mi equipo en el próximo caso, Hope. Te lo mereces, siempre que no lo veas como un castigo.

Hope sonrió de medio lado.

—Será un placer, señor.

—Si no te importa, quiero quedarme unos minutos a solas para despedirme de alguien de quien debería haberme despedido como es debido hace mucho tiempo.

—Claro —dijo Hope. Le dedicó una breve sonrisa y se volvió. Macleod oyó sus pasos inseguros alejarse por las rocas. Pero entonces el ruido cesó y tuvo la sensación de que lo observaban. Se volvió y vio a Hope mirándolo. Quizá ella lo había estado sopesando, como él acababa de hacer con ella.

—Si me necesitas, avísame —dijo Hope—. Dicen que estas cosas son duras. Estaré al otro lado de la colina por si me necesitas.

—Gracias.

Al mirarla, le pareció más hermosa que nunca. Era curioso cómo las palabras y los actos cambiaban el aspecto de una persona.

—Tu mujer… Nunca dijiste su nombre. Ni una sola vez la llamaste por su nombre. ¿Cómo se llamaba?

Macleod se volvió hacia el mar y luego miró de nuevo a Hope.

—Siempre sentí que había perdido su nombre cuando ocurrió, porque después de aquello me parecía mal pronunciarlo. Pero ahora creo que puedo volver a hacerlo. Tal vez algo empiece a despertar.

—No lo entiendo, señor.

—Se llamaba Hope, McGrath.