Capítulo 26
E n el asiento trasero, Macleod repasaba el caso por si se les había escapado algo.
Hope iba delante y hablaba de vez en cuando con el agente al volante, pero él no oía la conversación.
Pensó en la madre de Sara y en la clase de mujer que había sido.
Los datos eran vagos y seguramente sesgados, pero parecía que había tenido sus aventuras. Y aquello le había costado la vida.
Sara había parecido igual: hasta cobraba por acostarse con clientes de su salón de masajes.
Pero, en realidad, había estado haciendo lo mismo que él: investigar.
En otras circunstancias, ¿habría sido distinta?
¿Quién sabe? Aun así, aquella determinación por dar con quien ella creía que había matado a su madre era extraordinaria.
Ojalá Dios lo vea así, Sara, pero yo no lo sé.
La radio del coche cobró vida con un pitido y Macleod empezó a escuchar. Habían localizado una furgoneta, no muy lejos de allí.
—Lléveme allí ahora mismo, agente.
El conductor pisó el acelerador y el coche salió disparado por una de las carreteras principales. A los pocos minutos, Macleod vio un coche patrulla con las luces destellando en el arcén. Se detuvieron a su lado y él se apeó de un salto.
La agente de cara rechoncha se le acercó.
—He echado un vistazo a la furgoneta por si alguien necesitaba ayuda, señor. Pero solo he abierto la puerta del conductor y la trasera; nada más. Y no he tocado nada sin guantes.
—Bien —dijo Macleod—. ¿Hay mucho dentro?
La agente le indicó que la siguiera y lo llevó a la parte trasera, donde una de las puertas estaba abierta.
Macleod miró dentro y vio sangre en el suelo.
No era mucha, apenas unas salpicaduras. Varias toallitas húmedas abandonadas en el interior mostraban los intentos de limpieza.
Todo resultaba muy chapucero, propio de alguien dominado por el pánico.
¿Adónde ir? ¿Y cómo? Si era Marie Smith, necesitaría un cómplice: alguien a quien manipular, como había hecho con el pobre hombre que perdió la vida en Ness, o alguien dispuesto a actuar. Dudaba que se tratara de lo segundo.
—Agente, póngase en contacto con el detective Allinson y dígale que localice a Iain Angus MacDonald ahora mismo. Que averigüe dónde está y rastree su coche.
—¿Señor? —preguntó Hope mientras la agente se apartaba para transmitir las instrucciones.
—Mire esto. Hasta ahora lo ha hecho todo bastante bien.
Ni rastro de pánico. Pero creo que se llevó un susto cuando encontramos la playa y después la casa.
Nunca esperó que estrecháramos el cerco tan deprisa.
¿Por qué iba a esperarlo? Tuvimos suerte.
Haya hecho lo que haya hecho con nuestra joven, esta le ha dado problemas: hay sangre en la furgoneta de alquiler.
No creo que supiera que íbamos tras ella hasta que nos vio llegar a la playa. Así que ¿qué hace?
—Intenta limpiar la furgoneta con lo que tiene —dijo Hope—. Solo tiene toallitas húmedas y no le bastan, así que la abandona y pone tierra de por medio. Pero necesita otro vehículo y a alguien en quien confíe, o al menos a quien pueda manipular. Su hijo: puede implicarlo y cargarle la culpa.
—Eso creo. Pero también significa que ahora tendrá que deshacerse de la joven.
Puede que incluso vuelva para incendiar la furgoneta.
Y, dado lo que ha hecho, creo que Iain Angus también podría estar en peligro.
Tenemos que encontrarla ya. Pronto caerá la noche, o lo más parecido a la noche que hay aquí en verano.
Quizá espere escondida hasta entonces. Tenemos que encontrarla ya.
—Si piensa esperar hasta más tarde, ocultará el coche, seguro.
Si es Iain Angus, ya está implicado en el caso; si no, utilizará a otra persona.
Debería volver a Stornoway y dirigir la búsqueda desde la sala de operaciones, señor.
Todo dependerá de los agentes sobre el terreno y usted será más útil allí.
Macleod asintió y miró una vez más el interior de la furgoneta.
Solo había sangre restregada por el suelo: habían intentado limpiarla, pero no habían conseguido eliminarla del todo.
Al principio debía de haber bastante. Se le revolvió el estómago al pensar en lo que podía haber ocurrido allí dentro.
Fue hasta la cabina, que estaba completamente vacía.
Con la mano cubierta, abrió la guantera con cuidado.
Solo encontró los manuales del fabricante y otros papeles guardados en una elegante cartera de piel.
Volverá a por la furgoneta, seguro. Se dará cuenta de que no puede dejarla así.
Como mínimo, tendrá que limpiarla a fondo.
Pero no sabe que sabemos lo de la furgoneta.
Su prioridad será deshacerse del cuerpo.
Si la chica ya está muerta. Si no, tendrá que deshacerse de ella. Vamos, Allinson. Dame algo.
Cuando otro coche los llevó de vuelta a Stornoway, Macleod entró en la sala de investigación, que enmudeció al verlo. Hope lo flanqueaba cuando inició lo que rogaba que resultara una arenga capaz de movilizarlos.
—Tenemos una vida en nuestras manos, quizá dos.
Creo que la asesina está presa del pánico, pero todavía ignora cuánto sabemos.
Hemos mantenido un despliegue importante en las carreteras y eso la habrá asustado.
Seguramente vaya en otro vehículo, no en el suyo, y quizá con un cómplice; puede que con su hijo, aunque no quiero darlo por hecho.
Necesitamos controles de carretera. Buscad cualquier cosa fuera de lo normal y registrad vehículos si hace falta.
Quiero gente ahí fuera revisando cobertizos, graneros y cualquier sitio donde pueda ocultarse un coche.
También a sus familiares. Comprobadlos con discreción.
Hope dio un paso al frente e indicó que quería hablar. Macleod asintió, retrocedió y la dejó ocupar el centro de la sala. Con las manos en las caderas y la blusa echada hacia atrás, adquirió un aire imponente.
—Sé que nos gustaría contar con más gente, pero es lo que hay.
La mayoría estáis tan agotados como el jefe y yo; estos últimos días nos han dejado a todos rendidos.
Aun así, toca apretar una vez más. Revisad cada detalle.
Poned en marcha a nuestra gente. Que salgan a buscar.
Cualquier sitio al que pueda haber ido Marie Smith, revisadlo.
Esto es Stornoway, vuestra ciudad. Demostradnos que la conocéis, y también a su gente. ¡Encontradla!
Tras un instante de silencio, la sala estalló en actividad. Macleod dio una palmada y todos volvieron a callar.
—Un gran esfuerzo, por favor. Gracias a todos por vuestro trabajo. Un último gran esfuerzo.
En cuanto volvió el bullicio, Hope llevó a Macleod aparte.
—Perdón, ¿me he pasado?
—Un poco. Si no la encontramos, no podemos permitir que esto los persiga. En esto cuenta mucho la suerte, y quizá algún día estos agentes tengan que volver a enfrentarse a algo parecido. No pueden quedarse con esa carga. El Señor sabe que yo cargo con la mía, y es una forma de infierno.
Hope asintió y sonrió.
—Yo también me pongo a ello.
—Familiares. Gente que no conozcamos y que Marie Smith pueda utilizar. Quizá sin que sepan para qué. Puede pedirles el coche prestado. Aparcarlo en algún sitio.
—Sí, señor.
Detestaba esos momentos. Había desplegado a sus efectivos y ahora solo podía esperar.
Alguien le puso un café en la mano, ahorrándole su primera idea: preparárselo él mismo.
Luego recibió una llamada de su jefa. Tras ponerla al día, volvió a la sala de investigación e intentó parecer optimista.
Le costaba. Al cabo de un rato, Allinson le explicó lo que habían comprobado hasta entonces.
Todo era útil y estaba bien hecho, pero aún no había dado resultados. Fuera empezaba a caer la tarde.
Observó a Hope recorrer la sala, recabando información de distintos agentes.
Los moratones aún le afeaban el rostro, pero tenía otra clase de belleza, cierta gracia.
Mientras hablaba con un detective, vio que se le iluminaba la cara.
Hope cogió la emisora Airwave y habló con alguien que estaba sobre el terreno.
Macleod no distinguía sus palabras, pero vio cómo se le tensaban los hombros y empezaba a tamborilear con un pie. Él echó mano de la chaqueta.
Hope corrió hacia él y vio que ya tenía la chaqueta en la mano.
—Lléveme hasta allí. Ya me lo contará en el coche —dijo Macleod, y la siguió hacia la puerta.
Hope sacó el coche del patio trasero de la comisaría y salió a las calles de Stornoway. La comisaría estaba encajada en un nudo de calles de sentido único, y ella guardó silencio mientras buscaba la salida hacia las vías principales.
—Hacia los pequeños aerogeneradores, cerca de la depuradora —soltó Hope atropelladamente—. Por lo visto, la casa es de un primo que está de vacaciones. Un vecino ha visto movimiento hace poco.
—Hacia Holm —dijo Macleod en voz baja, sin entusiasmo. Justo donde estuve el otro día. Donde te despediste.
—El vecino ha dicho que el coche se marchó hace apenas diez minutos.
—¿En qué dirección? ¿A la derecha o a la izquierda? ¿Por la carretera principal o hacia el monumento del Iolaire?
—No me lo ha dicho. Yo no sabía que hubiese dos direcciones; creía que solo había una carretera de acceso.
Mientras dejaban atrás el centro de Stornoway y subían por la carretera de salida, Macleod repasó la ubicación de los controles.
En el panel había visto uno junto al colegio de Sandwick, justo después del cruce que necesitaban tomar.
Cualquier otra opción obligaba a volver hacia la ciudad, entre gente y caras conocidas.
O a subir a Holm. Está atrapada. Y, si tiene un cadáver del que deshacerse, el mar es el sitio.
Una vez fuera de Stornoway, Macleod le señaló el desvío. Hope giró bruscamente y aceleró por la carretera de un solo carril. Había dos casas juntas y otra nueva un poco más allá, con un coche patrulla aparcado delante. Hope se detuvo a su altura y bajó la ventanilla.
—¿Novedades, agente?
—El coche salió hace quince minutos. He avisado por radio a todas las unidades de la ciudad y a la comisaría.
Un Kia azul con portón trasero. La casa es nueva; la construyeron hace solo un año.
Sus dueños son el señor y la señora Smith, que están de vacaciones en las Bahamas.
La matrícula empieza por SY, aunque aquí casi todas empiezan igual.
—¿Ha subido al monumento? —preguntó Macleod, inclinándose por delante de Hope.
—No, señor. Estaba entrevistando a los vecinos.
—¡Siga! —ordenó Macleod, señalando hacia delante. Hope arrancó y dejó al agente atónito.
—¿Adónde? —preguntó Hope mientras seguía adelante.
—Gire a la derecha al llegar abajo y siga hasta un aparcamiento. Si llevan un cadáver, puede que hayan ido al monumento para arrojarlo desde las rocas.
Hope entró en el aparcamiento y dejó el coche en mitad de la explanada.
Ambos se apearon. En una esquina había un Kia azul bien aparcado.
Hope fue más rápida: sorteó la doble verja que daba acceso al sendero y echó a correr cuesta abajo hacia el monumento del Iolaire, que conmemoraba un naufragio histórico.
Cuando Macleod llegó al sendero, ella ya había desaparecido de su vista.
Echó a correr tras ella, pero se la encontró subiendo de regreso.
—No hay nada ahí abajo, señor. Nada. Ni rastro de nadie.
La luz se desvanecía y a Macleod le costaba distinguir a lo lejos.
—Vuelve arriba y comprueba si han cruzado el campo.
Subieron juntos la cuesta corriendo, sin dejar de resoplar. Hope llegó primero y oteó los alrededores.
—No veo nada. ¿Hacia dónde miro?
—El acceso… el acceso… Será por allí, en alguna parte.
Todavía encorvado, Macleod extendió un brazo de golpe y señaló en dirección perpendicular al monumento. Intentó enderezarse, pero le faltó el aire y volvió a doblarse.
—¡Allí! —gritó Hope—. Veo una cabeza.
Macleod levantó la vista. Allí. No, allí no. Allí fue donde se marchó ella.
—¡Corre, Hope, corre!
Se obligó a enderezarse y echó a correr.
Aunque ya era de noche, la oscuridad no pasaba de un crepúsculo y podían ver lo que tenían delante.
Lo difícil era distinguir el terreno, salpicado de matas de hierba dura sobre un suelo pantanoso.
Al llegar al pie de la colina y entrar en el páramo, Hope se fue de bruces y quedó empapada de agua de turba.
Macleod la adelantó sin mirar atrás y siguió corriendo.
Sabía que se levantaría y lo seguiría; era mucho más resistente que él.
Pero de niño había corrido por páramos como aquel, y empezó a distinguir el camino más seco.
Si Hope tenía dos dedos de frente, lo seguiría.
A lo lejos sonaban sirenas. ¿Quizá el agente de la casa había tomado la iniciativa?
El páramo era bastante llano, ondulado por pequeñas lomas.
Después de varias zanjas, el terreno volvía a elevarse hasta las rocas que Macleod sabía que había más allá.
Al coronar el talud, vio a dos personas, una mujer y un hombre, con una bolsa de lona entre ambos tan larga como una persona.
La balanceaban adelante y atrás al borde del acantilado.
—¡No! —gritó Macleod.
Pero ambos la balancearon una vez más y soltaron la bolsa.
Cayó y golpeó el agua con violencia. Desesperado, Macleod bajó como pudo por la pendiente rocosa sin perder de vista a los responsables de aquella atrocidad.
Reconoció a Marie Smith. La vio avanzar con paso resuelto y, sin más, empujar a su hijo, Iain Angus, al agua arremolinada.
Macleod llegó al pie de la pendiente y cruzó el pequeño saliente para agarrar a Marie Smith.
Pero ella lo esperaba y le asestó un rodillazo en plena ingle que lo dejó sin aire.
Después lo hizo girar y lo empujó con fuerza.
Macleod, sin embargo, se agarró a su chaqueta con fuerza de muerto y no la soltó.
Los dos trastabillaron y cayeron de espaldas al agua.