Capítulo 24 #2
—A la embarcación de salvamento. Preguntemos al patrón. Conocerá la zona.
Regresaron al bote auxiliar y llamaron a los tripulantes para que fueran a recogerlos.
Macleod vio al más joven apartar la mirada del cuerpo de Macaulay en la playa.
El otro, en cambio, lo observaba fascinado.
Macleod se empapó los zapatos y los tobillos al embarcar, igual que Hope.
El tripulante más joven pareció reanimarse en cuanto ayudó a Hope a subir y se sentó justo detrás de ella.
Una vez de vuelta a bordo de la embarcación de salvamento, Macleod pidió hablar con el patrón y le expuso la idea de Hope: una persona podía haberse llevado a otra de la playa.
—¿Adónde podrían haber ido y qué clase de embarcación habrían necesitado? ¿Dónde podrían haber atracado para tener un vehículo esperando?
—Veamos las cartas —respondió el hombre, y los condujo al puente, hasta el plotter de cartas electrónicas situado frente al navegante. Macleod miró sin entender gran cosa mientras el patrón y el navegante seguían lo que él supuso que eran líneas de costa. El patrón se volvió hacia él.
—Bueno, podrían usar una semirrígida o un bote y atracar junto a cualquiera de estos pequeños varaderos.
Pero seguramente alguien los habría visto.
Podemos recorrer la zona, pero no sabe qué busca exactamente.
Si yo quisiera pasar desapercibido, no desembarcaría en ninguno de ellos; los pescadores los usan casi a diario.
Podría pedir a Guardacostas que emitiera un aviso, pero sería demasiado impreciso.
Puedo llamar y averiguar si han recibido alguna incidencia fuera de lo común por aquí.
—Hágalo, por favor.
Macleod se volvió hacia Hope y se mordió el labio inferior, frustrado.
—¿Señor?
—Es como buscar una aguja en un pajar. El patrón dice que hay varios varaderos, pero tienen demasiado movimiento; es poco probable que hayan usado uno.
—Necesitará un escondite, ¿no? Algún sitio abandonado. Quizá no un varadero grande, sino un lugar donde pueda sacar la embarcación del agua —dijo Hope.
El patrón los interrumpió.
—Detective, Guardacostas no ha recibido ningún aviso fuera de lo normal. Sugiero que recorramos un tramo más del loch y veamos qué encontramos. A lo mejor se me escapa algo.
—Adelante, por favor —dijo Macleod.
—Si me acompañan arriba, tendremos mejor vista.
Por aquí, por favor. —El patrón indicó la puerta de popa por la que se salía del puente y Macleod siguió a Hope hasta la cubierta de popa.
Desde allí, los condujo por una escalerilla hasta la cubierta superior al aire libre, donde Macleod vio otro puesto de gobierno y más mandos.
—Sujétense a algo con una mano en todo momento —dijo el patrón—. Puede haber bastante meneo.
Macleod se sujetó con las dos manos mientras la embarcación viraba y seguía loch abajo. Miró de reojo a Hope, que se mantenía de pie como si hubiera pasado la vida en un barco. Ella escrutaba la costa y Macleod decidió hacer lo mismo en vez de seguir mirándola.
Se sentía vulnerable, como si algo en carne viva hubiera quedado expuesto en su interior.
El horror de la muerte de su esposa había despertado recuerdos inesperados de la intimidad que habían compartido, y le costaba reprimirlos.
Y Hope los hacía aflorar cada vez que la miraba.
Dios mío, ¿qué es esto? Ayúdame a dominarme. Ahora no necesito esto.
Entonces oyó una voz. Se abrió paso entre el chapoteo de la embarcación al cortar las olas y sonó nítida por encima del rugido de los motores y del viento que lo azotaba. Sí que lo necesitas , dijo.
La embarcación de salvamento avanzó a toda velocidad por el loch, que empezaba a estrecharse.
El patrón tenía razón: habían pasado junto a varios varaderos con pequeñas embarcaciones amarradas; cualquiera de ellos podría haber servido.
Por el estado del cadáver, Macaulay debía de llevar muerto unas seis horas, quizá más.
Macleod necesitaba agentes en embarcaciones para interrogar a quienes trabajaran en el loch o vivieran en sus orillas.
Pero eso llevaría tiempo, un lujo que no podían permitirse.
—¿Qué es eso? —gritó Hope por encima de las olas.
—Arracaig House —gritó el patrón—. Llevará unos veinte años abandonada. En su día fue una casa preciosa, pero ahora no es más que una ruina.
—¿Podemos acercarnos? —preguntó Macleod.
—Claro. —El patrón acercó la embarcación de salvamento a la orilla, pero se detuvo a cierta distancia—. Tengo que ir con cuidado; no quiero hacerla encallar. Una embarcación de estas no es precisamente barata.
Macleod vio que el hombre le sonreía a Hope al decirlo. Hope tenía el don de despertar en los hombres pequeños gestos de coquetería.
—¡Ahí! —gritó una tripulante.
—¿Dónde, Anna?
—Detrás del talud, entre la maleza. Veo algo rojo, quizá el costado de un bote. No estoy segura, pero lo parece.
—¿Podemos llegar hasta allí? —preguntó Macleod.
—Sí, en el bote auxiliar, detective.
—Entonces, por favor, cuanto antes.
Unos minutos después, Macleod y Hope navegaban en el bote auxiliar con dos tripulantes hacia el punto indicado por Anna. Al acercarse, Hope saltó a tierra y trepó por el talud hacia la maleza.
—Sí, es un bote. Tiene un pequeño fueraborda. También hay sangre dentro.
Macleod subió tras ella con los pies empapados: al saltar del bote auxiliar, había pisado el agua sin querer.
—¿Es reciente?
Hope asintió y Macleod se volvió hacia las ruinas de Arracaig House. Esperaba no haber llegado demasiado tarde.