Capítulo 24
H ope recorría el campamento improvisado en busca de cualquier cosa que pudiera servirles.
Desde la orilla, Macleod observaba sus hombros caídos y aquel asomo de abatimiento.
Nada que ver con la mujer que había saltado de la embarcación.
Allí no había cobertura y Macleod había hecho llegar las instrucciones por medio de la embarcación de salvamento y de Guardacostas.
Allinson ya debería estar organizando el envío de varias embarcaciones y más agentes a la zona.
La playa, resguardada en un pequeño loch, tenía una estrecha franja de arena y, detrás, una cornisa rocosa que ascendía hasta un retazo de páramo.
El terreno parecía difícil: Macleod vio tropezar a Hope varias veces.
Mientras recorría la orilla, buscó marcas o indicios de que hubiese varado otra embarcación, pero la arena estaba intacta.
Tampoco había huellas cerca del agua, salvo el rastro confuso de sus propias pisadas al desembarcar.
Uno de los tripulantes había vomitado al ver el cadáver.
Macleod rodeó el vómito, que ya llegaba hasta el agua.
El pobre hombre seguía conmocionado, y Macleod le había recomendado volver a la embarcación de salvamento y pedir que otra persona trasladara a los agentes que aún faltaban.
Con los últimos agentes ya en tierra, los dos tripulantes del bote auxiliar se habían sentado en la arena y procuraban mirar hacia otro lado.
—¡Señor! —gritó Hope.
Macleod se volvió y distinguió el pelo rojo de Hope en la hierba, más allá de la playa.
Dio un amplio rodeo para evitar el cadáver y trepó hasta ella.
Hope señalaba una grieta en la pared rocosa.
Al reunirse con ella, la dejó ir delante: Hope se arrodilló y se metió por la estrecha abertura entre las rocas.
Mientras veía desaparecer su firme trasero, se preguntó hasta dónde llegaría aquel pasadizo y se arrodilló para seguirla.
Dentro estaba oscuro. Más allá de su compañera solo vio un pequeño haz de luz que apuntaba hacia delante.
Poco más distinguía, así que avanzó despacio, con las manos extendidas, tanteando en busca de piedras sueltas o salientes.
El paso era angosto; Macleod siguió a gatas, con la cabeza gacha, palpando el terreno.
Entonces se golpeó la cabeza contra el trasero de Hope, que se había detenido delante, y alargó las manos para orientarse.
Por desgracia, una fue a apoyarse un instante en su trasero antes de que comprendiera lo poco espacio que había.
—Aquí arriba hay una especie de refugio —dijo Hope, sin hacer caso de las manos de Macleod, que buscaban apoyo—. Hay varias esterillas, todas apretujadas. Una mochila y un cuaderno. Uno grueso. Suba y mire.
Hope bajó el haz de la linterna hacia su cuerpo mientras se apretaba contra un costado de la diminuta cueva.
Macleod vio el angosto paso que tenía delante y se arrastró hacia él, pero no pudo evitar rozarse con su compañera durante todo el trayecto.
Le parecía indecoroso y, a esa distancia, percibía su tenue perfume.
Era un aroma delicado, muy agradable, pero intentó concentrarse en la tarea.
Cuando su cara quedó a escasos centímetros de la de Hope, ella giró la linterna, dejó sus rostros a oscuras y alumbró el pequeño espacio que se abría más allá.
La mochila apoyada contra la pared parecía llena. A su alrededor había migas de comida y varias latas vacías de cerveza barata, aplastadas. En la pared, sobre el pequeño refugio, había fotografías pegadas: imágenes dulces, casi inocentes, de Sara y su amante, juntas, del brazo o abrazadas.
—Así que este era su sitio —dijo Hope—. Supongo que aquí podían ser ellas mismas, lejos de los demás.
—Sí, pero trajeron a otra persona. Si no, ¿cómo llegó Macaulay hasta aquí? Alguien le habló del lugar y le tendió una trampa. Creo que fue Marie Smith. En algún momento, trajeron a Marie Smith hasta aquí.
—No —respondió Hope—. Aquí no. Es demasiado especial para ellas. Sara le cobraba a Marie por sexo. No traería a alguien así a este sitio. Hay algo en esa teoría que no encaja.
Macleod alargó la mano hacia el cuaderno, junto a la mochila. Perdió el precario equilibrio y resbaló hasta caer sobre Hope, en una postura bastante comprometida. Se disculpó de inmediato y trató de recolocarse, pero solo consiguió acercarse aún más, hasta notar el cuerpo de ella pegado al suyo.
—Si no estuviéramos en mitad de un caso de asesinato, esto tendría gracia —dijo Hope. Se le escapó una risita.
Macleod soltó también una risa seca.
—Voy a salir de aquí —anunció—. Luego, saque la mochila y el cuaderno y veremos si contienen algo importante. Haga antes una foto, claro. ¿Tiene guantes?
—No —respondió Hope—. No cogí ninguno cuando me cambié. ¿Y usted?
—Sí —dijo Macleod—. En el bolsillo izquierdo del pantalón, justo debajo de mí. —Intentó moverse y, aunque logró liberar el bolsillo, volvió a desplazarse y acabó con la nariz rozando la de Hope—. Mejor salgo y se los paso, ¿le parece?
—Tengo un brazo libre —dijo Hope. Macleod sintió la mano de Hope bajar por su pecho, seguir hasta el pantalón y hurgar en el bolsillo hasta sacar los guantes.
Por dentro se reía de lo ridículo de la situación.
Desde que perdió a su esposa no había vuelto a estar tan cerca de una mujer; tan cerca que sus cuerpos se tocaban en varios puntos.
Y aquel perfume, a esa distancia, lo embriagaba.
Tengo que salir de aquí, pensó. Pero cuánto echaba de menos aquello.
Ella sí que… Macleod cortó en seco el pensamiento y decidió moverse.
Salir de allí desencadenó otra farsa de posturas imposibles.
Al retroceder, apoyó sin querer una mano en el trasero de Hope, y ella bromeó diciendo que empezaba a creer que lo hacía a propósito. Rezó para que no fuera así.
Al salir de la cueva, Macleod se recompuso, se puso en pie y miró de nuevo a su alrededor.
Macaulay seguía tendido en la playa, con la garganta rajada.
Si Marie Smith había estado allí, ¿cómo conocía aquel sitio y qué pretendía?
La joven no estaba. ¿Había encontrado Marie Smith a Macaulay?
¿Le había tendido una trampa? ¿Había estado allí la joven y ahora Smith la tenía en su poder?
—Señor, ¿puede coger la mochila?
Los pies de Hope asomaban por la entrada de la cueva y entre ellos apareció una pequeña mochila marrón. Macleod la cogió, la dejó a su espalda y se arrodilló junto a la entrada para recibir el cuaderno. Esperó hasta que Hope retrocedió lo suficiente para tenderle la mano y ayudarla a levantarse.
—Qué estrecho es. Pero resulta acogedor con la persona adecuada —dijo Hope—. Me imagino lo agradable que sería escapar del mundo aquí, lejos de todo, y acurrucarse mientras fuera arrecian las tormentas.
—Sí, claro —respondió Macleod. Aún percibía su perfume. Se volvió y se arrodilló junto a una roca cercana. Abrió el cuaderno sobre ella. Cuánto había echado de menos aquella cercanía.
Hojeó las páginas. Entre ellas había varias fotografías que reconoció.
En una aparecía Macaulay dormido en una cama.
El color de la ropa de cama coincidía con el del edredón del piso de arriba del salón de masajes.
También había fotos de los compinches de Macaulay, dormidos en aquella misma cama.
Había otros hombres, todos mayores; ninguno parecía tener menos de cuarenta años.
—¿Un registro de clientes para chantajearlos? —preguntó Hope.
—Un cuaderno de investigación, McGrath. Buscaba a un hombre de mediana edad. Creo que se acostaba con hombres para averiguar más sobre ellos. Buscaba un perfil muy concreto: alguien que, después de haberse acostado con su madre muchos años atrás, pudiera sentirse atraído por la hija. Es repugnante.
—Pero funcionó. Dio con el hombre. Él la mató.
—No, Hope. Fue Marie quien mató a Sara. —Macleod siguió pasando páginas hasta dar con el rostro dormido de Marie Smith—. No estoy seguro de que Sara Hewitt lo supiera, pero sospechaba que Marie estaba implicada. Por eso la aceptó como clienta de pago.
Hope soltó un suspiro.
—Hace falta estar muy decidida para acostarse con personas que podrían haber tenido algo que ver con la desaparición de su madre.
—Sí. Pero supongo que en parte lo aprendió de su madre. Por lo visto, su madre también tuvo sus devaneos. Me pregunto cuánto sabía Sara antes de morir.
Macleod había visto a aquella joven como una fulana, una mujer promiscua que hacía lo que quería por interés. Ahora veía a una mujer impulsada por la convicción de estar haciendo justicia: quería averiguar qué le había ocurrido a su madre y estaba dispuesta a todo para conseguirlo.
—¿Cree que la joven que buscamos estuvo aquí? —preguntó Hope.
—No. O, al menos, no se dejó ver. Si lo hubiera hecho, creo que estaría muerta y que habrían montado una escena para hacernos creer que la mató Macaulay. Dudo que Smith pensara que descubriríamos este lugar. Y, cuando alguien acabara encontrándolo, podrían culpar a la joven.
—A menos que esa sea precisamente la idea —dijo Hope—.
Supongamos que la joven estuvo aquí y Marie Smith se la llevó.
Si la joven desaparece y encuentran a Macaulay, Smith queda libre de sospecha: creeríamos que lo mató ella, quizá en defensa propia, al verse atacada por Macaulay. Puede que Marie la tenga, jefe.
—Y necesita deshacerse de ella sin llamar la atención. Es una posibilidad. Tenemos que comprobarla. Y no vio este cuaderno ni la mochila. O eso creo. De haberlos visto, seguro que habría retirado cualquier cosa que apuntara hacia ella. Quizá.
—Lo que Marie supiera o dejara de saber puede esperar, señor. Si tengo razón…
—Sí, McGrath. Volvamos a la embarcación de salvamento. Tenemos que movernos; necesito hablar con Allinson. Si Marie Smith vino aquí, dudo que fuera a pie. No tiene fuerza para cargar con alguien hasta la carretera; está a kilómetros. Pero alquiló una furgoneta. Así que ¿adónde fue?