Capítulo 23 #2
—No, pero calculamos que hay al menos un ochenta por ciento de probabilidades de que sea el lugar.
Nos fiamos de la memoria de uno de los agentes, de algo que vio hace dos años, pero el sitio está muy apartado.
Mire esta foto: ¿ve esa estrecha franja de playa en el margen?
Si la combina con la esquina de esta formación rocosa y con la hondonada de esta otra foto, nuestro hombre cree saber dónde está.
A Macleod le costó seguir el razonamiento, pero le daba igual. Al fin y al cabo, para eso los había reunido allí: por su conocimiento del terreno.
—Entonces, en marcha.
—Ahí está el problema, señor. Son unas tres horas de caminata por el páramo. Está en mitad de ninguna parte. Podríamos enviar un helicóptero para reconocer la zona.
—Tenemos aquí el helicóptero de Guardacostas. Inténtelo —sugirió Allinson.
Macleod asintió. La llegada sería ruidosa, pero al menos verían a la mujer si intentaba huir.
Le dijo a Allinson que contactara con Guardacostas y luego hizo una seña a Hope para que se acercara.
Macleod la puso al corriente de lo averiguado sobre el operador turístico y la furgoneta de alquiler, y después le expuso su teoría.
—Creo que mataron a Carol Hewitt y la quitaron de en medio, y que Marie Smith estuvo implicada de algún modo.
Usted dijo que Marie Smith prefería a las mujeres.
Y también estuvo con Sara. ¿Es posible que tuviera algo con Carol?
En aquella época, que se supiera que estaba con una mujer habría sido catastrófico.
—Puede ser —dijo Hope—, pero eso no cambia lo que tenemos que hacer: encontrar el lugar, encontrar a la mujer y ponerla a salvo.
Mientras esperaban a que volviera Allinson, el temor de Macleod fue en aumento.
A McKinney lo habían empujado a la muerte; Carol Hewitt parecía haber sido asesinada y su hija lo había sido sin duda.
Tres muertes para encubrir lo que fuese.
El asesino seguramente no se detendría si se sentía amenazado.
—El helicóptero está en otro servicio. Pero he conseguido que nos ayude la embarcación de salvamento. Está a la vuelta de la esquina, señor. Tenemos que salir ya —dijo Allinson.
—Bien —respondió Macleod—. Allinson, consiga a alguien que nos guíe y reúna a unos cuantos agentes más. McGrath, usted viene conmigo. Allinson, mantenga todo en marcha aquí. Y no afloje en la búsqueda: hay que dar con la furgoneta y con Marie Smith.
En menos de diez minutos, Macleod llegó a la estación de salvamento marítimo y estrechó la mano del patrón de la embarcación.
Lo hicieron pasar, le pusieron un chaleco salvavidas y después lo condujeron, junto con su equipo, hasta la embarcación naranja amarrada a los pantalanes del puerto de Stornoway.
Era la primera vez que subía a una embarcación de salvamento, y lo sorprendieron su tamaño y la cantidad de pantallas y mandos. Lo sujetaron con correas en la parte trasera de la cabina de mando y esperó a que zarparan. Avanzaron despacio hasta dejar atrás el puerto.
Entonces la embarcación de salvamento de la clase Severn puso los motores a plena potencia, y Macleod agradeció ir bien sujeto. Mientras rebotaban sobre las olas, un tripulante le indicó dónde encontrar una bolsa para vomitar, por si la necesitaba.
—No se preocupe —dijo el hombre—. No hay nada de qué avergonzarse. Aquí acaba vomitando todo el mundo alguna vez.
Tardaron más de media hora en llegar a la ensenada adecuada y recorrerla hasta la playa de las fotografías.
La playa era inconfundible: la pequeña cala de arena destacaba entre las rocas y el páramo que se alzaba detrás.
Mientras la embarcación avanzaba a saltos hacia tierra, a Macleod le costaba fijar la vista.
Miró a Hope, que se aferraba a un puntal.
—Hay algo en la playa, señor —gritó el patrón desde su asiento de proa—. No podemos acercarnos más, pero podemos botar el bote auxiliar tipo Y para llegar a la orilla. Lo que no quiero es que mi tripulación desembarque si va a haber violencia. No estamos preparados para esa clase de cosas.
—Por supuesto que no, señor —dijo Macleod—. ¿Puede llevar a unos cuantos de nosotros hasta la playa? Me parece bien que sus tripulantes se queden en el bote hasta que comprobemos que no hay peligro. Que permanezcan a bordo, cerca de la orilla, por si tenemos que replegarnos.
El patrón asintió. Cuando la embarcación de salvamento estuvo lo bastante cerca, la tripulación preparó el bote auxiliar en popa.
Macleod y Hope subieron con dos tripulantes y se dirigieron a la playa.
A medida que se aproximaban, Macleod distinguió manchas rojas junto a un cuerpo.
Una figura corpulenta. Un hombre. Cuando el bote alcanzó la orilla arenosa, Hope saltó a tierra antes que él y corrió hacia el cadáver.
Macleod desembarcó con bastante menos agilidad; para cuando salió del agua, Hope ya estaba junto al hombre.
—Es Macaulay, señor. Le han rajado la garganta. Y después se han ensañado con él.
Macleod miró alrededor, pero no había nadie más. Vio restos de una hoguera y varias latas de comida vacías, como si alguien hubiera estado allí. Pero no había ni rastro de la mujer.
¡Maldita sea!