Donde acaba el agua (Highlands e Islas 1) Capítulo 23
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Capítulo 23

M acleod esperaba junto a la entrada trasera de la comisaría.

Tomaba el aire, agradecido de haber salido del ambiente cargado de las salas.

A veces costaba concentrarse cuando hacía calor allí dentro, algo inevitable con tanta gente trabajando sin parar en tan poco espacio.

Pero le gustaba ver aquel empeño. La investigación no fracasaría por falta de esfuerzo.

La puerta se abrió a su espalda y Allinson se puso a su lado.

Llevaba la corbata floja y el primer botón de la camisa desabrochado.

Estaba impaciente, deseoso de ponerse en marcha, y aquello agradó a Macleod.

Nunca se sabía qué esperar de las comisarías más apartadas ni de qué recursos dispondrían en realidad.

Aunque, bien pensado, Stornoway no era precisamente un pueblo: en la localidad y sus alrededores vivían al menos diez mil personas, y más de veinte mil en las Hébridas Exteriores.

Las cosas parecían estar cambiando allí, pese a sus recuerdos.

—Llegará en cualquier momento, señor. Los he reunido en la sala anexa, con mapas y hojas, listos para empezar —dijo Allinson.

Macleod reparó en que no paraba de cambiar el peso de un pie a otro.

No de forma exagerada, pero lo hacía. Quizá debería entrar y dar unas palabras de ánimo al equipo antes de que examinaran las fotos.

No. Sabían lo que tenían que hacer. ¿Y qué iba a decirles?

¿Que miraran bien? ¿Que se devanaran los sesos?

Sabían que aquello era importante, una buena oportunidad de dar con la desaparecida. Que trabajaran.

—Lo ha hecho muy bien, Allinson. Ha sido de gran ayuda. Ahora cerremos el caso.

—Por supuesto, señor. Y gracias. Ha sido un placer trabajar con usted. Y con McGrath. Los echaré de menos.

Había dicho lo que correspondía, pero Macleod tenía claro a quién echaría de menos de verdad.

Hope estaba resultando más compleja de lo que había creído al principio.

Su reputación no encajaba con la mujer que tenía delante, o al menos no del modo que él había esperado.

Siendo detective, bien podría haberlo intuido.

El coche sin distintivos entró en el aparcamiento y se detuvo en una plaza libre.

Primero apareció una pierna larga enfundada en vaqueros, luego una blusa holgada y, por último, la coleta pelirroja balanceándose.

Mientras Hope caminaba hacia ellos, Macleod se dio cuenta de que los dos hombres se habían quedado mirándola, como dos perros esperando a su dueña.

Hora de mostrar un poco de profesionalidad.

—Buen trabajo, McGrath. Vamos a verlas.

Hope le tendió un sobre y Macleod sacó las fotos y las repasó con rapidez.

Había primeros planos de varios hombres en la habitación de arriba, y también de Marie Smith.

Se veían otros lugares, o quizá siempre el mismo.

En algunas aparecía Sara, tumbada o sentada y sonriente.

A medida que cambiaba el paisaje, las fotos dejaban de parecer pruebas y adquirían el aire de recuerdos guardados por una amante.

Sara había sido, desde luego, un bellezón.

Y se había valido de su físico para atraer a tantos.

Macleod le pasó las fotos a Allinson.

—Adelante.

Cuando Hope se disponía a seguir a Allinson, Macleod le puso una mano en el brazo para detenerla.

—Espere un momento.

—¿Señor?

—¿Cómo está? —preguntó Macleod.

—Estar ocupada ayuda. Me escuece la mandíbula, me duele al masticar y le juro que he descubierto moratones que ni sabía que tenía. —Hope forzó una sonrisa.

—Me refería a la cabeza. Al incidente de Ness. Vi algo parecido en Glasgow, pero llegué unos minutos tarde. El hombre ya se había hundido y no volvimos a verlo hasta que el mar devolvió el cuerpo dos meses después. Es duro quedarse sin respuestas, no saber qué ocurrió.

—Sí, lo es. Pero necesito trabajar. Cuando acabemos, cogeré un avión, buscaré una playa, me pondré el bikini y me tumbaré al sol. Luego me olvidaré de todo con un cóctel descomunal. Debería venir conmigo, visto el aspecto que tiene.

Macleod se echó a reír.

—Los pantalones cortos no me favorecen. —Pero unas vacaciones así serían estupendas, pensó.

—Sí, quizá no —dijo Hope. Entró en la comisaría y Macleod se quedó contemplando el aparcamiento en calma.

Yo tampoco me he ido de vacaciones desde que ella me dejó.

Quizá sea eso lo que necesito: alejarme una temporada.

Una playa, unos pantalones cortos ridículos, algo de sol y alguien como Hope con quien hablar y a quien mirar.

¿Estaría eso tan mal, Dios? Que encuentren algo antes de que sea demasiado tarde.

Macleod entró detrás del equipo y se detuvo en la puerta de la sala anexa, observando la actividad frenética. Allinson había colocado en un extremo de la mesa todas las fotos de Sara y su amante. En el otro, intentaban identificar a las personas que habían estado en la habitación de arriba.

Macleod vio cómo Hope se mezclaba con el equipo y repasaba el trabajo con ojo crítico.

La sala bullía de excitación; las preguntas sobre posibles lugares iban y venían.

Usaban lupas para buscar en el fondo de algunas fotos cualquier detalle que pudiera servir.

En un extremo de la sala había un par de ordenadores en los que habían abierto sistemas cartográficos gratuitos de internet, y un agente ya estaba buscando una carretera y abriendo una vista de la zona para cotejarla con una fotografía.

Macleod vio al hombre negar con la cabeza y supo cómo se sentía.

Gran parte del trabajo policial no llevaba a ninguna parte.

Era una prueba de resistencia: encajar piezas y descubrir, cuando por fin lo conseguías, que no tenían nada que ver con el caso.

Entonces tocaba tirar del siguiente hilo.

Pero tenía un buen presentimiento. A decir verdad, aquello solo significaba que no le quedaban más opciones, salvo que las pesquisas que seguían haciendo por la zona dieran con la aguja en el pajar.

Tras veinte minutos de pie observando, Macleod salió de allí y entró en la sala de investigación.

Estaba más tranquila de lo habitual, aunque aún había allí más de la mitad del personal.

Su llegada hizo que varias cabezas asomaran por encima de los ordenadores; varios agentes lo saludaron con un gesto.

Macleod les devolvió la sonrisa, pero reparó en una joven policía concentrada en una llamada.

Cuando colgó, le hizo una seña para que se acercara.

—Ha llamado el servicio de Guardacostas, señor. Ha aparecido un cadáver en las rocas de Ness. Es McKinney, señor. Uno de los guardacostas que lo conocía lo ha identificado. Estamos completando los trámites formales, pero es él.

Macleod asintió y dio las gracias a la agente.

Aunque ya se lo esperaba, encontrar el cadáver de alguien a quien ya daban por muerto siempre le producía una sacudida.

Era como si nunca terminara de creerlo y siguiera aferrándose a una última esperanza: que hubiese logrado salir con vida. Pero nunca ocurría.

Otra voz lo llamó. Lo condujeron a un despacho para atender una llamada de su jefa en Glasgow.

Siempre le había parecido honesta y directa, lo que le permitía aceptar que hubiese llegado tan alto en la organización.

La investigación nunca había sido su fuerte, aunque tampoco era ya su cometido.

No se ocupaba de las minucias de los casos; aportaba otra perspectiva y gestionaba estadísticas, presupuestos e imagen pública.

—Estamos en un momento delicado, Macleod. ¿Necesita más recursos?

—No, señora. Dudo que, para cuando lleguen, sirvan de algo. Necesitamos saber dónde buscar. Este caso se resolverá con la cabeza, no con las piernas.

—¿Ha hecho alguna declaración a la prensa? He visto a Allinson haciendo declaraciones generales, pero no a usted.

Macleod detestaba las comparecencias ante la prensa, pero había que hacerlas. Claro que uno podía librarse si parecía recién apaleado, como Hope y él en aquel momento.

—Estoy algo maltrecho después de la paliza que nos dieron cuando acudimos a encontrarnos con la mujer.

McGrath tiene peor aspecto. Necesitará tiempo para recuperarse cuando acabemos.

Vio hundirse al hombre en Ness. Aún lo lleva dentro, pero sigue adelante con la investigación.

Cuando terminemos, se le vendrá todo encima.

La conversación siguió: acordaron cuándo informarían a la prensa, qué contarían y si merecía la pena hacer algún llamamiento público. Cuando colgó, Macleod regresó a la sala de investigación.

—Señor —lo llamó una agente. Era la misma que había estado investigando la muerte de Carol Hewitt en el extranjero.

—Tenemos las copias escaneadas de los documentos municipales de Marie Smith y del formulario de alquiler de la furgoneta. Las firmas tienen un estilo muy parecido. Mire —dijo, dejando dos hojas ante él—. El trazo es el mismo, aunque el nombre sea distinto. Todo apunta a que es ella.

—Bien, como pensábamos —respondió Macleod.

—Pero hay más, señor. Mire este documento del operador turístico sobre la muerte de Carol Hewitt. La firma presenta ese mismo trazo fluido. Yo diría que salió de la misma mano. Pero es absurdo: esto viene de un operador turístico.

—No —dijo Macleod—. No es absurdo en absoluto. Acaba de confirmar mis sospechas. Pida a un perito calígrafo que lo corrobore, pero tiene razón. Excelente trabajo. Excelente.

Macleod regresó al anexo con paso enérgico, aunque por dentro crecía el temor. Si se habían deshecho de Carol Hewitt en lugar de que muriera durante unas vacaciones, había que ocultar el pasado además del presente. Necesitaba un lugar al que dirigirse. Tenía que dar con el refugio de la joven.

—Señor —dijo Hope cuando entró—, tenemos una posibilidad. Está junto a un loch y es de difícil acceso.

—¿Es seguro que es ahí? —preguntó Macleod.