Capítulo 22
M acleod vio entrar a Hope en la sala e intentó calibrar por su expresión si estaba en condiciones de trabajar.
No era un método reglamentario, pero no tenía muchos mandos a su disposición y la necesitaba en aquel momento.
Había estado repasando el caso con Allinson mientras esperaba a que Hope volviera del hotel.
Dado su estado físico y anímico, había decidido que lo mejor era darle unas horas para recuperarse y la había mandado al hotel a dormir y cambiarse.
Mientras tanto, había interrogado a Youngs y Fraser, ambos convencidos de que Macaulay les había tendido una trampa.
A instancias de Macaulay, se habían convertido en clientes de Sara Hewitt y pagaban por los servicios que prestaba en la cama del piso de arriba del salón de masajes.
Dos individuos de lo más desagradable. A Macleod le había enfurecido que utilizaran así a la chica.
Cuanto más avanzaba el caso, más descubría un lado oscuro que iba mucho más allá de todo lo que había conocido cuando vivía allí.
Pero los dos hombres no habían respondido a su principal pregunta.
Macaulay había desaparecido. Se había dado a la fuga.
No lo habían visto desde que regresaron de sus andanzas por el recinto de Lews Castle, donde se habían topado con Macleod e intentado capturar a la joven.
—¡McGrath! —gritó Macleod por encima del ruido de la sala de investigación.
Hope se abrió paso hasta ellos y Macleod se fijó en su sonrisa.
Parecía bastante forzada, pero era una buena señal: seguía luchando.
Aún llevaba en la cara las marcas de los puñetazos recibidos en el recinto de Lews Castle.
Afeaban un rostro por lo demás terso, aunque el morado oscuro casi se confundía con el rojo de su pelo, recogido de nuevo en una coleta.
—Estaba repasando con Allinson dónde deberíamos buscar a Macaulay. También he mandado un coche a por Marie Smith. Creo que tenemos que volver a hablar con nuestra concejala.
Macleod la vio asentir y sentarse en el borde de una mesa. Había rezado para que lograra sobreponerse al incidente de Ness y afrontara los días siguientes como si nada hubiera pasado, pero sabía que aquel deseo era vano. Tendría que estar pendiente de ella durante los próximos días.
—Tenemos controladas todas las rutas habituales para salir de la isla y hemos dado aviso en los puertos pequeños, pero es difícil cerrar bien el cerco. Hay demasiados lugares apartados para sellarlo por completo.
—El jefe tiene razón —dijo Allinson—. Sería fácil subir a bordo de un yate, un bote o incluso un barco a motor. Es verano, así que no podemos impedir que estén aquí ni registrarlos todos.
—¿De verdad va a huir? —preguntó Hope—. Quiero decir, ¿va a abandonar la isla?
¿Y estamos seguros de que fue él quien mató a Sara?
¿Qué tenemos que lo relacione de verdad con el crimen?
Iba tras la amiga de Sara, pero ¿testigo de qué?
Ella no vio a ningún asesino; solo conocía sus trapos sucios. Sí, estuvo allí, pero eso es todo.
—Tampoco es que haya dado la cara —dijo Macleod—. No parece la conducta de un inocente.
Un agente de paisano se acercó a Allinson y le entregó un papel. Allinson lo leyó con visible interés e hizo un leve gesto de negación con la cabeza antes de hablar.
—Lo de Ness. Aún no hemos encontrado el cuerpo, pero apenas hay dudas de que sea McKinney, el supuesto amante de Marie Smith. Lleva desaparecido desde el culto de esta mañana, y la mujer que lo vio meterse en el agua lo ha identificado.
—Marie Smith. Póngase en contacto con los agentes que mandamos a buscarla y averigüe si la han localizado.
Por dentro, Macleod hervía de rabia. A aquel hombre lo habían enredado para que encubriera a la concejala, y estaba claro que no tenía estómago para seguir participando en aquellos juegos. Al levantar la vista, vio a Hope mirando una pared, ausente.
—Allinson, vaya a comprobar si la han encontrado.
Cuando Allinson se alejó lo suficiente para no oírlos, Macleod se acercó a Hope.
—Hoy no se te va a pasar. Probablemente tampoco dentro de una semana.
Puede que no te abandone nunca del todo.
Pero te necesito ahora, aquí mismo, en esta sala, y con la cabeza a pleno rendimiento.
Querría poder mandarte de vuelta a Glasgow para que te tomaras unos días, pero creo que la cosa está a punto de ponerse aún más fea.
Hope volvió la cabeza y lo miró, con los ojos sombríos, a punto de llenársele de lágrimas.
Macleod alzó la mano y se la posó en la mejilla.
Al mirarla recordó aquel día, y una parte de él deseaba que aquella mujer a la que había tenido por fresca y alocada al verla en la comisaría de Glasgow desapareciera sin más.
Pero otra quería verla volver a ser la de antes, recuperada por completo de cuerpo y mente.
Algo que no había podido hacer por su esposa.
—Estaré bien. Estoy bien —dijo Hope.
No lo estaba. Macleod comprendía el sentido del deber que la llevaba a decir que seguiría adelante.
—No lo estás, pero tendrás que aguantar. Si no puedes más, estoy aquí. ¿De acuerdo? Cuando esto acabe, te conseguiremos toda la ayuda psicológica que haga falta, pero aquí y ahora me tienes a mí.
Macleod la vio asentir.
—Bien. Encontremos a nuestro hombre, a nuestra chica y a esa dichosa concejala.
Allinson volvía a acercarse y dirigió a Macleod una mirada que preguntaba si podía reincorporarse a la conversación. Macleod asintió y se apartó un poco de Hope, aunque siguió mirándola.
—No está en su casa —dijo Allinson—. Tampoco en la de su hijo. La vecina dice que salió a pie hace unas cuatro horas y dejó el coche.
—Entonces habrá cogido un autobús —dijo Hope.
—Aquí no —respondió Allinson—. Los domingos no hay autobuses.
—Entonces se ha ido a pie o en taxi —dedujo Macleod—.
Encargue a alguien que llame a las compañías de taxis y averigüe si recogieron a alguien por la zona o recibieron una llamada para un destino poco habitual.
Claro que también podría haberse acercado a una parada de taxis.
Consulte también a las empresas de alquiler de coches y compruebe si alguien pagó en efectivo o si ha sido lo bastante tonta como para usar su propio nombre.
Allinson asintió y se volvió para dar las instrucciones. En ese momento, una agente se acercó directamente a Macleod y le entregó unos papeles.
—La información que pidió, señor, sobre el caso de Carol Hewitt. No hay constancia de que saliera del país ni de que muriera allí, aparte del informe de un operador turístico. He llamado a nuestros contactos en la empresa y nadie recuerda nada. Es como si nunca hubiera ocurrido.
—¿Señor? —preguntó Hope.
—Carol Hewitt, la madre de Sara, murió durante unas vacaciones después de abandonar a su pareja sin previo aviso.
Quise comprobar si la historia era cierta y, de momento, no he podido corroborarla.
Hemos consultado al operador turístico y nadie recuerda ninguna muerte ni ningún funeral allí por esas fechas.
Un antiguo colega que llevó la breve investigación del caso también creía que Carol era bastante promiscua y que mantenía relaciones con otras personas.
Empiezo a pensar que el pasado tiene mucho más que ver con todo esto.
—Los hombres —dijo Hope—. Está pensando que Sara podría haber estado investigando por su cuenta. Eso explicaría que cambiara de actitud con su padrastro. Pero ¿qué sabía? ¿Qué hizo que la mataran?
Macleod se encogió de hombros.
—¿Descubrió la verdad? ¿O simplemente se acercó más de la cuenta? En cualquier caso, necesitamos a Macaulay y a Smith. Quedan demasiadas preguntas y necesito respuestas. Creo que ellos pueden dármelas.
Hope se bajó de la mesa.
—Lo primero es encontrar a nuestra chica antes que quienquiera que la esté buscando. Voy a pasarme por su casa por si se nos ha escapado algo. ¿Dónde se habrá metido? Lleva todo este tiempo sin dejar rastro en un sitio como este.
Macleod sonrió. Que Hope se hubiera animado de repente era una buena señal, y no pensaba poner freno a sus ideas.
—Bien. Avíseme si encuentra algo.
La vio darse la vuelta y marcharse, y reparó en que Allinson también la seguía con la mirada.
Una oleada de cansancio recorrió a Macleod.
Se quedó mirando a Hope mientras se alejaba.
Su figura era sin duda atractiva, pero había algo más.
Bueno, con todo lo que estaba pasando, era normal que tuviera la cabeza hecha un lío.
Aun así, no dejó de mirarla hasta verla doblar la esquina y salir de la sala de investigación.
Exhausto, Macleod se volvió hacia el equipo.
Todos trabajaban en tareas distintas. La sala era un hervidero de actividad: justo el ejemplo que debería seguir.
Pero se sentía dolorido y maltrecho. Había dormido poco en los últimos días, y los golpes de la refriega en el recinto de Lews Castle empezaban a pasarle factura.
A él parecían afectarle mucho más que a Hope.
Claro que ella era joven y él ya no estaba en su mejor momento. Al menos físicamente.
Ante el panel de fotografías de la investigación, Macleod fingió estudiar las imágenes con suma atención. Mientras el equipo se lo creyera, podía tomarse un respiro. En realidad, no veía las fotos. Lo único que sentía era el café caliente bajándole por la garganta.
Aunque sus ojos no veían lo que tenía delante, su mente había regresado a una larga playa de arena.
Allí veía a una mujer meterse en un agua cristalina.
Ella se alejó de él a la carrera, entró chapoteando en el agua, soltó un chillido y volvió corriendo hacia él.
Macleod le recorrió con la mirada el cuerpo en biquini.
Entonces corrió hacia ella, la alzó en brazos, volvió a meterse en el oleaje y se zambulló con ella.
Al emerger, miró a los ojos de la mujer que sostenía y pronunció dos palabras.
Fue en la playa de Luskentyre donde ella había dicho que sí. Tal vez necesitara un recuerdo mejor. Cuando todo terminara, se tomaría unos días e intentaría recuperar algunos recuerdos felices de las islas.
—Señor, creemos que Marie Smith puede haber alquilado una furgoneta.
Uno de los agentes estaba haciendo comprobaciones y, según el empleado de la empresa de alquiler, la furgoneta se alquiló a última hora y la clienta encajaba con su descripción.
Pero el nombre no coincide. Van a enviarnos una copia escaneada de la firma para cotejarla con documentación del ayuntamiento y comprobar si es suya.
—Buen trabajo, Allinson. Pero ¿adónde irá? ¿Y a por quién? —preguntó Macleod. Estaba claro que Marie Smith y Macaulay ocupaban el centro de aquel juego, pero no alcanzaba a ver cómo encajaba todo. El móvil le vibró en el bolsillo. Por costumbre, miró el número, pero no le decía nada.
—Macleod.
—Señor, soy Hope. He estado revisando las cosas de la joven y he encontrado un álbum con muchas fotos de Sara.
En varias aparece en una especie de refugio rodeado de vegetación.
No reconozco el lugar, pero voy a llevar el álbum.
Otra cosa: se ve una especie de caja de recuerdos.
En algunas fotos, su amante sostiene la caja.
—¿Dónde estaba el álbum? —preguntó Macleod.
—Guardado, señor, pero no archivado sin más. Daba la impresión de que lo habían sacado hacía poco y estaba separado de los demás. Parece que a las dos les gustaba hacer fotos.
—Regrese con él. Quizá Allinson y el equipo sepan identificar el lugar.
—Voy para allá, pero hay algo más, señor.
Al final del álbum hay fotos de muchos hombres.
Reconozco a tres: Macaulay, Youngs y Fraser.
También sale Marie Smith. Estoy segura de que se tomaron en el piso de arriba del salón de masajes.
No tienen nada de explícito, pero las personas retratadas parecen no saber que les estaban haciendo fotos.
Macleod hizo una seña a Allinson, que hablaba con un compañero al otro lado de la sala.
—De acuerdo, McGrath. Vuelva aquí.
Cortó la llamada y, al alzar la vista, vio llegar a Allinson.
—McGrath ha encontrado fotos de un lugar donde podría estar la joven.
Quiero que reúna en una sala a los agentes que mejor conozcan la zona.
Cuando vuelva McGrath, les enseñará todas las fotos.
Después quiero que me den una ubicación concreta.
Quizá sea lo que necesitamos para entender qué está pasando. Quiero a los mejores, Allinson.
Allinson sonrió.
—Sí, señor.
Con paso animado, se fue a hablar con distintas personas de la sala.
Macleod observó aquella energía renovada.
Él también debería haber sentido ese impulso, pero por dentro seguía pensando en Luskentyre.
Todo empezó en el agua y en el agua terminó.
Cayó en la cuenta de que, desde que había dejado la isla para irse a Glasgow, no había vuelto a aquella playa.
Tal vez debería haberlo hecho. Durante años no le había venido a la mente la imagen de su cuerpo, apenas cubierto por el biquini, en el agua fría.