Donde acaba el agua (Highlands e Islas 1) Capítulo 21
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Capítulo 21

L a cabaña quedaba apartada de las carreteras principales, al final de una pista que atravesaba un campo y llegaba a las dunas de la costa.

No eran muchas, pero sí grandes, con una arena tan blanda que los pies se hundían a cada paso.

Hope indicó a su grupo de uniformados que avanzara y rodeara la cabaña.

Era de madera y parecía un cobertizo grande.

Del techo sobresalía una pequeña chimenea de acero que despedía humo.

El olor espeso de la turba le atascó la garganta y la hizo toser.

No le gustaban nada los combustibles sólidos.

Dos correas enormes sujetaban el techo de la cabaña, ancladas al suelo con estacas de madera.

Había oído decir que el viento podía arreciar en aquella parte del mundo, pero aquello le pareció ridículo.

Aparte del humo de la chimenea, el lugar parecía desierto.

Aun así, Hope no se arriesgó y los agentes rodearon el edificio.

Uno de los agentes uniformados llamó a la puerta, pero nadie respondió.

Entonces el rugido de una motosierra rasgó el aire.

La puerta se abrió de golpe y alcanzó en la barbilla al agente que estaba delante, que retrocedió tambaleándose.

Los demás se apartaron a toda prisa al ver la cadena girando hacia ellos.

—¡Policía! ¡Alto! ¡Suelte la motosierra! —gritó Hope por encima del estruendo, sin saber si la oían.

Dos hombres salieron de la cabaña, uno empuñando la motosierra y el otro justo detrás, con un martillo en la mano.

—Vamos a coger el coche. Quedaos atrás y nadie saldrá herido. Como se acerque alguno, lo rajo.

Los agentes formaron un cerco amplio a su alrededor mientras los hombres avanzaban. Hope alzó las manos para intentar rebajar la tensión.

—¿Adónde vais a ir en una isla? Se acabó. Soltad la motosierra y el martillo y podremos hablar. Solo hace falta que los dejéis en el suelo.

—Cierra el pico, zorra. Aquí mando yo. Diles a tus hombres que se aparten.

Como para dejarlo claro, el hombre de la motosierra la balanceó a lo loco y estuvo a punto de alcanzar a su compañero con el impulso.

Hope hizo una seña para que sus hombres retrocedieran, pero uno tropezó y cayó hacia delante, en dirección al de la motosierra.

El hombre arremetió contra el agente con la máquina y la cadena le rasgó la espalda.

Hope salió disparada hacia él. Sus compañeros se lanzaron también sobre el del martillo.

Cuando el primero trató de recuperar el equilibrio, Hope se abalanzó contra él y lo derribó.

Al caer, las manos se le soltaron del mando de seguridad de la máquina.

El zumbido incesante cesó y ella lo oyó maldecir.

El hombre rodó hasta ponerse en pie y echó a correr.

Hope salió tras él. Los demás agentes estaban reduciendo al del martillo, que se resistía con ganas.

Mientras atravesaban las dunas, el fugitivo se dio cuenta de que Hope le ganaba terreno y se volvió hacia ella.

Le soltó un derechazo que la alcanzó en la sien.

La cara le estalló de dolor, pero acompañó el golpe y consiguió aferrarse a él con ambas manos.

Por instinto, le hundió la rodilla en la entrepierna.

Otra vez. Y una tercera. Con la primera ya había tenido suficiente, pero aquel cabrón —o uno de sus compinches— casi le había roto la mandíbula en los terrenos de Lews Castle.

Se merecía acabar con las pelotas bien magulladas.

Oyó llegar a sus compañeros. Jadeando, se limitó a señalar al hombre. El clic de las esposas al cerrarse le arrancó una sonrisa. Les indicó que volvieran a los coches para los interrogatorios.

—No olvidéis embolsar el martillo y la motosierra. ¿Estáis todos bien?

—La cadena le ha rasgado la espalda a Anderson. No tiene buena pinta, pero no corre peligro. Ya viene una ambulancia —dijo uno de los agentes.

Hope asintió y se quedó un momento mirando al mar. Las olas llegaban a la orilla y le pareció distinguir a alguien en kayak o quizá a un surfista. Tal vez mereciera la pena probar aquellas aguas algún día.

De regreso a los vehículos, vio a los dos hombres sentados en la parte trasera de dos coches patrulla distintos. Decidió empezar por el que llevaba el martillo. Se acercó a su coche y abrió la puerta trasera.

—A ver, ¿cuál de los dos es usted? ¿Donnie «Youngs»?

El hombre asintió.

—Vale, se enfrenta a cargos por agresión. Y por lo de anoche quizá a algo más grave, puede incluso que a tentativa de asesinato. Así que ¿dónde está? Dígame dónde está Macaulay.

El hombre negó con la cabeza.

—No lo sé. Dijo que volviéramos a reunirnos aquí después de lo de anoche. Íbamos a hacernos con una barca para escapar a tierra firme. Pero nos ha jodido. Nos ha jodido pero bien.

—¿Por qué quiere a la chica? Le pagaba a Sara Hewitt por sexo, ¿verdad?

—¡Y tanto! Todos nos tirábamos a esa golfilla. Él nos la presentó; dijo que siempre estaba dispuesta. Además, era discreta. Pero, ahora que está muerta, dijo que la otra chica nos iba a echar la culpa a nosotros.

—¿Ayudó a Macaulay a matar a Sara?

—¡Eh, un momento! Yo habré zurrado a unos cuantos, pero no pienso cargar con un asesinato. Puede que me pasara de bruto con ella en su habitación, pero no he hecho nada parecido a matarla. Solo íbamos a atraparla para que cerrara la boca, a convencerla de que dejara de soltar mentiras.

—A comisaría —dijo Hope, mirando a uno de los agentes.

Después dedicó unos minutos al compinche de aquel bruto y comprobó que sus versiones coincidían.

Ya habría tiempo de interrogarlos en condiciones, pero todo apuntaba a que Macaulay los había mandado a la cabaña para utilizarlos como señuelo y los muy idiotas habían picado.

Hope subió a su coche con uno de los agentes y regresó por la pista hacia la carretera principal.

Al incorporarse a la carretera principal, Hope iba repasando las preguntas que haría a los dos detenidos cuando crepitó la radio del agente sentado en el asiento del copiloto.

Solo lo oyó a medias. Decían algo de un hombre cerca del mar y pedían apoyo a las unidades próximas. Entonces oyó la palabra Ness.

El agente golpeó el salpicadero con la palma.

—¡Dé la vuelta! Vuelva por la carretera principal. ¡El puerto está detrás de nosotros!

Hope miró por el retrovisor, vio un tramo despejado e hizo un rápido cambio de sentido en tres maniobras.

Ya se oía una sirena, seguramente la de uno de los coches patrulla que regresaban por delante de ellos.

Pisó el acelerador casi a fondo y enfiló la estrecha carretera que llevaba al puerto.

Nada más aparcar, su compañero saltó del vehículo y echó a correr hacia el extremo del espigón, donde una mujer con un perro señalaba el mar.

—¡Está ahí fuera! —gritó la mujer—. Acaba de tirarse. Le dije que tuviera cuidado, pero siguió andando hasta pasar el borde del muelle. Dios mío, se metió en el agua sin detenerse.

Hope pasó corriendo junto a la mujer, cada vez más histérica, y miró el mar, donde rompía un oleaje moderado.

Había algo de mar de fondo, sí, pero ella había visto cosas mucho peores incluso en la costa occidental de Escocia.

El agente informaba por radio a la central de que había una persona en el agua y solicitaba la intervención de Guardacostas y de una embarcación de salvamento.

La ayuda tardaría. Hope buscó con la mirada algo que pudiera usar para socorrer al hombre.

Vio la caja roja del aro salvavidas, corrió hasta ella, la abrió y sacó el aro.

Lo lanzó con precisión junto al hombre, que apenas lograba mantener la cabeza fuera del agua.

El aro quedó flotando; el impulso lo llevó hasta golpear al hombre en el costado.

El hombre se aferró al aro con una mano y pareció mantenerse a flote unos instantes.

Pero Hope no vio pánico en aquel rostro.

La expresión era grave, casi serena. Mientras oía llegar otros vehículos a su espalda, casi se dejó arrastrar por un instante ajeno al tiempo.

¿Había sonreído? ¿Parecía aliviado? Entonces, sin más, soltó el aro.

Desapareció bajo el agua. El aro siguió flotando.

Hope escrutó la superficie, desesperada, pero el hombre no apareció.

—Estaba ahí, justo ahí —le gritó al agente.

Siguió rastreando el agua. El tiempo se arrastraba. Pasó una eternidad antes de que llegara un helicóptero. Por el muelle iban apareciendo hombres y mujeres con monos azules y chalecos salvavidas. Hope señaló el lugar y contó lo ocurrido, pero por dentro sentía que el corazón se le hundía.

Un guardacostas la apartó con suavidad del borde del muelle y le dijo que ahora se ocupaban ellos.

El ruido a su alrededor se convirtió en un rumor indistinto mientras se sentaba en el capó del coche patrulla.

El cuerpo se le quedó entumecido. Ya no notaba la brisa.

Ni siquiera notó la llovizna fría sobre la piel. Pero en su mente solo había un rostro.

Había sonreído. Sin duda había sonreído.

Como una liberación, como si aquello fuera la cura para todo, el final del viaje.

Había logrado hacerle llegar el aro. Al levantar la cabeza, aún podía ver el aro en el agua.

Al cabo de un rato, alguien se acercó y le dijo que lo había hecho bien, que el aro les indicaba por dónde podía haberlo arrastrado la corriente. Pero aún no lo habían visto.

Al cabo de una hora, seguían sin avistar al hombre.

Un helicóptero sobrevolaba la zona y había una embarcación de salvamento en el lugar, además de varios guardacostas y muchos agentes de policía.

Hope seguía en el mismo sitio. Tenía la blusa empapada y el frío metido en los huesos.

El móvil empezó a sonar y a vibrar en el bolsillo.

Lo sacó. Era el provisional y no reconoció el número. Contestó. Reconoció la voz.

—McGrath, estoy a punto de interrogar a los dos hombres que detuvo en Ness. ¿Le queda mucho por ahí o busco a otra persona? —preguntó Macleod.

Hope no contestó. Tiritaba, con el teléfono pegado al oído, pero no conseguía hablar. La mirada regresó al punto del agua donde había estado el hombre. Nada había cambiado. El agua mantenía aquel movimiento constante, aquel suave vaivén.

—Hope, ¿estás ahí?

—Le he visto hundirse —soltó.

—El hombre del muelle. Estabas muy cerca.

—Sí —soltó. Una oleada de rabia la recorrió.

Hope se dobló en dos. Rompió a llorar entre resoplidos, con las lágrimas corriéndole por la cara.

Alguien la sujetó y le pasó un brazo por los hombros.

Oyó a Macleod repetir su nombre por el teléfono hasta que alguien le quitó el móvil y le explicó lo ocurrido.

Al final, se levantó y se alejó del muelle, de vuelta a la carretera por la que habían bajado a toda velocidad apenas una hora antes. Helada y entumecida, solo quería alejarse de allí. Un agente le salió al paso.

—Detective, ese coche de ahí vuelve a comisaría. Deje que la lleven.

Hope asintió y dejó que la guiaran hasta el vehículo indicado.

Durante el trayecto de regreso a Stornoway, mientras cruzaban el páramo, vio los grandes aerogeneradores, inmóviles aquel día bajo la brisa suave.

Volvió a ver el rostro del hombre. Lo vio sonreír.

Quizá ahora fuese feliz. ¿Qué podía hacerte sonreír así?

Al llegar a la comisaría, Hope bajó del coche.

En cuanto entró, vio a Macleod mirándola con preocupación.

Él se acercó y la abrazó. Hope no dijo nada, pero la conmoción debía de notársele.

Macleod la acomodó en un despacho tranquilo, le dio una taza de té y esperó en silencio.

Poco a poco, ella se lo fue contando, tomándose su tiempo con cada detalle.

Le habló del aro salvavidas, de la mano del hombre sobre él y, por último, de la sonrisa. Volvía a mencionarla una y otra vez.

Macleod solo había dicho una frase, pero había bastado para devolverla de golpe al presente.

La había pronunciado al salir del despacho, con lágrimas en los ojos, después de contarle que su mujer también había caminado mar adentro.

Le había temblado todo el cuerpo al decirla, y Hope había visto a Seoras desmoronarse por el esfuerzo de contárselo.

Ahora, bajo la ducha, mientras el agua caliente reanimaba su cuerpo helado, comprendía su dolor de un modo que antes de aquel día le habría resultado imposible.

Una sola frase, pero no dejaba de resonarle en la cabeza. Ella también sonrió.