Capítulo 20
E l coche cruzó Stornoway a toda velocidad, pero Macleod sabía que sería de los últimos en llegar a la casa. Hope conducía con prudencia, pero exprimía el coche cuanto podía.
—Iain Murdo Macaulay. Lleva veinte años en esa iglesia. Y está casado. Pero parece que le ponía los cuernos a su mujer. ¿Qué le pasa a esta gente? Seguro que aquí vive gente perfectamente normal, pero de momento solo nos topamos con los salidos.
Macleod negó con la cabeza, pero aquella cháchara ocultaba el desasosiego que le crecía por dentro. Una joven seguía desaparecida y debía asegurarse de que estuviera a salvo. Todo apuntaba a que Macaulay era el hombre que iba tras ella.
—Los uniformados llegarán primero. Esperemos que esté en casa —dijo Hope.
Cuando el coche se detuvo frente al domicilio, Macleod contempló la típica casa escocesa: dos plantas y un revestimiento de gravilla gris, como si toda la grisura del interior se hubiera extendido a la fachada.
Al bajar del coche, le salió al paso un agente.
—Señor, el sospechoso no estaba en casa, pero sí su mujer y sus hijos. Los agentes Ross y Maclean están entrevistándola. No está nada bien.
—Me imagino —dijo Hope—. Esto va a saberse en toda la comunidad.
—No, señora. Le ha pegado. Y mucho.
El joven agente miró a Hope y se fijó en las magulladuras de su rostro.
—La ha dejado aún peor que a usted, señora.
—De acuerdo, agente, gracias. McGrath, entre y compruebe cómo van nuestros compañeros uniformados. Consiga las direcciones de sus amigos. Averigüe también adónde va cuando está solo y si dispone de algún garaje o almacén cerrado. Lo de siempre. Yo me aseguraré de que Allinson avise a todo el mundo.
—Sí, señor —respondió Hope antes de desaparecer por la puerta principal.
Macleod llamó a la comisaría con el móvil, pero Allinson ya lo tenía todo en marcha.
Estaba demostrando ser meticuloso. Macleod cogió una hoja con la fotocopia de una página del cuaderno de clientes del local de masajes.
Una de las entradas con importes más altos llevaba las iniciales IM.
Aquello cuadraba. Y, si no se equivocaba, otras dos entradas corresponderían a sus compinches de la noche anterior.
—Agente, ¿se ha llevado el coche?
—No, señor. Están aquí los dos coches de la familia, el de él y el de ella.
—Bien. Hay que estar atentos a cualquier vehículo robado. Llame a la comisaría y dígales que el equipo de Homicidios quiere saber de inmediato si se denuncia el robo de algún coche.
—Sí, señor. Llamará la atención: aquí casi nunca roban vehículos. No hay adónde ir. Para sacarlo de la isla habría que embarcarlo en el ferry.
—Bien. ¿Y las empresas de alquiler?
—Están avisadas, señor. Nos llamarán si reciben alguna reserva nueva.
Poco a poco, lo iban cubriendo todo. El caso parecía resuelto. Macaulay había empezado a verse con Sara y luego no había sabido conformarse. Quería más de lo que había pagado. Todo encajaba. Demasiado bien. Y luego estaba la coartada de la concejala, a todas luces falsa.
Macleod tenía la sensación de que la respuesta no estaba en el presente, sino en el pasado.
Seguía sin entender la estrategia de Sara: abrir un salón de masajes, mantener a su novio ajeno a lo que de verdad sentía por las mujeres y, aun así, ganar dinero con hombres cuando no era esa su inclinación.
No se imaginaba complaciendo a hombres por dinero cuando a él le atraían las mujeres.
Seguro que funcionaba igual a la inversa. ¿No?
Mientras observaba la calle, vio que precintaban la casa y llegaban equipos para registrarla.
El día se había vuelto húmedo y caía una llovizna: la claridad de antes había desaparecido tras las nubes grises y una humedad pegajosa lo envolvía todo.
Macleod recordaba días así en verano, cuando se formaba niebla alrededor del puerto.
Días en los que había que echarse a la calle y confiar en que no aparecieran los temidos jejenes.
Días en los que se rezaba para que soplara un poco de viento.
Hope salió por la puerta principal, visiblemente animada.
—Creo que quizá sepamos dónde están. Al parecer, tiene dos compinches, amigos íntimos desde jóvenes: Angus «Flower» Fraser y Donnie Smith, al que también llaman Donnie «Youngs» por algún motivo.
Por lo visto tienen una pequeña cabaña cerca de Ness, en la costa oeste.
Donnie tiene una barca que saca de vez en cuando, pero ahora está en seco para repararla.
La cabaña es suya. Está soltero y vive prácticamente aislado, salvo cuando se junta con esos dos.
La mujer de Macaulay le preguntó dónde había estado anoche y él le dio una paliza.
—Bien, pero ¿sabe si Macaulay ha ido allí?
—No con seguridad —dijo Hope—. Pero lo oyó hablar por el móvil y creyó que iba para allá.
—De acuerdo. No es seguro y queda un buen trecho. Llévese a algunos de los uniformados de aquí, los más corpulentos, que parezcan capaces de defenderse, y vaya a comprobarlo. Siempre que se encuentre en condiciones, claro.
Hope lo miró como si acabara de preguntarle una estupidez. Pero tenía la cara magullada, de un rojo intenso en algunos puntos que ya viraba a morado. Y si estaba tan dolorida como Macleod, la pregunta era más que justificada.
—De acuerdo, pero cuídese. Deje que los uniformados vayan delante, ¿sí? Aún está herida.
Hope asintió, pero Macleod tuvo la impresión de que sus órdenes podían caer en saco roto.
Mientras la veía reunir al grupo, se dejó contagiar por su optimismo y su franqueza.
Así habría sido su esposa, estaba seguro, de no haber soportado toda la presión que aquel lugar había ejercido sobre ella. Entonces se le ocurrió algo.
—McGrath, antes de que se vaya.
Hope se acercó.
—¿Con qué facilidad puede una lesbiana estar con un hombre y hacer que parezca natural, incluso que lo está disfrutando?
Hope se le quedó mirando.
—¿Y a usted le resultaría fácil estar con un hombre?
—Eso pensaba. Pero Sara lo conseguía. Aquí hay algo más. Necesito indagar. Vaya a por nuestro hombre.
Hope asintió. Macleod reparó entonces en que Allinson había llegado y estaba detrás de ella. También vio la mirada anhelante que dirigió a Hope cuando esta subió al coche. Pobre muchacho, pensó Macleod.
—Allinson, quédese al mando y llámeme en cuanto haya novedades. Vuelvo a la comisaría a consultar una cosa. McGrath va de camino a por nuestro hombre con unos cuantos grandullones. Puede que esto termine pronto.
Allinson pareció algo sorprendido, pero asintió y entró en la casa.
Un agente llevó a Macleod de vuelta a comisaría.
No dejaba de darle vueltas a lo que Hope le había contado sobre la madre de Sara y su desaparición en el extranjero.
Si su instinto no fallaba y Sara había ido investigando a varios hombres para dar con quien hubiera hecho daño a su madre, necesitaba alguna prueba que respaldara esa idea.
Sin duda, aquello daría a alguien un motivo para silenciar a Sara.
Macleod se sentó ante el ordenador y se peleó con el sistema hasta dar con el expediente de la madre de Sara.
Era una anotación escueta; al fin y al cabo, había muerto en el extranjero y poco más podía decirse.
Pero Macleod quería saber más. Necesitaba averiguar si había corrido algún rumor por entonces, algo que fuera más allá de la intuición o las conjeturas descabelladas de una hija.
En el expediente constaba que un detective destinado allí temporalmente había dado el asunto por cerrado. Macleod reconoció el nombre.
Norman Lovett. Llevaba cuatro años jubilado, gracias a Dios.
Nunca había sabido adaptarse a la nueva manera de trabajar de la policía, a los nuevos tiempos, a la igualdad de género y todo lo demás.
También había sido bastante bruto. Pero no corrupto ni dado a los chanchullos: solo tenía la mano muy dura.
Y no soportaba a Macleod por sus vínculos con la iglesia.
Aun así, aquello era trabajo y tenía que llamarlo.
Macleod esperó con cierta aprensión mientras sonaba el teléfono, pero respondió una mujer.
—Hola, soy el inspector Macleod. ¿Podría hablar con Norman?
—Para beber, sí. Para poco más.
La mujer hablaba con asco.
—Es bastante urgente, señora. ¿Tendría algún número en el que pudiera localizarlo?
—¿Conoce el Drum, en la zona oeste de Glasgow? Si llama, quizá esté allí. Últimamente es donde acaba cayéndose redondo. Y dígale de mi parte que puede dormir allí, entre su propia mierda. Como se acerque a mi cama, le reviento la cabeza.
—Gracias, señora —dijo Macleod antes de colgar.
Conocía el pub; había visto a más de un buen agente acabar allí después de un mal día.
Seguramente era uno de los pocos que habían pedido un zumo de naranja sin que le echaran también algo fuerte en el vaso.
Tras consultar la base de datos, encontró el número del pub y llamó.
Un tipo de voz nada tranquilizadora le pidió que esperara un momento.
Poco después se puso al teléfono una voz que reconoció.
—Macleod, viejo cabrón, ¿qué quieres de mí? Creo que a estas alturas ya estoy fuera del alcance de tu salvación.
—Norman, necesito tu ayuda. Es por un caso que llevaste en Stornoway cuando estuviste por aquí.
—Joder, hombre, no me acuerdo de la semana pasada, como para acordarme de hace diez años.
Macleod negó con la cabeza ante el teléfono.
—Inténtalo. Tengo una chica muerta. Se llamaba Sara Hewitt. Investigaste la muerte de su madre. Murió en el extranjero y no repatriaron el cadáver. Quería saber si viste algo raro.
—Si se parecía en algo a su madre, seguramente se lo merecía.
Seguro que se tiraba a unos y otros. Eso sí, por las fotos estaba de muy buen ver.
Se piró de vacaciones y no volvió. Dejó a la cría con el padrastro.
Pensé que él podía tener algo turbio entre manos, pero estaba limpio.
De hecho, creo que la madre le ponía los cuernos. Tenía fama, ya me entiendes.
Macleod lo oyó beber.
—¿Algo concreto?
—Si hubiera habido algo concreto, no habría dado el asunto por cerrado, ¿no crees?
—Pero ¿corrían rumores sobre la madre? ¿Con quién se veía? ¿Quién era el otro?
Norman soltó un bufido al otro lado del teléfono.
—Tíos. Cientos de putos tíos. Ya te he dicho que era un pendón. Pero corrían otros rumores, rumores que allí eran dinamita, sobre todo en aquella época. No como ahora, que todo son facilidades para las bolleras.
Macleod puso los ojos en blanco. Le costaba entender las nuevas identidades de género y tanta apertura, pero era precisamente aquella forma de pensar, tan ofensiva, la que había hecho necesaria aquella apertura.
—¿Crees que tenía una amante?
—Eso decían. Quizá fuera eso: el escándalo de que la descubrieran. Quizá por eso se marchó.
Macleod intuyó que aquello era todo lo que iba a sacarle a aquel borracho.
—Bueno, Norman. Espero que te vaya bien la jubilación.
—La jubilación… Como si te importara una mierda mi jubilación. El día que dejamos de dar palizas a la escoria los sábados por la noche fue el día en que murió la policía, el día…
Macleod colgó. Sabía por dónde iba a salir Norman y no quería oír las obscenidades que sin duda vendrían después.
Tenía una hipótesis, pero ninguna prueba.
Recorrió con la mirada la sala de investigación en busca de alguien resolutivo.
No conocía a la mayoría de los agentes, así que decidió fiarse de su intuición.
Una agente de cara más bien regordeta estaba sentada a su mesa, repasando infinidad de cosas en el ordenador. En opinión de Macleod, cualquiera capaz de manejar aquellos cacharros del demonio estaba muy por encima del resto. Le valdría.
—¿Agente?
—¡Sí! —La agente se volvió—. Ah, disculpe, señor. No me había dado cuenta de que era usted. ¿En qué puedo ayudarle?
—Necesito que localice un certificado de defunción o, al menos, una carta que comunicara el fallecimiento de una ciudadana británica.
Carol Hewitt, antigua vecina de la zona.
Sus datos estarán en las notas de la visita de la detective McGrath a su expareja, en Ness.
Murió en Burundi. Quiero que compruebe todo el papeleo y averigüe quién lo tramitó y lo dio por bueno.
—Sí, señor.
—Y ahora mismo deje todo lo demás. Llámeme en cuanto lo tenga. ¿De acuerdo?
La agente asintió. Macleod se dirigió al hervidor y puso el agua a calentar. Mirando por la ventana, siguió dándole vueltas a la misma idea. ¿Hasta qué punto era lista y decidida Sara? Aquello parecía estar por encima de sus capacidades, pero las suyas no servían para medir las de nadie.
Cuando hirvió el agua, se preparó una taza de café y otra para la agente. La dejó a su lado y sonrió, con la esperanza de transmitirle respaldo y seguridad como jefe. Después volvió a la ventana y dio un sorbo a su café.
Pobre chica. Esto sabe a vómito.