Capítulo 19
E l paseo desde Lews Castle, por el recinto y hasta el pequeño puente que cruzaba el río al desembocar en el mar, resultó tonificante.
Macleod sintió que por fin empezaba a jugar sus cartas en aquella partida y estaba deseando ver el resultado.
El aire le sentó bien. Incluso le pareció que los moratones habían menguado un poco.
Actitud mental positiva. Eso diría su jefa.
Stornoway había cobrado vida, aunque solo en el sentido en que un paciente en coma está más vivo que un muerto.
Hombres bien vestidos con trajes oscuros y mujeres con sombrero pasaban en coche camino de la iglesia.
Unos pocos iban a pie y lo saludaban con una inclinación de cabeza al cruzarse con él.
Macleod llevaba la camisa y la corbata de siempre, como correspondía a un inspector, pero aun así se sentía poco arreglado.
En su iglesia de Glasgow, muy pocas mujeres llevaban sombrero, y lo hacían por elección, no por tradición.
De hecho, Macleod había visto entrar a hombres que ni siquiera llevaban corbata.
La isla mantenía las tradiciones con mucho más rigor que la Escocia continental.
Oyó repicar las campanas de varios campanarios y se unió a los fieles que, tras aparcar, continuaban a pie.
A la puerta del salón que hacía las veces de iglesia lo recibió un hombre corpulento con traje negro.
Intercambiaron un apretón de manos capaz de arrancarle el brazo.
Macleod hizo una mueca: los músculos le recordaron que ya habían tenido bastante la noche anterior y no necesitaban apretones de bienvenida tan contundentes.
—Buenos días. Hermoso día del Señor.
—Así es —respondió Macleod, recordando que debía limitarse a sonreír.
Entró en el salón, se sentó al fondo y vio cómo la iglesia se llenaba hasta casi la mitad de su capacidad. No estaba solo en su elección: salvo unos cuantos hombres sentados juntos delante —los ancianos de la iglesia, supuso—, todo el mundo ocupaba la mitad trasera.
El pastor apareció después de que todos llevaran unos cinco minutos sentados en silencio.
El culto comenzó con un salmo entonado por un cantor.
La congregación se unió a él. Nadie se puso en pie; aquello se reservaba para la oración que siguió al canto.
Uno de los hombres de las primeras filas rezó durante diez minutos enteros y el cuerpo de Macleod volvió a protestar.
Nada de aquello le resultaba extraño: su propia iglesia de Glasgow era parecida, aunque algo más alegre.
El culto duró hora y media y el sermón no dejó lugar a dudas: un pecador impenitente acabaría en el infierno.
El Evangelio quedaba proclamado, pensó Macleod.
Su mujer no había sido ninguna pecadora.
Era creyente. Y, aun así, cuántos le habían dicho, después de lo ocurrido, que ella iría al infierno.
Los mismos que la habían criticado cuando intentaba ser diferente, cuando lo estaba pasando mal.
Al concluir el culto, Macleod se dirigió a uno de los ancianos de la iglesia y le tendió la mano de modo que el hombre no tuvo más remedio que estrechársela.
Se inclinó para susurrarle al oído el nombre de Alastair McKinney y el hombre señaló con la cabeza a otro que les daba la espalda.
Macleod le dio las gracias, se acercó a McKinney y le tocó el hombro.
—¿Puedo hablar un momento con usted? —preguntó Macleod.
—Ah, hola. Es usted policía, ¿verdad? Supongo que, si me lo pide, tendré que hablar con usted.
La risa, tan forzada, le salió entrecortada. También se le notaba el nerviosismo en los hombros.
—¿Quiere que nos acompañe su mujer? No quisiera que se preocupara por no saber adónde ha ido.
—No —dijo el hombre, pasándose una mano por el pelo negro azabache y grasiento—. Estará bien aquí. Sabe que tiene que esperar.
—Vaya, casi parece adivina, teniendo en cuenta que no sabe qué quiero. Puede que usted no regrese.
Macleod torció el gesto con desdén y vio que el hombre empezaba a alarmarse.
—Voy a avisarla —se apresuró a decir el hombre. Macleod lo vio acercarse a una mujer unos diez años más joven que él. Ella asintió y después sonrió a Macleod.
—Por aquí —indicó el hombre mientras conducía a Macleod a una sala lateral.
Entraron en una estancia con una mesa, varias sillas y un papel pintado de los más espantosos que Macleod había visto en su vida. El hombre se giró de golpe y se quedó cabizbajo. Le temblaban las manos.
—La concejala Smith me ha informado de que anoche mantuvo relaciones sexuales con ella. ¿Es cierto?
—Sí —respondió McKinney de inmediato—. Estuvimos juntos todo el tiempo.
—¿Desde qué hora?
—Ah, desde las diez.
—¿Las diez en punto? —espetó Macleod.
—Sí.
—¿Cómo lo sabe?
—Eh… Dieron la hora por la radio del coche.
—¿Qué emisora?
—Eh… Isles FM, la emisora local. Quizá no la conozca.
—¿Dónde se encontraron?
—En el aparcamiento que hay detrás del recinto de Lews Castle. Luego cogimos mi coche y fuimos hasta mi caravana. Nos marchamos a las cinco.
—¿Cómo supo que eran las cinco?
—La radio.
Tendría que comprobarlo, pensó Macleod. Pero aquel hombre mentía. Mentía de cabo a rabo.
—¿Desde cuándo mantiene relaciones sexuales con la señora Smith?
El hombre lo miró.
—Eh… Tres meses.
—¿Y cómo empezó todo? Quiero decir, ¿cómo acabaron acostándose la primera vez?
El hombre volvió a hacer una pausa, como si buscara la respuesta en el aire.
—Fui a verla por un problema con la recogida de basuras.
—¿Qué problema?
—Se negaban a recogerme la basura porque decían que echaba residuos comerciales, pero mi negocio está en el garaje de casa, así que, en rigor, son residuos domésticos, ¿comprende?
No me lo podía creer cuando llegué aquel día y vi el cubo todavía allí.
Total, que aquello se alargó dos meses hasta que fui a ver a la señora Smith y ella lo solucionó.
Presionó bastante a ciertas personas del ayuntamiento.
—¿Y a cambio se acostó con ella? —preguntó Macleod con fingida inocencia.
—¡No! ¡Sí! Bueno, lo del sexo surgió sin más.
Un momento iba en una montaña rusa con los brazos en alto; al siguiente, no encontraba la salida, pensó Macleod.
—¿Cómo lo hacían? Con Marie, quiero decir. ¿Cuál era su postura favorita? Dos meses. Seguro que ya tenían alguna rutina para darse gusto, ¿no?
El hombre volvió a temblar.
—No me parece apropiado hablar de estas cosas en la casa de Dios.
Y menos aún debería mentir allí dentro.
—Después de ponerle los cuernos a su mujer, no está usted para sermonearme. Marie dijo que le gustaba ponerse encima. Mucho.
—Ya. Eh… sí, eso es. Encima.
—Ha sido usted de gran ayuda, McKinney. Ahora me retiraré y lo dejaré volver con su esposa.
Macleod abrió la puerta y dejó que saliera primero. Después lo siguió hasta el salón principal. Vio cómo se acercaba a su mujer, la abrazaba y miraba atrás hacia Macleod con ojos casi suplicantes.
Aquel hombre no le había puesto los cuernos a su mujer en la vida. Bastaba con mirarlo. Marie Smith no tenía una coartada de verdad, pero Macleod dejaría que ella creyera que sí.
En el extremo opuesto del salón se formó un pequeño revuelo.
Varios hombres y mujeres chasquearon la lengua.
Luego se alzaron voces, más indignadas que airadas.
Y entonces vio el motivo: entre el corrillo había una mujer pelirroja con coleta, vestida con vaqueros, un top corto y una blusa abierta.
Durante el culto de aquella mañana no se había visto nada parecido.
Macleod se rio para sus adentros y se animó al ver que su compañera ya estaba lo bastante bien para salir del hospital.
Tenía un moratón oscuro en la barbilla y otras marcas alrededor de los ojos.
También parecía agotada. Pero, entre tantas muestras de repugnancia por su atuendo, se mantenía erguida y orgullosa.
—¿Quieren dejar pasar a la detective McGrath, por favor? Por aquí, McGrath —gritó Macleod por encima del revuelo.
Observó a Hope abrirse paso. Era más alta que la mayoría de las mujeres y que bastantes hombres. Macleod detectó miradas de repugnancia, celos e incluso admiración. Mantuvo el rostro serio, pero por dentro sintió la alegría de tenerla de nuevo a su lado.
—¿Qué hace por aquí? Necesita descansar —dijo Macleod en tono de reprimenda.
—Los malos nunca descansan, señor. ¿No es eso lo que se dice en sitios como este? —replicó McGrath.
—Bueno, ya que está aquí, puede hacer algo útil. Tome esta copia de la fotografía de la pared, la del hombre misterioso, y averigüe si alguien lo conoce. Buena parte de la congregación ya habrá salido. Y la próxima vez podría plantearse algo un poco más… corriente para ir a la iglesia.
—¿Tiene algún problema con lo que llevo puesto?
Todo lo contrario. El conjunto le sentaba de maravilla. Le marcaba la figura sin hacerla parecer una fulana. Pero allí dentro era otra cosa.
—Francamente, a ojos de una congregación como esta, debe de parecer una Jezabel.
—¡Pues debía de estar de puta madre!
Hope cogió la foto que le tendía Macleod y regresó a la puerta principal, donde empezó a preguntar si alguien había visto al hombre de la imagen.
Una señora mayor abordó brevemente a Macleod y dejó caer algún comentario sobre el atuendo de Hope, pero él no la escuchó con suficiente atención para enterarse de los detalles.
Estaba pendiente de las reacciones que provocaban las preguntas de Hope.
Se percibía una actitud evasiva. La gente se apartaba poco a poco de Hope, casi la esquivaba.
No era algo tan descarado como para resultar evidente, pero, si uno observaba un rato, veía cómo algunos evitaban la pregunta o negaban con la cabeza antes siquiera de mirar la fotografía.
Uno de los ancianos de la iglesia —un hombre de unos cincuenta años al que Macleod había visto sentado delante durante el culto— era un ejemplo perfecto.
Se mantenía bien alejado de Hope y apartaba la mirada cuando lo normal habría sido echar un vistazo, sobre todo tratándose de una mujer como ella.
Macleod alzó una mano para llamar la atención de su compañera pelirroja.
Señaló al anciano con un dedo y asintió cuando Hope articuló en silencio: «¿Lo detengo?
». Su pelo rojo sobresalía entre las demás cabezas.
Macleod la vio avanzar con rapidez y decisión hasta cortarle el paso al hombre.
Él se volvió y pareció interesarse por una colección de salterios dispuesta sobre una mesa.
Mientras se acercaba, Macleod vio a Hope formularle la misma pregunta que había hecho a los demás. El hombre ni siquiera miró la fotografía antes de negar con la cabeza. Macleod se aproximó por detrás y lo sobresaltó.
—Si quiere, podemos llevarlo a comisaría y obligarlo a mirar la fotografía.
El hombre se volvió hacia Macleod y miró desesperadamente a su alrededor. Una mano se apoyó en el hombro del inspector y una voz que este reconoció del sermón sonó firme y amenazante.
—No creo que debamos hacer nada precipitado en el día del Señor, detective. Será mejor que esperemos a mañana.
Aquella mano en el hombro fue el detonante.
Macleod recordó otra mano igual sobre el hombro, cuando lo habían amonestado por el comportamiento de su mujer en un día de reposo.
Había hecho calor, algo poco habitual, y la habían visto en la playa con una falda por encima de las rodillas.
A Macleod le encantaba aquella falda. Le sentaba de maravilla, pero había provocado censuras cargadas de mala intención.
No soportaba que le pusieran una mano en el hombro.
—¿Por qué exactamente, reverendo?
El hombre que había puesto la mano sobre él le sacaba a Macleod unos centímetros y era más ancho de hombros y corpulento. Se interpuso entre el inspector y el hombre retraído. Hope enarcó las cejas.
—Este es el día del Señor, detective, como bien sabe. Creo que lo mejor es que hoy nos centremos en Él y no convirtamos el día en una farsa en la que las desgracias de una joven de moral cuestionable eclipsen el sacrificio de nuestro Señor. Estoy seguro de que, si vuelve mañana…
—Apártese ahora mismo o haré que McGrath lo detenga por obstrucción. Esa joven de moral cuestionable está muerta. Asesinada. Y ahora mismo tengo serias sospechas de que alguien en este edificio nos oculta algo.
Macleod fulminó al pastor con la mirada, pero el hombre se limitó a sonreír.
—Ya decían que era demasiado débil para meter en cintura a su esposa, que la dejaba vestir con tanto descaro como su compañera, y mire cómo acabó ella. Déjelo por hoy y disfrute del día del Señor, detective. Creo que sería lo más prudente.
Si no hubiera habido consecuencias, Macleod habría matado al hombre. Se imaginó descargándole un puñetazo tras otro en la cara y partiéndole la mandíbula de santurrón. ¡Cómo se atrevía a hablar de ella! ¡Cómo se atrevía!
—McGrath, tenga la bondad de acompañar fuera del edificio a nuestro amigo silencioso y decirle que me espere allí. Necesito decirle unas palabras a este hombre de D… Bueno, a este hombre.
Macleod no miraba al pastor, pero vio la media sonrisa de Hope y supo que sus palabras habían surtido efecto. Mientras ella salía con el anciano silencioso, Macleod se encaró con el pastor.
—Aquí dentro hay algo impío. Si intenta tapar el hedor, será por su cuenta y riesgo.
Se dice hombre de Dios y luego ataca a un viudo que todavía guarda luto.
Peor aún: encubre a un asesino. Como dice la Biblia: «¡Raza de víboras!
». La próxima vez que se interponga en mi camino, haré caer sobre usted todo el peso de la ley. Y llámeme inspector.
Macleod se alejó sin volver a mirar al pastor y se reunió con Hope en el exterior. El anciano aguardaba allí de pie y buena parte de la congregación observaba desde lejos. Macleod sacó una copia de la fotografía y se la plantó delante de la cara.
—Aquí o en comisaría. Usted decide. ¿Quién es este hombre?
El hombre vaciló y miró hacia la puerta.
—No le haga caso —dijo Hope—. Si se niega a darnos esta información cuando sabe quién es este hombre, puede verse implicado y acabar acusado. Así que hágase un favor y díganoslo.
El hombre bajó la cabeza.
—Es Iain Murdo. Hoy debería haber estado aquí.
—¿Quién es Iain Murdo? —preguntó Hope.
—Es mi hermano.