Donde acaba el agua (Highlands e Islas 1) Capítulo 18
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Capítulo 18

M acleod dejó a Hope en el hospital. El personal médico le había dicho que quería mantenerla en observación al menos doce horas más.

Macleod sabía que necesitaba descansar. La pobre mujer había recibido una paliza a manos de aquel hombre y había tenido suerte: no se había roto ningún hueso ni sufría lesiones graves, aparte de las magulladuras.

Cuando Macleod se marchó, a Hope ya empezaba a hinchársele la mandíbula y se le estaba formando un hematoma oscuro.

Aun así, sentía que le faltaba un brazo.

Tras pasar por comisaría a recoger un móvil de sustitución, Macleod se dirigió al puesto de mando móvil desde el que se coordinaba la búsqueda de la joven.

A juzgar por cómo aquellos matones habían ido a por ella, estaba en apuros.

Lo que nadie sabía era dónde se encontraba.

A esas alturas, Macleod calculaba que ya estaría lejos del recinto de Lews Castle, aunque nunca se sabía, sobre todo con alguien que huía.

Si solo estaba perdida, sus movimientos podían preverse hasta cierto punto.

Pero alguien a la fuga siempre podía salirse del guion.

Al llegar al puesto de mando, se sorprendió al ver allí a la concejala hablando con Allinson. Macleod receló al instante. Esperó educadamente a que la mujer terminara de hablar con su subordinado y entonces buscó la mirada de Allinson.

—¿Qué quiere? —preguntó a Allinson cuando la mujer se alejó.

—Ha soltado el discurso de siempre, eso de que «el ayuntamiento está a su disposición para lo que necesiten», señor. Una pérdida de tiempo, la verdad. Intentaba sonsacarme información sobre las zonas de búsqueda. Con disimulo, eso sí, pero quería enterarse de todos modos.

Macleod hizo una mueca.

—¿Sabemos dónde estuvo anoche?

—No, señor. Pero usted dijo que todos los matones eran hombres.

—Y lo eran. Eso no significa que no hubiera nadie más vigilando. Hablaré con ella. Supongo que no hay novedades.

—No, señor. Los equipos llevan buscándola toda la noche, pero a estas alturas la zona en la que podría encontrarse es enorme. Seguimos con el helicóptero y los equipos de búsqueda, pero, si no la encontramos esta tarde, tendremos que abarcar prácticamente toda la isla.

—¿Han comprobado los ferris?

—Sí, señor. Hemos enviado gente a las terminales de ferris y a las rampas de varada, y hemos dado aviso en los puertos, pero no es sencillo.

No tenemos efectivos suficientes para cubrir una zona tan amplia.

Los demás servicios de emergencia están ayudando, pero no podemos implicar a la población en la búsqueda.

—Allinson bajó la cabeza, algo abatido—. ¿Cómo está Hope, señor?

—La detective McGrath está bastante maltrecha y el hospital va a tenerla en observación un rato más. Pero está bien, Allinson. Está bien. Anoche salvó a esa mujer.

—Usted también, por lo que he oído, señor.

—Fue McGrath quien salvó la situación, Allinson. Toda una detective. —Macleod lo decía como un elogio sincero a su capacidad profesional, pero, al ver la sonrisa de Allinson, comprendió que este pensaba en otra cosa.

—Menuda mujer, señor. Aunque no hay quien la descifre. Creí que tenía posibilidades, la verdad, y de pronto me mandó a paseo.

—Seguramente solo esté centrada en el caso, Allinson, como deberíamos estarlo todos.

A mí también me han dicho que descanse, así que, después de hablar con la concejala, me pasaré por la iglesia.

Tengo el móvil por si surge algo. —Allinson asintió.

Macleod se volvió y vio a la concejala alejarse del puesto de mando móvil de Cuddy Point por la carretera que acababa en el club de golf, donde se solía aparcar los domingos.

Macleod recordó que, cuando él vivía en la isla, no habría habido coches cerca, porque las verjas habrían estado cerradas.

Ahora, según le habían dicho, Lews Castle abría los domingos para los visitantes y para quien quisiera tomar un café; también abría algún que otro establecimiento de Stornoway.

Las cosas cambian, pensó. Pero despacio.

—¡Concejala Smith! —gritó tras apretar el paso para alcanzarla.

La mujer se volvió.

—Ah, detective. Llámeme Marie, por favor. ¿Cómo está su compañera? He oído que anoche recibió una buena paliza. Al menos, eso dijo el conductor de la ambulancia.

—Sí, pero se encuentra bien, señora Smith.

Solo está algo magullada. —Mientras caminaba a su lado, Macleod reparó en que nadie le preguntaba cómo estaba él, y por eso mismo le escocieron aún más las magulladuras—.

Disculpe que sea tan directo, pero ¿puedo preguntarle dónde estuvo anoche?

Dado su estrecho vínculo con Sara Hewitt, comprenderá por qué tengo que preguntárselo.

—Por supuesto, detective —dijo Marie Smith, aunque Macleod notó que ella había confiado en que no se lo preguntara—. Estaba en la cama, como debe estar toda persona de bien.

—Perdóneme, pero este caso me ha abierto los ojos —dijo Macleod—. ¿Había alguien con usted?

—Sí, detective, pero es un asunto delicado. Verá, él está casado.

—Eso no sentaría nada bien a la gente de aquí, señora Smith. Supongo que ese hombre tendrá nombre. —Macleod sostuvo la mirada de la mujer, dejándole claro que pensaba obtenerlo.

—¿Ha desayunado, detective? ¿Qué le parece si subimos al castillo y buscamos un rincón tranquilo donde hablar?

—De acuerdo, pero hablaremos de ello. Y quizá tenga que prestar declaración sobre lo que me cuente.

La mujer hizo un gesto con la mano.

—Claro, detective, claro. Encantada de ayudar. Andando, que tengo hambre.

A Macleod le daba reparo admitirlo, pero también tenía hambre, pese a haber desayunado con Hope.

Mientras recorrían el corto trecho hasta el castillo, se fijó en los senderos que serpenteaban entre los árboles del recinto.

Parecían recién cubiertos de grava y, pese a ser domingo, se respiraba un aire de actividad.

—Los domingos han cambiado bastante por aquí —dijo la concejala al advertir la mirada de Macleod—.

Hay mucha gente paseando al perro y demás, aunque siguen cerrando todo lo que pueden.

Yo les digo que hay que abrir esto, atraer turistas.

Pero hay que tener cuidado con la velocidad a la que se impulsan los cambios.

Mucha gente de aquí sigue al pie de la letra lo que oye los domingos.

Y desde muchos púlpitos se predica que no se haga nada en todo el día.

—Un día de sosiego y reflexión dedicado a nuestro Señor, en realidad, señora Smith. Creo que lo ven como una forma de obedecer un precepto bíblico.

—Yo creo que algunos solo quieren un día tranquilo. Pero esto llega demasiado lejos. Hay demasiadas restricciones. Las cosas tienen que cambiar. Hay que abrirse más.

Macleod se preguntó cómo reaccionaría el electorado de la concejala si supiera que pagaba por acostarse con otra mujer.

Aquello no era Glasgow. También recordó los domingos con su esposa.

Sí, en la comunidad rural a la que pertenecían iban a la iglesia dos veces al día, pero no se quedaban encerrados el resto de la jornada si podían evitarlo.

No. Ella siempre quería que salieran, que él la llevara a algún sitio.

Iban con cuidado. Se alejaban de miradas indiscretas.

Como aquella vez que habían ido de pícnic al páramo y se habían sentado junto al loch.

Todo estaba en calma. Ella llevaba un vestido de verano y hacía sol, algo poco habitual en la isla.

La cosa había empezado con una garrapata.

Uno de aquellos condenados bichitos había decidido treparle por la pierna hasta la cara interna del muslo.

Después de quitarle el bicho, se había quedado inclinado sobre ella en una postura bastante comprometida.

Había mirado alrededor, confiando en que nadie los viera en semejante postura un domingo.

Pero ella sabía cómo provocarlo en la intimidad y una cosa llevó a la otra.

El baño en el loch y lo que vino después seguían nítidos en su memoria.

Si los hubieran sorprendido, habría sido un escándalo.

Aun así, seguía siendo uno de sus recuerdos favoritos.

Todos hablaban de la esposa que había perdido.

Pero él también había perdido a su amante.

No era lo único que añoraba de ella, pero nadie había ocupado aquel lugar en su vida.

No era de extrañar que a veces ardiera, como dicen las Escrituras.

—¿Ha estado alguna vez en nuestro castillo?

La voz devolvió a Macleod a la realidad. Negó con la cabeza.

—Todavía no. Guíeme, por favor.

La concejala condujo a Macleod por un pasillo profusamente decorado, dobló a la derecha y cruzó una puerta que daba a una cafetería cubierta, pero llena de luz.

El techo acristalado le hizo comprender enseguida que se trataba de un antiguo patio reconvertido.

Las mesas, de estilo moderno, estaban muy separadas entre sí.

La concejala le preguntó qué iba a tomar mientras él se sentaba.

Al hacerlo, notó el dolor de las caderas y el escozor de algunas magulladuras. Hope debía de encontrarse mucho peor.

La concejala colocó una pequeña cuchara de madera en un jarrón de la mesa, se sentó y se sacudió la falda.

Al parecer, le había caído algo encima, aunque Macleod no supo qué.

Las bebidas llegaron enseguida. Macleod fue a buscar azúcar a un expositor giratorio junto a la pared y regresó a la mesa.

Mientras sorbía el café caliente, Marie Smith lo miraba, poniendo mucho empeño en parecer atribulada.

—No suelo tener aventuras, inspector, pero creo que lo nuestro nos pilló a los dos por sorpresa. De todos modos, su matrimonio está prácticamente acabado. Creo que ella ya no tiene relaciones con él, por decirlo así. Y, bueno, yo echaba de menos el contacto físico.

Macleod observó que se inclinaba hacia delante y notó que un pie le rozaba la pierna. La concejala se quitó la chaqueta y la colgó del respaldo. Al volverse, se inclinó hacia Macleod, dejando ver un escote pronunciado. Aquella exhibición tan descarada le revolvió el estómago.

—Eso no coincide con lo que me han contado, concejala. De hecho, tenía entendido que pagaba por acostarse con mujeres.

A la mujer se le descompuso el rostro. Era evidente que sabía que Macleod estaba al tanto de lo de Sara, pero quizá le molestara aún más que sus encantos no surtieran efecto en él. Se recostó en la silla y prosiguió.

—Bueno, tengo mis necesidades, inspector. Y, si puedo satisfacerlas de las dos formas, ¿por qué no? Pero créame: también necesito el contacto de un hombre. Creo que el peligro de esta aventura me hizo perder la cabeza.

Macleod negó con la cabeza.

—Me dan igual sus motivos. Lo que haga con el marido de otra mujer es asunto suyo, de él y de su mujer; no mío, mientras no infrinja la ley.

Lo que sí importa es que hay una joven asustada y a la fuga, y necesito descartar posibles líneas de investigación.

Así que, ¿quién es? ¿Dónde puedo localizarlo? Y rápido.

—Podría tomar ejemplo de su detective McGrath.

Bastante más sutil, en todos los sentidos, diría yo.

Se llama Alastair McKinney. Lo encontrará esta mañana en el culto de la Iglesia Presbiteriana Reformada Libre Unida, un poco más arriba de la comisaría.

No tienen un templo; usan un salón porque son una escisión de otra congregación.

—¿De cuál? —preguntó Macleod.

—Solo Dios lo sabe.

—Seguro que sí, señora Smith. Entonces, ¿estuvo con él anoche? ¿De qué hora a qué hora?

—Quedamos a las diez en el aparcamiento que hay hacia Arnish, frente a la parte trasera del recinto.

Dejamos allí mi coche y fuimos en el suyo hacia Lochs.

Luego tomamos un desvío hasta una pequeña caravana que tiene cerca del terreno donde corta la turba.

Nos marchamos de allí juntos hacia las cinco de la mañana.

Entonces recibí un mensaje de uno de mis electores, que trabaja en el hospital.

Me habló del revuelo de anoche, así que esta mañana me he pasado por aquí para ver si podía ayudar.

No había ni una gota de sudor ni el menor indicio de nerviosismo. Aquello inquietó a Macleod. Era concejala: podían pillarla con el marido de otra mujer y ella ni siquiera pestañeaba. A menos que… Quizá hubiera algo peor.

—Hablaré con él esta misma mañana. Al fin y al cabo, creo que todos deberíamos dedicarle un rato al Señor en su día. Después de una noche… digamos que intensa, seguro que necesita descansar. Pero, haga lo que haga hoy, señora Smith, dedique un rato a su Creador.

—Muy considerado por su parte, inspector. Muy considerado.

—Gracias por el café. Este lugar ha cambiado mucho desde la última vez que lo vi —dijo Macleod al alejarse, alzando una mano en señal de despedida.

Estaba decidido a ocultar su pasado a todo el mundo, pero necesitaba tantear el terreno con la señora Smith. A ver hasta dónde quiere meterse, pensó. Seguro que no esperará a que termine el día de reposo.