Donde acaba el agua (Highlands e Islas 1) Capítulo 17
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Capítulo 17

M acleod rodó en el agua poco profunda, intentando aferrarse al hombre.

El bruto era fuerte y le encajó un rodillazo en el costado.

Macleod emergió y tomó una bocanada de aire, pero recibió un golpe en el hombro.

Con el impacto, el hombre logró zafarse.

Pese al dolor, Macleod se puso en pie como pudo.

La chica corría sendero abajo, junto al río.

La perseguían dos hombres; Hope iba tras ellos.

Macleod salió del pequeño jardín y echó a correr, con los pies chapoteando a cada paso.

El río se remansaba en pequeñas pozas antes de precipitarse por las rocas.

El sendero descendía con suavidad, pero la grava cedía a veces bajo sus pies.

Macleod vio a la chica saltar a las rocas para cruzar el río.

Había acortado distancias, pero Hope estaba más cerca y ya había dado alcance a uno de los hombres de negro.

Lo agarró por el hombro. El hombre se volvió y le encajó un gancho en la mandíbula.

Hope se tambaleó un instante, pero lo agarró y lo derribó.

Macleod iba a acudir en su ayuda, pero el otro hombre de negro ya saltaba de roca en roca hacia el centro del río, justo detrás de la chica.

Macleod saltó a una roca cubierta de hierba, estuvo a punto de caer, recuperó el equilibrio y se lanzó a la siguiente.

Sin duda estaba demasiado viejo para aquello, pero algo dentro de él lo empujó a seguir.

Entonces vio el cuchillo que blandía el hombre.

Este sujetaba a la chica por el hombro y había alzado el arma.

Macleod se lanzó desde la roca, se estiró cuanto pudo y consiguió aferrar el brazo del hombre.

Los dos cayeron al río. La corriente se apoderó de ellos y los arrastró por un pequeño salto hasta un remanso.

Antes de que Macleod pudiera reaccionar, dos manos le hundieron la cabeza bajo el agua.

Presa del pánico, expulsó de golpe el aire de los pulmones.

Palpó por encima de la cabeza hasta encontrar las manos del atacante, pero no hacía pie ni tenía dónde apoyarse para apartarlas.

Notó que las fuerzas lo abandonaban y que el pánico le invadía el cuerpo.

Tanteó a ciegas en busca de algo a lo que aferrarse.

Encontró una pierna. La agarró con una mano, luego con la otra, y por su posición comprendió cómo estaba colocado el hombre.

Sin vacilar, subió las manos hasta los genitales del atacante y apretó con todas sus fuerzas. Le iba la vida en ello.

Las manos dejaron de hundirlo. Macleod salió disparado hacia la superficie y llenó los pulmones de aire frío.

Vio al atacante trepar hasta la orilla. Ya no tenía el cuchillo, pero volvía a por la chica, que casi había alcanzado la otra margen.

Parecía desesperado por llegar a las rocas que le permitirían cruzar de nuevo.

Hope llegó; del otro atacante no había ni rastro.

Persiguió al hombre por las rocas mientras este volvía a por la chica.

Se agachó y le agarró una pierna. El hombre cayó, lanzó una patada y alcanzó a Hope en la cabeza.

Macleod la oyó gritar. El tipo se volvió y le descargó dos golpes brutales en la cabeza.

Aun así, Hope siguió peleando y, cuando el hombre se irguió sobre ella, le trabó las piernas entre las suyas y lo derribó.

Macleod alcanzó la orilla y salió del agua, desesperado por ayudar a su compañera.

El hombre ya se había levantado y sujetaba a Hope por el cuello.

Ella parecía aturdida, a punto de desplomarse.

Al ver a Macleod, el hombre buscó a la chica, pero esta había desaparecido en la margen opuesta.

Soltó una maldición y siguió estrangulando a Hope.

Macleod corrió hacia las rocas. Podía cortarle el paso.

—Se acabó —logró decir Macleod, todavía sin aliento—. Para salir de aquí tendrás que pasar por mí. Tus amigos se han ido. Y la que buscabas, también. Ríndete. Se acabó.

—Y una mierda. Tengo a tu zorra, madero. No tiene muy buena pinta.

No bromeaba. Hope parecía a punto de desplomarse. El hombre la sujetó con el brazo extendido y le asestó dos puñetazos en la cabeza con una fuerza que asustó a Macleod.

—Yo me largo, madero. Más te vale ir a por ella.

El hombre soltó a Hope y la arrojó al río.

Macleod la vio desplomarse sin gritar ni hacer el menor esfuerzo por salvarse.

Su instinto policial le pedía que persiguiera al hombre, pero, con la chica ya fuera de peligro inmediato, tenía que salvar a Hope.

Saltó al agua y nadó tras su cuerpo, que flotaba corriente abajo.

El cuerpo de Hope pasó por el pequeño salto por el que antes había caído Macleod.

Él la siguió. Ya en la poza, pataleó con fuerza para mantenerse a flote, alargó un brazo y le agarró una pierna.

El jersey holgado le ofreció otro asidero.

Tiró de él hasta poder sostenerle la cabeza.

El agua había diluido la sangre de su cara hasta formar una película rojiza, pero las heridas seguían abiertas.

Sosteniéndole el cuello, Macleod pataleó con fuerza hacia la orilla.

Cuando logró encaramarse a las rocas, la oyó gemir.

—Gracias, Dios mío —dijo en voz alta y sacó a Hope de la poza para arrastrarla hasta la orilla.

Miró alrededor y no vio a nadie. El río seguía cayendo en cascada. Aparte del fragor constante del agua, no oyó nada.

Macleod sacó el móvil, pero no funcionaba. Buscó el de Hope; tampoco funcionaba. El agua los había dejado inservibles.

Hope medía casi un metro ochenta y tres y era un poco más alta que Macleod, aunque tenía más curvas. A ella se le daría mejor cargar con él, pensó. La incorporó, se arrodilló delante y se la echó al hombro. No debería decir aquello de una mujer, pero pesaba una barbaridad. Vamos, chica, aguanta.

Macleod avanzó a trompicones. Le esperaba un buen trecho hasta salir de aquel lugar apartado.

Siguió río abajo porque, en aquel momento, bajar le resultaba más fácil.

Entonces oyó algo al otro lado del río. Una risita.

Sin duda. Después, un sonido húmedo, como un beso largo, no un simple pico.

Vio un pie que asomaba detrás de una roca.

—Quienquiera que esté ahí, necesitamos ayuda —gritó Macleod.

Un joven de unos dieciocho años se levantó de un salto mientras se abrochaba el cinturón de los vaqueros. Detrás apareció una chica, arreglándose la ropa a toda prisa.

—¿Pero qué coño…? Puto pervertido… —La diatriba del muchacho se cortó al ver la cara ensangrentada de Hope—. ¡Dios mío, mírala! Tío, pero…

—¿Tienes teléfono, hijo? Un móvil. Dime que llevas un maldito móvil.

—Sí —dijo el muchacho mientras sacaba uno del bolsillo.

—¡Al 999, ya! ¡Pide una ambulancia! ¡Llama de una vez!

Macleod se dejó caer al suelo y tumbó a Hope con cuidado. Al tenderse boca arriba, notó que ella le cogía la mano y le hablaba con voz débil.

—Joder, Seoras. Ese cabrón… ¿Ha escapado ella? ¿Se ha ido?

—Sí. Se ha ido. Ellos también, pero no en la misma dirección.

Hope le dio unos golpecitos en la mano y guardó silencio.

Macleod oyó al joven responder a las preguntas del operador y dar indicaciones.

Le dijo que avisara de que había un policía allí.

Después se quedó tendido boca arriba, notando el dolor de los golpes.

Se volvió para mirar a Hope. Tenía los ojos cerrados.

—¿Sigues ahí? Háblame, Hope. Háblame.

—Sí, sigo aquí. Preferiría no estarlo, pero aquí sigo, joder. Como vuelva a ver a ese cabrón, lo capo. Debo de tener una pinta de mierda.

Hope no abrió los ojos en ningún momento. A Macleod aquello le preocupó.

—Mírame, Hope. Abre los ojos y mírame.

Hope volvió la cabeza y fijó la mirada en él.

—Lo siento. Tendría que haberte protegido. No está bien que un hombre pegue a una mujer. Nunca habían atacado así a una compañera estando yo presente. Lo siento.

—Cállate, dinosaurio. Yo le hice más daño que tú.

Hope se rio y luego se atragantó un poco.

—Dios… ¡Cómo duele!

—Oiga, señor —dijo el joven—, ya viene la ambulancia y todo eso. ¿Puedo irme? No deberíamos estar aquí. Como su padre se entere de que ha estado aquí…

Macleod se echó a reír a pesar del dolor.

—¿Cómo te llamas, hijo?

—Donald, señor.

—Muy bien, Donald. ¿Viste algo más antes de que llegáramos?

—Eh… No. Estábamos… ocupados, ya sabe.

—¿Y tu apellido, Donald?

—Macleod.

Seoras volvió a reír. Cómo no.

—¿El operador ha tomado tus datos, tu dirección y todo eso?

—Sí. Joder, claro que sí. Vendrán a hacernos preguntas. Menudo marrón.

—Quédate hasta que llegue la ambulancia o aparezca alguien, Donald. Les diré que sean discretos. Has sido de gran ayuda.

Donald pareció aliviado.

—Gracias, tío.

—No, Donald, gracias a ti. Y la próxima vez busca un sitio un poco más decente para ella. Esto es un poco… rudimentario.

Macleod se dio cuenta de que estaba dando consejos de apareamiento a aquel joven cuando debería haberse escandalizado de que estuvieran allí. Aun así, sin ellos nadie vendría a ayudarlos, y quedaba una buena caminata de vuelta. Dios mío, a veces nos ayudas de las formas más extrañas.

El primero en llegar fue un agente a pie.

Poco después aparecieron los sanitarios.

Macleod rechazó la atención con un gesto y señaló a Hope, que, aunque callada, seguía consciente.

El equipo local de rescate de Guardacostas no tardó en llevársela en camilla hasta el lugar donde la ambulancia había tenido que detenerse.

Macleod regresó por su propio pie, dolorido pero en un estado razonable.

Había pedido que buscaran a la chica, que, a su juicio, seguía en grave peligro. Al llegar al refugio provisional levantado en Cuddy Point, junto a la pequeña rampa de varada situada frente al centro urbano, preguntó por el coordinador policial de búsqueda, el POLSAR.

Se acercó un hombre con un mono azul. Macleod lo reconoció como miembro de Guardacostas.

—¿Dónde está? Busco al POLSAR —preguntó Macleod.

—Me han puesto a mí al frente porque aún no tenemos ningún POLSAR aquí. Tengo equipos de Guardacostas, de la policía y de Rescate de Montaña buscándola. También intentaremos movilizar un helicóptero. No será fácil si trata de esconderse.

—De acuerdo. No le estorbo más.

—Gracias. Y, si me permite decirlo, debería ir a que lo examine un médico. Me han dicho que acabó bajo el agua.

—De acuerdo, le haré caso. De todas formas, voy a ver a mi compañera. Gracias otra vez.

Macleod se sintió un cero a la izquierda. Allinson parecía haberlo puesto todo en marcha mientras él aún intentaba averiguar cómo funcionaban allí las cosas. En Glasgow habría sido distinto. Suponía que en Lewis tenían que apañarse con los recursos disponibles.

Llevaron a Macleod en coche al hospital y lo examinaron en Urgencias. Cuando el médico descartó que corriera peligro, Macleod preguntó por la habitación de Hope. La habían subido a planta para que descansara y pasara la noche en observación.

En la planta, lo acompañaron hasta una habitación individual.

Había luz dentro. Llamó a la puerta y, al oír que podía pasar, entró.

Hope estaba incorporada en la cama, con una bata de hospital.

El pelo rojo, antes recogido en una larga coleta, le caía ahora suelto sobre los hombros. Le favorecía, pensó Macleod.

—Eh, ¿estás bien? —preguntó Hope.

—No más torpe que de costumbre. ¿Y tú?

—Me siento como una mierda. Tengo la mandíbula hecha polvo, me duele la cabeza y todo el cuerpo protesta, pero, por lo demás, bien. Por suerte, solo son moratones. No me habría extrañado haberme roto algo.

—Te dieron una paliza. Lo siento. Tendría que haber impedido que te golpeara. No está bien.

—Soy policía, Seoras. Esto forma parte del trabajo.

Macleod negó con la cabeza.

—No está bien que una mujer esté en la línea de fuego de esa manera. Lo siento. Ya sé lo que vas a decir y lo que dirá la jefa, pero no me parece bien.

—Déjalo ya o me voy a enfadar. Los tiempos han cambiado y yo elegí este trabajo. Así que cállate, jefe —dijo Hope mientras se levantaba—. ¿Está abierta la cafetería? Me muero de hambre. Me invitas a desayunar.

—Te espero fuera —dijo Macleod.

—No digas tonterías —dijo Hope. Se volvió y rebuscó en los armarios junto a la cama.

La bata se abría por detrás y dejaba al descubierto el trasero de Hope. Macleod sabía que debía apartar la mirada, pero no lo hizo. Qué guapa está.

—Aquí está.

De espaldas a él, Hope se desató la bata del hospital y se envolvió en la suya. Macleod volvió a ordenarse que apartara la mirada. Y volvió a fracasar. Solo su mujer se había cambiado con tanta desinhibición delante de él. Lo recordaba bien.

Hope se volvió, se acercó y le puso una mano en cada hombro. Se inclinó y le besó la frente con suavidad.

—Gracias. He estado mucho más cerca de morir de lo que jamás habría imaginado.

Los ojos de Hope se llenaron de lágrimas. Entonces se abrazó a él con fuerza. Macleod la rodeó con los brazos, le acarició el pelo en lo que a él le pareció un gesto de consuelo y le besó suavemente la frente. Después le alzó la barbilla para mirarla. Hope sostuvo su mirada entre lágrimas.

Sintió el impulso de estrechar a aquella mujer, llevarla en brazos a la cama y hacerle el amor hasta borrar todo aquel dolor.

Se le había metido muy dentro. Pero ¿era ella quien despertaba aquel deseo?

¿O eran solo los recuerdos de su mujer y el parecido entre ambas los que habían reavivado aquella pasión?

No lo sabía. Se limitó a mirarla. Entonces Hope hundió la cabeza en su pecho y lloró.

Más tarde, mientras esperaba a que Hope se pusiera unos pantalones, comprendió que una de las cosas que habían impedido que aquella cercanía llegara más lejos era la diferencia de estatura.

Hope le sacaba unos tres centímetros y, cuando había intentado estrecharla contra el pecho, la postura le había resultado incómoda.

Su mujer medía unos ocho centímetros menos.

Encajaba a la perfección entre sus brazos.

Cuando Hope le tocó el hombro, Macleod ya se había convencido de que aquellos sentimientos no eran más que el torbellino desatado por los recuerdos de su mujer. Pero, mientras la veía salir de la habitación, empezó a dudar de aquella explicación.