Donde acaba el agua (Highlands e Islas 1) Capítulo 16
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Capítulo 16

M acleod se levantó de la cama a rastras y se miró al espejo.

Después de reunirse con Hope y Allinson, se había acostado con la intención de dormir unas horas antes de la salida nocturna que habían planeado.

Pero apenas había pegado ojo. El rato pasado en la habitación de Hope se confundía con los recuerdos del pasado, y no había hecho más que preguntarse por qué su mujer había abandonado este mundo y por qué se sentía tan atraído por la joven detective de su equipo.

Al encender la luz del baño, oyó que el extractor empezaba a zumbar. Abrió el grifo de la ducha, entró en la bañera y corrió la cortina. El chorro le cayó encima con fuerza, como si quisiera arrastrarlo. El agua le alivió los hombros tensos. Macleod se quedó quieto y dejó que hiciera su trabajo.

Cuando terminó de vestirse, creyó oír movimiento en la habitación contigua.

Hope y Allinson habían salido de la habitación de Macleod rumbo al bar, y aquella cita le provocaba sentimientos encontrados.

Achacaba lo que sentía por Hope al trauma de haber regresado a la isla y revivir la muerte de su mujer.

Hope le servía de consuelo y, después de tanto tiempo sin intimidad, no era extraño que se estuviera enamorando de una mujer que le tendía la mano en medio de su dolor.

Pero sabía que no era amor de verdad. No podía serlo.

Se puso una cazadora, salió de la habitación y se detuvo ante la puerta de Hope. Llamó con suavidad y esperó mientras la oía moverse dentro. Al poco, se abrió la puerta y apareció la pelirroja, con botas, vaqueros y un jersey holgado de color crema.

—Pasa, ya casi estoy —dijo Hope, con aspecto algo somnoliento.

Macleod entró y Hope volvió al baño, seguramente para arreglarse el pelo, mucho más alborotado de lo que él recordaba.

De pie junto a la mesa, miró la cama y comprobó que solo había dormido una persona.

Se alegró por un instante y enseguida se reprendió por aquella estupidez. Dios mío, qué desastre estoy hecho.

Hope salió del baño mientras se recogía el pelo en una coleta y miró a Macleod con preocupación.

Él asintió, intentando aparentar que estaba bien, aunque no estaba seguro de haber resultado convincente.

Al fin y al cabo, ella también era detective y, como él, sabía leer a la gente.

Bajaron hasta el coche. Macleod dejó que Hope condujera hasta los jardines de Lews Castle, donde aparcaron en un aparcamiento casi vacío.

—Y ahora, ¿por dónde? —preguntó Hope al salir del coche.

—Seguimos el sendero que sube por los jardines.

El lugar que indicó es un pequeño estanque en un jardín cercano al río.

Es lógico: desde allí puede vernos llegar sin que nosotros la veamos.

Dijo que viniera solo, pero no pienso ir solo y de noche a encontrarme con alguien que podría haber matado a Sara.

Echaron a andar. Macleod recordó los días de infancia que había pasado por aquellos senderos, escondiéndose aquí y allá.

Pero también recordó a una joven que lo llevaba a pasear a medianoche junto al río, por esos mismos jardines, y su primer beso.

Aunque habían esperado a casarse para intimar de verdad, se habían dado el lote muchas veces junto al río, como decían los jóvenes de ahora.

Trató de concentrarse en lo que tenían entre manos, pero el silencio lo sumía cada vez más en sus pensamientos mientras caminaban. Decidió romperlo.

—¿Qué tal la velada? —preguntó Macleod.

—Bueno, tampoco quedaba mucha noche. Nos tomamos una copa rápida y luego me fui a dormir. Creo que se llevó un chasco.

—Estás en medio de un caso y tenías que levantarte otra vez pocas horas después. Yo diría que ya tuvo suerte de que aceptaras tomar algo.

—Creo que quería algo más, Seoras. Yo también creía que quería algo más, pero al final me pudo el cansancio. No es propio de mí.

—Siempre nos decían que esperar no tenía nada de malo.

Mi mujer y yo esperamos años hasta que nos casamos, y no me arrepiento.

Al menos, no de eso. Tienes que entenderlo: si crecías aquí, por lo menos decías lo que se esperaba de ti.

Solíamos pasear por estos senderos. Si miras allí, junto al camino, verás uno de nuestros rincones favoritos.

Desde allí se ve amanecer, aunque nosotros veíamos poco el sol.

El uno al otro sí que nos veíamos bastante.

—Menuda pieza estabas hecho por entonces —dijo Hope con una sonrisa.

—Ella sí que era una mujer. No era una fresca ni se ofrecía a cualquiera.

Pero, cuando me eligió, tuvimos nuestros momentos.

En aquella época no entendíamos estas cosas como vosotros, con toda la educación que recibís ahora.

Creo que nos divertíamos más descubriéndolas por nuestra cuenta.

Hoy supongo que se espera llegar mucho más lejos y mucho antes.

—Espero tener un poco más de carácter, Seoras. Disfruto del sexo tanto como cualquiera, quizá más, pero solo cuando yo quiero. Pregúntale a Allinson.

Aquello apenas dejaba entrever lo ocurrido unas horas antes, y Macleod decidió no insistir. Pero volvió a alegrarse de que Hope no hubiera llegado a nada con otro hombre. Menudo idiota estoy hecho.

Los veranos en la isla siempre traían largas horas de luz, y aquella jornada no había sido una excepción.

Pero ya eran las dos de la madrugada y por fin había oscurecido.

Macleod incluso notaba algo de fresco. No frío.

Solo fresco. Como si algo no encajara y debiera tener más calor.

Tal vez fuera la edad. O quizá su cuerpo no estuviera hecho para seguir despierto a esas horas.

Se preguntó si a Hope le pasaba lo mismo. Si era así, no se le notaba.

Los senderos de los jardines de Lews Castle serpenteaban de un lado a otro, pero no se veía a nadie.

Al fondo se oía el rumor de un puerto dormido y, de vez en cuando, el correteo de algún animal nocturno.

Recordó a los chavales que subían allí a beber cuando él era joven, aunque quizá fuera demasiado tarde incluso para eso.

Además, era el día del Señor. En sus tiempos, que los pillaran bebiendo un domingo por la mañana habría sido impensable.

Al coronar una cuesta, Macleod vio el pequeño jardín con el estanque.

A un lado había un banco. En él estaba sentada una mujer joven.

Era menuda y se arrebujaba en una sudadera con capucha que le ocultaba el pelo, pero tenía curvas de mujer.

Macleod creyó ver cómo se le tensaban los hombros al verlo. Detuvo a Hope y se volvió hacia ella.

—Quizá deberías esperar fuera del jardín. Solo me espera a mí.

—¿Estás seguro, Seoras? La última vez te atizó —dijo Hope.

—No se me ha olvidado. Está claro que tiene miedo. No quiero que salga corriendo. Por lo que veo, ya está bastante tensa.

—De acuerdo, pero no te pierdo de vista.

Macleod siguió solo, pendiente de la joven mientras se acercaba.

Ella sostenía una lata, probablemente de sidra o cerveza, aunque con aquella oscuridad Macleod no podía distinguir qué contenía.

Recorrió el perímetro triangular hasta encontrar la verja del jardín.

El sendero bien cuidado del interior contrastaba con los caminos principales del recinto, y Macleod apreció el esfuerzo dedicado a mantener aquel rincón.

Siguió el sendero y se detuvo junto al banco donde estaba sentada la mujer.

Pensó que había elegido mal el sitio. Con Hope fuera y él a su lado, le costaría escapar. Claro que tal vez no quisiera hacerlo.

—¿Querías verme? —preguntó Macleod.

—Diría que eras tú quien quería verme —replicó la chica con sarcasmo.

—Sí. Estoy investigando la muerte de Sara y tú eres una de sus amigas más cercanas. ¿No es así?

—¿Amiga? ¿Crees que huí porque era su amiga? Él se enteró de lo nuestro. Comprendió que ella no era lo que esperaba. El muy cabrón.

—¿Te importa que me siente? —preguntó Macleod, aunque se sentó sin esperar respuesta—. ¿Quién se enteró?

—Ese hombre. Un cliente. Le dije que no lo hiciera, pero Sara nunca hacía caso a nadie. Todo aquel negocio del salón de masajes… Le dije que aquello era de putas, pero Sara nunca vio nada malo en usar el cuerpo para conseguir lo que quería.

—¿Y eso te molestaba?

—Claro que sí, joder. ¿Sabes lo jodido que es oír a tu amante gemir mientras se tira a otra persona? Y que encima sea un tío, cuando sabes que prefiere a las mujeres. Aunque Sara jamás habría permitido que nadie lo supiera.

—Ese hombre, ¿era el que salía en la foto que tenías en la pared? Estabais los tres.

La mujer asintió.

—Así que la encontraste. Esperaba que fueras un poli medio decente. Seguro que esto te parece deprimente al lado de Glasgow o de dondequiera que vengas.

Deprimente, pensó Macleod. No tienes ni idea.

—¿Por qué me golpeaste entonces?

—Pensé que eras él. No te vi bien y te pegué antes de darme cuenta de que eras tú. Y luego… Bueno, ya le había pegado a un poli.

—Pero grité «¡Policía!» al entrar —objetó Macleod.

—¿Y eso qué? Una puta mierda. Podías ser cualquiera.

—¿Le viste matarla?

—No. Pero los dejé allí, cerca del muelle que os tiene tan revolucionados, donde están todos vuestros equipos y todo eso.

Es raro, poli. En cierto modo, ese muelle es sagrado.

Lo hacíamos allí mismo. Muchas veces. Estaba apartado y se convirtió en nuestro sitio.

Y luego, cuando se la llevó a ella, también me arrebató aquel lugar.

Rompió a llorar. Sorbió con fuerza y acabó escupiendo la mucosidad que se le había acumulado en la boca. No había nada elegante ni delicado en aquel duelo. La chica se volvió y se derrumbó en brazos de Macleod. A él casi le entró el pánico hasta que comprendió que se había venido abajo.

—Desahógate —dijo Macleod.

—Era mía. ¿Lo entiendes? No les pertenecía. Era mía. Y todos esos cabrones querían un pedazo de ella. Si no hubiera sido por su madre, no habría tenido nada que ver con ninguno. ¡Era mía!

La voz resonó en el pequeño jardín, cerrado por todos lados. Pero, por encima de los sollozos de aquella pobre mujer, Macleod oyó algo más.

—Lo dejé con ella. No debí dejarla. No debí…

Macleod oyó un grito de Hope. Se levantó y se volvió. Un hombretón vestido de negro, con pasamontañas, avanzaba hacia él. Más arriba en el sendero vio acercarse a otro. Había un tercero más allá, justo donde había dejado a Hope.

Se agachó y agarró a la mujer por el hombro.

—Levántate y vete. Tienes que irte.

La chica seguía sollozando y Macleod se dio cuenta de que el hombre ya se les echaba encima.

El tipo alzó un garrote. Macleod se hizo a un lado cuando descargó el golpe y le lanzó un puñetazo al costado, pero el hombre lo apartó de un empujón y quedó más cerca de la mujer.

Ella se encogió al comprender el peligro.

Macleod vio venir la paliza. Salvó a la carrera los pocos pasos que ahora los separaban y se abalanzó sobre él. Los dos se precipitaron al estanque.