Capítulo 15
A Macleod le sorprendió ver a Allinson en el vestíbulo del hotel.
Un mensaje de McGrath le había avisado de que ya había salido de comisaría y de que se reuniría con él en el hotel, como él mismo le había pedido.
Allinson seguía de traje y corbata. Por lo menos había venido a trabajar, pensó Macleod.
—Buenas noches, señor —dijo Allinson—. Hope ha subido a ducharse. Me ha dicho que le esperara y que luego subiéramos los dos a la reunión informativa. Dice que lo mejor es que me una a ustedes, si no le importa, claro, para estar al corriente de todo.
—Por supuesto —respondió Macleod—. Estoy seguro de que la detective McGrath ha razonado bien.
Pasó junto a él sin detenerse y pidió la tarjeta de la habitación en recepción.
—Sígame, Allinson. Ha sido un día largo y aún no ha terminado.
No esperó respuesta y subió a grandes zancadas por las escaleras hasta su planta. Oía a Allinson detrás, pero no se volvió hasta llegar a la habitación. Abrió la puerta con la tarjeta, le hizo pasar y señaló el pequeño hervidor.
—Voy a buscar a McGrath. Hágase útil, Allinson, y encienda el hervidor. Nos hará falta una taza de la habitación de McGrath.
Dejó que la puerta se cerrara, dio tres pasos hasta la de McGrath y llamó con fuerza para hacerse oír por encima de la ducha. Desde dentro, ella dijo que ya iba; acto seguido soltó un taco, como si se hubiera golpeado alguna extremidad contra algo. Entonces se abrió la puerta.
Macleod se quedó cortado: Hope estaba ante él envuelta en una toalla, con otra enrollada en la cabeza.
—Hola, señor. Perdone, voy un poco tarde. No tardo nada. Pase.
Macleod sabía que debía excusarse y decirle que la vería en la habitación de al lado cuando estuviera lista.
Pero no pudo evitar quedarse mirando sus piernas y el cuerpo envuelto en la toalla mientras ella se daba la vuelta y sacaba una silla para que se sentara.
Vio sobre la cama el top corto, las mallas y la sudadera con capucha y, por un instante, creyó que iba a cambiarse delante de él. Aquello no podía ser.
Recordó a su mujer cambiándose en su dormitorio, una de esas intimidades de la vida conyugal. Siempre disfrutaba viendo su cuerpo mientras ella le hablaba de cualquier trivialidad. A veces incluso se acercaba a hurtadillas, la abrazaba y luego…
—¿Señor?
—Perdone, McGrath. Tenía la cabeza en otra parte. Me voy a la habitación de al lado; Allinson está esperando. Y nos falta otra taza.
—Ya, lo sé, señor. Pero antes me vendría bien hablar un momento con usted —dijo Hope.
—Bueno, no puedo quedarme aquí plantado. Tiene que vestirse.
—La mayoría de los hombres no se quejan —bromeó Hope.
Debería haber respondido algo sencillo, algo como «Seguro que no», pero siguió allí plantado, en silencio.
No apartó la mirada. Seguía observándola cuando ella se volvió hacia él.
Entonces hubo un momento de comprensión mutua.
Ella debería haberse mostrado avergonzada y haberle dicho que lo mejor, lo sensato, era que esperase fuera. Pero se quedó quieta y lo miró.
Algo cobró vida en su interior: una chispa que llevaba demasiado tiempo apagada.
Lo asaltó el recuerdo de su mujer así, bajo su mirada.
Entonces sintió vergüenza. Aquella no era su mujer.
Era McGrath, su subordinada. Hope se quitó la toalla de la cabeza; la melena pelirroja y mojada le cayó sobre los hombros, y la pequeña cruz osciló sobre el nacimiento del pecho.
—Me cambiaré en el baño —dijo Hope con una sonrisa—. Pero tenemos que bajar la voz. Creo que estas paredes son de papel.
—De acuerdo —dijo Macleod—, pero ¿qué es eso tan importante?
Hope desapareció en el baño, aunque dejó la puerta abierta.
Macleod se sentó y observó los objetos del escritorio.
Había unos cuantos libros. Uno era una novela subida de tono.
Estuvo a punto de negar con la cabeza. Encima tenía un ensayo sobre la situación en África, un libro sobre literatura y, por último, una guía de senderismo.
A un lado había un cepillo con varios cabellos rojos aún enredados y un paquete de lo que Macleod siempre había llamado «cosas de mujeres».
Su mujer siempre escondía ese tipo de productos, y él se ruborizó ligeramente al verlos.
—Quería hablarle de Allinson. No está aquí solo por la reunión informativa, aunque creo que vendrá bien que asista. Puede que luego… pase algo entre nosotros. Quería asegurarme de que a usted no le pareciera mal.
En lo personal, a Macleod sí le molestaba. En lo profesional, no. Reconoció la punzada de los celos.
—Mientras no interfiera en el trabajo, no es asunto mío. Usted es libre de hacer lo que quiera. Solo le pido que no lo airee en público. No es que crea que vaya a hacerlo.
Recorrió la habitación con la mirada, enfadado consigo mismo por sentirse atraído por aquella mujer. Entonces la vio en el espejo. El espejo mostraba el baño con toda claridad: Hope se secaba con la toalla, de espaldas a él. Quiso apartar la mirada, pero no pudo.
—Me ha parecido mejor preguntar —dijo Hope— porque no habíamos trabajado juntos antes. Y que conste que no hago esto a menudo. Es que me siento un poco… en fin, ya sabe.
—Sí, bueno, como ya le he dicho, no tiene que pedirme permiso ni dar explicaciones.
Al ver su trasero desnudo, comprendió cuánto echaba de menos tocar a su mujer, sentirla. ¿O echaba de menos, sencillamente, tocar a una mujer? Su mujer ya no estaba y, sin embargo, allí mismo, en aquel instante, sentía que la traicionaba.
—No hay nada decidido, claro. Esta noche solo ha venido a tomar algo. Me había invitado a cenar, pero, con lo que tenemos previsto para más tarde, hemos descartado la cena.
—Claro —dijo Macleod—, no tiene que explicarse. Mientras esté preparada para lo de esta noche, no me importa.
Pero sí me importa, pensó. Dios mío, ¿qué es esto? ¿Una tentación? Porque parece un regalo.
Hope se giró y, por un brevísimo instante, lo sorprendió mirándola. La toalla la cubría casi por completo, pero, cuando Macleod apartó la cabeza de golpe, alcanzó a ver que Hope sonreía.
—Ha dicho que necesitamos una taza, ¿no, señor? Están en el armario bajo el hervidor. ¿Puede coger una?
—Por supuesto.
Algo le ardía por dentro. Hambre.
—Y, ya que estamos empezando a conocernos mejor y tendremos que colaborar más estrechamente, Hope, puedes llamarme Seoras.
Hope salió del baño en ropa interior y con el top corto.
—¿Seoras, señor?
—Es gaélico.
—Seoras. Te pega.
Volvió a meterse en el baño, pero Macleod supo que aquella imagen de Hope de pie ante él, sonriendo mientras asimilaba su nombre, se le quedaría grabada para siempre.
Unos instantes después, Hope salió y alargó el brazo por delante de él para coger el cepillo.
Frente al espejo, se pasó el cepillo por el pelo en largas pasadas, y él se la bebió con los ojos.
Hacía muchísimo que no presenciaba algo así.
Sí, echaba de menos la intimidad física con su mujer, pero también aquellos gestos sencillos e íntimos del arreglo personal.
Eran escenas que los hombres rara vez tenían ocasión de ver, salvo cuando compartían habitación.
Observó cómo Hope arqueaba el cuerpo mientras se concentraba en la tarea.
—Me voy a la habitación de al lado, antes de que Allinson empiece a preocuparse.
—De acuerdo, Seoras.
Hope sonrió. Macleod se detuvo a su lado.
—Pero solo entre nosotros. En público, tú me llamas señor y yo te llamo McGrath.
—Claro. Algún día tendrás que hablarme de este lugar.
—Dudo que sirva de algo para el caso. Fue hace veinte años.
—Lo sé, Seoras. Pero te sigue afectando. Estar aquí te inquieta por algún motivo. Se nota.
Asintió y le apoyó una mano en el hombro.
—Sí, Hope, pero no se lo digas a nadie.
Macleod salió de la habitación con la taza en la mano y recorrió los pocos pasos que lo separaban de la suya.
Al ir a pasar la tarjeta por el lector, se detuvo.
Le temblaba la mano: lo había asaltado un recuerdo.
Fue durante la luna de miel. Habían ahorrado para poder ir a Portugal y, después del ajetreo de la boda, de tantos familiares y amigos, por fin se habían quedado solos.
Se habían reservado el uno para el otro.
Recordó cómo había subido a la habitación aquella noche.
Habían contemplado el sol desde la playa.
Ella le pidió que esperara veinte minutos antes de subir.
Él estaba emocionado, aunque también algo desconcertado.
Su padre le había contado que su madre tardaba una eternidad en arreglarse, pero aquello era distinto.
Dejó atrás el último resplandor del sol y subió por las escaleras hasta la octava planta.
Se detuvo frente a la habitación y llamó.
Cuando la puerta se abrió, se encontró con la imagen más hermosa que había visto en su vida.
Cuando el joven que era entonces consiguió ver más allá de su belleza, entendió quién era de verdad: una de esas almas a las que los convencionalismos y los recelos no dejaban vivir en libertad.
Ahora, ante su puerta y a punto de llamar, todo volvió de golpe.
—Solo un momento —farfulló junto a la puerta antes de alejarse.
Le pareció oír la respuesta de Allinson, pero no le importó.
Echó a andar deprisa, dobló al final del pasillo y miró por la ventana.
La planta de gas parecía devolverle la mirada, pero él no la veía.
Apenas veía nada. Se le llenaron los ojos de lágrimas.
Sorbió por la nariz y trató de contener el dolor, de plantar cara a la soledad que lo perseguía desde que ella ya no estaba.
Su padre nunca había llorado ni mostrado la menor debilidad.
A él le habían enseñado desde niño a no mostrar ninguna emoción; ella, en cambio, se las había mostrado todas.
Cuando estaban solos, los dos se mostraban tal como eran, sin ocultar nada.
Acabó viendo el dolor de su mujer y, aun así, hizo muy poco al respecto.
En privado eran felices, pero aquel rígido castillo de naipes en el que vivían terminó por invadir su mundo y quebrarla.
Él apenas hizo nada por combatirlo. Y lloró.
Jesús lloró. Eso era lo que ella le había dicho.
Jesús lloró. El hombre, el Dios al que seguía desde joven, había cobrado vida gracias a ella, en medio del dolor de ambos.
Junto a ella, se había acercado muchísimo a Él.
Pero después Él había dejado que ella se arrancara de su lado. ¿Por qué? Joder, ¿por qué?
Una mano tomó la suya. Al volverse, vio el rostro de Hope.
—Le he contado a Allinson una trola: que tienes una garrapata y hay que quitártela. Tómate el tiempo que necesites, Seoras.