Donde acaba el agua (Highlands e Islas 1) Capítulo 14
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Capítulo 14

M acleod recorrió a pie las calles de Stornoway mientras recordaba los días en que habían paseado juntos.

A ella le gustaban aquellos paseos, cogida de su mano y contándole sin parar todo lo que había sucedido.

Bueno, así había sido al principio, antes de que aquel lugar la volviera más taciturna, más cohibida.

Al doblar una esquina, vio alzarse el campanario de la iglesia.

La vida de la congregación había sido distinta allí y se preguntó si seguiría igual.

Por aquel entonces, en la iglesia rural a la que acudían, se sentaban en silencio antes de que comenzara el culto, con aquel reloj retumbando segundo a segundo como si estuvieran en una relojería abandonada.

La cuestión no era que no tuvieran amigos, sino que había que encajar en un molde concreto.

Las mujeres debían llevar sombrero los domingos.

Ella había llevado uno pese a que detestaba los sombreros, hasta que se negó a seguir haciéndolo.

Macleod no se lo había impedido, pero los comentarios que provocaba su negativa a llevarlo resultaban asfixiantes.

Y luego estaban los que se hacían a sus espaldas.

Lo del sombrero era una nimiedad, pero se acumularon tantas que muchas mujeres acabaron por dejar de hablarle a su esposa.

Ese fue el golpe: el aislamiento, lo que desencadenó su depresión.

Aunque aquella no era la iglesia a la que él había pertenecido, bastó ver el nombre de la confesión para que todo volviera.

La ira llevaba creciendo en su interior desde que había bajado del avión.

Y seguía creciendo. Alzó la vista y levantó hacia el cielo un puño invisible.

Pero había un asesino al que encontrar, y no esperaba que la búsqueda lo llevara hasta allí.

Al menos, no por una muerte intencionada.

Lo de los voluntarios pastorales de calle también era nuevo en la isla.

Había oído hablar de ellos en grandes ciudades, sobre todo en lugares de Estados Unidos castigados por las bandas.

Al parecer habían hecho una gran labor, también en la salvación de almas.

Al acercarse al edificio de la iglesia, vio una luz encendida en la parte trasera y se dirigió a la puerta. Llamó, pero nadie respondió, así que la empujó con suavidad. Se abrió y Macleod entró en un vestíbulo bastante oscuro que conducía a otra puerta doble. Al otro lado oyó voces que rezaban.

Como se había criado en una pequeña iglesia presbiteriana rural, Macleod estaba acostumbrado a que los hombres se pusieran en pie para rezar y a que todo se hiciera con el debido decoro.

Pero ahora rezaba una mujer y, a su alrededor, otras voces clamaban de vez en cuando a Dios.

Aquella forma de orar no le resultaba nueva: la había visto y oído en Glasgow, pero no esperaba encontrarla allí.

Abrió con cuidado, procurando que la puerta no chirriara ni golpeara contra nada, y entró.

Las paredes de la sala estaban adornadas con dibujos de la escuela dominical o de algún otro grupo infantil.

Había sillas alrededor de la estancia. En el centro, unas diez personas rezaban de pie, formando un círculo sobre el suelo de madera.

La mujer que tenía delante rezaba con los ojos cerrados y las manos en alto.

Mientras la observaba, Macleod pensó en su esposa.

Ella vivía la fe con pasión y, cuando rezaban juntos, lo hacía siempre con aquel fervor.

En las reuniones de oración, sin embargo, permanecía sentada y en silencio.

La tradición la hacía callar. ¿O no? Tal vez se esperaba que las mujeres guardaran silencio en aquellas reuniones.

Tal vez dirigirlas fuera cosa de hombres.

Pero ver a aquella mujer casi saltando mientras rezaba, con la melena oscura agitándose, le hizo cuestionarse esa idea.

Su hambre de Dios lo empujaba hacia una postura más liberal.

Las oraciones se prolongaron otros diez minutos. Intervino casi todo el círculo; muchas oraciones fueron breves y sencillas, pero todas fervorosas. Cuando abrieron los ojos, un murmullo recorrió la sala al reparar en el hombre que estaba junto a la puerta. Macleod avanzó para presentarse.

—Soy el inspector Macleod, señoras y señores. Quisiera hablar con la persona que dirige el grupo.

Se adelantó una anciana menuda, vestida con falda, blusa, rebeca y unos recios zapatos negros. El pelo gris, ralo por la edad, había perdido la abundancia de antaño.

—Buenas noches, inspector. Soy Geraldine Pickering y dirijo el grupo. Con mucho gusto le ayudaré en lo que pueda, pero le agradecería que fuéramos breves: estamos a punto de salir de ronda.

Parecía frágil, pero tenía una voz tan firme como la de Macleod.

—Procuraré no retrasarlos.

Macleod sacó una fotografía del bolsillo.

—¿Conoce a este hombre?

—No me parece haberlo visto, inspector, pero si quiere enseñársela a los demás, quizá alguno lo reconozca.

Macleod asintió y Geraldine llamó a los demás.

Fueron mirando la fotografía uno tras otro y negando con la cabeza, hasta que una joven se quedó mirándola fijamente.

Tendría unos dieciocho años y era de complexión menuda.

Bajo la capucha de la sudadera apenas asomaba el pelo rubio.

Los vaqueros y la chaqueta negra le daban ese aire de indiferencia que tantas veces había visto en los jóvenes.

—¿Lo reconoces? —preguntó Macleod.

—No lo sé —respondió la joven con voz tan baja que apenas se la oyó.

Macleod odiaba esa clase de testigos. Sí o no.

La gente tenía que saberlo, ¿no? Observó a la joven e intentó determinar si hablaba en serio o solo quería llamar la atención.

Su retraimiento y el hecho de que, encogida dentro de la sudadera, pareciera un cangrejo ermitaño le hicieron pensar que decía la verdad.

—De acuerdo. Necesito que te concentres. Esto es importante, así que sé lo más precisa posible. ¿Dónde crees que lo viste?

—Aquí fuera. En la calle. Hace quizá un mes. —La joven mascaba algo entre frase y frase. Macleod apretó los dientes, pero mantuvo la conversación centrada en la fotografía.

—Otra persona nos ha dicho que era uno de esos voluntarios pastorales de calle. Por eso estoy aquí. Pero me imagino que no lo es.

—Desde luego, nunca ha puesto un pie aquí, inspector —dijo Geraldine—. Anna, piénsalo bien y cuéntale al inspector todo lo que puedas.

—Daba muy mal rollo. Estábamos haciendo una ronda de oración y llovía. Yo llevaba la cabeza gacha e intentaba alcanzar a Iain, que había entrado un momento en el edificio para hacer un pis.

—¿Un pis? —preguntó Macleod.

—A mear —aclaró Anna.

—Al baño, inspector —dijo Geraldine—. Sigue, Anna.

—Noté que una mano me agarraba del hombro y me hacía girar. Mientras lo hacía, dijo que me deseaba. Daba muy mal rollo, como si esperara algo de mí. Luego dijo que yo no tenía derecho a impedírselo. Después me echó la capucha hacia atrás.

Geraldine le puso una mano en el hombro.

—Deberías haberlo contado.

Anna negó con la cabeza.

—Entonces se dio cuenta de que yo no era quien buscaba. Dio media vuelta y se perdió por una bocacalle.

—¿Dijo algo más?

Anna miró a Geraldine casi como si pidiera disculpas.

—Solo dijo mierda .

—De acuerdo —dijo Macleod—. Solo lo viste un instante. ¿Estás segura de que es él?

—No estoy segura. Creo que sí.

—¿Qué ropa llevaba?

—Un abrigo largo —dijo la joven, casi temblando—. Y una gorra. Con la lluvia y la oscuridad costaba verlo bien, pero diría que es él.

—Y dices que notaste una intención sexual.

—Muchísimo —dijo Anna—. Por un momento creí que iba a meterme mano, pero entonces se dio cuenta de que yo no era la chica a la que buscaba. Pensé que sería porque iba borracho.

—¿Y lo estaba? ¿Olía a alcohol?

—No, ahora que lo pienso, no. —Se puso a temblar. Macleod vio que empezaba a atar cabos.

—Está aquí por lo del asesinato, ¿verdad? Él podría haberme… Yo podría haber sido… —La joven se echó a llorar y Geraldine le pasó un brazo por los hombros. Macleod no sabía qué hacer. No podía hablarle del caso ni darle una explicación completa.

—Anna, mañana tendrás que venir a comisaría y prestar declaración formal sobre todo lo que acabas de contarme.

También creo que deberías hablarlo con un profesional de apoyo psicológico.

Podemos darte los datos de contacto. Pero tendrás que confiar en mí: tú no eras su objetivo y dudo que corrieras un peligro real, pese a lo desagradable de la experiencia.

Tú misma has dicho que buscaba a otra persona.

—¿Reza usted, inspector? —preguntó Geraldine.

—Sí, señora.

—Entonces, acompáñenos a rezar por Anna.

—Geraldine inclinó la cabeza y comenzó a orar en voz alta, invocando la ayuda de Dios.

Macleod inclinó la cabeza y escuchó a la anciana pedir que concediera paz a la joven y borrara en ella toda huella de aquel horrible episodio.

Mientras Geraldine rezaba, sintió una calidez interior, como si una presencia lo acompañara.

Recordó las oraciones con su esposa. Allí, en aquella sala anodina, se debatió entre la alegría de vivir aquella experiencia preciosa, reflejo de la que había compartido con ella, y el dolor que le provocaba cada recuerdo, consciente de lo que había perdido.

—Gracias, inspector —dijo Geraldine cuando terminó la oración—. Me aseguraré de que Anna vaya mañana a comisaría.

—Debería avisar a los padres de Anna.

—Lo haré, pero ya tiene dieciocho años. Además, es mi nieta.

Macleod asintió.

—Siento lo que te ha pasado, Anna, pero nos has ayudado mucho. Gracias a todos por su tiempo.

Al salir del edificio, Macleod aún sentía aquella misma calidez interior.

Miró la calle de enfrente, por la que volvería a comisaría.

No pasaba nada por dar un rodeo. Giró en sentido contrario y se encaminó hacia el aparcamiento y el puerto.

Al llegar, encontró el aparcamiento casi lleno.

La gente iba de un lado a otro, camino de alguna diversión nocturna.

Macleod no hizo caso a nadie y se detuvo junto a la barandilla del extremo opuesto.

Miró hacia abajo, al agua del puerto, que salpicaba contra el muro de contención.

Había estado tan llena de vida. Si hubiera tenido una oportunidad como la de Geraldine, habría podido rezar así.

Delante de él sí lo hacía. Cuando estaban solos, era más libre en todo.

La echaba de menos. Toda ella. Lo había mantenido todo encerrado en su interior: la pérdida, el dolor, la rabia.

Solo ella había sabido hacerle soltar todo lo que llevaba dentro.

Y ahora, cuando el dolor alcanzaba su punto máximo, ya no estaba.

El agua volvió a salpicar bajo él. Observó cómo la espuma golpeaba las rocas y resbalaba de nuevo por ellas.

Volver a estar junto al mar lo serenaba.

También le devolvía el dolor. Una parte de él creía que podría quedarse allí para siempre, zarandeado en aquella barca solitaria.

Pero era detective. Aquello no resolvía nada.