Capítulo 13
E ra sábado y empezaba a caer la tarde. Hope quería localizar al dueño de la ferretería antes de que se marchara.
Al día siguiente sería domingo, y Macleod había advertido que todo se complicaría un poco durante el día de reposo de la isla.
La llegada de la nota les había trastocado los planes.
Le apetecía cenar con Allinson, echarse unas risas y quién sabía qué más.
Ahora todo quedaba en suspenso ante la posibilidad de acostarse temprano para levantarse a las dos de la madrugada.
Al entrar con el coche en el pequeño aparcamiento, la fachada le pareció más propia de una nave industrial que de una tienda.
El local parecía casi vacío. Aparcó, se acercó y se plantó ante unas puertas correderas automáticas que se negaban a abrirse.
Hope se fijó en el horario. Habían cerrado veinte minutos antes. ¡Mierda!
Dentro aún había luces y estaba segura de haber visto movimiento.
Aporreó la puerta y oyó un «¡Cerrado!» desde el fondo.
Aun así, siguió golpeando hasta que un hombre delgado se acercó por fin y pulsó un interruptor en la parte alta del marco.
Las puertas se deslizaron hasta abrirse y el hombre la miró con fastidio.
—¿No sabe leer? Está cerrado. Vuelva el lunes.
—Policía —respondió Hope, mostrándole la identificación. El hombre examinó el documento con atención.
—Será por lo de Sara, entonces. Tengo que salir esta noche, así que vayamos al grano.
—Seré lo más breve posible, señor, pero estoy investigando un asesinato.
—Por supuesto, agente. Alan Jones. Pase. Vamos al despacho.
El hombre la condujo hasta una sala del fondo con un escritorio sencillo y varios archivadores.
Puso el hervidor en marcha, cogió dos tazas y se volvió hacia ella con un tarro de café en la mano.
Hope asintió. Esperaron en silencio a que hirviera el agua.
Una vez preparado el café, se sentaron uno frente al otro, a ambos lados de la mesa.
—Según su novio, Sara trabajaba aquí —dijo Hope.
—Así es. De hecho, hoy le tocaba trabajar. Esa era su rutina de los sábados: trabajaba aquí y luego venía ese tonto del novio para salir juntos. Se los veía juntos por ahí: ella con los ojos puestos en todos menos en él y él sin enterarse de nada. Qué tontos pueden llegar a ser los chavales.
—¿Qué opinaba usted de ella?
El hombre sonrió.
—Era un bellezón. Daba gusto tenerla por aquí y se desenvolvía muy bien de cara al público.
Como imaginará, entran muchos profesionales de distintos gremios, y ella les alegraba la vista.
Ya sé que suena un poco machista, pero esos tíos se pegan una buena paliza trabajando y luego vienen a que los atienda una mujer guapa que sabe de lo que habla. Y masajista, además.
El hombre arqueó las cejas con gesto cómplice.
—¿Ha tenido algún problema aquí, Alan? ¿Alguno de esos hombres se ha propasado?
Negó con la cabeza.
—No. Como le he dicho, son gente de oficio. Sara era la chica de la caja: guapa, sí, y se podía bromear un poco con ella, pero nada más. Sé que algunos clientes también empezaron a ir a verla como masajista desde que montó lo suyo.
—¿Alguno dijo haber recibido algo más?
Hope vio que la pregunta lo incomodaba.
—No me gusta hablar mal de la chica ahora que está muerta, pero… sé que unos cuantos lo comentaron. Incluso insinuaron que por eso la tenía en la tienda, para conseguir servicios extra. Pero no hay nada de cierto.
—¿A usted le ofreció alguna vez algo así?
—No, agente, y yo tampoco buscaba nada de eso. Estoy felizmente casado. Sara era ante todo una empleada. Que estuviera de buen ver era un aliciente, pero mi relación con ella y mi interés no pasaban de ahí.
—¿Puedo preguntarle dónde estuvo la noche del jueves y la madrugada del viernes? Es pura rutina, señor.
—Claro. El jueves tenía clase de arte en el centro cultural, de siete a nueve. Mi mujer me recogió; luego tomamos una copa de vino en casa y nos acostamos. A la mañana siguiente salí de casa hacia las ocho y vine aquí. Abrimos a las ocho y media. Stephen, el de ahí fuera, también estaba ya.
—¿Cuántos empleados tiene? —preguntó Hope.
—Como ve, esto no es muy grande. Estoy yo.
Mi mujer echa una mano de vez en cuando.
También están Stephen y, hasta ahora, Sara.
Ahora voy a necesitar a alguien más, la verdad.
Es una verdadera lástima, porque me caía muy bien, a pesar de los rumores.
Quizá la muerte de su madre la llevó por ese camino.
Su madre también trabajó aquí antes que Sara.
En realidad, por eso le di el puesto. Se parecían mucho.
Hope miró por la ventana del despacho hacia la tienda. Vio a un joven que pasaba del metro ochenta y tres, con unos brazos como troncos.
—¿Es Stephen?
—Sí —respondió Alan—. No es el más espabilado, pero trabaja con ganas. Hoy ha estado bastante hosco, como todos con este asunto.
—Hágalo pasar, por favor.
Alan se levantó, fue hasta la puerta y llamó a Stephen antes de volver a sentarse. Poco después entró el joven, alto y fornido, y sonrió al ver allí sentada a Hope. Aunque su jefe empezó a hablarle, Stephen no apartó los ojos de ella y le dedicó una mirada boba e insistente.
—Esta es la detective McGrath, Stephen.
Stephen salió disparado. La puerta se cerró de golpe a su espalda y Hope se puso en pie al instante. Al abrirla, lo vio desaparecer tras unas estanterías de pintura. Rodeó el extremo, pero Stephen ya se había escabullido hacia el pasillo de los taladros y tiraba varios al suelo.
—¡Alto! ¡Policía! Solo quiero hablar contigo.
Stephen ignoró la orden y dejó caer unos tablones largos delante de ella para frenar la persecución.
Hope comprendió que no iba a alcanzarlo corriendo.
Dio media vuelta, se agachó y trató de anticiparse a sus movimientos.
Al final del pasillo, Stephen tenía dos salidas, así que ella retrocedió para cerrarle una.
Agazapada, estaba segura de que no podría verla.
Entonces Stephen dobló la esquina y se encontró con ella de frente.
Los ojos se le llenaron de pánico y lanzó un puñetazo.
Hope lo esquivó, le agarró el otro brazo e intentó doblárselo a la espalda, pero Stephen era demasiado fuerte.
Con un movimiento casi indolente, la empujó contra las estanterías y ella se golpeó la cabeza contra un canto.
Pese al dolor, Hope se lanzó hacia él cuando echó a correr: barrió a ciegas con el brazo, le alcanzó los tobillos y lo derribó.
Stephen se incorporó despacio; Hope le saltó a la espalda y volvió a tirarlo al suelo.
Le cerró una de las esposas en una muñeca y luego la otra.
—Stephen, ¿qué demonios haces?
—Ella dijo que no pasaba nada. Me dejó. Me lo ofreció. No fui yo.
—¿Qué es lo que no hiciste? —gritó Hope.
—Yo no la maté. Era mi cumpleaños.
—Muy bien, caballero —dijo Hope—. Vamos a levantarnos y a volver al despacho. Te vas a sentar y me lo vas a contar todo. ¡Arriba!
Stephen no opuso resistencia. Se puso en pie y se dejó llevar de vuelta al despacho como un cordero. Hope lo sentó en la silla que había ocupado Alan. Cuando ella iba a sentarse, Alan le pidió hablar fuera. Hope accedió y cerró la puerta sin quitarle ojo a Stephen a través del cristal.
—Antes de que saque conclusiones precipitadas, debe saber que Stephen tiene dificultades de aprendizaje.
Puede mantener una conversación, pero a veces se encariña con la gente y cree que hay más relación de la que existe en realidad.
A veces interpreta las relaciones de otra manera.
Es muy listo para muchas cosas, pero socialmente es muy torpe.
No creo que haya tenido novia nunca; no sé si sería capaz de tenerla. Solo para que lo sepa.
—De acuerdo. ¿Hay algún adulto responsable que pueda acompañarlo? Tendré que llevarlo a comisaría, por lo que acaba de decir.
—Claro, agente. Creo que su madre es su cuidadora oficial, o como se diga. ¿Quiere que vaya con ustedes hasta que puedan localizarla? Seguro que todo es un malentendido.
—Me encantaría que así fuera, por su bien —dijo Hope.
Veinte minutos después, Hope estaba de vuelta en comisaría, preparándose para interrogar a Stephen.
Macleod andaba tras el grupo de voluntarios pastorales de calle y, mientras no tuviera la certeza de que Stephen había hecho algo, no pensaba pedirle que volviera.
Allinson tendría que acompañarla en la entrevista cuando llegara la madre de Stephen.
—¿Quieres que te eche una mano o me quedo aquí sentado, gordo, tonto y tan feliz? —preguntó Allinson al tiempo que le tendía un café.
—Yo llevaré la voz cantante, pero no te veo de gordo.
—¿Pero lo de tonto y feliz te parece bien?
—Oye, ser feliz no tiene nada de malo.
—¿Y tonto? —preguntó Allinson.
—Probablemente ni te enteras.
Pasó por delante de él con paso decidido, esperando que aún la siguiera con la mirada.
Allinson rozaba el metro ochenta y tres, unos centímetros menos que Hope.
Era atractivo y, ahora que empezaba a cansarse, ella se sentía más sola.
Como siempre. Tal vez aún les quedara tiempo aquella noche, si llegaba a todo.
Cuando llegaron la madre de Stephen y un abogado, todos se reunieron en una sala de interrogatorios. Hope ordenó sus ideas.
—Stephen, el señor Jones mencionó a Sara en la ferretería y tú saliste huyendo. Luego dijiste que ella te dejó hacerlo, que era tu cumpleaños y que no la habías matado. ¿Qué te dejó hacer?
Stephen miró a su madre, una mujer de sesenta y tantos años con un vestido sobrio. Tenía el rostro descompuesto por la preocupación y los ojos anegados, pero asintió para animarlo. Le temblaban las manos. Parecía temer lo que estaba a punto de salir a la luz.
—¿Dijo que no pasaba nada?
—Stephen, ¿por qué no nos lo cuentas todo despacio? —preguntó Hope.
—Yo no la maté. No hice eso.
—Stephen, escúchame —dijo Allinson con voz serena y tranquilizadora. Fijó los ojos en él y, cuando Stephen levantó la vista, le sostuvo la mirada—. Cuéntame qué pasó el día de tu cumpleaños. ¿Te hicieron un regalo especial?
Stephen asintió.
—Sara dijo que no pasaba nada. Dijo que era lo que les gustaba a los hombres, lo que querían.
—¿Tú lo querías, Stephen?
—Sí —respondió Stephen mientras miraba incómodo a su madre—. Fui a su local, como me había dicho. Tenía que estar en mi cuarto trabajando en la maqueta, pero mamá había salido. Sara me llevó arriba. Había pósteres de mujeres en la pared.
—De acuerdo, Stephen, ¿y qué pasó después?
Stephen se puso colorado y evitó mirar a su madre.
—Nos quitamos la ropa y… y… hicimos eso.
—De acuerdo, Stephen, ¿y luego qué pasó?
Stephen sorbió por la nariz. Se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Nos encontramos con su amiga y cogimos un autobús hasta un loch. Todavía había luz y bebimos vino. Su amiga era simpática. Me hizo reír.
—¿Cómo era su amiga, Stephen?
—Era simpática, pero no como Sara. Sara era preciosa. —Bajó la cabeza, avergonzado—. Sobre todo arriba, donde estaban los pósteres.
—De acuerdo, Stephen. No pasa nada. Pero allí, en el loch, ¿qué pasó?
—Ya te lo he dicho. Bebimos vino y nos reímos. Hicimos tonterías y nos metimos en el agua a chapotear.
—¿Y luego?
—Empezó a oscurecer. Sara recibió muchas llamadas y se enfadó bastante. Dijo que tenía que ver a alguien. Su amiga me acompañó hasta el autobús y yo volví a casa. Me regalaron vino. Vino tinto. Estaba rico.
—¿La viste después de eso?
—No. Me enteré de que estaba muerta cuando fui a trabajar. Pero no fui yo. Uno no hace eso y luego se muere. Uno no… uno no… —Rompió a llorar desconsolado.
—Gracias a Dios —dijo su madre, inclinándose para abrazarlo mientras él lloraba y sorbía por la nariz.
Veinte minutos después, Hope estaba con la madre de Stephen y el abogado en el pasillo, fuera de la sala de interrogatorios. La mujer parecía agotada y era mucho más menuda que su hijo.
—Tenemos que comprobar la versión de Stephen, pero él puede irse siempre que no salga de casa. Puede que sepa más y, si dice algo relevante, póngase en contacto conmigo. —Hope le entregó su tarjeta—. Entiendo que nunca había mantenido relaciones sexuales hasta entonces.
—No —respondió su madre, negando con la cabeza—. Ni siquiera estaba segura de que pudiera. Quizá lo he sobreprotegido, pero, desde que su padre se largó, ya me costaba bastante salir adelante; hablarle además de esas cosas se me hacía imposible. Y nunca pareció interesado.
—De acuerdo. Cuídelo y nos pondremos en contacto.
—¿Alguna novedad del jefe? —preguntó Hope mientras se volvía hacia Allinson.
—Sí. Quiere verte en el hotel. Así que supongo que la cena se nos ha ido al traste.
—La cena sí. Pero no todo.
Hope deslizó la mano en la de él un instante antes de alejarse. No se le escapó la sonrisa que Allinson intentó disimular.