Capítulo 12
L a lechuga iceberg de la hamburguesa crujió entre los dientes de Macleod y un trozo de tomate crudo le cayó sobre la camisa. Sacó un pañuelo y frotó la mancha, pero solo consiguió extenderla aún más por la tela blanca.
—Déjeme a mí —dijo Hope. Le quitó el pañuelo, escupió en él, agarró la tela entre los dedos y frotó con fuerza hasta quedar satisfecha con el resultado.
Macleod bajó la vista y vio un cerco apenas visible y una mancha húmeda en la camisa. Masculló por lo bajo. La camarera se acercó con los cafés y le bastó un vistazo a la camisa.
—Jesús, menudo estropicio ha montado.
—Le agradecería que no tomara el nombre del Señor en vano.
Los ojos de Macleod echaban fuego. Ardían con tal fuerza que cualquiera que se entrometiera corría el riesgo de acabar quemado. La camarera dejó los cafés sobre la mesa con un golpe seco y se marchó hecha una furia.
—Un poco duro, ¿no? —comentó Hope.
—¿De verdad, McGrath? Hablamos del que creó el cielo y la tierra, y nosotros vamos soltando su nombre como si fuera una caca de perro. Hay cosas ante las que uno debe plantarse.
Hope soltó una carcajada.
—No pretendía ofender.
—Es de aquí. Debería saber que eso no se hace. Precisamente porque la gente no sabe morderse la lengua, usted y yo hacemos falta.
—Qué va. Hacemos falta porque la gente no sabe dejar atrás las cosas y decide cargarse a otros. Esa es la verdad.
Macleod negó con la cabeza.
—El mundo se va al traste. Ya no hay principios. Hoy cualquiera puede ser lo que le dé la gana, y algunos ni así se aclaran. Los chicos son chicas; las chicas, chicos. No hay principios, nada a lo que agarrarse. Hasta la iglesia está perdiendo pie.
—Entonces no está muy de acuerdo con los nuevos tiempos, ¿no, señor? ¿Le parece bien que yo esté aquí? Sé que entré como sustituta de última hora.
—McGrath, este no es trabajo para una mujer.
De verdad que no. Cuando yo era joven, los hombres protegíamos a las mujeres.
Nos ocupábamos de los trabajos sucios y así ustedes podían criar a los hijos y llevar la casa.
Ahora cada cual hace lo que le da la gana, y mire el resultado.
Si usted quiere hacer este trabajo, yo no puedo impedírselo, y quizá hoy eso sea lo correcto.
Pero la llevo a una sala de interrogatorios y el tipo se queda allí babeando, mirándola de arriba abajo. No está bien.
—La próxima vez me pongo el burka.
—No siga por ahí.
—De verdad que tiene que poner al día esa mentalidad, señor.
—Mire, no estoy de acuerdo con muchas cosas, pero cumplo la normativa y me aseguro de que todo el mundo tenga los mismos derechos, como se dice ahora. Pero tengo derecho a mi opinión. Y vamos camino del infierno.
Macleod observó el rostro de Hope. Parecía morderse el labio. La expresión ofendida dejó paso a la de una invitada que acababa de pillar el chiste en una fiesta.
—¿Qué le hace tanta gracia?
—Nuestra chica, Sara, le va a encantar.
Macleod enarcó las cejas.
—¿Por qué?
—Cuando fui a ver a su padrastro, menudo panorama me pintó.
Al parecer, Sara se le ofreció una vez mientras tomaba el sol.
Se quitó parte de la ropa allí mismo y le enseñó más de la cuenta.
Él le dio una bofetada y ella le guardó rencor.
Según él, Sara se acostaba adrede con esos hombres, aunque en el fondo fuera lesbiana.
—Se lo he dicho: vamos camino del infierno. Que el Señor tenga misericordia.
Macleod alzó la vista hacia el techo y masculló algo por lo bajo.
—Lo más interesante fue que la madre dejó de repente al padrastro y se fue de vacaciones a África, pero acabó muriendo en un accidente de tráfico en Burundi.
El operador turístico le envió algún tipo de confirmación, pero no se pudo recuperar el cuerpo para repatriarlo.
Luego, la hija empezó a hacerle el vacío y, más tarde, abrió un salón de masajes y se dedicó a tirarse a esos hombres.
—Mantener relaciones sexuales. No hace falta ser vulgar.
Macleod vio a McGrath poner los ojos en blanco antes de continuar.
—A lo que voy es que el padrastro lo achaca todo a una reacción por la muerte de su madre. Pero yo creo que hay algo más. Todo encaja con demasiada facilidad. Aquí hay gato encerrado.
Macleod se levantó y soltó algo de dinero sobre la mesa.
—Vamos. Puede que su cuerpo distraiga demasiado en una sala de interrogatorios, pero tiene el olfato de un buen policía.
—De una buena policía, señor. Una buena policía.
McGrath condujo hasta la cercana comisaría y ambos se dirigieron a la sala de operaciones.
Allinson informó a Macleod de que nadie había visto a la joven desaparecida.
Los controles de la carretera principal habían permitido obtener una descripción parcial de un vehículo visto en la zona aquella noche: un turismo rojo de cinco puertas. No habían conseguido la matrícula.
Allinson añadió que el conductor del autobús que había cubierto la ruta a primera hora de la noche llevó a dos jóvenes desde Stornoway hasta una parada cercana al muelle donde se creía que habían asesinado a Sara. No estaba seguro, pero una de ellas podía ser Sara.
—He pedido que vuelvan a traer al joven Iain.
Encontramos esa foto en casa de Donna Mackenzie y quiero saber si ha visto a ese tipo por la zona.
Preferiría localizar a Donna para preguntárselo, pero a Allinson le está costando dar con ella.
No puede haber tantos sitios donde esconderse por aquí, ¿no?
—Usted sabrá, señor. Es de aquí —replicó McGrath.
El novio de Sara, Iain, estaba hecho polvo cuando entraron en la sala de interrogatorios. Sentado al otro lado de la mesa, cada vez que intentaba llevarse a los labios el vaso de plástico, le temblaba tanto la mano que derramaba el café.
—Gracias por volver, señor MacDonald. Comprendo que no es un buen momento. ¿Puedo traerle algo más? ¿Un paño para secar la mesa, quizá?
Macleod dejaba que McGrath llevara la iniciativa y observaba con atención las reacciones de Iain MacDonald.
Le había pedido a Hope que presionara a MacDonald con el tema de las amigas más cercanas de Sara y tirara de ese hilo para descubrir si alguna amenazaba su posición como novio.
Costaba creer que no supiera nada de la otra vida de Sara.
—Hablemos de sus amistades, y en concreto de sus amigas. ¿Tenía alguna? —preguntó McGrath. Hope sonreía, inclinada hacia delante. Casi cualquier hombre le habría echado un buen vistazo, pero MacDonald estaba nervioso y miraba de un lado a otro.
—Claro. Tenía amigas, pero ninguna importante, la verdad.
—¿Podría darme algunos nombres?
—Bueno, estaban Elaine, Anna y Tina. A veces salían con nosotros los sábados, pero en realidad eran más amigas mías. Sara no se relacionaba demasiado con la gente. Siempre estaba pendiente de mí. Salíamos, hablábamos, nos liábamos, a lo mejor bailábamos y luego acabábamos en su casa.
—¿Y con qué frecuencia se quedaba a dormir allí? —preguntó Macleod.
—Todos los sábados. Sara estaba muy ocupada y prefería dormir en mi casa. Siempre venía a la mía hasta que le propuse que los sábados nos quedáramos en la suya, en Stornoway.
—¿Y usted solo se quedaba allí los sábados? —preguntó McGrath. Macleod captó la mirada que le dirigió.
—¡Sí! ¡Sí!
—¿Alguna vez se quedó alguien más a dormir con ustedes?
—No —dijo MacDonald con rotundidad y un punto de agresividad. Entonces se detuvo y se quedó pensativo—. Hubo un par de veces en que me desperté por la mañana y Donna estaba allí. Supuse que habría llegado esa misma mañana.
—¿Donna? —preguntó McGrath con inocencia—. ¿Quién es Donna?
—Una chica patética que siempre iba detrás de Sara. Creo que le gustaba pensar que era amiga de Sara. Solo la vi dos veces. Pero la conocía de cuando éramos críos.
—¿Cómo?
—En Lewis solo hay un instituto, McGrath —intervino Macleod—. De adolescente, uno acaba sabiendo cómo se llama todo el mundo, aunque no conozca bien a casi nadie.
—Eso es. Iba en un curso inferior al mío, pero ya entonces era un poco rara. Tampoco oí nunca que tuviera novio.
—Así que solo la vio dos veces en casa de Sara, ambas en domingo por la mañana —puntualizó Hope.
—Sí. Aunque la segunda vez fue un poco rara. Me había levantado pasado el mediodía y fui a ducharme. Abrí la puerta y vi que quien estaba dentro no era Sara. Al parecer, Donna había decidido ducharse porque había pasado toda la noche fuera. A lo mejor se había peleado con alguien.
—No es muy normal ducharse así, sin más, en casa de una amiga —apuntó Macleod.
—Ya, fue raro. Pero, como he dicho, ella era un poco rara. Creo que Sara solo intentaba ayudar a alguien a quien veía pasarlo mal. Nunca hablaba de Donna, así que supuse que no la conocía demasiado.
Macleod tuvo que contenerse para no agarrar a aquel hombre por los hombros y gritarle que era idiota. Pero se contuvo. Tal vez estuviera actuando. Como tantas otras veces en que se había hecho esa pregunta, comprendió que, de ser así, tendría que fingir muy, pero que muy bien.
Macleod cruzó la mirada con Hope y asintió. McGrath sacó del bolsillo de la chaqueta una copia de la fotografía que habían visto en la pared de casa de Donna Mackenzie. La dejó sobre la mesa y guardó silencio unos instantes. Macleod vio la ira en el rostro del joven MacDonald.
—¿Lo conoce? —preguntó McGrath.
—No lo conozco, pero lo vi unas cuantas veces cuando salíamos los sábados.
—¿Cuándo?
—En las últimas semanas. Creo que es uno de esos voluntarios pastorales de calle de la iglesia.
—¿Voluntarios pastorales de calle?
—Sí, te sueltan lo de Dios cuando estás hecho polvo y borracho.
Pero también ayudan a mucha gente a llegar a casa y todo eso.
Suelen ser bastante inofensivos, pero este tío era muy intenso.
Sé que Sara había hablado con alguien de la iglesia después de que muriera su madre, pero no sé con quién. Fue antes de que empezáramos a liarnos.
»Pero ese tío la paraba por la calle cuando salíamos de noche.
Ahora que lo pienso, era mucho más intimidante de lo normal para uno de esos voluntarios.
Insistía en que se parara. Yo me ofrecí a partirle la cara, pero Sara dijo que lo tenía controlado.
La verdad es que a Sara no parecía preocuparle demasiado.
Nos metíamos en un pub o en la discoteca, porque él nunca entraba detrás de nosotros.
—¿Cómo iba vestido cuando se cruzaba con él? —preguntó Macleod.
—Siempre estaba en la calle, así que llevaba abrigo, normalmente abrochado, y una gorra plana. Solíamos toparnos con él al pasar junto a una bocacalle. Ahora que lo pienso, procuraba pasar desapercibido y nunca quería montar una escena.
—¿Qué quiere decir con lo de montar una escena? —preguntó Hope—. ¿Alguna vez se puso la cosa tensa o fea?
—Con Sara, no. Ella se lo quitaba de encima y le decía que se largara. Pero él se alteró unas cuantas veces. Como he dicho, era demasiado intimidante para ser uno de esos voluntarios.
MacDonald volvió a sorber por la nariz y poco más pudo aportar. Macleod dio por terminado el interrogatorio y se reunió con McGrath en la sala de operaciones.
—Tenemos que encontrar a ese hombre. Y rápido —dijo Macleod.
—¿Por qué no vamos preguntando por las iglesias hasta dar con ese grupo de voluntarios pastorales? —preguntó Hope.
—Iré yo a hablar con ellos. No conviene que nos vean ir de iglesia en iglesia: aquí las noticias vuelan y, de momento, él no sabe que lo buscamos. Quiero pillarlo desprevenido, verlo antes de que se ponga a la defensiva.
—De acuerdo. Iré a ver al jefe de Sara en la ferretería. Tengo entendido que trabajó allí los días previos a su muerte. A ver si averiguo algo que no saliera en las primeras preguntas.
—Bien. Nos veremos esta noche en el hotel y repasaremos todo.
Allinson irrumpió en la sala y le hizo señas a Macleod.
—Señor, señor, tiene que ver esto.
Sostenía con una mano enguantada una nota escrita en papel blanco corriente. Decía: «Perdona el sartenazo en la cabeza. Reúnete conmigo junto a la fuente conmemorativa de los jardines del castillo, a las tres de la madrugada. Ven solo. No estoy a salvo».