Donde acaba el agua (Highlands e Islas 1) Capítulo 11
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Capítulo 11

H ope conducía por el páramo, siguiendo la carretera principal que atravesaba la isla de Lewis.

A ambos lados se extendían las turberas.

Aquí y allá se veían algunos montones de sacos.

Al parecer, aquello tenía que ver con la extracción de turba, pero Hope había perdido todo interés en cuanto empezaron a hablar de corretear por ciénagas.

Había cosas para las que, sencillamente, no estaba hecha.

Hope había dejado a su jefe en el hospital.

Él estaba molesto porque ella se hubiera marchado sola a hacer la siguiente visita.

Bueno, la culpa era suya por dejar que una chica menuda le atizara con una sartén.

No era precisamente una hazaña heroica. Hope sonrió con sorna mientras enlazaba las curvas cerradas.

Un destello blanco la obligó a frenar en seco.

El coche se detuvo a escasa distancia de una oveja plantada en medio de la calzada.

El animal se limitó a mirarla y luego trotó despacio hasta el arcén.

Hope miró alrededor. No veía de dónde había salido y se planteó bajar a pedir ayuda para apartarla de la carretera.

Pero había vuelto la llovizna y tenía trabajo.

Se encogió de hombros y volvió a pisar el acelerador.

Ness quedaba a sus buenos treinta kilómetros de Stornoway y a Hope le pareció que estaba escondido todo lo lejos posible de allí.

Mientras seguía la larga carretera a través de otras aldeas, vio las casas pegadas al asfalto y las pequeñas parcelas agrícolas que se extendían por detrás.

A la izquierda, los nubarrones descargaban en franjas que se prolongaban hasta el horizonte.

El panorama resultaba extrañamente imponente. El viento soplaba ya con fuerza.

Al llegar a Ness, tuvo que pedir ayuda a un vecino para encontrar la casa.

Aparcó frente a una casita de paredes de un blanco desvaído y un jardín invadido por la maleza.

Dejó la chaqueta en el coche, llamó a la puerta y maldijo entre dientes.

Maldita sea. Con el frío que hacía, debería habérsela puesto. Vamos, vamos.

La puerta se abrió. Un hombre alto, vestido con vaqueros y un jersey marrón, la recorrió de arriba abajo con la mirada. Era evidente que le gustaba lo que veía: no apartó los ojos ni dijo palabra.

—¿Señor Smith?

—Sí, soy yo. ¿Quién pregunta? —respondió el hombre, sin dejar de recorrer a Hope con la mirada.

—Detective McGrath.

—¿He hecho algo malo? Porque, si es así, puede detenerme cuando quiera.

Hope se quedó desconcertada. ¿Cómo era posible que no se hubiera enterado?

—Traigo malas noticias, señor. ¿Podemos hablar dentro?

Al hombre se le borró la sonrisa. Se pasó una mano por el pelo negro y dejó al descubierto algunas canas. Asintió, se volvió y entró en la casa. Hope le siguió hasta la cocina, donde él señaló la única silla de madera.

—Yo estoy bien, señor, pero quizá usted prefiera sentarse.

—¿Por qué? ¿Qué pasa?

—¿Conoce a Sara Hewitt?

—Claro. Es la hija de Carol. Intento verla todos los meses, pero ya han pasado unas semanas desde la última vez.

—Siento tener que comunicárselo, señor. Sara ha muerto.

—¿Muerta? No. No puede ser.

—Me temo que sí, señor. Murió ayer de madrugada. Sé que puede parecerle insensible, pero ¿dónde estaba usted a esas horas?

—¿Muerta? ¿Dónde estaba yo? Dios, ¿no creerá que he sido yo?

Hope levantó una mano.

—Tengo que preguntárselo. Es el procedimiento habitual.

—De acuerdo. Pues estaba en la cama. Justo ahí, en la habitación de al lado.

—¿Alguien puede confirmarlo?

El hombre se quedó mirando el mar por la ventana.

—¿Puede confirmarlo alguien, señor? Siento insistir.

—No. Hace tiempo que nadie comparte mi cama. Dios, Sara no. Era como su madre. Más aún, de hecho.

Hope tiró del hilo.

—¿En qué sentido, señor?

—Guapísima y una coqueta de cuidado. Y ella lo sabía. Me provocaba cuando se iba haciendo mayor. Esa edad en que descubren que pueden atraer a los hombres, pero aún no tienen juicio suficiente para no ir presumiendo de ello. Pero ¿muerta? ¿Cómo demonios? ¿Cómo?

—Creemos que fue asesinada.

—Dios, no. Siempre jugaba con fuego. Se lo advertí. Lo había visto de cerca: era insaciable. Le encantaba provocar a los hombres. Raro, teniendo en cuenta que en realidad prefería a las mujeres.

—Ha dicho que lo había visto de cerca —dijo Hope, con los ojos entrecerrados—. ¿Cómo de cerca?

—Mucho, detective. Estábamos haciendo una barbacoa en casa de su madre. Carol había salido a comprar carbón o algo así. Sara tomaba el sol en bikini y yo estaba repantigado en una silla. Y entonces va y empieza a quitarse la ropa. Se me acerca y, allí mismo, me propone que me acueste con ella.

—¿Y?

El hombre se puso en pie y resopló.

—¿Y qué? Le solté una bofetada en la mejilla. Se puso hecha una furia y me devolvió el golpe. Y bien fuerte. Me hizo sangrar por la nariz.

—¿Se arrepintió de haberle pegado? ¿Qué edad tenía entonces?

—Dieciséis. Y no me arrepentí en absoluto. Tenía que hacerlo; si no, podría haber hecho algo peor, como acostarme con ella. Tiene ese poder. Perdón, tenía. Mierda. ¿Está muerta?

—Sí, señor. ¿Quiere un vaso de agua? ¿Le preparo un té?

El hombre asintió. Hope vio el hervidor sobre la encimera y, tras rebuscar un poco, encontró dos tazas y unas bolsitas de té.

—¿Azúcar? ¿Leche?

—Sí, dos de azúcar. Y leche también —respondió el hombre con la mirada perdida.

Hope esperó mientras el agua se calentaba. Justo cuando empezó a hervir, el hombre se levantó y salió un momento de la cocina. Al volver, le tendió una fotografía en un marco dorado.

—Son ellas. Carol y Sara. Ya le he dicho que se parecían muchísimo. No solo físicamente, también en los gestos. En todo.

Hope observó la fotografía. Había dos mujeres: una tendría casi cuarenta años; la otra, quizá dieciséis. El parecido era asombroso. Salvo por alguna arruga o imperfección, podrían haber pasado por gemelas, ya no digamos por madre e hija.

—¿Cómo murió Carol, señor?

Era un momento de mierda para hacer esa pregunta, pero Hope sabía que no le quedaba otra.

—Murió en un accidente de coche en Burundi. Decidió largarse a África sin decir ni adiós y murió allí. Recibí una carta de un guía turístico que decía que había sufrido un accidente y que había ardido viva. No quedó nada que repatriar. De hecho, enterraron allí mismo lo que quedó de ella.

—¿Cómo se lo tomó Sara?

—Fatal. Intenté ayudarla, pero era como si me culpara.

Necesitaba desesperadamente culpar a alguien, hacer que alguien pagara.

Se marchó de casa cuando recibió el dinero de su madre y se instaló en Stornoway.

Con el tiempo compró el salón de masajes.

Pero para entonces ya iba sin frenos. Pobre Sara.

La vida fue muy dura con ella en muchos sentidos.

Hope se volvió para preparar el té y dejó que el hombre se sentara de nuevo con la vista clavada en la fotografía. Las lágrimas le corrían por la cara y Hope vio cómo le temblaban los hombros. Si fingía, lo bordaba.

—Y últimamente, ¿qué relación tenía con Sara? ¿Cómo eran las cosas entre ustedes?

El hombre sorbió por la nariz y miró a Hope.

—Iba a la ciudad y me pasaba a verla. Al principio no quería saber nada de mí, como si yo tuviera la culpa de que Carol hubiera muerto. Pero luego cambió la cosa y podíamos sentarnos a charlar o ir a tomar un café. Eso sí, no dejaba de darle vueltas a lo de su madre.

—¿En qué sentido? —preguntó Hope.

—Decía que su madre nos había fallado. Que había tomado malas decisiones.

No lo entendía, sobre todo viniendo de alguien que salía con un chico, atendía a otros hombres y, al mismo tiempo, estaba enamorada de una chica.

Pero hice cuanto pude por ella. Y parecía tolerarme; no sé si llegó a cogerme cariño. Al menos no volvió a insinuárseme.

Hope sorbió el té, dándole vueltas a las palabras de Smith.

—Ha dicho que su madre les había fallado. Ya sé que no entendía que Sara dijera eso, dada la vida que llevaba. Pero, dejando a Sara al margen, ¿a usted le cuadra? ¿Había algo extraño en el comportamiento de Carol?

—Carol era lo mejor que tenía. Sí, era coqueta, pero nunca me engañó ni estuvo con nadie más. Éramos felices y, de repente, se marchó a África. Supongo que nunca sabré qué la llevó a hacer ese viaje.

—¿Trabajaba?

—Llevaba las cuentas de varias personas; había sido contable, ¿sabe? También vendía artesanía en una tienda de la ciudad. Ganaba lo suficiente para mantenerse. Más que suficiente, de hecho. Tenía don de gentes: sabía ganarse a los demás y venderles una idea o cualquier otra cosa.

Algo no le cuadraba a Hope. No era que el hombre pareciera poco sincero; al contrario, estaba convencida de que decía la verdad. Era la historia. No encajaba. Coqueta como su hija y, sin embargo, fiel a un solo hombre. Un viaje repentino.

La vibración del móvil le cortó el hilo de los pensamientos. Hope lo sacó. Era su jefe. Contestó y Macleod le dijo que salía del hospital y quería verla para que lo pusiera al corriente de lo que se había perdido. Hope respondió que se reuniría con él dentro de treinta minutos.

—¿Tiene alguna foto de Carol que pueda llevarme, señor Smith?

—Claro. Voy a buscarle una.

El hombre fue hacia la habitación contigua.

Hope miró alrededor y comprendió lo solitaria que era aquella cocina.

Todo hablaba de una persona sola. Estaba inmaculada, como si la hubieran limpiado una y otra vez.

Cada cosa ocupaba su sitio. Incluso los alimentos que alcanzaba a ver estaban en porciones individuales. Aquella cocina transmitía soledad.

Hope cogió la fotografía que le dio el hombre, volvió a darle el pésame y se marchó.

De camino, llamó a Allinson por el manos libres.

No había novedades sobre el paradero de la joven, y ni las visitas puerta a puerta ni los controles de vehículos habían dado resultado.

Hope le dio las gracias y estaba a punto de colgar cuando Allinson se apresuró a hacerle una pregunta.

—No sé si le apetecería cenar conmigo después del trabajo.

Vaya, pensó Hope. Era mono, pero no se esperaba aquello.

—Seguramente acabemos tarde —dijo Hope, y habría jurado que oía un murmullo de decepción—. Pero en el hotel sirven comida, así que quizá podamos cenar allí. Por cierto, ¿cómo te llamas?

—Allinson. Ya te lo dije junto al loch.

—Me refiero a tu nombre. No ceno con gente a la que solo conozco por el apellido.

Allinson se rio y Hope supo que había dado con el tono justo.

—John. Me llamo John. ¿Y tú?

—Hope. Nos vemos luego en comisaría, John.

Hope colgó antes de que él pudiera contestar y sonrió con picardía. Era mono y tenía buen cuerpo. Si además era divertido, la noche prometía.