Donde acaba el agua (Highlands e Islas 1) Capítulo 10
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Capítulo 10

M acleod entró en la sala que su equipo había ocupado en comisaría y fue directo al hervidor.

Acababa de dejar a McGrath al mando de la reunión informativa y le daba unos minutos a solas para prepararse.

Nunca le había gustado dirigir aquellas reuniones.

Había seguido el consejo de su predecesor y se las encargaba a su subordinada.

A él ya se las habían encasquetado bastantes veces.

Mientras hervía el agua, recorrió la sala con la mirada.

Varios agentes trabajaban con la cabeza gacha ante los ordenadores o leían informes.

Las persianas estaban bajadas y la grisura del día obligaba a tener las luces encendidas incluso a aquella hora.

En Lewis, a veces el verano parecía invierno.

Aunque, bien pensado, no era cierto. Mayo solía ser mejor allí que junio o julio.

Septiembre también solía ser mejor que agosto.

Sus meses favoritos eran enero y febrero, cuando soplaba viento del norte o del nordeste y los días eran fríos pero despejados.

Con un buen abrigo, uno podía caminar a sus anchas por los jardines del castillo y recorrer parte de la costa. Incluso podía caer algo de nieve.

Oyó el clic del interruptor del hervidor y cayó en la cuenta de que aún no había echado café soluble en la taza.

Al ver entrar a Hope, le preguntó por señas si quería algo.

Ella negó con la cabeza y se dirigió al frente de la sala.

Macleod la observó acercarse a uno de los paneles móviles y colocar fotografías: unas, de rostros; otras, de fragmentos del cuaderno del salón de masajes.

Mientras terminaba de remover el café, oyó a Hope imponer orden.

—Buenos días a todos. Gracias por el trabajo que habéis hecho hasta ahora, pero esto no ha hecho más que empezar. Ya habéis pateado mucha calle, pero queda más por hacer, así que manos a la obra.

Hope agarró una botella de agua que Macleod no había visto y dio un largo trago.

—Sara Hewitt —continuó— fue degollada en el muelle situado más arriba del lugar donde apareció el cadáver.

No hay duda de que fue asesinada, y no fue obra de un profesional.

Los de la Policía Científica creen que se utilizó un cuchillo de cocina de filo dentado, como los que hay en muchas cocinas.

Tuvo que estar inmovilizada mientras le cortaban el cuello, y debió de forcejear mientras agonizaba.

Así que no es descabellado pensar en más de un agresor, aunque no hay pruebas de que hubiera varios.

»Por lo que hemos averiguado, Sara regentaba un salón de masajes y algo más.

Al parecer tenía clientes que solo iban a darse un masaje, pero a otros los subía al piso de arriba para ofrecerles servicios extra.

En el cuaderno de clientes constan bastantes datos.

Apuntaba a todos los que entraban en el local, así que tenemos muchos nombres.

La detective McKinley os organizará en equipos para localizarlos.

La mayoría figuran con nombre y apellidos; creemos que son quienes solo recibían masajes.

Los que le bajaban las bragas aparecen con abreviaturas o en clave.

Macleod negó con la cabeza. Bajarle las bragas. McGrath era bastante ordinaria.

—Comprobad también, por sistema, qué cuchillos de cocina tiene cada cliente y cuál era su paradero.

Estamos averiguando quiénes fueron los pocos afortunados que se acostaron con Sara y tenemos que llegar a ellos cuanto antes.

Su novio, Iain MacDonald, afirma que no sabía que algunos clientes subían al piso de arriba para los extras.

Sin embargo, no tiene coartada. Su madre, la concejala Smith, también ha admitido que era clienta de los servicios extra.

Por ahora, aseguraos de que este tipo de información no se filtre.

»Sara también tenía novia, Donna Mackenzie, quizá el verdadero amor de su vida.

El jefe y yo iremos a verla en breve. Un equipo está rastreando los ingresos bancarios del negocio de Sara, pero no cabe duda de que quienes pagaban los extras lo hacían en efectivo.

Sara tenía además un padrastro —su madre ha muerto—, así que también hablaremos con él.

»Seguimos parando vehículos cerca del lugar del crimen y también iremos puerta por puerta en Stornoway. Además, intentaremos rastrear las compras de cuchillos de cocina en la zona y relacionarlas con los nombres del cuaderno.

»Eso es todo por mi parte. ¿Jefe?

Macleod dio un paso al frente y miró los rostros expectantes. Tenía que arengarlos, levantar la moral de las tropas, pero por dentro le costaba. La isla le traía muchos recuerdos y solo algunos eran buenos. Después de volver a ver aquel lugar esa mañana, empezaba a sentir un frío permanente.

—Gracias, McGrath. No aflojéis, porque alguien sabe algo.

Los hombres —y las mujeres— que pagan por esta clase de servicios suelen presumir ante sus amigos y contarles lo buena que fue la experiencia con una chica así.

Sara Hewitt parece haber intentado salir adelante valiéndose de su atractivo sexual, y nadie puede negar que lo tenía.

»Pero está muerta. Alguien estaba preocupado.

Alguien entró en pánico al pensar que su sucio secreto saldría a la luz.

Necesitamos esos secretos, necesitamos los trapos sucios.

No tengáis miedo de apretar. Este sitio es como cualquier otro.

La gente tiene secretos y quiere tenerlos bien tapados.

Hay que levantar la alfombra y darle una buena sacudida para sacarle el polvo. Venga, a trabajar.

Macleod se preguntó cuántos de los presentes sabían que antes las alfombras se sacudían para quitarles el polvo. Aun así, nadie se inmutó. Diez minutos después se reunió con McGrath en el aparcamiento.

—¿Tiene la dirección? —preguntó al verla acercarse al coche.

—Sí, aquí tiene.

Macleod tomó el papel que ella le tendía y le echó un vistazo.

Marybank, una especie de township en las afueras de Stornoway.

Nunca había tenido claro si «pueblo», la palabra que todos usaban para aquellas zonas, era el término correcto.

Por eso había adoptado el término township , que había aprendido durante un viaje a Sudáfrica.

Muchos pueblos de Lewis estaban muy dispersos: detrás de las casas había parcelas de cultivo que aumentaban la distancia entre los edificios.

Marybank era una mezcla de pueblo tradicional y township .

La dirección quedaba al fondo del pueblo.

El coche salió del centro de Stornoway rumbo al norte.

Pasado el hospital, no tardaron en adentrarse en un páramo más abierto.

Allí encontraron una casita destartalada, de paredes de un gris apagado pero con cortinas de colores vivos.

Aparcaron en lo alto de un camino de acceso en fuerte pendiente y ambos detectives se acercaron a la puerta principal.

Macleod buscó el timbre. Al no encontrarlo, aporreó la puerta con el puño.

Esperó unos segundos. Al no obtener respuesta, volvió a llamar. Nada. Probó el picaporte y la puerta se abrió, algo nada extraño en Lewis.

—¡Policía! ¿Hay alguien en casa? Es solo una visita rutinaria. ¡Policía! ¿Hay alguien?

Entró y se encontró con una alfombra de colores vivos y un pasillo empapelado de fotografías impresas en casa. Les echó un vistazo y enseguida vio que en la mayoría aparecían Sara Hewitt y la mujer a la que buscaban. Hizo un gesto para que McGrath entrara detrás de él.

Volvió a llamar para comprobar si había alguien dentro, pero nadie respondió.

Con un gesto, le indicó a McGrath que subiera por la escalera mientras él abría la puerta de la izquierda.

Daba a una salita acogedora con una estufa que aún desprendía calor.

Había un sofá azul y, delante, una mesita baja con una sola taza de café. Todavía humeaba.

Sin hacer ruido, volvió al pasillo y abrió la puerta siguiente.

La cocina era diminuta y apagada; solo la animaban más fotografías.

Apenas había espacio para moverse, y un tendedero plantado en medio ocupaba buena parte del que quedaba.

De él colgaban ropa interior, camisetas y pantalones; a juzgar por el aspecto, todas las prendas eran de mujer.

Macleod se preguntó dónde se habría metido. Quizá se escondía arriba.

El golpe le llegó por detrás y lo hizo caer de rodillas contra el tendedero.

Entonces comprendió que alguien había estado junto a la puerta trasera de la cocina, que él no había visto bien por falta de espacio.

Al desplomarse, vio caer a su lado una sartén de las pesadas.

Luego oyó pasos rápidos que se alejaban.

—¡McGrath! —gritó de dolor—. ¡McGrath!

La oyó bajar las escaleras a la carrera y entrar en la cocina.

—¿Señor? ¿Qué demonios ha pas…?

—¡Fuera! Ha salido por la puerta principal. ¡Vaya!

McGrath no perdió un segundo: dio media vuelta y salió.

Aturdido, Macleod logró incorporarse e intentó seguirla, pero la cabeza le daba vueltas y chocó contra la pared.

Seguía enredado en la ropa, con los pies atrapados entre las prendas.

Volvió a caer de rodillas. Trató de concentrarse, pero el dolor le retumbaba en la cabeza.

Al cabo de un minuto se llevó la mano a la nuca y, al retirarla, la vio roja. El golpe había sido de los buenos, aunque le sorprendió haberse hecho un corte en vez de llevarse solo un moratón. Intentó levantarse otra vez, pero las piernas volvieron a ceder y se dio cuenta de que era inútil.

McGrath regresó unos instantes después, sin aliento y con las mejillas encendidas.

—Lo siento, señor. Ni siquiera la he visto. La he buscado por la zona, pero seguramente se ha escabullido por detrás de otra casa o por algún camino de entrada.

—De acuerdo. Comuníquelo y que estén pendientes de ella. En un sitio así no puede llegar muy lejos sin que alguien sepa dónde está.

—¿Qué demonios…? Le ha dado pero bien. Tenemos que llevarle al hospital; está sangrando, y bastante. Voy a por el botiquín.

Antes de que pudiera protestar, McGrath ya se había ido.

Macleod se sintió inútil. Habían entrado en casa de una mujer que, a juzgar por las fotos, no parecía precisamente fuerte.

Y allí estaba él, tirado en el suelo después de que ella lo hubiera derribado.

No era esa la imagen que tenía de sí mismo.

Podía imaginarse derribado por matones corpulentos o delincuentes, pero no por una chica joven.

Cuando volvió, McGrath dejó caer el botiquín a su lado y se enfundó unos guantes quirúrgicos.

Sacó una compresa grande, se la colocó sobre la herida y la sujetó con tiras de esparadrapo.

Estaba arrodillada frente a él, muy cerca, con el torso justo delante de la cara.

La situación volvió a incomodarle: no deberían estar en aquella postura, pero él no podía hacer nada. Al menos McGrath se dio prisa.

Cuando logró ponerse en pie, apoyándose en McGrath para no tambalearse, Macleod indicó que podían intentar llegar al coche.

Mientras avanzaba renqueando, la mirada se le fue hacia las fotos del pasillo.

Había fotos de Sara en el césped, Sara caminando, Sara en bikini, Sara con un grupo en el muelle, Sara con un hombre mayor…

Macleod se detuvo en seco y McGrath estuvo a punto de tropezar con él.

—Ahí. Saque una foto de esa, McGrath. Y luego localice a ese hombre.

—De acuerdo, señor —respondió ella mientras sacaba el móvil—. ¿Alguna más?

—No. Mire las fotos. Todas son de Sara o, alguna que otra, de gente joven. No aparece ninguna otra persona de más edad. Solo este hombre. ¿Por qué?

—Vale, lo pillo, jefe. Pero tenemos que llevarle al hospital para que le examinen. Le dejaré allí y seguiré con esto. Tiene que tomárselo con calma; le ha dado un buen golpe. Y haré venir a la Policía Científica, a ver qué encontramos.

Convertidos en un maltrecho equipo de tres piernas, regresaron al coche y partieron hacia el hospital.

El trayecto duró apenas unos minutos. No tardaron en llegar a Urgencias ni en tomarle los datos a Macleod.

Para su fastidio, había cola, así que se sentaron.

Un pequeño televisor en un rincón emitía noticias.

Macleod vio una imagen fugaz de la isla y después la orilla del loch donde se había cometido el asesinato.

—Váyase, McGrath. Aquí estaré bien. Vaya a ver al padrastro.

—¿Cree que fue ella?

—¿Usted qué cree?

—Puede ser —dijo Hope—, pero en las fotos parecía bastante menuda para haber sujetado a Sara. Y también parecía muy enamorada.

—Sí. Los conflictos de pareja suelen ser un buen motivo para matar, pero ella no parece capaz de algo así. Quizá estaba asustada. Por eso salió corriendo. Quiero saber quién es ese hombre. Que esté en esa pared no me cuadra.