Capítulo 9
M acleod entró en el despacho del gerente del polideportivo.
Este le indicó una silla al otro lado de un escritorio imponente.
Detrás de la silla del gerente había archivadores y grandes cajas de archivo.
El despacho tenía un aire de actividad febril y desordenada.
Macleod nunca había dirigido un polideportivo y no sabía hasta qué punto podía ser exigente el trabajo, pero, a juzgar por aquel despacho, ser primer ministro no parecía una mala opción.
El hombre se sentó frente a él. Llevaba traje, a diferencia de los empleados que Macleod había visto en chándal. Era delgado y no resultaba antipático. Se esforzaba por mostrarse afable sin parecer demasiado alegre, dadas las circunstancias.
—Gracias por recibirme tan pronto, señor Maclean. Imagino que la noticia habrá sido un golpe para quienes trabajaban aquí.
Maclean se removió incómodo.
—No debería decir esto, y desde luego no lo diré en público, pero la verdad es que no. Después de haberla tenido como empleada, entiendo que terminara así.
Macleod enarcó las cejas. El hombre se apresuró a continuar.
—No me refiero a nadie en concreto. Hablo de su actitud general ante la vida.
»No voy a mentirle: cuando empezó aquí me pareció una chica divertida y muy guapa. Acababa de terminar el instituto y aquel era su primer empleo. Sabía manejar a los hombres. Daba gusto verla y coqueteaba sin pasarse de descarada, sin que se le notaran las intenciones.
—¿Y qué pretendía? —preguntó Macleod.
—Ah, sí. Conmigo buscaba ganar más dinero y ascender. Pero no creo que entendiera que, aunque yo hubiera estado dispuesto —que no lo estaba—, no es tan fácil ascender a alguien sin más.
—¿Qué hacía exactamente?
Maclean volvió a removerse en el asiento.
—Tiene que prometerme que esto no saldrá de la investigación. No se lo conté a mi mujer y usted tampoco puede decírselo. Debería haberlo hecho entonces, pero, bueno, ahora ya es un poco tarde. Le parecería sospechoso. Pero necesita saber cómo era Sara de verdad.
—De acuerdo. Sé mantener la discreción.
Maclean se levantó y se quitó la chaqueta. Macleod advirtió que empezaba a sudar; era evidente que aquella confesión le resultaba difícil.
—Durante sus primeros meses como socorrista, me propuso que dejáramos abierta la zona de spa una hora después del cierre para uso del personal.
No le vi nada malo y, al comprobar que era viable, me pareció una buena idea.
El trabajo no ofrecía demasiados alicientes; aquel podía ser uno y, además, servir para hacer piña.
»Las primeras semanas funcionó bien. Aunque solo lo había planteado como un período de prueba, pensé que la idea podía cuajar. De hecho, felicité efusivamente a Sara por haberla propuesto.
—¿Y qué cambió? —preguntó Macleod.
—Bueno, la situación empezó a volverse incómoda.
Sara coqueteaba cada vez más conmigo. Nada exagerado.
Casi siempre lo hacía cuando estábamos solos.
Delante de los demás era una empleada modélica, pero a solas soltaba algún comentario fuera de lugar.
Nada escandaloso; pequeñas insinuaciones.
Yo no le seguía el juego, aunque seguramente me ponía colorado.
A decir verdad, me gustaba que se fijara en mí.
Por entonces, las cosas no iban demasiado bien en casa.
»Todo llegó a un punto crítico cuando fui a la zona de spa después del trabajo, creyendo que estaba vacía.
Había tenido un día muy ajetreado y quería meterme un rato en el jacuzzi.
Estoy allí, tan tranquilo, cuando aparece Sara y me dice que los demás ya se han ido.
Era normal; yo había dicho que me encargaría de cerrar.
Entonces me pregunta si podemos hablar de sus posibilidades de ascenso y todo eso.
No estaba de humor y le dije que hablaríamos al día siguiente.
»Y va y me dice: «Pues hablemos ahora». ¿Ve a qué distancia está usted de mí? Pues ella estaba así de cerca. Y, sin más, se desnudó por completo.
—¿Qué hizo usted?
—Me quedé sentado. Era despampanante. Joven, en lo mejor de la vida.
Me quedé de piedra. Si he de ser sincero, parte de mí disfrutaba de aquello, pero sabía que no estaba bien.
No seré el marido perfecto, pero soy fiel a mi Katie.
Una cosa es que se me vaya la mirada y otra que me deje llevar, inspector.
»Me levanté y pasé de largo junto a ella. Supongo que no todos los días se presenta una prueba así. Aquella fue la mía. Tampoco se lo conté a nadie. Sara nunca lo mencionó, pero dejó de insinuarse y empezó a fijarse en otros hombres.
—¿Alguno de la plantilla?
—No. Clientes. La pillé coqueteando abiertamente con unos cuantos.
Había un tipo en particular que no le hacía caso mientras ella estaba de servicio.
Sara siempre se quedaba a nadar cuando terminaba el turno, y él solía aparecer justo después.
Casi al minuto. No había nada malo en eso, pero me gusta estar al tanto de lo que hace mi personal.
»Luego empezó a desaparecer con él en la sauna.
Después de lo que había pasado conmigo, una noche decidí comprobar qué ocurría.
Y, en efecto, ella se le estaba insinuando y él no se cortaba.
Los pillé en plena faena, por así decirlo.
Le dije a Sara que se vistiera y esperé fuera.
Ella salió primero y le eché una buena bronca.
Él, en cambio, se escabulló a mis espaldas y no ha vuelto a pisar este sitio.
Lo he visto una o dos veces por la isla.
—¿Volvería a reconocerlo?
—Claro. Si lo veo, le aviso, si eso es lo que quiere.
—Hágalo, por favor —dijo Macleod—. Aquí tiene mi tarjeta. ¿Siguió trabajando aquí mucho tiempo después de aquello?
—No. Fue entonces cuando empezó a hablar de abrir un salón de masajes y no tardó ni tres meses en marcharse. No la despedí. Me daba pena, la verdad.
—¿Por qué?
—Bueno, su madre tenía problemas con el alcohol y también iba con cualquiera.
Su último padrastro era buen tipo, pero la chica llevaba una vida sexual muy alocada.
Supongo que no tuvo un buen ejemplo. En el trabajo era estupenda.
Si hubiera dejado en paz a los hombres, le habría ido bien.
Su trabajo ya demostraba lo que valía; no necesitaba vender nada más.
Maclean se levantó y se dirigió a un hervidor que había en el aparador.
—¿Café, inspector?
—Por favor. ¿Alguien más de aquí llegó a intimar con ella? ¿Tuvo alguien una experiencia parecida a la suya?
—Que yo sepa, no —dijo Maclean mientras encendía el hervidor—. Coqueteaba, sí, pero no tuve noticia de ningún otro incidente. A decir verdad, creo que iba a por quienes tenían poder.
—Es más común de lo que cree.
—Quizá en tierra firme —dijo Maclean—, pero aquí no pasan estas cosas. Un asesinato, no. Algún altercado doméstico, otros escándalos, pero un asesinato no. Supongo que tarde o temprano llega a todas partes.
—Por desgracia, sí.
Macleod repasó otras vías de investigación, pero el gerente poco más pudo aportar.
Le pareció un hombre decente y bastante comedido en sus opiniones.
El hombre de la sauna despertaba su interés, sobre todo si entre él y Sara había llegado a pasar algo serio.
Pero ¿qué sacaba ella de él? Macleod se consideró afortunado de que su físico no pudiera servirle de arma. Tentaciones así le quedaban muy lejos.
Salió a la llovizna y se metió en el coche.
Debería haber vuelto directamente a comisaría —y a pie— para la reunión informativa de la mañana, pero algo le rondaba la cabeza y antes necesitaba ir a otro sitio.
Tomó una carretera a las afueras de Stornoway, de un solo carril en casi todo su recorrido, y llegó a un aparcamiento al pie de una hilera de aerogeneradores.
Eran pequeños, pero estaban bien alineados.
El siseo de las palas atravesó sus recuerdos. En aquella época no estaban allí.
Cruzó el campo, hundiendo las botas en varios trechos pantanosos, hasta llegar al borde de unos acantilados bajos que dominaban la entrada del puerto de Stornoway. El mar lamía las rocas bajo sus pies y Macleod distinguió la marca de la pleamar.
Allí mismo, tantos años atrás, ella había saltado.
Las lágrimas le rodaron por la cara al recordar que había estado en aquel mismo acantilado. Habían pasado todo el día buscándola. Aún veía los rostros de los tripulantes de la embarcación de salvamento cuando regresaron al puerto, abatidos y exhaustos.
Macleod sorbió por la nariz. Solo allí, a solas, daba salida a su rabia.
¿Dónde estaba tu maldito designio inescrutable en todo aquello?
En su interior, alzó un puño contra el Creador y se dio la vuelta.
Sabía cómo se sentían las familias ante el sinsentido de la muerte.
Por eso buscaba respuestas con tanta obstinación.
Le interrumpió el móvil.
—Macleod —se identificó al contestar.
—McGrath al habla. Creía que esta mañana íbamos a informar a todo el equipo. ¿Y dónde se ha metido con el coche?
—McGrath, enseguida estaré ahí. Quiero que me ponga al día de lo que ha hecho esta mañana antes de hablar con los demás. Llegaré en diez minutos. Haga también que los de la Policía Científica hablen con usted antes de la reunión. Creo que tenemos entre manos a una chica de cuidado.
—Estoy de acuerdo —dijo McGrath.
Su tono era inquietante, y Macleod se preguntó en qué más podía haberse metido Sara Hewitt.
—Diez minutos.
Colgó. Se volvió hacia el mar y observó el vaivén de las olas. Vio una cabeza que subía y bajaba con ellas, una cabeza que parecía serena, como si aceptara su destino. Nunca había comprendido cómo pudo mostrarse tan tranquila al hacerlo, con él allí mismo, mirando.
Era lo único por lo que había llegado a odiar a su esposa.