Capítulo 8
H ope luchó con el cepillo contra el nudo que tenía en el pelo sin dejar de vigilar en el espejo la zona a su espalda.
Había pensado quedarse allí fingiendo que el cabello se le resistía; comprobar que su mata pelirroja estaba de verdad bastante enredada no supuso ningún alivio.
Pero su objetivo no tardó en aparecer en el reflejo.
La concejala llevaba una blusa color crema, una chaqueta echada por encima y una falda negra ceñida hasta las rodillas.
Los pantis —o quizá las medias— le estilizarían las piernas.
Llevaba unos zapatos de tacón discreto. A la moda, pero práctica.
Hope sonrió y se mantuvo en su sitio, sin dejar de cepillarse.
Había otros espejos libres, pero la concejala escogió el contiguo al de Hope y empezó a rebuscar en el bolso.
Sacó un cepillo y cogió el secador de la pared.
Mientras se arreglaba el pelo bajo el chorro de aire caliente, seguía mirando a Hope de reojo por el espejo.
Hope mantuvo el gesto impasible, aunque por dentro sonreía, y esperó a que la mujer diera el primer paso.
Cuando terminó de arreglarse el pelo, la mujer guardó el cepillo, cerró el bolso y fingió darse cuenta de pronto de que Hope estaba allí.
—¿Detective? ¿Es usted? Solo quería decirle cuánto le agradezco el trato que le dio ayer a mi hijo. La situación es espantosa, pero ha sido muy considerada.
—Gracias —dijo Hope al ver que la mujer se acercaba—. Hoy también tendremos que hacerle algunas preguntas. ¿Podría pasarse por comisaría esta mañana?
—La verdad es que esta mañana estoy muy ocupada —contestó la mujer con aire pensativo—. ¿Podría pasarse ahora mismo por mi despacho? ¿Ha desayunado? Si no, puedo ofrecerle algo allí. Siempre tengo comida de sobra porque nunca desayuno en casa. No merece la pena volver después de entrenar.
—Bueno, supongo que así ganamos tiempo. Como imaginará, aún queda mucho por hacer. Por eso he venido tan temprano.
—Desde luego. Debería acompañarme otra mañana; así tendría compañía para entrenar. A esas horas viene una gente curiosa: más pendiente de su propio cuerpo que de quien tiene al lado. Para variar, me vendría bien una compañía distinta.
Hope ladeó la cabeza como si se hubiera ruborizado un poco.
—Bueno, quizá, si hay tiempo. Pero ¿vamos ya a su despacho? La verdad es que me está entrando hambre.
—Faltaría más. Sígame y le enseñaré dónde trabajamos. Justo enfrente, en ese edificio tan soso que domina la zona. Me gustan esos pantalones. No sé si a mí me marcarían así de bien las curvas del trasero.
Si lo dijera un hombre, se consideraría ofensivo, pensó Hope.
En cambio, Marie podía soltarlo y escudarse siempre en que solo era un cumplido.
Esa era una de las ventajas de salir con mujeres: podían decirte de buenas a primeras cosas que un hombre no se atrevía a decir. Sin duda, era parte del atractivo.
Hope cruzó la puerta delante de Marie, consciente de que la observaba desde atrás.
Ya bajo la llovizna, procuró colocarse de forma que pudiera mirarla a los ojos.
Los ojos podían decir mucho, aunque luego había que respaldar cualquier intuición con pruebas sólidas. Aun así, eran un buen punto de partida.
—Señora Smith, ¿cuánto tiempo lleva como concejala? —preguntó Hope mientras cruzaban el aparcamiento hacia el gran edificio de paredes grises y anodinas.
—Marie, por favor. Si ni siquiera entre chicas podemos tratarnos con confianza, estamos perdidas.
Esta vez llevo tres años, pero participo activamente en la vida local desde hace más de veinte.
Aquí me conoce casi todo el mundo, aunque esté mal que yo lo diga.
Hay quien me odia y, espero, quien me quiere. Es la gracia de ser independiente.
—Sin afiliación a ningún partido. Debe de ser liberador defender tu propio programa. Y llámame Hope.
—Sí, bueno, una tiene que defender sus convicciones. Y no estoy en política para llegar más arriba, sino para servir al lugar que considero mi hogar.
Marie sonrió y Hope reparó en sus dientes impecables.
Atravesaron una puerta y subieron en ascensor hasta una planta superior.
Marie fue delante por una serie de pasillos idénticos; solo la placa de una puerta permitía saber que allí estaba su despacho.
La estancia era pequeña, poco más que un armario, pensó Hope, pero en las paredes había fotografías de Marie en distintos actos y reuniones, además de cartas sujetas con chinchetas.
Había un gran archivador metálico y, encima, una cafetera.
Hope observó cómo Marie se quitaba la chaqueta y la colgaba detrás de la puerta.
Al agacharse para sacar café del archivador, no mostró el menor pudor ni se disculpó por dejar el trasero justo delante de Hope en aquel espacio reducido.
Después de poner en marcha la cafetera, Marie se giró, se sentó frente a ella y sacó unos cruasanes de otro cajón.
—Lo siento, todo es un poco improvisado, pero dudo que tengas tiempo de desayunar en otro sitio. En varios hoteles y cafeterías sirven un desayuno decente, pero ahora debes de ir con prisas, así que espero que no te importe.
—No, está bien, Marie, de verdad. No soy de las que necesitan grandes lujos.
Hope sacó el cuaderno.
La decepción asomó al rostro de Marie.
—Perdona —dijo Hope—, pero tengo que mantener cierta formalidad: tenemos un asesinato entre manos.
—Entonces, ¿ha sido un asesinato?
—¿Eso dice radio macuto?
—Eso es lo que se comenta, desde luego. ¿Es verdad?
Marie se inclinó hacia delante, con las piernas muy cerca de las de Hope. Aquella no era la postura de una persona sometida a interrogatorio, sino la de alguien que dominaba la situación. Hope percibió un intento de crear complicidad, una intención que iba más allá de colaborar.
—Eso parece, pero no lo vayas contando. Supongo que tampoco es un gran secreto: al fin y al cabo hemos venido de Glasgow, así que resulta bastante evidente.
Por desgracia, tu hijo se ha visto envuelto en el caso.
Su cercanía con la víctima lo convierte en posible sospechoso. ¿Hasta qué punto estaban unidos?
Marie sonrió de medio lado.
—No tanto como él creía. Sara hacía muchas cosas que él ignoraba.
—¿De verdad? ¿Cómo lo sabes?
—Tenía una amiga muy íntima. Se acostaba con ella, si me entiendes. La chica vino a pedirme consejo porque tenía problemas con el alquiler de su vivienda social. Empezó a preguntarme qué cambiaría si declaraba que convivía con su pareja o incluso si se casaban.
—¿Y esa amiga es…?
Marie se levantó y se volvió hacia la pequeña ventana situada encima del archivador.
—Tienes que ser discreta con esto. Para algunas personas, ser diferente no es fácil. En algunas de nuestras comunidades puede salirte muy caro que se sepa que eres gay.
Hope quería verle bien la cara, pero Marie seguía de espaldas.
—No te preocupes. No diremos nada.
—Para las chicas de aquí puede ser peor. A las de fuera se las puede tratar como forasteras e ignorarlas sin más. Pero cuando toda tu familia vive aquí, no puedes esconderte.
Marie se volvió. Hope creyó ver un destello de pesar.
—Dime su nombre, por favor.
—Donna Mackenzie. Es esa de ahí, la de la foto con el hombre en silla de ruedas. Siempre estaba en los actos, echando una mano.
—Bastante del montón en comparación con su pareja —sugirió Hope.
—Sí, pero es buena persona, Hope. Supongo que querrás saber dónde encontrarla. Tengo la dirección de su vivienda social. Pero ten cuidado al visitarla; dudo que lo sepa mucha gente, si es que lo sabe alguien. Eran muy discretas. Muy reservadas.
—¿Puedes apuntarme la dirección?
—Por supuesto —dijo Marie—. Mi Iain no tiene ni idea. Fue tan tonto que se creyó el número uno solo porque ella salía con él todos los sábados por la noche y también lo dejaba meterse en su cama. Pero Sara no consideraba su cama algo especial.
La mirada de Marie se perdió un instante, como si se hubiera quedado absorta.
—¿Qué te hace pensar eso? —indagó Hope.
—Bueno, no podía considerarla algo especial. Me han dicho que recibía muchas visitas. Por su puerta pasaban hombres sin parar, sobre todo desde que abrió ese maldito negocio.
Hope notó aflorar un dolor profundo. Una parte de ella quería darle un respiro a Marie. La detective, en cambio, se lanzó al ataque.
—¿Te molestaba eso? ¿Dejaba entrar a muchas mujeres?
—No, a muchos hombres. Le gustaba. Le parecía divertido y una forma de ganar dinero, supongo. Pero mujeres, solo unas pocas.
—Pero tú tenías que pagar. Debía de dolerte saber que no eras la favorita.
Marie pareció conmocionada. Luego se derrumbó sobre Hope.
De rodillas, hundió la cara en el regazo de Hope entre sollozos.
Hope sabía lo que Marie quería: que le acariciara el pelo.
No terminaba de creerse aquella escena, pero quizá pudiera averiguar algo más.
Hope empezó a acariciarle el cabello castaño rojizo.
—¿Era maravillosa? —preguntó Hope.
—Sí, sí que lo era —sollozó Marie—. Pero nunca me dejó llegar hasta ella. Nunca del todo.
—¿Estabas con ella aquella noche?
Marie dejó de llorar y alzó la vista hacia Hope. El rostro se le endureció de golpe. Se puso en pie sin dejar de fruncir el ceño.
—¡Fuera! ¡Fuera de mi despacho!
—Eh, me has invitado tú. Yo no te lo pedí.
Marie tenía los ojos encendidos de rabia.
Hope se había pasado; le había faltado sutileza.
Pero la mujer había revelado una parte oculta de su vida y ahora Hope sabía más.
Y una parte de ella creía que Marie bien podía haber matado a Sara Hewitt.
Su intento de seducción y su derrumbe podrían haber sido puro teatro.
¿Y habría averiguado algo si Marie no se hubiese mostrado tan dispuesta a hablar?
Había demasiadas preguntas y delante solo tenía a una mujer cerrada en banda. Era hora de recular.
—Si me necesitas, puedes llamarme. —Hope dejó una tarjeta sobre la mesa, pero Marie no le quitó los ojos de encima—. ¿Dónde estabas anteanoche? Tendrás que responder aquí o en comisaría. Y créeme: vas a prestarnos declaración.
La calma regresó en parte al rostro de Marie. Le dio la espalda a Hope.
—Cené fuera con la liga de mujeres. Puedes comprobarlo con ellas en la Iglesia de Escocia, que queda más abajo de la comisaría.
—Lo comprobaremos. No salgas de Stornoway.
Hope dio media vuelta y recorrió de nuevo los pasillos idénticos hasta encontrar la escalera y salir del edificio a la llovizna persistente.
Menuda pieza debía de haber sido Sara Hewitt, pensó Hope.
Clientes, novios, novias, amantes por todas partes.
Desentrañar aquello iba a llevar tiempo.
Y tenían que hablar con su verdadera amante.
El día prometía ser ajetreado y Hope se alegró de haber entrenado.
Volvió al polideportivo, recogió sus cosas de la taquilla y salió otra vez al aparcamiento.
Entonces se detuvo. Alguien la observaba.
Miró hacia las numerosas ventanas, pero no vio a nadie.
Calculó cuál sería la de Marie. Algo le decía que Marie había estado mirándola desde allí.
Mientras repasaba lo sucedido, Hope buscó el coche. El aparcamiento estaba casi vacío, pero el coche ya no estaba. Al parecer, Macleod se lo había llevado al final. Tras una última mirada a las oficinas municipales, echó a andar hacia la comisaría.