Capítulo 6
E ra la una de la madrugada cuando Hope entró con el coche en el aparcamiento del hotel.
Una de las ventajas de Stornoway era que nunca había que ir muy lejos para llegar al alojamiento.
Mientras el inspector buscaba a alguien que les entregara las llaves de las habitaciones, Hope se dejó caer en uno de los sillones del vestíbulo.
Al mirar a su alrededor, vio a un hombre que dormía sentado a una mesa del rincón.
Llevaba la camisa por fuera de los pantalones y Hope supuso que se habría celebrado algún evento en el hotel, porque iba bastante elegante.
Detrás de él, un escudo y varias armas colgaban de la pared, y sobre la repisa de la chimenea había unas figuritas curiosas.
El fuego estaba ya casi apagado, pero imaginó lo acogedor que debía de resultar en invierno, con los vientos y las lluvias de la zona.
Macleod volvió con dos llaves. Siguiendo los letreros de las paredes, subieron un tramo de escaleras hasta sus respectivas habitaciones.
Los pasillos eran como los de tantos hoteles: paredes lisas, todas del mismo color.
A Hope siempre le hacían pensar en un sueño recurrente, en un laberinto del que no podía escapar.
—Nos vemos dentro de cinco minutos en mi habitación para esbozar el plan de mañana. Creo que tendremos que ponernos en marcha temprano.
Hope asintió.
—¿Le importa que me cambie antes de pasarme? Me muero por quitarme esta ropa.
—Por supuesto —dijo Macleod, aunque la idea pareció horrorizarlo—. ¿Quiere beber algo?
—No me vendría mal un whisky, señor.
—Para eso habría que bajar al bar. No creo que haya minibar aquí. Y yo no bebo. Seguro que hay té, si le apetece.
—Café, señor. Hasta dentro de cinco minutos.
Hope giró la llave, abrió la puerta y metió la maleta a rastras.
La tiró sobre la cama, se quitó las botas de una patada y, acto seguido, la camiseta y los pantalones.
Después se quitó la ropa interior y abrió la maleta en busca de algo adecuado para ir a la habitación de su jefe.
En la pared del fondo, tras unos visillos, vio un ventanal que daba a un balcón.
Se acercó y miró a través de la tela. Abajo había una calle.
Por mucho que le apeteciera sentir el aire fresco en la piel, una detective plantada en cueros ante la ventana no tardaría en llamar la atención de algún transeúnte.
No parecía la mejor decisión para su carrera.
Se volvió hacia la maleta y sacó unos pantalones de pijama y su adorada camiseta de los Raiders.
Era una auténtica camiseta de fútbol americano; le quedaba grande y tenía el tejido perforado.
Aun así, la cubriría lo suficiente. Entonces pensó en lo conservador que era Macleod.
Rebuscó otra vez y sacó su bata verde claro.
Solo le llegaba hasta las rodillas, pero a él debería parecerle una muestra de recato suficiente.
Hope cogió la libreta y el bolígrafo, salió de la habitación y se plantó ante la puerta de Macleod. Llamó con suavidad para no despertar a nadie. Desde dentro llegó un «un momento» apenas audible. Hope esperó con paciencia.
Macleod iba a ser todo un reto, pero Hope sabía que la jefa de Macleod lo tenía en alta estima.
En un cuerpo policial en plena transformación, se sabía que llevaba mal la creciente presencia de mujeres y, en general, las cuestiones de género; aun así, lo consideraban uno de los mejores detectives en activo.
Al menos tenía el sentido común de limitarse a dejar entrever sus prejuicios, sin expresarlos a las claras.
Era un feligrés devoto, un presbiteriano acérrimo, y no precisamente de una iglesia moderada.
Desde luego, no era ningún progresista. Pero si conseguía impresionarlo, tal vez aquello favoreciera su carrera.
La puerta se abrió y Macleod la sostuvo para que Hope pasara. Le ofreció la silla del escritorio, pero ella negó con la cabeza y dijo que se sentaría en la cama.
—Sé que la gente joven como usted no ve ningún problema en estas cosas, pero preferiría que se sentara en la silla. No me gusta demasiado que esté aquí tan ligera de ropa, y que encima se tumbe en mi cama no me parece apropiado.
—Yo no le veo ningún problema —dijo Hope—, y créame, señor, esto no es ir ligera de ropa. Pero como usted prefiera. Lo que le deje más tranquilo.
Se fijó en que ya la esperaba un café sobre el escritorio. Se sentó y le dio un sorbo.
—Mmm, está bueno —comentó, intentando rebajar la tensión.
—No, qué va. Es la misma porquería barata de esos sobrecitos. Si esto se alarga, tendremos que conseguir café de verdad, sobre todo para la sala de investigación. Pero, en fin, hablemos de mañana, McGrath. ¿Por dónde deberíamos empezar?
—Hay que averiguar si tuvo problemas en sus últimos trabajos. En la tienda, por ejemplo. Y quizá también deberíamos hacer averiguaciones en el gimnasio, tanto de manera informal como por la vía oficial.
—De acuerdo. Creo que abre temprano. Mañana por la mañana pensaba correr en la cinta y ver qué se comenta. Si era tan asidua al gimnasio como parece, allí deberían conocerla.
—Yo también iré. Conviene comprobar tanto el gimnasio como la piscina, señor.
—Bien —dijo Macleod—. Abre a las siete, así que nos vemos abajo. ¿Va a desayunar antes?
—No. No puedo hacer ejercicio con el estómago lleno.
—Yo tampoco. Por fin tenemos algo en común, Hope.
Hope levantó la vista de sus notas y lo vio sonreírle. Era evidente que intentaba acercarse a ella, facilitar las cosas. El comentario había sido un tanto frívolo, pero Hope le devolvió la sonrisa.
—Tenemos que volver a hablar con la concejala. Si estaba usted en lo cierto con lo de las iniciales, creo que será mejor que hable yo con ella. Usted debería volver a hablar con MacDonald. Tendríamos que verlos a primera hora, justo después del gimnasio.
—Desde luego. Y, McGrath, si la concejala era clienta de Sara, querrá mantenerlo en secreto, sobre todo si hubo sexo de por medio.
Que la tomen por lesbiana no va a sentar bien a mucha gente de aquí.
Ahora hay más tolerancia, pero esto no es la Escocia continental.
—Macleod se removió un poco en la cama, incómodo.
—Por las fotos que tenemos de Sara, a una mujer mayor debía de parecerle muy atractiva. Tenía buena figura, tonificada por el gimnasio. Y la concejala también tenía buen tipo para su edad. No me cuesta imaginar que pasara algo entre ellas.
Macleod volvió a removerse. Era evidente que la idea de una relación entre mujeres lo ponía nervioso, pese a que seguramente se había encontrado muchas veces con situaciones así en casos de Glasgow.
—¿Qué le pasa, señor? Le noto un poco raro cuando digo que esas dos mujeres quizá estuvieran juntas.
Macleod se levantó y fue hasta la ventana.
—Verá, Hope. Sin duda sabe que tengo fe en el Señor.
Él lleva mucho tiempo conmigo y me ha sostenido cuando he pasado apuros.
Bueno, pues no estoy muy seguro de que Él apruebe que dos mujeres estén juntas.
Pero eso es cosa mía. No voy por ahí gritando ni condenando a nadie.
La gente tiene derecho a vivir su vida, me parezca bien o mal.
—Se volvió hacia ella—. Espero no ofenderla, pero usted me lo ha preguntado.
Hope sonrió, aunque no sabía adónde iba a parar aquello.
—Cuando me crié aquí, esas cosas no se habrían tolerado.
Y aún hoy son muchos los que no las toleran.
La prensa se dará un festín tanto con quienes clamen en contra como con quienes salgan en su defensa.
Supongo que no quiero ver cómo explota el polvorín.
Este sitio era mi hogar, Hope. Era mi hogar.
—¿Y ya no lo es?
—No. Ya no.
Se quedó callado. Demasiado. Hope decidió no insistir de momento. Se levantó y apuró el café. Macleod miraba por la ventana hacia una noche más parecida al crepúsculo que a la oscuridad cerrada.
—En verano, casi no llega a oscurecer en toda la noche, Hope.
¿Se lo puede creer? Y en invierno anochece muy pronto.
Por lo visto, en Shetland es aún más extremo.
De joven solía vagar por las calles, dando tumbos, borracho perdido.
Pero encontré la salvación en estas iglesias, Hope.
Este lugar significa mucho para mí. Odio que se vea envuelto en un escándalo del que la prensa se relamería. ¿Lo entiende?
La miró con dolor en los ojos. Hope sonrió y asintió.
—Pero las cosas cambian, señor. A veces tenemos que cambiar con ellas.
—Pero ¿y si el cambio es a peor? ¿Nos tiramos al río sin más? ¿Nos quedamos en la orilla mirando cómo pasa la corriente? ¿O construimos una presa para detenerla?
—Construir una presa parece una buena manera de cabrear a mucha gente.
Macleod sonrió.
—Casi todos discuten. Usted sí que tiene un lado tierno, McGrath. Será mejor que se vaya a la cama. Mañana empezamos temprano.
—Sí, señor.
Hope recogió la libreta y el bolígrafo y se dirigió a la puerta. Pero, en el fondo, había algo que seguía inquietándola.
—Señor, esa fe suya, con todas las preguntas que le plantea y todo ese machacarse con lo que está bien y lo que está mal, ¿de verdad merece la pena? ¿Por qué no se libra de ella y se abre a todo?
Macleod soltó una risa suave.
—Debería decirle que, evidentemente, sí. Pero no voy a limitarme a darle la respuesta oficial. A veces tengo dudas, pero otras veces es lo único que me mantiene en pie. Nunca encontrará un amigo como Él.
—El Genio de Aladdín. Canta algo así. Perdone, ha sido un comentario un poco frívolo.
—Puede ser. No conozco la canción.
Hope le dio las buenas noches y salió al pasillo.
La conversación se había puesto demasiado seria.
Se habían apartado por completo del caso.
Entró en su habitación, cerró con llave y tiró la libreta sobre la mesa.
Se quitó la ropa de dormir y se acurrucó bajo las sábanas.
Por más que lo intentó, no logró conciliar el sueño.
No dejaba de preguntarse qué inquietaba de verdad a su jefe de aquel regreso a la isla.
Pero esas preguntas tenían que competir con una cancioncilla que se le repetía en bucle, entonada por un genio azul.