Donde acaba el agua (Highlands e Islas 1) Capítulo 5
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Capítulo 5

E l trayecto hasta la comisaría fue corto y transcurrió en silencio.

Macleod daba vueltas a lo que había visto, sobre todo al libro de registro y a aquellas sumas desorbitadas por unos simples masajes de espalda.

El novio de Sara Hewitt lo esperaba en comisaría, destrozado; convenía interrogarlo ahora, con la guardia baja.

En casos así, el asesino casi siempre era alguien cercano a la víctima, y aquel paraje apartado pero romántico donde la habían matado bien podía apuntar al novio. Aun así, convenía no descartar nada.

El personal de la comisaría se mostró muy atento.

Nada más llegar les sirvieron dos tazas de té y después entraron en la sala de entrevistas.

La sala era sencilla y funcional, con la mesa de rigor frente al entrevistado, que en este caso vestía con mucho estilo.

Macleod reconoció en él algunas de las últimas tendencias de Glasgow; según los registros, tenía veintitrés años.

Iain Angus MacDonald había nacido y se había criado en la isla, o eso había dicho el sargento de guardia.

Su madre era concejala, algo bastante insólito en Lewis, y toda una celebridad local.

Su marido había muerto tiempo atrás, pero ella no había abandonado sus actividades públicas ni sus campañas.

Ya pasaban de las siete y Macleod quería terminar aquella entrevista esa misma noche.

Había pedido a los uniformados que fueran puerta por puerta por los alrededores del local de masajes para averiguar qué sabía la gente, y parte del equipo de Glasgow estaba montando una sala de investigación. Iba a ser una noche larga.

Macleod y McGrath se sentaron detrás de la mesa y miraron al joven, que mantenía la cabeza gacha. Macleod le tendió la mano por encima de la mesa sin obtener respuesta. Entonces inició la conversación.

—Soy el inspector Macleod y esta es la detective McGrath. Hemos venido de Glasgow para investigar este trágico suceso. Quiero agradecerle que haya venido a hablar con nosotros, Iain, en un momento que debe de ser muy duro. Si no le importa, ¿desde cuándo conocía a Sara?

El joven levantó la cara y lo miró con resentimiento. Había llorado. Tenía el rostro vencido y cada rasgo marcado por el dolor.

—Dos años. Llevábamos dos años juntos.

—¿Pasaba mucho tiempo en el piso de Sara, encima del local? —preguntó Hope.

Iain asintió y sorbió por la nariz.

—Solo llevaba tres meses en ese piso. Nos turnábamos para pasar la noche en su casa o en la mía.

A ella no le gustaba quedarse en el piso cuando tenía clientes.

Creo que no quería que yo anduviera por allí si había clientes abajo…

—Iain volvió a sorber por la nariz—. Decía que no era profesional tener a alguien dando pisotones arriba.

Además, no tenía tele. Para una noche en casa, la mía era mejor.

—Así que no pasaba mucho tiempo en casa de Sara —insistió Hope.

—Su piso estaba en el centro, así que dormíamos allí cuando salíamos.

Los sábados íbamos de discoteca y luego volvíamos andando a su casa.

Quedaba a menos de quince minutos. Yo vivo fuera del pueblo y para volver a mi casa había que pelearse por un taxi.

Dios, qué modelitos de infarto se ponía los sábados.

Macleod hizo un esfuerzo por pasar por alto la blasfemia.

—¿Puede contarnos algo sobre Sara? Hemos visto su piso y parece que le gustaba arreglarse.

El joven echó la cabeza hacia atrás y miró al techo. Iba en mangas de camisa y sudaba, pese a que no hacía especial calor. Tenía el pelo oscuro, corto y bien arreglado, y a Macleod le llegó olor a colonia. Desde luego, se cuidaba.

—Sara siempre iba guapísima. Guapísima de verdad. Le daba igual lo que dijera la gente. Siempre decía que una mujer guapa no tenía por qué cortarse a la hora de ir sexy y mona. No arrastraba los prejuicios de esta isla. Los tíos se morían de envidia cuando la veían de mi brazo.

—Entonces, ¿su relación era más física que platónica? —preguntó Hope.

—¿Qué? Follábamos un montón y todo eso, sí. Pero eso de «platónica» no sé qué significa.

—¿Había algo más entre ustedes aparte del sexo?

—¡Claro que había más, joder! ¿Qué clase de pregunta de mierda es esa?

No me limitaba a follármela y largarme. —Iain negó con la cabeza y miró a Hope como si acabara de insultarlo—.

Eres igual que mi madre: según ella, lo nuestro era solo sexo.

Creía que tú serías más comprensiva que este carcamal —añadió, señalando a Macleod—, con ese tipazo.

Hope abrió la boca, pero Macleod la cortó.

—Este carcamal quiere saber dónde estuvo usted anoche y dónde ha estado desde entonces. Solo para descartarlo de la investigación, ¿entiende? No quiero molestarlo más de lo necesario en un momento así.

—Estaba en casa anoche.

—¿Solo?

—Sí. Bueno, Alistair pasó por casa sobre las ocho y nos tomamos una cerveza, pero luego se fue.

—¿Alistair qué? —preguntó Macleod.

—Alistair Mackenzie, un colega. Vive más abajo, en el pueblo.

—Eso es en Back, ¿no?

—Sí. Estaba viendo esa serie nueva de Netflix, la de los asesinatos de Edimburgo.

A vosotros dos seguro que os gustaría. —Macleod arqueó las cejas—.

Estaba bien. Luego me fui a la cama. Esta mañana me levanté y fui a trabajar al taller.

Oí ciertos rumores y la llamé al móvil, pero no contestó. Así que llamé a vuestra comisaría.

—Entonces, ¿no habló con ella anoche? —preguntó Hope.

MacDonald negó con la cabeza.

—Me mandó mensajes. Solo unos cuantos.

—¿Cómo la notó?

—Sinceramente, un poco borracha. También me mandó una foto.

—¿A qué hora fue todo esto?

—Ah, sobre las once. —Sorbió por la nariz—. Solía mandarme fotos así cuando iba peda. Tengo un montón. Ahora me da cosa mirarlas.

—¿Podemos ver la foto? —preguntó Macleod.

—Es un poco… privada.

—Señor MacDonald, su novia ha muerto y necesito seguir todas las líneas de investigación para averiguar por qué.

Tiene en su poder una foto que puede darnos información sobre sus movimientos antes de morir, y quiero verla.

No quiero presionarlo en pleno duelo, pero mi prioridad es averiguar por qué murió.

Así que, por favor, entrégueme el teléfono.

Iain rompió a llorar de nuevo, pero metió la mano en el bolsillo y sacó el móvil. Se lo tendió a Macleod, se recostó en la silla y apartó la mirada.

Macleod se quedó mirando el teléfono antes de pasárselo a Hope. Vio que ella sonreía mientras buscaba los mensajes y la oyó tomar aire cuando apareció la foto.

El selfi mostraba a una chica sonriente, desnuda de cintura para arriba.

Tenía un rostro atractivo, una larga melena rubia y un pecho generoso.

Macleod se contuvo para no chasquear la lengua y miró más allá de ella, al fondo de la imagen.

Vio la orilla de un loch. Vio agua. La hora registrada era las 23:11.

—Necesitamos llevarnos esa foto para analizarla, señor MacDonald.

—Joder, no pueden ir enseñándola por todas partes.

—No pienso exhibirla por ahí, señor MacDonald. Quiero que mi equipo analice el fondo e identifique el lugar, para saber dónde estaba su novia a las 23:11. Permítanos copiar solo esa foto. Me aseguraré de que dentro de la comisaría se distribuya con las partes más expuestas tapadas.

MacDonald asintió y le entregó el móvil.

Macleod se lo pasó a Hope y le indicó con un gesto que saliera, se ocupara de la foto y mandara entrar a otro agente.

El hombre que tenía delante estaba afligido, sin duda, pero Macleod necesitaba respuestas.

También debía asegurarse de que aquel dolor no se debiera a algo que el propio MacDonald hubiera hecho.

Uno podía matar a alguien y aun así llorar su muerte.

—Ha dicho que Sara solo llevaba tres meses con el piso.

MacDonald asintió.

—Así que supongo que solo llevaba tres meses trabajando como masajista.

—Eso es. Llevaba tres meses con el negocio, pero ya daba masajes y practicaba otras técnicas desde antes. Había hecho un curso. Y se le daba bien, ¿eh? No había nada como sus manos para aliviar la tensión y deshacer los nudos acumulados durante el día. Claro que conmigo el trato era más íntimo.

—¿Íntimo?

—Sí, yo era su hombre. Cuando me daba masajes apenas llevaba ropa. Ya sabe. Era tan… Dios, es que ella…

Macleod vio cómo volvía a sorber por la nariz y a llorar. Si mentía, era un actor de primera. No le apetecía lo que venía ahora, pero había que hacerlo.

—¿Sara ofrecía servicios extra a los clientes?

El hombre dejó de sorber. Se le desorbitaron los ojos. Se levantó y cerró los puños.

—¿De qué está hablando? ¿Servicios extra? ¡Será cabrón! ¿Qué demonios insinúa? Ella solo daba masajes. A hombres y a mujeres. No había nada más. Solo hacía algo especial conmigo.

Macleod siguió sentado y alzó una mano para intentar calmarlo. En momentos así solían quedar al descubierto los faroles, así que decidió insistir.

—He revisado sus registros y parece que varios hombres pagaban bastante más de la cuenta por sus servicios. Me preguntaba si ella…

—¿Qué? ¿Que se los follaba a escondidas? ¿Que les daba el servicio completo? ¿Que les masajeaba zonas especiales? ¿Cree que era una puta?

Fuera de sí, MacDonald se inclinó sobre la mesa hasta quedar cara a cara con el inspector.

—No era ninguna puta. Yo, ¿me ha oído? Yo era el único que se la follaba. ¿Entendido?

—Siéntese —dijo Macleod en voz baja—. He dicho que se siente.

Necesito entender por qué esos hombres pagaban de más.

Dudo que un masaje justifique esas cifras y tengo que saber qué hacía en realidad.

Si son drogas, son drogas. Si les cuidaba los perros, pues los perros.

Sea lo que sea, necesito saberlo, porque alguien la mató por algo.

Si había algo fuera de lo común, necesito saber por qué.

—De acuerdo. —MacDonald aflojó los puños y señaló a Macleod con un dedo—. Pero que le quede claro: no era ninguna puta. Me dijo que esas cosas solo las hacía conmigo.

—¿Le compró usted los pósteres de encima de la cama?

—¿Qué pósteres?

—Nada, nada. Vi unos cuantos encima de la cama. Simple curiosidad.

MacDonald lo miró desconcertado, pero volvió a sentarse y hundió la cabeza entre las manos. Después levantó la vista.

—Mire, Sara solo tenía tres cosas: a mí, el gimnasio y el negocio de masajes. Pensábamos sentar la cabeza, pero necesitábamos más dinero. Por eso trabajaba algunos días sueltos en la tienda.

—¿Qué tienda?

—MacLennan's. Una pequeña ferretería. No tenía ni idea de bricolaje, pero le pagaban bien. Mejor que de socorrista, desde luego.

—¿Dónde trabajaba de socorrista?

—Aquí, en el pueblo. En el polideportivo.

Dos sitios que investigar, pensó Macleod. Por la mañana empezaría por el polideportivo; después pasaría por la ferretería.

Llamaron a la puerta. Hope entró y le devolvió el móvil a MacDonald. El hombre apenas la miró. Hope se inclinó hacia Macleod y le susurró que la madre de MacDonald esperaba fuera.

—Señor MacDonald, gracias por su tiempo y su franqueza. Creo que su madre está fuera. Ha tenido un día muy duro, así que voy a dar por terminada la entrevista para que pueda irse a descansar.

Macleod se puso en pie y esperó a que MacDonald hiciera lo mismo. Cuando MacDonald se levantó, Macleod le tendió la mano, se la estrechó y volvió a agradecerle su colaboración.

—Mi más sentido pésame, señor MacDonald.

—Encuentre al cabrón que hizo esto, ¿de acuerdo?

—Eso pienso hacer. Acompáñeme.

Macleod condujo al joven por el pasillo hasta la recepción.

Allí esperaba sentada una mujer de mediana edad, con una falda larga bajo la que apenas asomaban unas botas de cuero.

Llevaba una blusa verde con estampado floral y el pelo castaño rojizo recogido en la nuca.

Del hombro le colgaba un bolso de cuero.

Al ver aparecer a MacDonald detrás de Macleod, el rostro se le llenó de preocupación.

—Ay, Iain, qué horror.

La mujer lo rodeó con los brazos, pero él apenas reaccionó.

—Buenas noches, señora. Soy el inspector Macleod y ella es la detective McGrath. ¿Se hará usted cargo del señor MacDonald? Se ha llevado un golpe muy duro.

—Perdone, inspector. Me llamo Marie, Marie Smith, y soy concejala de la zona de Back. Iain es mi hijo. Yo me ocuparé de él. Es hora de volver a casa, Iain.

Macleod sonrió.

—Bien, le vendrá bien estar con alguien que lo comprenda. Solo para que conste, ¿podría decirme su nombre completo? Disculpe, es una formalidad.

—Por supuesto. Es Marie Hannah MacDonald-Smith, aunque desde que falleció mi marido suelo usar solo Marie Smith.

—Mi pésame, señora.

Macleod se volvió hacia McGrath.

—¿Lo ha apuntado?

Algo sorprendida, Hope sacó una libreta del bolsillo trasero y anotó el nombre.

—Gracias de nuevo. Como imaginará, mañana volveremos a ponernos en contacto.

—Por supuesto, inspector —dijo la mujer, y salió con su hijo por la puerta principal de la comisaría.

Macleod se quedó un momento en la puerta y los vio subir a un coche rojo.

—«Una formalidad», «el nombre completo»… ¿A qué venía todo eso?

Macleod se giró hacia su compañera y resopló.

—Es una corazonada, pero dudo que algunos nombres del registro fueran auténticos.

En las entradas con grandes sumas, casi ninguno parecía un apellido de la isla.

Sin embargo, se repetían varias combinaciones de iniciales: M y S.

O bien M y M-S. O MH y S. Tendré que comprobarlo, pero creo que quizá hayamos encontrado a una clienta que pagaba mucho.

No sabría decir si buscaba las atenciones de otra mujer, pero mañana, si coinciden las iniciales, tendremos que averiguarlo.

—Es muy fuerte liarse con la novia de su hijo.

—Así son las familias. A veces me alegro de no haber tenido hijos. A mi mujer le habría gustado tenerlos, pero he visto demasiados disgustos provocados por los hijos.

—Bueno, no podemos permitir que esté todavía más amargado.

El comentario, murmurado entre dientes y no destinado a sus oídos, le dolió.

Macleod se volvió, pero Hope ya cruzaba de nuevo las puertas de la recepción.

A pesar de todo lo que ella representaba —el torbellino y el desenfado de la juventud—, seguía queriendo caerle bien.

Hacía veinte años que había perdido a la mujer que amaba.

Y el hambre de compañía, de una mujer con quien compartir la vida, hacía que se fijara demasiado y sintiera demasiado por cualquier mujer que se cruzara en su camino.

Calma, se dijo. Dios proveerá. Él proveerá.