Donde acaba el agua (Highlands e Islas 1) Capítulo 4
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Capítulo 4

H abían llegado más miembros del equipo de Glasgow, entre ellos los de la Policía Científica, que ya se habían hecho cargo de los dos emplazamientos: el lugar donde había aparecido el cadáver y el punto del que quizá procedía.

Los agentes locales habían averiguado la identidad de la víctima y hasta su dirección.

Sara Hewitt no constaba como desaparecida, pero los rumores que corrían por el pueblo habían llevado a su novio a llamar a comisaría mientras Macleod se encontraba en el loch.

En cuanto recibió la información, el inspector recogió a McGrath y ambos emprendieron el regreso a Stornoway.

Su primera parada sería el local de masajes que Sara había abierto hacía poco.

Aunque había cierto revuelo en el pueblo, Hope llegó al local sin toparse con grandes aglomeraciones. Sí advirtió que muchos vecinos la observaban desde lejos. No era de extrañar. Dudaba que por allí ocurrieran a menudo cosas así. En Glasgow, la gente habría seguido haciendo sus compras.

—Tienen al novio en comisaría —le dijo Macleod a Hope—, pero primero echemos un vistazo al local. De momento, no sabemos gran cosa de ella. Prefiero hacerme una idea a partir de sus pertenencias antes de escuchar la versión de nadie.

Hope asintió. Macleod tenía razón: era más fácil calibrar el punto de vista de los demás si antes uno se formaba una idea propia de la víctima. Entró tras él en el pequeño local. En el escaparate se anunciaban distintas terapias espirituales y tipos de masaje, pero nada más entrar algo le chirrió.

La sala delantera estaba casi vacía. Una camilla cubierta de toallas ocupaba el centro; en una esquina, medio escondido, había un pequeño equipo de música.

Varias infusiones se alineaban junto a unos frascos con líquidos diversos; al lado de unas botellas deportivas había varios vasos de cristal.

El conjunto resultaba confuso, a medio camino entre un centro de terapias alternativas y un vulgar salón de masajes eróticos.

Macleod cogió de una mesa baja un cuaderno de tapas duras, tamaño A4, y empezó a hojearlo. Hope echó un vistazo por encima de su hombro y reparó en nombres de hombres, horas de citas y anotaciones sobre si habían pagado.

—¿Cuánto cuesta un masaje hoy en día? —preguntó Macleod.

—Unas cuarenta libras, quizá algo más. ¿Por qué?

—¿Le parecen normales doscientas libras? Aquí hay varios hombres que debieron de recibir masajes larguísimos.

—¿Quizá pagaron por adelantado? ¿Un bono de sesiones? —sugirió Hope.

—Voy a estudiar esto más a fondo, McGrath. Eche un vistazo al resto del local.

Hope asintió y cruzó la puerta del fondo, donde encontró una pequeña antesala y una escalera. La moqueta azul oscuro estaba gastada, y el papel pintado blanco había amarilleado por falta de cuidados. La empinada escalera terminaba en una puerta que daba a un estudio modesto.

Una cama de matrimonio con las sábanas revueltas ocupaba el rincón junto a las ventanas que daban a la calle.

Las cortinas eran nuevas, a diferencia de la mayoría de los muebles, e impedían que entrara la luz y protegían de cualquier posible mirón.

Sobre la cama había una bata blanca, de aspecto sedoso, que a Hope le pareció bastante transparente.

Encima colgaban pósteres de mujeres en poses elegantes, aunque muy sexualizadas.

Frente a la cama había unos armarios bajos con un fregadero.

Encima descansaban un microondas y un hornillo eléctrico de dos fuegos.

Al abrir uno de los armarios, Hope descubrió una nevera casi vacía.

Medio melón y una botella de agua eran todo lo que contenía; los demás armarios también estaban prácticamente vacíos, salvo por unas cuantas ollas y sartenes.

En la pared, sobre los armarios, colgaba un mapa turístico de la isla de Lewis; se reconocía por la publicidad de distintos servicios.

Al fondo de la estancia había una puerta pequeña.

Hope la abrió y encontró un cuarto de baño con ducha e inodoro.

En la cara interior de la puerta había un gancho con toallas; en la ducha solo quedaban algunos botes vacíos de gel y champú.

De vuelta en la estancia principal, Hope registró los armarios cercanos al cuarto de baño y encontró ropa deportiva y lencería.

La chica debía de machacarse de lo lindo, pensó.

La ropa deportiva era de buena calidad, pensada para entrenar en serio; en cuanto a la lencería, la cantidad de prendas y accesorios fetichistas se salía de lo normal.

Hope revolvió la ropa y encontró unas esposas.

Al rebuscar un poco más aparecieron objetos de uso más íntimo, aunque estaba claro que no estaban pensados para usarlos a solas.

Notó de pronto a alguien a su espalda. Hope se volvió, vibrador en mano, y vio la repugnancia en los ojos de Macleod.

—¿Ha encontrado algo útil? —espetó.

—Parece que también se dedicaba a entretener a los clientes.

Hay un montón de juguetes y ropa provocativa.

Y fíjese en los pósteres de encima de la cama: sirven para crear ambiente.

Pero, por lo que se ve, todo está montado con cuatro duros.

También era una fanática del deporte, o al menos coleccionaba ropa deportiva. Y de la buena.

Hope observó a Macleod acercarse a la cama. Él torció los labios en una mueca de indignación y se quedó allí plantado, negando con la cabeza.

Hope abrió los pocos cajones que aún no había revisado y encontró un secador, maquillaje y varias prendas de lencería cara. Había también varios paquetitos blancos.

—Señor —lo llamó Hope. Macleod se acercó.

—Qué chica más estúpida —dijo—. Esa clase de vida siempre acaba mal.

—Eso es bastante duro, señor. Todavía no sabemos nada de ella.

—Al contrario, detective McGrath. Sabemos que se dedicaba a satisfacer el lado más salvaje de los hombres, probablemente a cambio de dinero.

Le aseguro que estas chicas no saben qué demonios despiertan en los hombres cuando hacen esto.

El hombre es una bestia, McGrath, un torbellino de emociones descontroladas.

Harían bien en llevar una vida más seria y sobria.

—No por eso merecía que la asesinaran.

—No, desde luego. Pero nunca hay que despertar al león. Demasiadas veces, quien juega con fuego acaba quemándose. Yo también me quemé, antes de encontrar el camino. Demasiados no lo encuentran, McGrath. Demasiados.

—¿Así que usted se desmadraba? No lo parece, señor —replicó Hope.

—No me enorgullece haber sido esclavo del demonio del alcohol. Pero ahora pertenezco al Señor, McGrath. Todos deberíamos meditar sobre ello.

Hope hizo caso omiso del mensaje dirigido a ella y terminó de registrar la habitación. Poco después se incorporó y volvió junto a la cama. Macleod parecía cada vez más rojo de furia contenida.

—Eso es una blasfemia, McGrath —anunció su jefe—. Un símbolo sagrado como ese no tiene cabida en un lugar como este.

Hope siguió la dirección de la mirada de Macleod, que parecía taladrar la pared, y vio a una mujer desnuda entre los brazos de un hombre, con una cruz colgada al cuello que descansaba entre sus pechos.

—Bueno, hay quien no le da ese significado, señor. Para esa gente no es más que un adorno, algo que se ponen sin más. No comprenden lo que representa para alguien como usted.

—No, no lo entienden, McGrath. Ojalá lo entendieran.

Dicho esto, Macleod salió de la habitación a grandes pasos y Hope decidió que también era hora de irse.

Hope ya sabía que Macleod era religioso y que procedía de la isla, pero la imagen de la pared parecía haber descolocado de veras al inspector.

No tenía nada contra quienes tenían fe; de hecho, en cierto modo los envidiaba, porque nunca había estado segura de que existiera nada más allá de esta vida.

Habían muerto amigos suyos y eso le había hecho preguntarse qué habría después, pero nunca había pasado de ahí. De preguntárselo.

Macleod ya estaba en el coche. Antes de salir, Hope intercambió unas palabras con los dos agentes uniformados que custodiaban el local y luego se sentó al volante. Cuando iba a arrancar, vio que Macleod la observaba.

—¿Ocurre algo, señor?

—No, nada. No siempre he tenido ocasión de trabajar con alguien como usted.

Me preguntaba si podría ayudarme a entender qué pasaba por la cabeza de esa chica.

No termino de comprender a la gente así.

¿Qué lleva a una mujer a hacer algo semejante?

Ha dicho que he sido duro ahí arriba. Quizá tenga razón.

Ya sabe, eso de que «si no fuera por la gracia de Dios, ahí estaría yo» y todo eso. Pero usted se parece a ella.

Hope enarcó las cejas.

—Yo no vendo mi cuerpo para dar placer a los hombres. ¿Qué quiere decir con que me parezco a ella?

—Es joven. Le gustan el deporte, el gimnasio y esas cosas. También le gusta que la miren, o eso supongo, porque suele lucir el tipo. Usted no para quieta, no es como yo. Entonces, ¿qué busca ella en todo esto? ¿Qué saca?

—Quizá emoción, señor. Dinero, desde luego.

Allí arriba no había gran cosa; solo llamaba la atención que la ropa era cara.

Todo fachada, pura imagen. Hasta los pósteres.

Yo no pondría pósteres así donde fuera a estar con un amante; querría que se centrara en mí.

Ella quería crear ambiente. Eso también apunta a cierta inseguridad. En realidad, somos muy distintas.

—Ya veo, McGrath.

—Eso espero, señor. Puede que no le guste lo descarada que soy al vestir ni lo abierta que soy en mis relaciones, pero espero que entienda que no monto una fachada porque en el fondo sea superficial o necesite algo.

Macleod la miró fijamente.

—Lo ha expresado muy bien, McGrath. Está demostrando tener más fondo del que pensaba. Pero no se engañe: todos necesitamos algo.