Donde acaba el agua (Highlands e Islas 1) Capítulo 2
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Capítulo 2

E l inspector Macleod estaba sentado en una esquina de la cafetería de la comisaría, con los ojos cerrados.

Oía el repiqueteo de cuchillos y tenedores, el tintineo de las cucharas en los platos grasientos del desayuno y en los tazones de cereales, el ir y venir de las tazas de café.

Pero él permanecía en su propia isla de calma y serenidad.

Siempre era bueno empezar el día con una oración, y ya había rezado al levantarse.

Ahora, mientras esperaba a que su compañera se reuniera con él, se concedía unos breves momentos más en compañía de su Señor.

Había tantas cosas en el mundo que arreglar.

Su trabajo se lo recordaba. Llevaba veinte años en el cuerpo y ahora trabajaba en el equipo de Homicidios.

Había visto de todo, no como la advenediza que estaba a punto de reunirse con él.

En los últimos años, todo se había vuelto loco.

Había trabajado antes con mujeres, la mayoría más que competentes; de hecho, gracias a algunas habían resuelto ciertos casos.

Pero se había criado entre mujeres que sabían cuál era su lugar en el hogar, y le había costado digerir el cambio.

Y, aun así, había terminado por tragárselo: su superior era una mujer y él no mostraba resentimiento ni irritación, sino que trabajaba con ella lo mejor que sabía.

Las cosas resultaban más fáciles porque ella era una gran profesional y conocía bien a Macleod y su trabajo.

Así que, pese a sus muchas reservas, se amoldaba a la nueva mentalidad del cuerpo.

Pero la mujer que iba a reunirse con él era distinta.

A sus veintitantos, había ascendido deprisa y acababan de destinarla a su unidad como detective.

Aunque nunca habían trabajado juntos, la había visto por allí, casi siempre con ropa provocativa y coqueteando sin el menor reparo.

Y no solo con hombres. Corrían rumores de que llevaba una vida bastante hedonista, pero nunca había visto motivo para indagar más.

Su jefa había tenido el buen juicio de no asignarla a ninguno de sus equipos.

Pero, con Mackenzie de baja tras el accidente de coche, no quedaba más remedio que ponerlos a trabajar juntos.

Abrió los ojos y se sobresaltó al encontrarse tanta carne delante de la cara.

Ella llevaba dos botones de la blusa desabrochados y juraría que alcanzaba a ver un tirante del sujetador.

Al alzar la cabeza, se topó con un rostro joven que le sonreía.

Llevaba la melena pelirroja recogida en una coleta y, al cuello, una sencilla cadena de oro con una pequeña cruz.

Algo rugió en su interior: una mujer como aquella estaba usurpando ese símbolo sagrado.

Pero sabía que debía conservar la calma.

—Detective McGrath, gracias por su puntualidad. Creo que deberíamos ir ya al aeropuerto. Tengo entendido que el vuelo a Lewis sale en algo menos de dos horas.

La mujer asintió.

—Por supuesto, pero llámeme Hope, por favor. Creo que los títulos largos solo estorban, señor.

Él asintió y se levantó. Señor. Eso estaba bien, pensó. Lo bastante formal. Pero no iba a permitir que lo llamara Seoras. Colocó la silla bajo la mesa y vio acercarse a uno de los agentes uniformados, que entregó a Hope un pequeño paquete. Cuando el agente se marchó, Macleod le preguntó qué era.

—Solo son unas fotos de la convención a la que fui. Una convención de cómics, señor.

Sacó unas cuantas del paquete y se las tendió a Macleod.

En la primera aparecía con un grupo de chicas, todas con atuendos de colores vivos y llamativos.

La ropa no era el problema; sí lo era la cantidad de piel que dejaban al descubierto.

Aun así, no podía empezar de buenas a primeras a sermonearla sobre adónde conducía aquel camino.

—Muy bien —dijo sin entusiasmo—. Pero no podemos quedarnos aquí parados. Tenemos un cadáver que quiere contarnos algo.

Hope asintió. Macleod supo que había captado el mensaje.

Pasaron por la oficina, recogieron sus maletas de mano y Johnstone los llevó al aeropuerto.

Cuando todos hubieran llegado, el equipo sería reducido, pero él y Hope estarían allí cuanto antes.

Hasta entonces, los agentes locales mantendrían la situación bajo control; esperaba que no hiciesen ninguna tontería.

En el fondo sabía que aquella desconfianza hacia la policía de la isla no era más que una fachada para ocultar su nerviosismo ante el regreso a casa: la isla de su infancia, que no pisaba desde hacía más de veinte años.

Mientras esperaba en la sala de embarque, oculta al pie de una estrecha escalera, observó los rostros isleños de los pasajeros que iban a subir con él a aquel pequeño avión.

Alguien le había dicho que los vientos cruzados de Stornoway darían emoción al aterrizaje, y recordó su expresión maliciosa, casi de regodeo ante el miedo que le daba volar.

Aquel autocar con alas tenía poco más de treinta plazas y él se sentaría junto a Hope.

Intentó concentrarse en el caso que lo esperaba, pero se descubrió imaginando que caía por los aires o que el avión se salía de la pista y estallaba en llamas.

Era irracional e infantil, lo sabía, pero no conseguía ahuyentar aquellos demonios.

—Café, señor.

Hope le tendió un vaso de cartón con café y él lo aceptó agradecido.

La observó acercarse al gran ventanal para contemplar el trajín del aeropuerto y vio que varios hombres le miraban el trasero.

Cuando ella se volvió de repente, todos apartaron la vista, aunque no tardaron en mirarla otra vez.

No cabía duda de que era muy atractiva, pero Macleod consideraba que hacía ostentación de su físico.

En su juventud, las chicas llevaban las piernas cubiertas.

Desde luego, no enseñaban ni la parte alta del pecho, y mucho menos dejaban asomar la ropa interior.

Puede que no tuviera el pecho más generoso que había visto en su vida, pero tampoco hacía falta exhibirlo como una ofrenda en el altar del deseo masculino.

La megafonía cobró vida y Macleod se rio para sus adentros: quien daba el aviso tenía a los pasajeros a apenas tres metros y aun así usaba el sistema para hacerse oír.

De pie, billete en mano y con Hope a su lado, se preguntó qué impresión causarían: él con una jovencita menuda por compañera.

No. McGrath no tenía nada de «jovencita menuda».

La detective rozaba el metro ochenta y tres y, aunque era de constitución bastante fuerte, no tenía ni un gramo de grasa visible.

Quizá se debiera a que estaba en la flor de la vida, una edad en la que hasta él había tenido muy poco que reprocharle a su físico.

No. Seguro que todos pensaban que eran compañeros de trabajo.

No iba a dedicar ni un segundo a la posibilidad de que lo tomaran por un viejo verde.

El avión recorrió la pista y se elevó con suavidad, pero unas rachas fuertes no tardaron en zarandearlo.

Macleod tragó saliva y trató de mantener el gesto grave.

El estruendo de los motores lo ensordecía.

De pronto advirtió que McGrath le hablaba.

Parecía preguntarle si se encontraba bien; se había inclinado hacia él y su perfume le llegó de lleno.

Era sutil y agradable, hasta cierto punto embriagador.

Unido al escote de la blusa, le provocó una oleada de calor.

Pero aquello estaba mal. Apartó la mirada y alzó una mano para indicar que no necesitaba ayuda.

Por suerte, el vuelo fue corto y, antes de que se diera cuenta, el Saab 340 ya se aproximaba a la pista de Stornoway.

Bajo él solo veía nubes blancas y se preguntó qué tiempo haría en la isla.

Recordaba los días grises y desapacibles de su infancia, cuando la llovizna parecía una constante y el sol no asomaba jamás.

Luego llegaban los vendavales y una lluvia que, estaba seguro, no caía desde arriba, sino que le golpeaba la cara de lado, se colaba en la ropa y calaba hasta la piel.

Nunca lo había abandonado aquella sensación fría y húmeda de avanzar por la calle a merced del viento.

La capa de nubes se abrió de golpe y miró por la ventanilla para vislumbrar la isla.

Pero el avión volaba a apenas unos cien metros y la pista se veía a un lado.

Eso no podía estar bien. Aquel bendito trozo de asfalto debería estar delante del avión, no a un lado.

Se aferró a los reposabrazos. Miró por la ventanilla con los ojos desorbitados.

Se sentía indefenso. No podía hacer nada.

Su vida estaba en manos de los pilotos. Debería haber cogido el ferry.

Una mano se posó sobre la suya. Se volvió hacia Hope; ella le gritaba que todo iba bien.

Entre el estruendo alcanzó a oír que todo se debía a los vientos cruzados y que el avión se enderezaría enseguida.

Con la mano libre hizo un rápido gesto de viraje para acompañar la explicación.

Pero lo que de verdad lo calmó fueron la sonrisa de Hope, su agradable perfume y sus grandes ojos verdes.

Se quedó contemplándola mientras el avión corregía ligeramente el rumbo y aterrizaba con suavidad.

Ya en tierra, retiró la mano y sintió vergüenza.

Se había comportado como un viejo. Entonces lo asaltó la culpa por haber disfrutado mirándola.

Una descarada. Pidió perdón en silencio al Señor.

En la pequeña sala de llegadas los recibió el agente Smith, llegado de Inverness en comisión de servicio, y los condujo hasta uno de los coches de la policía local.

El trayecto hasta Stornoway fue breve. Macleod contempló el cielo encapotado y la fina llovizna.

Sí, recordaba días así. Sin duda aquellos pequeños demonios, los jejenes, andarían ya por ahí comiéndole la piel a todo el mundo.

Para ser tan diminutos, hacían estragos.

La piel blanca de Hope sería un blanco perfecto.

Otra vez estaba pensando en aquella descarada.

El resto del equipo de Homicidios llegaría aquella misma tarde, pero Macleod quería ponerse manos a la obra e insistió en ir directamente al lugar donde habían encontrado el cadáver.

El agente Smith les explicó que antes tendrían que pasar por la comisaría y recoger a otro conductor, porque lo reclamaban en otro sitio.

Una vez allí, tras los saludos de rigor, Macleod insistió en que les dieran un coche y pidió a Hope que condujera.

Pero cuando le abrió la puerta del conductor, ella pareció molestarse.

—¿Qué pasa? ¿No quiere conducir? Es solo que quiero ordenar unas ideas.

—Señor —respondió McGrath—, no hace falta que me abra las puertas. Sé arreglármelas sola. Ya he conducido alguna vez. Y durante todo el viaje me ha ofrecido asiento, me ha dejado pasar primero y ha hecho por mí hasta las cosas más insignificantes, como si yo fuera incapaz. No hace falta.

—Solo trato de ser cortés, de comportarme como un caballero. Un hombre debe tener ciertas atenciones con una mujer. Es lo que corresponde…

Hope contraatacó.

—¿Atenciones? Querrá decir que soy más débil. Creo que podría darle una paliza cuando quisiera. Y, que yo recuerde, hoy no he sido yo quien se ha cagado encima durante el aterrizaje.

Qué ordinaria era. Qué manera tan fea de hablar tenían las mujeres de hoy.

—No me hable en ese tono, McGrath. Soy su superior.

—¡Lo siento, señor!

Hope siguió plantada, desafiante, retándolo a decir algo más.

Sabía que la había ofendido, pero ella no tenía motivos para molestarse: él se había limitado a decir la verdad. Cuando Dios creó al hombre y a la mujer, la hizo para él. Protegerla y cuidarla era lo lógico. Pero hoy en día parecía que las mujeres querían valerse por sí mismas.

—¿Seguimos? —preguntó Macleod.

—Por supuesto —respondió Hope—. Pero déjese de gilipolleces machistas. ¡Señor!

Se descubrió mirándola, no con enfado, sino con admiración.

Estaba acostumbrado a las mujeres calladas.

Su madre había sido una de ellas: fuerte para sacar adelante a la familia, pero silenciosa en presencia de su padre.

Hope, en cambio, era de una nueva hornada.

Al ver que no parpadeaba y mantenía los hombros tensos, notó que aquella actitud lo excitaba más de la cuenta.

Como un desafío. Pero aquello estaba mal.

—De acuerdo, McGrath. Vamos a empezar de nuevo. Tenemos trabajo que hacer.