Donde acaba el agua (Highlands e Islas 1)
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Capítulo 1
E l haar , la fría niebla marina, se cernía sobre los límites del puerto.
Más allá del pequeño faro, todo desaparecía bajo un manto gris.
Desde la última planta de la estación, por lo general alcanzaba a ver mar adentro, hasta el Minch, e incluso divisaba algún carguero de paso mientras atravesaba las aguas, a menudo bravas, que separaban la isla de tierra firme.
A las cinco de la madrugada, el turno empezaba a pasarle factura.
Luchaba por mantener los ojos abiertos después de tantas horas frente a las pantallas de información imprescindibles para su trabajo.
A esas horas de la mañana pasaban tan pocas cosas que lo normal era que todo estuviera tranq…
No. No debía decir esa palabra. Bajo ningún concepto debía pronunciarla, ni siquiera pensarla, no fuera a desatar una avalancha de desgracias en las líneas de emergencia.
Hasta entonces, el turno había sido rutinario.
Poco después de empezar, uno de los yates de paso por la zona había sufrido una avería y se había encargado de coordinar el envío de la embarcación de salvamento para ayudarlo a entrar en puerto.
Por lo demás, todo había sido tranq… rutinario.
Se volvió hacia la sala y vio a su compañera con la vista clavada en la pantalla y los auriculares puestos.
Quizá estuviera revisando el parte de horas; parecía demasiado concentrada para la hora que era.
Claro que solía estarlo, sobre todo cuando algo rompía la tranq…
la rutina del turno. Detrás de ella vio el calendario de papel, con un sencillo marcador que se desplazaba por los números para señalar el día.
Torció el gesto al ver el número que mostraba.
Su compañera no había adelantado el marcador a medianoche.
El calendario seguía marcando el día anterior.
Sabía que no dejaría de pensar en ello hasta que el marcador estuviera en su sitio.
Algo debía de fallar en él para que le afectaran cosas tan nimias.
Volvió la vista a la ventana y estiró los brazos y las piernas para aliviar los calambres. Evitar que el cuerpo se le agarrotara era siempre un problema. Tantas horas sentado…
Una sirena electrónica rompió el silencio de la sala. Se volvió de golpe. El panel rojo de aviso parpadeaba. Corrió por puro reflejo hacia la mesa, se puso los auriculares y pulsó el botón rojo para atender la llamada de socorro.
—¡Rescate de Guardacostas!
—¡Guardacostas! —gritó una voz—. ¿Son los guardacostas?
—Sí, señor —respondió con calma, aunque por dentro se le aceleró el pulso y se le encogió el estómago. Aquello pintaba mal—. ¿Cuál es el problema?
—Hay alguien ahí fuera. Alguien en las rocas.
—¿Dónde se encuentra, señor? —Necesitaba localizarlo y enviar ayuda cuanto antes.
—Creo que ha muerto. Dios mío, creo que está muerta.
—Le enviaremos ayuda, señor, pero necesito que me diga dónde se encuentra. ¿Dónde está, señor?
—Dios mío, está muerta. Tiene que estar muerta. Le veo el interior de la garganta. Incluso desde aquí.
—¿Dónde está usted? Dígame dónde está, señor.
Pero la llamada se cortó. El corazón le martilleaba, pero se obligó a ordenar las ideas.
Una posición. Necesito una posición, pensó.
Algún lugar al que enviar los equipos. Al levantar la vista hacia la pantalla, vio que el incidente aparecía marcado en el mapa.
Como la llamada procedía de un móvil, el mapa mostraba una ubicación aproximada, no necesariamente exacta, calculada a partir de una antena de telefonía y de los datos recabados por el sistema durante la llamada.
Empieza por ahí, pensó. Empieza por ahí.
Se puso en pie, dio instrucciones a su compañera y llamó a gritos al tercer operador de guardia para que volviera de su descanso.
Pidió que enviaran una embarcación de salvamento, equipos de rescate costero y un helicóptero, y que trataran a la víctima como si siguiera viva, pese a que el alertante aseguraba lo contrario.
Después devolvió la llamada al móvil del primer alertante, el hombre que había llamado preso del pánico.
El teléfono sonó y sonó, pero nadie contestó.
Mientras el dispositivo de búsqueda y rescate se ponía en marcha a toda velocidad, comprendió que aquel ya no era un turno de noche tranq… rutinario.