Capítulo 61
CeCe
Nash lleva todo el día comportándose de forma extraña. Nunca le preocupa el tiempo, pero no ha dejado de meterme prisa ni de preguntarme si necesitaba algo mientras me preparaba.
Han pasado tres meses desde la primera noche que se quedó a dormir en mi casa, y ha bautizado esta noche como una «cena de aniversario». Me ha comprado un vestido precioso y lleva un traje de tres piezas que me ha dejado sin aliento. Está tan guapo que me dan ganas de saltarme la cena.
Lo observo mientras conduce. Alargo el brazo para cogerle la mano y luego paso los dedos por el ornamentado y detallado símbolo de infinito con una diminuta luciérnaga en el centro que se tatuó en la muñeca hace un mes, al final de su brazo tatuado.
Me dijo que se lo hizo por mí, para recordarme que es mío para siempre.
Es una réplica exacta del collar que me regaló mi padre y me demuestra cuánto me quiere, más que cualquier regalo físico que pueda darme.
—¿Estás bien? —pregunto—. ¿Te encuentras bien?
Nash asiente sin apartar la vista del parabrisas. Como cualquier lunes por la noche, el pueblo está tranquilo cuando llegamos y entramos en el aparcamiento de The Horse & Barrel . Está vacío, como es habitual los lunes, y Nash apaga el coche.
—¿Me acompañas?
—Prefiero quedarme aquí, voy con tacones. —Levanto un tobillo.
—Anda, dame el gusto, Rae . No quiero dejarte aquí sola.
Pongo los ojos en blanco. Estoy acostumbrada a que Nash sea sobreprotector, pero esto es demasiado.
Me mira con expectación, y sé que no debo discutir. No se bajará de la camioneta sin mí.
Suspiro y salgo para recorrer con él el corto camino que lleva hacia el bar. Sin embargo, cuando entro, todos mis sentidos se ven sobrepasados por la escena que tengo ante mis ojos.
En lugar de la habitual sala cubierta de neones y lámparas de araña bajas, mesas y sillas, me recibe un espacio amplio y vacío.
Miles de luces centelleantes cuelgan del techo, como si fueran pequeñas luciérnagas que revolotean en una red de vegetación.
Toda la sala está adornada con velas artificiales, rosas frescas y madreselva de Kentucky .
Lo observo todo con la boca abierta de par en par.
El aroma de todas las flores frescas es embriagador, maravilloso y apasionante.
— Nash … ¿Qué es esto…?
Me lleva hasta el centro de la habitación, a una parte de la pista de baile que está rodeada de más velas. Es la única iluminación que tiene la estancia.
Los primeros acordes de From This Moment On , de Shania Twain , comienzan a sonar muy suavemente, como si alguien estuviera tocando la guitarra acústica en un rincón.
Miro hacia el punto de donde proviene la música y veo a Ivy con un bonito vestido rojo, sentada sobre un elegante taburete de cuero en un rincón tenuemente iluminado por farolillos.
Ella me sonríe y Nash habla:
— Cecilia , esta noche no vamos a celebrar ningún aniversario. En cambio, quiero celebrar la primera noche del resto de nuestras vidas.
— Nash … —susurro, porque no puedo decir nada más.
—Un hombre sabio me dijo una vez que sentara la cabeza, que buscara a una mujer con quien compartir mi vida, alguien a quien amar.
Ese hombre, por supuesto, fue una de las mejores personas que he tenido el placer de conocer.
Tu padre. Quiero que sepas que no me he olvidado de él.
Fui a verlo a su tumba y le conté mis intenciones.
Le dije que amaba a su única hija más que a nada ni a nadie, y que si me daba su bendición, la amaría con todo mi corazón durante el resto de mis días, hasta que la muerte me llevara.
Y aun así, pasaría a la siguiente vida y la buscaría allí, porque un amor como el nuestro no está limitado por el espacio ni el tiempo. Es eterno.
Me acaricia la cara y me levanta la barbilla.
—Es infinito —susurra Nash mientras deposita un beso en mis labios.
He conocido muchísimas versiones de Nash a lo largo de los años.
Siempre he sentido una familiaridad inexplicable con él, pero nunca olvidaré la mirada que me dirigió la noche que se plantó bajo las luces de mi porche en verano.
Esa mirada que me gritaba que, de entre todas las personas que vagan por este mundo, yo era la única a la que quería dejar entrar.
Mi padre siempre decía: «Cuando lo sabes, lo sabes», ¡y vaya si lo sé!
Se me llenan los ojos de lágrimas mientras sigue hablando con la guitarra de fondo, pero no tengo fuerzas para decir nada, ya que corro el riesgo de que se me escape un sollozo.
—Cuando terminé de hablar con él, empezó a llover, y sentí como si me estuviera dando su bendición.
¿Qué me dices, pequeña luciérnaga? ¿Te perderás conmigo en esta locura de mundo para siempre?
¿Me ofrecerás todas tus sonrisas y todas tus lágrimas?
¿Me dejarás llevarte tu café por las mañanas y abrazarte por las noches?
¿Me dejarás quererte con todo mi ser durante el resto de esta vida y la siguiente?
Nash saca una caja de terciopelo azul de su chaqueta y la abre mientras se arrodilla ante mí.
—Te dije que siempre me arrodillaría por ti. Sería un verdadero placer para mí convertirme en tu marido. ¿Quieres casarte conmigo, cariño?
Asiento mientras lloro y, no sé cómo, consigo pronunciar la palabra «sí». Entonces, varias cosas suceden a la vez.
Unos flashes iluminan el espacio mientras alguien empieza a hacer fotos.
¿Hay un fotógrafo? Y, de repente, hay gente por todas partes.
Cuando Nash me pone el precioso anillo de diamante en forma de pera, que encaja perfectamente en mi dedo, grito y salto a sus brazos mientras nuestros familiares y amigos salen de quién sabe dónde para rodearnos en un gran revuelo. Todos van vestidos de gala.
—Te quiero muchísimo, CeCe Rae Ashby , futura señora Carter .
—Te quiero, Nash —susurro.
Todo a nuestro alrededor se vuelve confuso cuando nuestros labios se encuentran, y todo lo que alguna vez soñé se convierte en mi realidad.