Epílogo
CeCe
Siete años después
—¡ Ruby Rae , tu padre te dejará aquí como no te pongas los zapatos y te subas a la camioneta! —le grito desde las escaleras a nuestra hija de cinco años. Es una pequeña versión de mí misma, incluso en lo que se refiere a mi tendencia a llegar siempre tarde, algo que ella considera entrañable.
—Ya voy, mamá. No encontraba mi amuleto de la suerte. —Mi preciosa rubia de ojos azules sostiene la cadena con el anillo de la Copa Stanley de su padre en su mano regordeta y sonríe.
Asiento con la cabeza, porque sé que no jugará a no ser que su padre se lo guarde en el bolsillo durante el partido. La acompaño fuera, con mi bolso en una mano y su hermanito Rex en la otra, sentado en su sillita de coche.
Nash cierra la cubierta trasera de lona de la camioneta tras guardar la bolsa de hockey de Ruby y se acerca a mí.
Todavía siento mariposas en el estómago cada vez que lo miro. Está de pie, justo en el lugar de nuestro jardín delantero donde, hace siete años y medio, nos colocamos bajo un arco de flores silvestres delante de toda nuestra familia y amigos para pronunciar nuestros votos.
El día fue perfecto y campestre, con pequeños farolillos llenos de luciérnagas que adornaban el altar a través del cual Wade me entregó al atardecer.
Llevaba un vestido sencillo y elegante, con el pelo alborotado y ondulado, justo como le gusta a Nash , y con flores entretejidas.
Verlo de pie al final del altar con Cole y Mabel mientras me esperaba con su sencillo traje de tres piezas azul marino intenso, que combinaba a la perfección con sus ojos, y esa camisa blanca impecable…
Nunca había visto nada tan increíble ni había estado tan segura de algo.
Nash Carter era mi futuro y, desde entonces, jamás he mirado atrás.
—Vamos, pequeña alborotadora —dice mientras le revuelve el pelo a Ruby y le abrocha el cinturón.
Me dirige una sonrisa burlona cuando me muevo para atar a nuestro hijo de nueve meses en el otro asiento.
—Nuestro mundo gira en torno a ella, pequeña luciérnaga. No podemos hacer más que vivir en él —comenta.
—A mí me lo vas a decir —murmuro.
La vida con dos niños pequeños es ajetreada, pero está llena de amor y luz. De todos los papeles que le he visto interpretar, el Nash padre y marido es, sin duda, el más sexy e increíble.
Sigue ocupado a más no poder y dirige nuestro negocio en el Olympia a diario, pero vendió el bar cuando me quedé embarazada de Ruby , ya que se pasó meses sin apenas pisarlo y sabía que ser padre no era compatible con la vida nocturna.
Yo sigo yendo de vez en cuando a los domingos de sangría con mis chicas, cuando no están ocupadas con sus propias vidas.
Esta familia que hemos formado es maravillosamente perfecta y, en alguna ocasión, a Nash todavía le aterra perderlo todo, pero le recuerdo que tenemos que vivir el presente, algo que casi siempre funciona. Pero cuando no lo hace, las mamadas son una buena solución.
Nos acomodamos y salimos por la entrada de nuestra propiedad.
Me mudé a la casa que tiene Nash junto al arroyo cuando nos casamos, y seis meses después, cuando nos enteramos de que estaba embarazada, Nash insistió en construir una ampliación en el lateral de la casa para añadir tres dormitorios más y un baño completo, además de una sala de juegos para los niños.
El invierno en que Ruby cumplió dos años, construyó una pista de hielo en el patio trasero y le compró sus primeros patines. Y ahí empezó la obsesión de nuestra pequeña. Ahora vamos de camino a su primer partido de la temporada, y su padre es el orgulloso entrenador de su equipo.
—Recuerda, pequeña, no dejes que te agobien, eres un muro. Puedes hacerlo: Ruby Rae Carter no va a darles tregua. — Nash la mira por el espejo retrovisor mientras le da su charla motivadora.
—Ya lo sé, papi. Esto es pan comido —bromea Ruby con alegría desde el asiento trasero mientras Rex la anima sentado a su lado.
Cuando entramos en el estadio, llevo a Ruby a los vestuarios para encontrarnos con Mabel , la entrenadora asistente de Nash .
Ahora que tiene casi quince años, Mabel está encantada de ayudar a su tío Nash con el equipo mientras vigila a los chicos que van llegando, con la idea de que se preparen para los partidos que se jugarán después del de Ruby .
Mi familia me saluda desde las gradas mientras envuelvo a Rex con mi fular y me dirijo hacia donde solemos sentarnos. Todos han venido a ver el primer partido de Ruby . Incluso Ginger y Olivia .
— CeCe Rae —me saluda Wade cuando subo las gradas y abrazo a mi madre.
Mi hermano me mira con felicidad mientras da un sorbo a su chocolate caliente.
—¿Cómo está? ¿Se siente preparada? —pregunta.
—Parece completamente imperturbable. —Me río mientras Rex me da una palmadita en la cara, y miro sus ojos verdes con una sonrisa en los labios.
—Ya casi toca comprarle unos patines al siguiente, ¿no? —pregunta Ginger al tiempo que señala a Rex .
—Anda, calla. Deja que disfrute de mi bebé un poquito más.
—¿Acaso no conoces a tu marido? Me sorprende que no se los haya regalado ya.
—Le dije que Rex tiene que cumplir mínimo los dos años. Quiero disfrutar de esta etapa mientras pueda. —Me acurruco con mi bebé y beso la cabecita dorada de Rex .
Los equipos atraviesan las puertas, y los padres y amigos gritamos desde las gradas para animarlos. Sonrío al guapísimo de mi marido, que está en el banquillo frente a nosotros. Parece que esté entrenando al equipo olímpico de hockey , no a los Laurel Creek Lightning de la liga local.
Repasa las jugadas con el equipo y los manda a calentar. Ruby Rae está en la portería y empieza a estirar como le enseñó su padre. La saludo y ella me devuelve el gesto. Parece que fue ayer cuando tenía la edad de Rex .
El partido transcurre sin problemas y solo le marcan un gol a Ruby . Los Lightning ganan, y cuando termina el partido, Nash sonríe orgulloso mientras abraza a su niña y le da unas palmaditas en la cabeza.
—Esa es mi pequeña —la elogia.
Cuando Ruby se dirige al vestuario, yo me acerco a él.
—Estoy bastante seguro de que Wade se lo estaba pasando bien. Incluso vi varias sonrisas —bromea Nash mientras me besa en los labios.
Miro hacia atrás y observo a mis hermanos y a mi familia, que vienen hacia nosotros. Mi madre lleva a Rex en brazos y charla con él como si fuera su hombrecito favorito.
—Creo que todos son muy felices —comento—. El tiempo pasa volando.
Me giro hacia Nash y él me sonríe, lo que envía una descarga directa a mi sexo. Solo de saber que sus manos me tocarán dentro de un rato hace que la sangre me empiece a hervir.
—Hablando de eso… ¿Crees que ya va siendo hora de añadir a otra personita al equipo, cariño? —pregunto.
Nash me besa de nuevo y sonríe contra mis labios.
—Te lo he dicho mil veces. Tú llevas las riendas, cariño, yo simplemente me dejo llevar.
Y no hay duda de que me divertiré mientras lo intentamos, pero…
—Vuelve a besarme, probablemente con demasiado entusiasmo para estar en un recinto comunitario a las cuatro de la tarde de un domingo, pero no me importa—.
Quizá deberías preguntarle a tu jefe si le parece bien que cojas otra baja por maternidad…
—Me da un beso en la frente mientras pongo los ojos en blanco.
—Uf… qué plasta es. —Sonrío mientras me besa, y suelta una carcajada.
Sus insondables ojos azules me recuerdan una vez más que, de hecho, soy la mujer más afortunada del mundo por estar envuelta en los brazos cálidos y seguros de Nash Carter mientras nuestra vida perfecta sigue girando a nuestro alrededor.
FIN